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lunes, 28 de noviembre de 2011

5420.- WINÉTT DE ROKHA


Winétt de Rokha (Santiago de Chile, 7 de julio, 1892 - 6 de agosto, 1951), poetisa chilena, cuyo nombre verdadero era Luisa Anabalón Sanderson.
Winétt de Rokha nació en Santiago de Chile el 7 de julio de 1892, con el nombre de Luisa Anabalón Sanderson. Hija del Coronel de Ejército Indalecio Anabalón y de Luisa Sanderson, quien era hija del políglota y gramático Domingo Sanderson, traductor de autores griegos clásicos, como Safo de Lesbos y Ovidio.
Cursó su educación básica en el Liceo Nº 3 de Santiago de Chile.
En 1914 decide enviarle un poemario de su autoría al poeta Pablo de Rokha, pero firmando como Juana Inés de la Cruz, pseudónimo que entonces utilizaba, El poemario se titulaba Lo que me dijo el silencio, y pese a que el poeta lo criticase con cierta dureza, no pudo evitar enamorarse de la poetisa, por lo que retornó desde Talca a Santiago en su búsqueda. El 25 de octubre de 1916 Luisa Anabalón y Carlos Díaz Loyola, nombre real de Pablo de Rokha, se unieron en matrimonio. A partir de entonces, ella tomaría el pseudónimo literario de Winétt de Rokha, el cual nunca más dejó de utilizar. La familia se conformó finalmente con sus hijos Carlos (poeta conocido como Carlos de Rokha), Lukó (pintora conocida como Lukó de Rokha), Tomás, Juana Inés, José (destacado pintor), Pablo, Laura y Flor. Varios de ellos murieron prematuramente: Carmen y Tomás, muy pequeños, mientras que Carlos y Pablo, murieron ya mayores y de manera trágica.
En 1944, el Presidente Juan Antonio Ríos, nombra a su marido Embajador Cultural de Chile en América, con lo cual ambos emprenderían un extenso viaje por 19 países del continente. Luego de constantes viajes, se entera en una escala en Argentina que Gabriel González Videla ha sido elegido Presidente de Chile, quien dicta la Ley de Defensa de la Democracia (conocida también como "Ley Maldita") y comienza un período de represión contra el Partido Comunista.
En 1949, Winétt de Rokha regresó a Chile junto con Pablo de Rokha. Llegó al país enferma de cáncer, falleciendo en 1951. En 1953 Pablo de Rokha publicaría Fuego negro, elegía de amor dedicada a su amada esposa.

Obras
Horas de sol, 1914.
Lo que me dijo el silencio, 1915.
Formas de sueño, 1927.
Cantoral, 1936.
Oniromancia, 1943.
Suma y destino, 1951.



Poeta y musa de alto vuelo

Por Francisco Véjar

Winétt de Rokha, cuyo nombre verdadero fue Luisa Anabalón Sánderson, nació en Santiago, el 7 de julio de 1894. Desde temprana edad mostró interés por la literatura. Publica sus primeros versos cuando era estudiante del Liceo Número 3 de Santiago, con tan sólo quince años, en la mítica revista «Zig-Zag». Esos poemas iniciales de tono melancólico, vinieron a ser la génesis de su primer libro Lo que me dijo el silencio (1915), publicado con el seudónimo de Juana Inés de La Cruz. Pero tal vez su verdadero debut literario fue en 1917, cuando aparece la célebre antología de poesía chilena Selva Lírica, compilada por Julio Molina Núñez y Juan Agustín Araya. Allí su obra es descrita por los antologadores como "la exigua exteriorización de un astro romántico que plañe del amor y de la vida en un tono elegiaco, semejante al de Juan Ramón Jiménez (...) Habla a media voz, de un romance casi platónico, casi extraterreno". Sus versos lo confirman: "Un puñado de rosas / nos lanzaron al rostro / la juventud, la vida / y nuestros sueños de oro. / Marchitaron las rosas / y todas sus espinas / clavadas se quedaron / en nuestras hondas vidas".

Por aquel entonces había editado además Horas de sol (1915), colección de prosas que dan cuenta de una personalidad inquieta y romántica, como sostiene Manuel Magallanes Moure en el prefacio al libro.

Pablo de Rokha, en su autobiografía El amigo piedra (1990), cuenta que apenas recibió en su casa de Talca el sobre con el poemario Lo que me dijo el silencio (1915), le confesó a su amigo que en ese instante lo acompañaba: Me voy a Santiago a casarme con ella. Antes a Winnét le contestó a vuelta de correo: La belleza de tus poemas, / es la expresión de tu figura. Su anhelo se cumplió. El 25 de octubre de 1916, luego de un breve romance, contrajeron matrimonio en Santiago, transformándose en una de las parejas más activas en el ámbito literario. A partir de ese momento, Luisa Anabalón adoptó el nombre de Winétt de Rokha, musa inseparable del poeta y animadora de innumerables tertulias. Juntos hicieron posible la revista «Multitud», donde colaboraron escritores de la talla de Rosamel Del Valle, Ricardo Latcham, Juan Godoy, Enrique Gómez-Correa y Teófilo Cid. Cabe destacar además las giras que hicieran juntos por América Latina, dando recitales y conferencias, entre los años 1945 y 1946. También los unía una férrea inquietud social por las clases desposeídas.

Winétt por esos años ya era autora de varios libros de poemas, entre los cuales figuran: Formas de sueño (1927), Cantoral (1936), Oniromancia (1943) y Suma y destino (1943). En la versión definitiva de este último, editada en 1951, el ensayista Juan de Luigi escribe: "Winétt crea mediante asociaciones esenciales; lo perceptible material se extiende y se une con elementos puramente mentales que adquieren forma, color y peso". Un ejemplo de esto es el poema «Santiago, Ciudad», donde dice: "Ciudad americana, atrevida y triste, / te ciñe un cerco alto, desde donde te cae / aquel influjo blanco y boreal de las nieves calladas. / Torres como llamas, rascacielos que iluminan la tarde, / avenidas hacia el horizonte, plazas amorosas, campanarios de ayer".



El trazo de su pluma

La poesía femenina chilena de entonces contaba con la figura tutelar de Gabriela Mistral, que ya había publicado Desolación (1922) y Tala (1938). Entretanto, María Monvel —más cercana a su generación— daba a conocer una obra que tenía el mérito de escapar al criollismo imperante. Pero, a juicio del poeta y ensayista Mario Perrero, la escritura de Winnét se elevaba por sobre otras poetas de su misma edad, e incluso la comparó con Gabriela Mistral. Su artículo apareció en «La Nación», el 6 de octubre de 1957, bajo el seudónimo de Lorenzo Campana, donde afirma acerca de las dos escritoras: "Ambas tocan la cumbre de la poesía. Ambas, también, expresan con propiedad y belleza el carácter y el alma nacionales".

Perteneciente a una familia de fervientes lectores, Winétt supo fundar otra que asimismo originó grandes artistas y poetas con un papel preponderante, tanto en Chile como en el exterior. Lukó de Rokha, su hija, nos habla al respecto: "En la familia todos sentíamos una verdadera veneración por nuestra madre. Cuando ella murió quedamos en una especie de orfandad. Después de tantos años de su muerte he venido a valorar ciertas cosas que cuando una es muy niña no alcanza a entender. En primer lugar, era una mujer frágil, delgada, que se movía en la casa como una especie de hada, y era la única persona que aplacaba cualquier exabrupto de mi padre, porque para él no había amor más grande en el mundo. Me acuerdo que cuando falleció, Tito Mundt dijo durante el funeral: 'Pablo de Rokha es el viudo más viudo del mundo'. Lo que encuentro extraordinario de ella es nunca haberse dejado influir por la poesía de mi padre. Ella siempre tuvo un estilo propio, absolutamente independiente".

Algunos de sus poemas fueron traducidos al inglés y al ruso, siendo difundida al mismo tiempo en los países de América Latina. Lo más sustancial de su obra se encuentra en Suma y Destino (1951), volumen que reúne prácticamente la totalidad de su trabajo poético. La madurez alcanzada es irrefutable. Así se desprende de las palabras de Teófilo Cid, quien al poco tiempo de suceder su muerte escribió en un homenaje titulado «Winétt y su poesía»: "Recordarla es para mí un motivo de puro goce interior. Por eso me niego a creerla sumergida, para siempre, en la tierra, y prefiero creer que, como Eurídice, su estada en el seno mineral será muy breve y que, al regreso a la tierra de otras primaveras, su voz continuará cantando la perenne poesía".

Winétt fallece en Santiago, en noviembre de 1951, dejando a la posteridad su libro postumo Los sellos arcanos.







Amarilla y flor de agosto

¿Sientes cómo la araña hila su encaje
de sombra enmohecida?...

Ven, la flacura del Invierno
ha extendido su manta de cáñamo maldito.

Como en aquellos días de oro,
tu conciencia y mi espanto,
acarician la línea fugitiva
de mi corazón inocente.

en Suma y destino, 1951





"Winett de Rokha", de Camilo Mori



Cabeza De Macho

La mancha trágica de tus cabellos,
encarna un mar fascinante y entenebrecido.

Albea tu frente magnifica, escrita de surcos,
y tus sienes como dos azucenas puras.

Tus cejas y tus pestañas interrogadoras
recogen la esmeralda enferma de tus ojos.

Se destaca en la oscuridad del fondo
tu nariz de águila meditativa.

Tus labios destilan dolor y pasión
y están maduros para el beso.

Piedra con alma, sonríe tu cara de ídolo
dormida en la canasta de rosas de mi pecho.









Estaño

Entre las piedras, brotadas de musgo,
se estancó la pena,
como agua de lluvias desmemoriadas,

Flor malsana,
mujer eterna, abandonada y obscura
mano de pétalos de aluminio.

Caravana de polvo, siniestra,
multitud de agujas envenenadas,
rebozo gris, gabardina de ocaso,

Mis dedos tranquilos y castos,
desdoblaron del arpa terrosa
sonidos de cuerdas vencidas.

Fue la pócima de niebla,
óleo de rosas negras,
enloquecidas sobre mi frente. . .
sellada por siete sellos de plata.









Fotografía En Obscuro

Resuena en las amapolas del cielo
mis historia de piedra dormida,
desde el suceso inmemorial de los crepúsculos.

Prolongo mares de árboles
besando el camino sin término.

Entrego a la vida mi sombra
de calle tranquila;
-balcón en la ciudad de los arabescos inusitados-.

Amo la línea que se escucha,
como el color inicial de la aurora, traduciéndose
en la palabra del hombre
o en la palabra roja del trueno.

Majadería de niño, que lanza su honda al espacio,
camina mi balbuceo discontinuo
creciendo del mar y del sol su mariposa.










Otoño En 1930

Sobrecogida, bajo el arco cándido
de los vientos azules,
arrojo desde mi balaustrada en avance,
(como labios que van a besar),
la mirada hacia el océano amarillo.

Todo vive ese olor mojado
de rasal llovido y de naranja;
el gato -flor de cardo de invierno-
se elctriza y se hace cantar,
las moscas buscan las vigas ahumadas,
las gallinas cloquean y sacuden su ropa interior;
y mi corazón
trata de acomodar su tristeza de velos desgajados,
descalza y sin pupilas.








Padrenuestro

A menudo la soledad,
con su gran rumor de silencio,
merodea en mi alma.

Las almas oscuras de los murciélagos,
azotan ilusiones sombrías en los vidrios.

Friolentas, las chimeneas
echan su aliento triste,
hacia los caminos libres y sin huellas
del cielo y del tiempo.

La respiración de flor del niño
ahuyenta los malos espíritus,
mientras voy trizando la mirada
en la negra arquitectura de los libros.

Mi lámpara,
como la hoja trágica de un puñal,
atraviesa el corazón del alba.











Rueda De Fuego Sin Lágrimas

Era el tiempo inmóvil de la flor del jacinto;
(cuando yo era como las manzanas).

Y tú viniste, como todas las cosas,
que se encienden en el universo:
las tempestades, las sombras de la vida.

Y sin embargo…
venía tan nueva la composición de caminos de
bronce
que andabas edificando.

Mirándote me conocí, amándote, ¡oh! amándote
encontré el evangelio
de mi alma, ya cansada antes de ser.

Y sigo inquiriendo, y sigo esperando
arrancar de tu espíritu la razón de mi angustia;
sabiendo que me has dado todo lo que trajiste de
la muerte,
sabiendo que defines mis pupilas de carbón de
piedra,
sabiendo ¿que moriré llamándote? …








Trenzas De Humo

Porque los exaltados nubarrones
descienden en la soledad del amanecer,
y los altos tejados inyectan su veneno de hastío,
y sobrepujan
a la onda exterior y superficial del día.

¿De dónde han venido aquellas mariposas
tan amarillas,
a deshojar un collar de ébano
alrededor de mi garganta,
que es un lirio entre dos abismos?

Allá los corderos mudos,
sacrificados en el marco de la mañana;
allá los volcanes libres y los pensamientos,
los caracoles rubios besando las bocas
de las campanillas jugosas.

La danza inmediata de aquel viento que huele a muerte,
encuclillándose a mis pies, ahora,
palpándome las sienes con una gasa desprendida.

La claridad en los ojos risueños
como el advenimiento de Pentecostés.

Mi corazón se precipita
a la orilla de los horizontes sin medida,
deteniendo hélices,
con un puñado de ópalos en acción,
y, como si todo, absolutamente todo
ocurriera,
estoy en las fronteras del sentido habitual,
mirando cómo las piedras,
(sin que nadie las escuche pensar),
lavan su cara
con la inmovilidad del tiempo.

Pareciendo mi ser una hoja de platino.