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domingo, 30 de octubre de 2011

5228.- JULIO ANTONIO GÓMEZ FRAILE


Julio Antonio Gómez Fraile. Nacido en Zaragoza el 27 de Mayo 1933, en el seno de una familia pequeño-burguesa, vivió en un enorme caserón ubicado en la calle Doce de Octubre. Estudió en el Colegio de la Salle, y al finalizar el bachillerato continúo su formación y aprendizaje por sí mismo, de forma autodidacta. Quienes únicamente pudimos conocerle a través de su poesía, hemos tenido la oportunidad de recomponer su puzzle personal y su fisonomía psíquica, pieza a pieza, escuchando los testimonios de numerosos compañeros y amigos como Luciano Gracia, Guillermo Gúdel, José Antonio Rey del Corral, Rosendo Tello, José Antonio Labordeta, Benedicto Lorenzo de Blancas, José Ignacio Ciordia...

Con las voces de todos ellos fuimos dibujando paso a paso su retrato: El de un niño grande, bromista, caprichoso, juerguista y derrochador, generoso e inteligente, de gusto exquisito, culto, nostálgico y sensible, amigo de sus amigos, homosexual perseguido, protagonista de una apasionada vida de leyenda alimentada a veces por él mismo. Una vida llena de profundos oscuros amores que le llevaron a vivir varios exilios y que le arrastraron en dos ocasiones hasta la zaragozana cárcel de Torrero.

Este magnífico bardo es autor de una obra personalísima, original y sólida, que se caracteriza por una evidente parquedad expresiva y una aparente desatención formal, que contrasta con una sensualidad desbordante y una desbordada pasión: con ambos ingredientes alimenta un discurso rico en metáforas y plagado de simbología. Un discurso, que en los últimos años ha encontrado el soporte musical idóneo para hacerse oír a través de grabaciones digitales realizadas para discos de artistas aragoneses como Monte Solo o Labordeta.

Julio Antonio Gómez, inició a mitad de los cincuenta su trayectoria poética introduciéndose en la mítica Tertulia del Café Niké, de la que muy pronto sería uno de sus miembros más activos y sin duda alguna su mayor animador. De su desmesurado ingenio partieron, a menudo, las fiestas más absurdas, las bromas más divertidas y el tono más jocoso. A mediados de esta década, 1955, escribe Los negros, una obra con la que obtiene el premio Doncel de de Oro, otorgado por la editorial barcelonesa Rumbos en la convocatoria del año 1959, aunque posteriormente nunca sería publicada y permaneció inédita hasta 1992, fecha en la que vio la luz gracias a uno de sus mayores estudiosos: Antonio Pérez Lasheras. Gómez dijo haber abordado la composición de este poemario "como exaltación lírica de las libertades y derechos del hombre de todas las razas".

Por Antonio Pérez Morte

http://www.aragoneria.com/cronista/17/julioantonio04.htm




LOS NEGROS

Y, de pronto, en su cielo, en su piel, en sus pájaros,
en sus labios y dientes retumbó el desconcierto.
Y apareció el fusil y el látigo y la red
y el odio que extendía su aceite hacia las costas.
(El odio fue un fragante vestido de colores
a cuyo aroma nunca pudieron resistirse).
La más desnuda noche se fue desmoronando
sobre la selva intacta que se llenó de gritos.
Porque gritaron todos: Los ecuánimes belfos,
las axilas rasgadas, los élitros potentes,
los sexos violentados, las bocas rebatidas...
De nada les sirvió.
Fueron cayendo a trozos, uno a uno.
Supieron
de la soga y del garfio, del grillo y la cadena...
Cortaron los caminos, las ráfagas hermosas
que quedaban aún vírgenes.
Con sus máscaras blancas,
con sus metales negros, como dioses podridos
Fueron contaminando los más benditos seres.
La selva se erizó en cortantes aristas
de sangre y de ponzoña.
De nada les sirvió.
De nada les sirvió, repito, porque nada
estaba preparado para un golpe tan brusco.

Las aguas se tiñeron de vísceras y asombros.
Sólo quedaba limpia la nieve en la montaña.



Mil novecientos cincuenta y nueve es también el año en que Julio Antonio publica El Cantar de los Cantares, un hermoso libro inspirado en el famoso poema atribuido a Salomón. El poeta aragonés, toma aquí a los personajes bíblicos y les da vida ubicándolos en escenarios nuevos, mucho más actuales:




CANTO III

La amada

Una fábrica llenaba la ciudad de bruma
en la noche de la búsqueda, en la noche
en que corrí por las calles furiosa y despeinada.
(Ah si pudiera desprender de tu rostro
la boca,
para oprimirla con mi fiebre hasta hacerla morir).
Mil millones de estrellas reluciendo,
cayendo en ramos tras el horizonte
que simula un cuerpo de animal herido
o fatigado por el amor;
a pesar de la escarcha
cuando la noche entra en el hueco de tu axila,
nuestro beso apretado se refugia y calienta.


Compuesto por un único y extenso poema, El Cantar de los Cantares, está dividido en siete cánticos que abordan la espera, el encuentro y la separación del ser amado.

La edición, diseñada y maquetada por él mismo, fue sometida a sucesivas revisiones y tuvo una tirada numerada y limitada de tan sólo cincuenta ejemplares, que el propio autor se encargo de sufragar.

Las islas y los puertos, también fue autoeditado en 1959 y vería la luz de nuevo, once años más tarde, al pasar a formar parte del corpus de Acerca de las trampas (Zaragoza, Colección Fuendetodos, 1970).




LAS ISLAS Y LOS PUERTOS

Huele el alba a café recién tostado
y el puerto se madruga de navíos.
Se sube el sol a un mar de labrantíos.
Un marinero ha muerto enamorado.
Sentir amor, tan de repente míos
los sabores, la sal de tu costado;
notarme moralmente atravesado
de vientos increíbles, de rocíos.
Descubridor: las playas inventadas
que soñaste pisar tan locamente,
se te ofrecen tendidas, entregadas.
Por mantenerlas, lucha diente a diente.
Entre sus solitarias ensenadas
hay un golpe de amor para tu frente.
Adiós; desde esta tierra adiós te digo.
No es la muerte, es la vida quien me llora,
la que desalentadamente añora
morir de mí para nacer contigo.
Adiós al mar, al mar que fue testigo
De tanta soledad abrasadora.
Amor, amor, el corazón ignora
que será la esperanza su castigo.
Ya es posible acabar. La vida apura
canto a canto su trampa de alegría,
golpe a golpe su brasa de amargura.
El barco afirma rumbos de entereza.
Cómo huele hoy el viento a lejanía.
Todo tiene su precio de tristeza.


Sin embargo, una década antes de que Acerca de las trampas fuese publicado, Julio Antonio Gómez sacó a la calle otro libro de largo y extrañísimo título: Al Oeste del lago Kivú los gorilas se suicidaban en manadas numerosísimas. Primer y último número de una colección que llevó el nombre de su extraordinaria e inolvidable revista: Papageno. Al Oeste… tuvo una sola tirada de doscientos ejemplares y se imprimió en Mayo de 1960, al cuidado de otro gran nombre de las letras aragonesas: Guillermo Gúdel. Julio Antonio, dejó muestras patentes de su sentido del humor (en esta obra dedicada a Vicente Aleixandre) al hacer constar en la página de créditos "segunda edición": La segunda edición llegaría treinta y tres años después, gracias a la Institución Fernando el Católico.




En 1966 se abre un periodo en el que nuestro poeta vivirá unos años dolorosamente intensos. Este año muere su madre. En 1967 es detenido por primera vez, acusado de corrupción de menores. Como consecuencia de ello permanece cinco meses encarcelado y sufre seis meses de destierro. Se marcha a un lugar donde puede extraer el máximo provecho vivencial y cultural a su castigo, París. Allí convive con su buen amigo, el fotógrafo Joaquín Alcón y con el poeta gaditano José María Alfonso. En París permaneció hasta 1969, componiendo algunos de sus versos más emocionantes al tiempo que realizaba los trabajos más diversos: Formó parte del servicio de limpieza del Banco de Indochina y ejerció como contable en un restaurante del Barrio Latino, donde aseguró haber conocido a uno de sus más admirados artistas, el cantante y compositor Leo Ferré.




En Enero de 1969, lleno de nostalgia por sus amigos y cargado de proyectos, vuelve nuevamente a Zaragoza y funda junto a Eduardo Valdivia y el entrañable Luciano Gracia, Fuendetodos, la más hermosa colección de libros de poesía que ha visto la luz en esta tierra, y una de las más importantes en la España de aquella época. Durante sus cuatro años de vida (1969-1973), publicó obras de autores aragoneses como Miguel Labordeta, Luciano Gracia, José Antonio Labordeta o Ildefonso Manuel Gil, junto a otros de reconocido prestigio en el conjunto del Estado: Vicente Aleixandre, Leopoldo de Luis, Gabriel Celaya, Blas de Otero, Luis Rosales o Gloria Fuertes. El propio Julio Antonio incluyó en ella su poemario capital, que fue injustamente ignorado por la crítica: Acerca de las trampas (Zaragoza,1970).




ACERCA DE LAS TRAMPAS

Prólogo para un silencio interminable

Con humildad escribo
la delirante arquitectura en reposo de mi poesía,
para qué, para quién,
trazo pequeñas manchas casi como palabras que viven,
ignorando si mienten
o si su brillo surge de las tristes verdades
que a la vida aprehendieron
o esconden calladas transmigraciones o llanuras y muertes
edificadas brazo a brazo en un país con alma de naipe,
en un dominio inútil como el grito de un buzo.
Con humildad, sobre mi mesa ordeno
las murallas amarillentas, los amenazadores cánceres lejanos,
las polvorientas persianas de mi casa olvidada en el viento,
la desesperación nocturna del asfalto que espía,
irrevocables sufrimientos, agónico-girar-molino-corazón,
corazón, incansable corazón
para qué, para quién.
Tímidos me visitan ojos alucinados de los barcos
que se tropiezan en la noche con ronquera de incienso,
momias vertiginosas semejantes a baúles inservibles,
paquetes rebosantes de un terror prepucial,
casas y cartapacios hartos de sopas y de misas,
recuerdos con inmovilidad de saurio anhelante de siestas,
murciélagos suspendidos en la hibernación del horror provincial,
tapias de adobe civil a quienes a tiros arrancaron la camisa
para cubrirlas luego con casullas de sangre
y una gris hermosura -un vértigo- agitándose
en el duro encarnizamiento de los barrios perdidos.
Tal pudo ser mi vida
aunque ignore si existo o me sucedo,
para qué, para quién,
en mi disparatada tarea de comedor febril de cánticos,
triste-poeta-funerario-español-inútil,
borracho hasta la frente,
amoroso constructor de ánforas agujereadas
y confiando aún
-aún-
en la pavorosa e intocable vendimia del amor.
Tal pudo ser, para qué, para quién,
mi vida.
Tal pudo ser para nada ni nadie
al preguntarme ahora por los limites hondos de la pena
en el ruedo insensato de esta insultante eternidad baldía.
Todo regresará
Certero como un vómito infinito de hastío
Sólo salvado a veces por la ira.
Estos sueños...


En Enero de 1971, muere su padre, y en marzo es encarcelado nuevamente, acusado por no haber denunciado un robo en su propio domicilio. Su segunda estancia en Torrero no será larga, aunque le abrirá definitivamente los ojos para darse cuenta de que nada tiene que hacer ya en Zaragoza. Retrasará su huída hasta 1973, año en el que cobra la herencia dejada por su padre y parte con destino a Tánger. Allí compró una casa humilde y montó un laboratorio fotográfico. Entabló amistad con Mohammed Choukri, autor de El pan desnudo, y condenado a muerte por Jomeini.




Unos años después, en 1977, llegaron noticias suyas: Había obtenido el premio Marruecos de poesía en español con su libro El fuego de la Historia (publicado por Antón Castro en 1989).



LA HISTORIA TIENE BRAZOS
que luchan
o descansan.
La historia tiene bocas
que muerden o que besan.
La historia tiene fuego
Que termina
en cenizas,
pero también cenizas
que ocultan la brasa viva aún,
resistente,
esperando
ser otra vez
el fuego.



Más tarde se supo que una situación económica precaria le obligó a marchar hasta Las Palmas de Gran Canaria, donde alguien dijo haberle visto realizando tareas de limpieza en una discoteca. Allí, en Las Palmas, acabó su vida, el 20 de abril de 1988: Hundido, triste y derrotado, cansado de vivir. Víctima de su propio corazón desbordado fue detenido una vez más, esta vez para siempre, por un infarto.

Trabajaba como contable en una casa de alterne. Llevaba mucho tiempo alejado de esos dos mundos que tanto amaba: El mundo de la creación y el de la edición. Dos mundos que unidos al amor y a la amistad fueron siempre el motor de su vida. Una vida que como escribí hace veinte años, al conocer la dolorosa noticia de su muerte, había concluido antes, mucho antes de aquel paro cardiaco:


DEJA QUE AHORA TE BESE
LA GRAN MENTIRA DE MORIR
PORQUE A TI TE MATÓ EL AMOR,
PORQUE A TI TE MATÓ LA VIDA