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viernes, 21 de octubre de 2011

5194.- ÁLVARO DÍAZ HUICI


Álvaro Díaz Huici
José Álvaro Díaz Huici (n. Gijón; 1958), editor y escritor asturiano.
En su juventud, estudió en el Colegio de la Inmaculada (promoción de 1975), de la Compañía de Jesús y es licenciado en Filosofía y Letras. Vinculado siempre al mundo de la edición, ha ocupado cargos directivos en varias editoriales: entre 1981 y 1985 participa en la creación y desarrollo de Ediciones Noega, centrada en publicaciones de carácter literario. Entre 1985 y 1990 dirige GH Editores, y entre 1987 y 1989 hace lo propio en Urrieles Ediciones de Arte, especializada en obra gráfica y bibliofilia. Desde la fundación en 1991 de Ediciones Trea, ocupa la dirección de la misma, así como de Nigra Trea desde 1999. Como escritor, ha publicado Los Caracteres del Agua (1980) e Introducción al Norte (2002).
Entre 1999 y 2003 fue concejal del ayuntamiento de Gijón, por el PSOE.




Poemas de introducción al norte

Que las palabras vuelvan y besen la belleza:
al desnudo amor en la habitación donde comenzó el verano;
al atardecer, al cormorán sobre el agua brillante;
al orgullo que desprecia a los poderosos;
al inquebrantable amor de los caballos;
al aspecto de la flor que, antes de la noche, estalla bajo un sol de arena;
al hermoso lobo distraído en el jardín.
Que vuelvan, compasivas, las palabras y besen la verdad.








Cosas reales son una mujer cruzando la calle, lacónicas
noticias en la radio, los cenicientos edificios, un perro afanoso
entre la gente, dos niños junto a un columpio
—de pronto, ella le arrebata algo de las manos y escapa,
un hombre sentado en un banco,
el viejo detenido ante un ciprés, las olas batientes
contra el malecón en el retrovisor del coche...,
al pasar cosas irreales son.











El oscuro lobo sale de la espesura
y nos mira desde el fondo de la calle.
Una mujer se lava el cabello
–vemos su torso desnudo en la ventana encendida–
y después lo envuelve con una toalla blanca.
Las luces brillan sobre la calle encharcada
–parece temblar su resplandor amarillo–
y nos sentimos vivir en otro lugar, otra escena:
meditabundo, vemos volverse al lobo y descender hacia la playa.
La mujer mira un instante hacia la calle
y apaga la ventana.









Sucede ahí, en la playa; mi vida sucede
en ese lugar blanco de silencio y niebla
donde despierta el día y el viento enmudece,
sucede en el agua que cubre y descubre la roca.
Sucede en este instante en que nada se mueve
y se aquieta la brisa y se detiene la marea,
y oculto en el acantilado el cormorán duerme
su largo periplo sobre las agitadas aguas.
Aquí nadie espera nada, nadie espera a nadie.
Vives en la noche negra, en la playa oscura;
al fin las llevarás contigo a ninguna parte
mientras incesantes las aguas cubren y descubren
la negra roca.


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DEDICATORIA

Me ofrezco a la paz de tu cuerpo,
a la luz de tus ojos. Miraré siempre
tus ojos, viviré contigo en este
recinto blanco donde te amo.
Miraré siempre tus ojos.

Una ciudad devastada te cerca:
ésta. En ella busca la última mujer,
un poema, el último sueño.

Dime: ¿Qué otro tiempo aguardas,
tú, que te dejas alcanzar, como una edad?
Olvidas mi voz,
escrutas mis dominios, desciendes
hasta el mismo corazón.

Éste es mi cuerpo.
La diosa aguarda, benévola.
Tocarla, dibujar su belleza,
trazar sus límites en el agua

No para morir en tu arrebatado amar
leo cartas del pasado. Ahora
te reconocerás en mi boca,
también putrefacta.

Estamos solos aquí y comienzo
a existir en tu cuerpo. Quisiera
no haberlo visto. Mira,
éste es el mío.

No es tu rostro máscara del invierno,
cobre tu pelo, la sed de mis labios
esta raíz del deseo.

Ni reconocer un cuerpo extraño:
es una destruida, nada la cubre
ni la oculta, tan desnuda está
donde la alcanza la noche
que tiembla entre sus pechos.

He de morir al abrazarte.
A este costado del mar
arriban tortugas extenuadas.
Dime si es ésta
la costa que imaginabas.

Veo una mujer dormida.
En su cuerpo que apenas
esconde la luz siento
las densas mareas. Deseo
morir sobre ella cuando,
dormidos, nada existe.

Veo la calma en esta mujer,
en ese mar adormecido
y quieto veo
un lugar para morir.

Todo esta noche desciende.
La luz negra sobre su cuerpo,
la lluvia persistente,
el intenso silencio del cielo.
Un perro, lento, viejo y solo,
cruza la calle. Aquí,
dentro de ti, estamos juntos.