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martes, 11 de octubre de 2011

5080.- MANUEL CARRAPISO ARAÚJO


Manuel Carrapiso Araújo
Valencia de Alcántara (Cáceres), 1962
Después de vivir seis años en Alicante, Manuel Carrapiso vuelve a su tierra para ingresar en el Seminario de Plasencia, donde inicia su carrera literaria. Al principio ganó varios premios de poesía en Navalmoral de la Mata, Jaraíz de la Vera, Bilbao... Estudió Filosofía y después estudió la Antroposofía de Pedro Caba en su Tesis Doctoral. En la actualidad trabaja como Profesor de Filosofía en un Instituto de Cáceres.

Con su obra Paraíso ahora ganó el II Premio Adolfo Vargas Cienfuegos en 1982. La obra plantea una nueva forma de poesía, alejada de las modas y las corrientes. Carrapiso trata de renovar los temas poéticos o al menos su tratamiento, fruto de su concepción de la creación poética. Empezando por la búsqueda de la palabra, que le lleva a crear neologismos cuando lo necesita (moridero, otoñamente).

Reflexión profunda en una poesía cargada de referencias bíblicas y míticas. El poeta pide el paraíso en esta tierra, lo cual ya nos mete de lleno en la temática rebelde del poemario.

Un lenguaje pretendidamente complicado y retorcido, un tono siempre culto, obligan al lector a prestar atención a una nueva dimensión del amor y del erotismo, entre lo material y lo espiritual. El poema, siempre libre de rima y no ajustado a ninguna norma métrica, tiene un aire de leyenda tanto por el vocabulario como por el tono.

Esta libertad de forma en el metro derivó en siguientes poemas, publicados en revistas, en una prosa poética, que le permite expresar con mayor soltura los temas de los que habla: la creación, el amor y la vida.

F.J.J.B.

BIBLIOGRAFÍA

Poesía
Paraíso ahora. Badajoz, Asociación de la Prensa, 1982.
De nieblas interiores, Mérida: De la luna libros, 1997

Varia
La filosofía en el dodecaedro (Exordio para leer a Pedro Caba), Col. La centena, Mérida 1992.





Paraíso ahora, de Manuel Carrapiso.

1

La noche se hace carne
y habita entre nosotros su bravura.
Te he sentido:
amor y muerte mía.


De mi cuerpo sale un poco de mi cuerpo
para salar los arrecifes de tu costa
y entro en tu desnudez yendo-viniendo
como la espuma con sus dientes en la arena.


En tu epidermis te suenan alazanes,
no más un relincho que una oda
y yo, jinete ciego, los cabalgo
para asediar con sus ojos tu hermosura.
Te ruedo un cuerpo liquido en el vientre
y entro furiosos soles casi humanos,
casi sentientes, quizá casi mortales,
por las oscuridades de tu espera.
Todo efímero,
pues
otros nos haremos;
la noche que era carne se hizo noche;
ventolera de arterias y zumbidos.
Noche tan sólo y tanta que sepulta.






2

Vosotros, sí, vosotros estáis vivos,
pasiones meridanas, abriles animados;
vosotros estáis vivos, vuestra sangre
los ríos más ímpetu del Valle,
una fluvial arteria enajenante
que fecunda el erial de lo insondable.
Ardéis de puro sol, ardéis del aire,
cuando un volcán de hogueras os penetra
y os nutre tanto hueso desolado;
jauría enloquecida ocupa vuestras ansias
y en este ritmo vais pulular de palomas
a anidar en lo edén, en lo abrileño
de la humana arboleda.
Os asciende el latido de la tierra,
la eclosión de crisálidas urgentes,
el rebosar del gozo
por los ojos.
Todo es vidrial. Mismos aquí los dioses.
Qué adobe vuestros cuerpos de danza y de hermosura
Si acaso os desnudáis otoñamente
se aventan los adonis de su piedra
y vienen a vosotros donde se reconocen.


Sois el rosado peso del paisaje,
sois su alcanfor, su instante más festivo,
esbeltez seductor de su pose.


Vosotros, sí, vosotros estáis vivos.
Las manos de los vuestros
como que quema asirlas.






3

Las fotos son memoria.
Por mi barro
se desmorona el niño que me tuvo.
Ya cansancio su piel como mis huesos
-pesadumbre la tarde- parda suena.


Desde esta terracota dicto polvo
a un escribano miércoles. Mi sangre
en sarcófagos cuaja malvasía.
Negrolento en el alma llevo un río
de anchura funeral.


Ya vengo, trigo al silo por las hoces,
entre nombres sin rostro
de un mismo moridero. Cayendo
voy por ellos hasta que soy su tierra.





Textos inéditos, de Manuel Carrapiso.



Qué distintos los bardos si supieran lo poco que han ahondado, lo que el envés sepulta inenarrable; qué distintos, entonces, los lenguajes soberbios, ese malsano vicio de declinarlo todo, de reclinarlo -dijera- a sus dictados. Cuánto dejado atrás en la escritura sin descifrar, sin disfrazar por puro impedimento. El hombre es la medida y a medida no hay nada natural, sólo artificio por bien que al ojo siente o al oído. Como no sea la voz, como no sea el metálico ritmo de la voz ¿qué más inventariar? ¿acaso el grito reglado es más certero? ¿conviene más al orden de las cosas? El orden es lo propio en los salones. Qué distintos los bardos si asomaran ala cita callando del trastero.







PANFLETO CONTRA EL LOGOS

Si has de nombrar señala con el dedo, que las cosas al tacto son más fieles;
no pronuncies el límite, no es esa la manera que tienes reservada.
Si has de nombrar que sea con los ojos, que la lengua no afile un disparate
para clavar mostrencos los conceptos en el mármol mortal del poemario.
Si has de nombrar que sea con los labios lacrados por la cera de mil besos;
trágate las palabras como bilis no vayan los objetos a acedarse.
Malpagado te sea el menosprecio si nombraras a voces los misterios,
pues nunca consintieron recitados sin terminar por ser citas textuales