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martes, 20 de septiembre de 2011

4970.- GRACIELA ARÁOZ


Graciela Nidia Aráoz es poetisa e investigadora argentina. Nació en Villa Mercedes, provincia de San Luis, Argentina, aunque reside en la ciudad de Buenos Aires.
Profesora en Letras, por concurso de antecedentes obtuvo una beca para realizar un postgrado en Madrid (España) donde obtuvo los títulos de Profesora en Lengua y Literatura Española y la Licenciatura en Filología Hispánica. Integró el consejo de redacción de la Revista Último Reino y de la Revista Ficciones de Granada, España. Integra la Comisión de Cultura de la Fundación El Libro y se desempeñó en la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (CONABIP) como Coordinadora del Plan Nacional de Lectura en las Bibliotecas Populares Argentinas "Crece Leyendo". Escribió varios libros de poesía y también ensayos, sobre cultura, educación, y la participación de la mujer en la política argentina, así como trabajos relacionados con el tema de lectura y políticas de lectura.
Obtuvo el Primer Premio Tiflos de Poesía 1986, España; el Primer Premio de Poesía Vicente Aleixandre, España, 1988 y el Segundo Premio Carmen Conde, por su libro Itinerario del Fuego, Madrid, España, 1989. Actualmente es Presidenta de la Sociedad de Escritoras y Escritores de la Argentina (SEA). Poemas de Diabla fueron traducidos al japonés y al turco (Diabla será publicado por Özgür Yayınları, Istanbul.
Obras
Diabla (poesía) Ediciones Último Reino, Buenos Aires, 2002. 2º edición, Ediciones Último Reino, Buenos Aires, 2007.
La Participación Femenina en el Honorable Congreso de la Nación. 1983-2001 (investigación) Imprenta del Congreso de la Nación, Buenos Aires, 2001.
Itinerario del fuego (poesía) Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 1991.
Ángel García López: una renovación del símbolo en la lírica española contemporánea (investigación) Fundación Alcalde Ruiz-Mateos (Rota-Cádiz), Buenos Aires, 1986.
Equipaje de silencio (poesía) Ediciones Botella al mar, Buenos Aires, 1982.




Poemas Del Libro Diabla
Ediciones Último Reino, segunda edición, 2007.
Buenos Aires.



X

Una mujer llora en la cocina. Detrás
del olor a locro.
Macera la carne con limón
y con su inefable tristeza.

Las lágrimas caen en la espuma de leche
que se derrama hasta la indolencia.

El aire se vuelve tan oleoso que debería irse
y apagar el día.

En la cocina una mujer se parte viva,
se corta los dedos, desangra.
El dedo va a la boca.

El dolor está detrás
del hilo dormido que se secó en el vientre,
detrás de aquel humo que se llevó el después.
Detrás, siempre y detrás de todo.



Cuando los olores se mezclan
ella destapa las cacerolas.
Es la única que se queda enjuagando el día
hasta que vuelva a ser.

Una mujer en la cocina.




XII

Estoy dentro de una mujer extraña
que no soy yo.

A veces, cuando nos encontramos
en el espejo veo,
que yo soy otra y que otra es la otra.

Me captura y me desborda
en la impiedad de la ausente.

Soy tantas mujeres y ninguna.
Soy Juana, la que se desnuda la piel,
y es como una uva,
o la niñita aquella que al helicóptero subió
con todas las mariposas.
Y también la suicida ebria que engatilla
el revólver y las rosas se vuelan.

Y también soy Teresa, la que le pide
a la virgencita una esperanza sola.



Y soy Isadora, la que se quita
despacio
la ropa,
oleosa cuando va a la cama.

Extrañas y sonámbulas persiguiendo a su sombra.

Soy esta mujer maldita que se me adueña
entre dinosaurios y amapolas y elefantes en miniatura.
Soy esta mujer que no piensa en toda la miel
que hay en la casa sin tener abejas,
y que a veces piensa que las abejas tienen luceros
estridentes que tocan mi boca más allá de mi cabeza.

La busco,
irremediablemente,
la busco.

Más acá del sabor de las cerezas o de los ojos
niños de mi amor, que me miran
como todas estas que no soy y que soy
y que tampoco entienden.

El que me salva es el amor, dispuesto
a saltar al vacío
y encontrarme.





XXXI

Esa mujer que ve bajo sospecha, mira el mundo.
Hay un ojo intruso
que desgasta sus vestidos,
los encajes se suicidan entre soles agónicos.
Ojo que mira el envés de la sombra,
ella quiere medir la distancia que aleja
los veleros del infinito,
calcular cuántos hechizos separan los pies de la cabeza,
cuántos adioses tienen los labios cosidos con violetas lavadas;
quiere perderse en los ojos que pierden.
Quiere perderse después en su mismo ojo espía.
Ojo que vigila un crimen que no se comete,
ojos que se dilatan hasta los próximos ojos
que miran debajo de su vestido
un deseo ahogado,
robado,
rotundo.

¿Entonces, porqué mirar el miedo
si el infinito aguarda en voz baja?








XXXIV

Desperté esta mañana llovida mi memoria
caminando a una casa
donde había una morera, una damasca, que eran mías.

Ésta era una casa con un patio muy grande
donde mi padre cuidaba de infinitos canarios,
calandrias y zorzales y teros.
Ellos eran el hermano que yo no tenía
y jugaba a inventarles silencios en el viento.
Me sentaba igualmente a escribir en el aire
esa luna que veía entre árboles.

Y en esta ciudad, en que la música se esfuma
en el río inmenso,
ese hombre aún me dice:
“Escuchá, allí está la calandria”.

Tiene los ojos más húmedos que mis ojos han visto,
por su canto de los pájaros sabe
y por el recuerdo vuelve a hacerse mía
la casa
que ya no es mía.







XXXV

Dicen que estuve viva
y escribía en los pastizales con tizas de nácar.

Dicen que fui una viuda
y llevaba canciones quechuas al cementerio.

Que no lloraba, dicen.
Sólo cantaba
inmóvil
con mi lengua mestiza.








Del libro: El protegido del ciervo (Inédito)


MUJER EN LA VENTANA

Una fotografía de Tina Modotti

Un adiós lento
entre la acción y la rebelión

Joan Baez de fondo
mientras la valija se llevaba
los fracasos y el deseo.

Lloramos.
El aire murmuró el dolor y nos vimos.

Un beso volado desde la puerta
y una mujer en la ventana
mirando irse.

El hombre mira la ventana.

Joan Baez
y nuevamente la cámara
de Tina
registrando
la última cena.






CARTA A UN DESESPERADO

El hombre no puede llevarse a cuestas
sufre con
un pájaro muerto

en su boca.

Hay un infierno en su sangre
que lo condena en el instante preciso
en que una amapola se abre.

El hombre no puede llevarse a cuestas
suicida a cada instante
los ángeles y las palabras que lo habitan.

Es un desesperado este hombre
los patos entran a su casa
y sólo ve carroña.

Tiene un revólver pero no se mata
las hormigas los persiguen
en la piel de la sombra.

Este hombre se mueve de la fuga
a la sombra,
tiene dedos
pero sus guantes de boxeador le impiden
que al tocar el objeto sus dedos
bailen
su boca cante y hable en el poema,
porque este hombre es un poeta
que está muriendo.








SANGRE CON HILOS DE SEDA

Mis uñas entrarían en tu clavícula
y te dejaría ahogado
pidiendo
pidiendo un solo día.

Mientras yo me pondría frente al espejo
ofreciéndote mi goce de reina,

me seguirías con los ojos aterrados
sin respirar
y entonces me desnudaría
y verías sangre anudada con hilos de seda.

Bailaría con mis cicatrices
la danza de algún vientre,
y te dejaría morir.


Pero para morirse hay que
haber vivido por lo menos
un día
entonces para que matarte.
si siempre estuviste muerto.









LA LECTORA

Ella busca ese libro
que lee el ritmo del cerebro
cuando el principio de incertidumbre
toca la mirada y la transforma.



Entonces lee las hojas
de las amapolas y el llanto de ese perro
en pleno desamparo.

Lee el gozne de los labios
cuando se cierran cuando se abren para atravesar el secreto
del silencio.

Trata en la lectura de unir el ritmo
del cerebro al cuerpo,
sabe que en las pausas se encuentra
el infinito.



Lee con el tacto el umbral,
los bordes, la cicatriz de un día
que se queda.
Y la lluvia que
nos vuelve a leer.



Los cuerpos en el Nilo, en el Duino
y en el Manzanares son releídos por el
agua de la piel del agua en la piel del cuerpo.



El cuerpo de su amante es leído en braille,
en señas, junto a la música
de Rimbaud de Eliot en la yema de los dedos.

El ritmo del cuerpo en el ritmo del cerebro
los dedos dicen.

Cuando el aire con círculos
desorientados, asimétricos deja
que habite la nada
ella la lee con el corazón.

¿Qué es la nada?
Quizás la huída exacta
donde convergen la sombra y su fuga.



La nada en el ritmo del corazón
es una gota
que se desliza
lentamente
en la cintura roja
de una tarde en Lisboa
con Pessoa leyendo
el olor, la respiración de la ciudad.
Leyendo la negritud de los movimientos
y el vinho del Duero que nos toca
la lengua.

La lectora mece sus caderas
y su vientre por el dolor de unas palabras
que hablan de un
cuerpo sin cabeza en un cuerpo con cabeza
de un cuerpo que baila
adentro
de un cuerpo quieto.



Duele el cuerpo abandonado
lee el vientre.



El sexo lee siempre la lluvia
que produce el relámpago,
y el beso que se deja
en el árbol para el siglo siguiente.



Los órganos
como una sinfonía leen
todos juntos
ese estado inefable,
inconcreto,
en que ahora, fascinado, danza
el cuerpo escrito.



El deseo lee a ese otro cuerpo
que no se escribió con nada
y sin embargo está escrito
con el hilo de Ariadna
debajo del Sena.



El hilo del cuerpo debajo del agua
el agua en la boca
el agua en los ojos
que tocan
a la lectora.



La lectora leída.






MI VECINO

Desde la ventana veo faisanes
proyecto el telescopio para llegar a otra,
la de mi vecino nuevo,

Ese hombre viene y va
miro sus movimientos en la casa



Me inquieta este vecino
de mirada aviesa.

En su balcón pájaros extraños,
paraguas, rollos de pergamino
y una gata.

Habla por teléfono mientras se desnuda,
es alto, tiene la piel escrita.
entra en un cuarto,

ya no veo.



Me inquieta espiar a este vecino.



Sale del cuarto y se apoya en el vidrio
es

Aquel hombre de sombrero gris,
con quien hicimos el amor hasta el amanecer
un par de ocasos, un par de años
y nos fuimos.

Nunca supe quien era
y ahora,
es
fue mi vecino.

Escribo este libro sin escribirlo
porque este libro está escrito bajo el agua.
Pero en mi oído despierta la música dei cielo.

Aparezco en la niebla oliendo a ese animal
que me lleve a algún sitio
donde pueda no verme.

Los nombres se parten, los sustantivos
y los verbos se despiden.

No puedo escribir lo escrito.
Mi lengua se tatuó de números
y la palabra es lluvia en la lluvia.
El tacto es arena inaudible.

Este libro no existe, deshielo
en los ojos dei tigre,
lluvia bajo el agua,
nube ciega que desconoce la nieve.

Este libro es una efígie de agua,
nada,nada.







XVIII

Desdíceme
de esa costumbre de temblar en el pecado
que no cometemos,
y nos deja impávidos entre las mil velocidades
de un instante.

Levanta
mi vestimenta de trapos lavados con palabras
que se miran en la mitad dei río,
en la otra orilla,
las piernas con anotaciones de melografías.

Levanta
mi mudez en la telaraña
de adobe que esconden mis manos
para no robar la fruta
y exiliarme para siempre de este mundo.







XX

La noche persiste en su fugaz intento
de ser día.
Milenária arde la semilla
dentro dei miedo que borda con encajes el deseo.

En el olvido de la niebla la busco.
La busco y se hunde
en el río donde deposito un secreto.

La busco en el verano que pasó a ser invierno
de otro otoño en domingo.

Se huele en la fruta robada
y en celo.

Se desliza rampante los dias de fiesta.

Y ella es una luciérnaga que,
cuando se enciende,
no alcanza a ver su luz.