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sábado, 17 de septiembre de 2011

4927.- PAURA RODRÍGUEZ LEYTÓN


Paura Rodríguez Leytón. Poeta y periodista boliviana, nacida en 1973 en La Paz. Actualmente reside en la ciudad de Santa Cruz. Ha publicado Del Árbol y la arcilla azul azul (Salta, Argentina, 1989); Ritos de viaje (La Paz, Plural, 2004; Caracas, Letralia, 2007, ed. digital); y Pez de Piedra (La Paz, Plural, 2007). Con Ritos de viaje obtuvo el Premio Nacional de Poesía convocado por el Gobierno Municipal de Sucre. Su poema Te atribuyo el torrente de mi sangre mereció el segundo Premio Internacional “César Vallejo” de la Casa del Poeta Peruano en Londres (2006). Poemas suyos han sido publicados en antologías, suplementos culturales y revistas literarias, como Letralia, de Venezuela; Alejandría y La mariposa mundial, de Bolivia; Alforja de México; y Madrigal, de Suecia. Fue elegida como la segunda poeta más leída de Bolivia en un estudio de opinión realizado el año 2008. En ensayo publicó Mistura para el bello sexo (Sucre, Centro Juana Azurduy, 2004), sobre la mujer en el periodismo boliviano del siglo XIX.



Pez de piedra tres



Este es el intento de caer al fondo de la soledad más pura,
el de no hablar.






La forma de los atardeceres me hiere,
me alegra su color tardío
cercano al vientre,
cercano a cada latido que comienza a encenderse por las calles
extrañas y propias.

Sueños remotos me llaman,
esperan.








Tendrás tiempo para tomar el té,
vendrá el calor,
vendrá la lluvia,
vendrá el olor a tierra mojada.







Tus flores se duermen en pequeños sueños eternos.







Los días son como un pañuelo bien planchado
donde las moscas no se atreven.







Busco algo que ocultan mis manos:
una pequeña pieza de relojería
anterior a nuestros huesos
que ahora sólo existe en el paladar,
como alguna melodía,
como voz providencial.

Los musgosos tejados consumen la ventana.

Hablas sin repetir los miedos,
sin mencionar las treguas que nos damos cuando el río ya no llega,
cuando hay un montón de piedras para jugar,
para imaginar tormentas,
para esperar la hora del té
con trozos de pan
de las manos de un ciego.

Es aquel olor a libros,
a polvo de antes...
el que ya no está,
el que ha desaparecido para siempre.










Amo los geranios,
las piedras,
la luz temprana que guarda los silencios.










Después de los rumores:
unos pasos confusos,
unos fuegos apagados,
una silenciosa partida.

Ahora, un miedo remoto cosquillea en mis oídos.

Y habrá poesía
para tenernos de nuevo en el fondo de un jardín amarillo,
jugando al olvido,
a los viajes continuos.










Los días retornan de un lugar intacto,
como frutas dulces que acarician tus ojos.









¿Qué será de estos huesos que ignoro,
que no veo,
que son como mi alma?

¿Qué será del alma que ignoro,
que no veo,
que es como mis huesos?

¿Acaso habrá una forma de llegar al agua,
de romper los muros sin estruendo?

Huye la palabra como un pájaro asustado,
desaparece
como desaparecen sus misteriosos huesecillos.




Del tiempo

Lo que pasa
es que no sabemos para qué andamos
pisando hojas
murmurando ojos
gritando gritos callados.

La última transparencia de las velas
ha dejado una huella en tu sombra
tal vez,
sería mejor ser un papel blanco
inconcluso.

Hay más espacio
para unir las flores,
las lomas, el incienso
y todavía
no estamos listos
para bailar
la ronda de las piedras.

Las velas contarán el incendio del agua
que nosotros no entendemos.

¿Cuál es el fuego?
No importa,
A esta hora de los borrones
el humo baila camuflado entre palabra
entre cantos que no atrapo.

Dormí con unos versos en los labios
la noche, los tranvías
el rincón de la almohada
olvidaron las sílabas.

No pediré flores
miraré los muros gastados,
el verde dibujado.

[De Ritos de viaje]