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sábado, 17 de septiembre de 2011

4917.- ANTONIO MANILLA


Antonio Manilla
(León, 1967)
Historiador y periodista. Pero, sobre todo, poeta. Como poeta ha publicado Canción de amor acaso (1993), Sin recuerdos ni afanes (1994), Una clara conciencia (1997) Salón de rechazados (1998, Canción gris (2003): IV Premio de Poesía Emilio Prados y Momentos transversales (2007): XII Premio José de Espronceda de Poesía.

Su obra poética ha sido incluida por José Luis García Martín en las antologías Selección Nacional. Última Poesía Española (Llibros del Pexe, 1995, 1998) y La generación del 99 (Ediciones Nobel, 1999), así como en Última fila (Quince del 90) -Revista Sin embargo, 1997-, de José Luis Morante, 365 pájaros tiene el cielo (Editorial Montecasino, 2001), de Gurutze Calparsoro y Beatriz Monreal, y Yo soy otro (DVD, 2001), de Josep María Rodríguez.
Entre otros ha recibido el Premio Letras Jóvenes de Castilla y León, el Premio Luis Mateo Díez de relatos y el Premio Francisco Valdés de periodismo, así como una Ayuda a la Creación Literaria del Ministerio de Cultura para la redacción del libro de poemas Una clara conciencia. Además, se ha hecho merecedor de un accesit como finalista del Premio NH Hoteles de relatos (2001) y con el Premio Don Quijote de Periodismo (2001) que otorga la Junta de Castilla-La Mancha.
En 1999 disfrutó de la Beca Valle Inclán de Literatura que concede el Ministerio de Asuntos Exteriores en la Academia de España en Roma, de la que obtuvo una prórroga en el año 2000. Actualmente colabora como articulista en ABC y en el 2002 ha hecho incursiones en la literatura infantil y juvenil con los títulos Mi primer libro del Real Madrid y con Historia del Real Madrid para jóvenes.





FINAL DE UNA VIDA

El final de una vida:
el libro que leemos
mientras cae la tarde.

De repente, la noche
emborrona las letras
y la página
ya no tiene sentido.







CANCIÓN DE LA CIGARRA

Lo que reunió el verano,
septiembre lo separa:
felicidad y sol,
parientes alejados,
la sed y los arroyos,
tu cuerpo
y mi mirada.






POÉTICA ELEMENTAL

Sé que debe evitarse en el poema
la luna y el verano, los celajes cambiantes,
la playa de minutos infinitos
y las rosas fugaces, como el amor eternas
en el jardín cerrado del invierno.
También el oro viejo del ocaso,
también la plata sucia del recuerdo,
las aguas estantías del olvido
y el ruiseñor herido
en cuyo pecho cabe el universo.
Todas aquellas cosas que en silencio
nos hablan de nosotros sin decirnos
y nos dicen verdades –historia sólo hay una–
que siempre son iguales.

Sin recuerdos ni afanes, 1994.






A ese amigo que de amor se duele

Consuélate pensando
que si, como sostienen los filósofos,
todo ha de repetirse
y, al final, todo vuelve
(los Rolling y Mike Tyson, las rebajas,
las series y el invierno, Maradona,
septiembre y sus anuncios de fascículos),
también ha de volver
ese momento
mejor que cualquier otro
en que olvidaste, en otros labios,
los labios de ella.






T. R.

Habitación con vistas al espacio
que en este instante indemne parpadea
a través del ozono. Tu mirada
construye las certezas, rediseña
el aire, agita el alma de los chopos
que sostienen la tierra junto al río.
Tirita el fuego en las colinas musicales.
Los pastores dormitan en la hoguera.
La piedra está naciendo y en tu memoria
alza una vara un niño. Sobre el verde
tapete de la libre asociación,
sobre la yerba plateada y húmeda
del verano —gigantes en la tarde—,
los ojos vivos de una trucha muerta.







P.C.

Levantas un idioma con palabras
como el río contiene las orillas:
un nuevo idioma que sujeta y forma
el pensamiento, ajeno a las ideas,
a cuanto en sí discurre:
el pardo vientre
de un viejo dios que cruzan animales
de apagadas escamas
y aún refulge, torpe moribundo.

Levantas un idioma sobre el lodo
y alrededor se agolpa
—bullente de otras vidas y sin sombras—
la corriente.







E. DE A.

Con dignidad atlántica
recibe el mar las aguas que mansamente aporta,
a estas alturas del camino, el Duero.

Así sus versos entran,
mecidos por corrientes demoradas,
en la canción del mundo:

con un rastro de espuma
que en la luz de la tarde se disuelve
y deja tras de sí una roja estela

mientras la sal penetra el agua dulce.