
Verónica Yattah nació el 1° de febrero de 1987 en la Ciudad de Buenos Aires. Participó en el taller de Abelardo Castillo y en el de Enrique Solinas. Fue parte del Grupo Alejandría, desde sus comienzos en el 2005, hasta el 2007. En el 2008 fue elegida, junto con otros, "Poeta Revelación" por la Revista Plebella y recibió una mención del FNA por el cuento "El placard", que integra la antología Concurso de Cuentos 50° Aniversario del Fondo Nacional de las Artes. En el 2009 publicó Ella salta la espuma de las olas (Ediciones Del Dock). Actualmente cursa la carrera de Letras en la UBA.
Su blog es: ellasaltalaespumadelasolas.blogspot.com
Era común
que la abuela
besara mis pies.
Yo me hundía
en la alfombra, pelos tupida,
el baile,
tocadiscos extraño
el de mi abuela;
viejo, antiguo
funcionando
como ella
que no dormía
la siesta
para hacernos bailar.
Una lata de dulces
refleja cuatro colores dorados
y un gusto – pálpito
a maravillas pasadas.
Remotas certezas
las de la niñez.
Incluso el empacho
sabía a esa incertidumbre
de nombres
que no decían:
"esto me basta,
es todo lo que puedo dar".
También acompañada
resuelve el mar
ser azul y sus olas,
cada vez que el horizonte
la empañan.
Cada vez que el horizonte se dilata,
ella mira cómo la línea
invade el cielo y lo achica.
Hasta que surgen
la noche y sus miedos,
la mano mojada.
Ni gata ni conejo,
no hay nada animal en mí
esta tarde.
El sol se fue,
son las seis pero es invierno
y nada animal hay,
sino olor caliente
entre las paredes,
entre las sábanas.
Miro hacia fuera desde la cama:
ni día ni noche,
son las seis
y además es domingo.
La gata duerme las estaciones
a mis pies.
Yo sigo durmiendo
por si en sueños la alcanzo
y nos convertimos en hermanas.
Las abejas,
los montes,
los lirios.
Tal vez el amor
sea regresar
con una luciérnaga
entre las manos
y encontrar
a quién mostrársela.
El día se vuelve espuma
a la noche, en la habitación.
merman pies sucios
como la ciudad.
Giro alrededor de un campo amarillo,
de cuatro paredes
pero mío,
y los pies flotan como bailando en el aire.
La gaviota vuela la superación del cuerpo,
la veo dibujar círculos y más allás.
A la gaviota no la asustan
las nubes grises a lo lejos
(al contrario),
expande extasiada
un palpitar,
se acercan a ella
otras.
La gaviota vuela la liberación
mientras yo vuelvo
a refugiarme
de la lluvia.
Estoy empapada
de olores,
perfumada.
Húmeda de deseos
comer sandía roja,
escupir sus semillas
en el pasto.
Y que crezcan árboles
de sandía sólo para mí
y para los míos.
También pastos y sombras,
mar en invierno,
no sólo cemento.
Mar para ver el agua
que avanza y retrocede
y vuelve todo espuma.
Verónica 2 AM
El día se vuelve espuma
a la noche, en la habitación.
Merman pies sucios
como la ciudad.
Giro alrededor de un campo
amarillo,
de cuatro paredes
pero mío.
Y los pies flotan
como bailando en el aire.
Una mujer sola
en un bar
dibuja volutas de humo.
Al niño lo esperan
pesadillas más remotas
que el miedo a la oscuridad.
En la mesa
restos de café
y un sonido de puertas
balanceándose.
Un sonido
que todo lo abandona.
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