BUSCAR POETAS (A LA IZQUIERDA):
[1] POR ORDEN ALFABÉTICO NOMBRE
[2] ARCHIVOS 1ª, 2ª, 3ª, 4ª, 5ª 6ª 7ª 8ª 9ª 10ª 11ª 12ª 13ª 14ª 15ª 16ª 17ª 18ª 19ª 20ª y 21ª BLOQUES
[3] POR PAÍSES (POETAS DE 178 PAÍSES)

SUGERENCIA: Buscar poetas antologados fácilmente:
Escribir en Google: "Nombre del poeta" + Fernando Sabido
Si está antologado, aparecerá en las primeras referencias de Google
________________________________

sábado, 1 de enero de 2011

2917.- JUAN CARLOS DE LARA


Juan Carlos de Lara. Nació en Huelva el 28 de noviembre de 1965. Comenzó a publicar a los trece años en distintos diarios y revistas especializadas y a colaborar en espacios radiofónicos. Fundó y dirigió la entrega de poesía Hojas Nuevas y la colección de libros Ramos de perejil. Ha pertenecido al equipo de redactores de la revista Literatura infantil y juvenil, de Barcelona.
El cantautor José Luis Pons ha puesto música a su poesía y la ha publicado en los discos Mar de leva (1995) y Canción del poeta del sur (2000).
Aunque ha hecho incursiones en la prosa poética, el relato breve, la crítica y el ensayo literario, Juan Carlos de Lara se expresa fundamentalmente a través de una poesía dotada de sencilla naturalidad, donde la intensidad lírica se asienta sobre una clara estructura rítmica, según expone Ramón Reig en su Panorama poético andaluz (1991).
Ha publicado los siguientes libros: Caminero del aire. Huelva, 1985; Elegía del amor y de la sombra (poemas de soledad). Huelva, 1987; Antes que el tiempo muera. Diputación de Huelva, 2000; el cuaderno Aquí y ahora (1992) y el pliego Cuatro poemas (1998). Permanecen inéditos sus libros Paseo del chocolate y Almacén de objetos perdidos.
Su obra figura en numerosas antologías y ha publicado, asimismo, en diversas revistas: Celacanto (Huelva), Cuadernos del matemático (Madrid), La factoría valenciana (Valencia), Factorum (Álava), Océano (Huelva), La vieja factoría (Madrid), Batarro (Almería), Alabastro (Madrid) Hojas Nuevas (Huelva), Estío (Burgos), Ventana abierta (Badajoz) y Pérez (Huelva).






Hay días de domingo, de lluvia o qué sé yo
que parecen gozar en revolver mi vida,
y encuentran, a pesar de mi desorden,
tal vez en un cajón o en el bolsillo
de alguna prenda vieja,
unos recuerdos fuera de contexto,
cierto dolor sin lógica,
tan sólo algunos nombres pero un largo
etcétera de ausencias.

Hay días, lo repito, que insisten en leerme
las líneas de la mano,
y sale mi pasado a relucir,
así, tan fácilmente,
como entender mi letra en un diario.
Y sin embargo existe,
escrito en una parte de mí que no conozco,
un trozo de papel indescifrable.

Yo no sé lo que arrastro, es la tristeza
de aquel patio a las seis,
campanas a lo lejos, el olor
de la tierra mojada,
una tarde de fiebre sin colegio
y un confuso amasijo de voces que me llevan
allí hasta donde puede dar de sí la memoria.
Pero también las dudas y los miedos,
una extraña ansiedad, el nerviosismo
de mitad de septiembre
y esa especie de vértigo cuando miro hacia atrás
y esa niebla del tiempo que lo humedece todo.

Y es que apenas me sirve el cumplir años,
tener más experiencia, creerme que ya sé
cómo quedar a salvo de los escalofríos,
si luego llega un día y me demuestra
que aquí estoy yo, el de siempre, todavía,
que jamás cambiaré, que llevo dentro
un sabor a imposible,
un puñado de sombras, unos sueños a medias
y estos tristes recuerdos que seguirán conmigo
cuando ya no me quede de la vida otra cosa.









Autorretrato

No sé bien el porqué, pero sucede
que me paso la vida coleccionando inviernos
como cromos antiguos:
el agua de los charcos,
la nieve por caer de la memoria
y la hoja de diciembre de un almanaque escrita
al dorso de otro frío.

No conozco el motivo, pero a veces ocurre
que voy viviendo a tientas,
y me pierdo por largas avenidas sin nombre
de portales sin número
con los ojos sin brillo y con barba de unos días
sabiendo a ciencia cierta
que tan sólo es posible seguir hacia delante.

No consigo explicármelo, pero el caso es que siempre
acabo por echar todo a perder
con esta irremediable propensión al recuerdo,
con mi vieja manía
de ver el porvenir así, tan mate
como el agua estancada
pero que llega y pasa sobre mí como un río
con esta incontenible celeridad de ahora.

No entiendo cómo entonces, inesperadamente,
hay mañanas que encuentro cada cosa en su sitio,
las palabras exactas,
las horas puntuales
y que me miro yo y me reconozco
delante del espejo.
Hay mañanas, ya digo, que empiezan casi alegres
y la esperanza irrumpe con el sol en lo alto,
pero no sobreviven
porque escribo la tarde con la t de tristeza,
y me da por pensar y no escarmiento
de salir a la calle con los bolsillos rotos.

No lo voy a negar, nunca he tenido
los pies sobre la tierra,
ni ahora que ya gozo, como suele decirse,
de una cierta experiencia de la vida
me ocupo de las cosas que debiera:
del coche, del dinero, del prestigio,
no sé, de todo aquello
que un hombre de mi edad considera importante,
y ni como ni duermo entre carpetas azules,
entre viejos recortes que se han puesto amarillos,
asomándome al mundo
con los libros forrados y la mirada en cueros,
buscando en todas partes el verso que no llega,
a solas con mi tanto por ciento de amargura,
hasta que al fin un día
la soledad, los años, un dolor, qué más da,
lo que quiera que sea me escribirá su nombre
por detrás de ese frío que ha de hacerme el favor
de cerrarme estos ojos en mitad del olvido.






No hay comentarios: