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jueves, 23 de diciembre de 2010

2790.- CLAUDIA MASIN


Claudia Masin nació en Resistencia, Chaco, República Argentina, en 1972. Es escritora y psicoanalista. Vive en Buenos Aires desde 1990. Tiene tres libros de poemas editados: Bizarría (Nusud, Buenos Aires, 1997), Geología (Seleccionado para su edición por el Plan de Promoción a la Edición de Literatura Argentina de la Secretaría de Cultura, Nusud, Buenos Aires, 2001), y La vista (Premio Casa de América de Poesía Americana, Visor, Madrid, 2002). Obtuvo una Mención Honorífica del Fondo Nacional de las Artes de Argentina en 2004 por su libro inédito Abrigo.
Poemas suyos han sido incluidos en antologías tales como Poesía Latinoamericana del Siglo XXI: El turno y la transición, compilada por Julio Ortega, Ed. Siglo XXI, México (1997) y Agua de beber. Antología de poetas argentinas, compilada por Mónica D'Uva, Nusud, Buenos Aires (2001). A fines de este año se editará una antología suya titulada El secreto (Antología 1996-2006). Junto a un grupo de artistas de diversas disciplinas, es creadora y coordinadora de ciclos multimedia relacionados con la poesía (El pez que habla, 2000, y El gallo y la luna, 2005), y de ciclos de recitales de poesía (La mirada, 1998; Poligrafías, 2001; La Musik, 2004).
Claudia Masin coordina un taller de escritura poética desde 1997 y un taller de escritura psicoanalítica desde 2003.
Sobre su escritura leemos en Diario Norte, 21/8/06: "Abrigo (2004) consolida un poemario signado por la intensidad de lo breve, construyendo una secuencia de metáforas perfectas --certeras y profundas-- en que la melancolía de ausencias confronta a la presencia descarnada del abandono. Allí se percibe el desafío de una búsqueda exigente de los sentimientos cardinales que conformará un bien preciado, la certeza del poema como instinto vital. De ese libro: 'El viaje de lo visible a lo invisible/ duró la vida entera./ Ahora, dame tu abrazo/ para olvidar mi miedo a llegar, sola,/ a un país extranjero.'
La vista (2002), es un recorrido nostalgioso por imágenes cinematográficas que de alguna manera quedaron en su recuerdo y se postulan aquí como factor decisivo en la restitución de los sentimientos fundamentales frente a la incertidumbre del desamparo. '...En el sueño, alguien decía:/ donde tengas tu tesoro tendrás/ tu corazón./ Y yo me preguntaba qué pasaría si tu tesoro se perdiera,/ qué pasaría en un juego de cajas chinas/ si al llegar a la última,/ la que debería contener el objeto precioso,/ ésa, como todas las otras,/ estuviera vacía'." (Gustavo Insaurralde, "Claudia Masin, una poeta chaqueña que trasciende").
De: Carlos Trujillo
Villanova University (EEUU)






geología

Toda nuestra infancia debe ser imaginada de nuevo.
Gastón Bachelard.

De pequeña
probablemente pensara que la geología
era la ciencia que enseñaba a vivir en la tierra.
Geo, tierra, Logía, ciencia. Era razonable,
y desde entonces Yo voy a ser geóloga
cuando sea grande, informaba,
como quien dice voy a averiguar sola
lo que nadie me sabe contar,
voy a clasificar todos los géneros
de dolor que conozco como si fueran piedras.
-Tal vez en los manuales -me decía-
entre fallas y estalactitas aparezca en una foto
yo con mi disfraz de explorador
y en una nota al pie, esta descripción:
nena de piedra hallada en una cueva
muy al norte, casi escondida,
el cuerpo cubierto de palabras talladas,
por el tiempo transcurrido, incomprensibles.







poligrafía

Escribías con una piedrita en la tierra tu nombre, palabras
al azar: arena, río, spider man. Como si creyeras que una historia
se escribe por la suma, la discreta acumulación de partículas.
O como si dibujar una casa bastara para poder habitarla. Pero
¿quién vive una vida real en una casa dibujada?

Hay un ligero, sutil desasosiego en las largas horas de la siesta,
que hace que todos prefieran dormir. Aún así, resistías despierta.
Es extraño pensar en una vigilia en pleno día, cuando nada
escapa a la visión y cada sonido resuena
amplificado en el silencio.

Los climas violentos crean una sensación de inminencia,
la ilusión de que nada va a quedar igual después del vendaval
o del calor intenso: una fiesta que se celebra
por un acontecimiento imaginario. Y es la imaginación,
y no los hechos, quien te deja asombrada una y otra vez
frente a cosas idénticas.

En esa hora en que son intensas niñez y desdicha,
como agujas en preciosa sincronía, ¿cuál
sería el objeto de tu espera? ¿Un naufragio, un estallido,
acaso el descubrimiento de la tristeza,
esa grieta que modifica tu mundo para siempre?
No es otra cosa que ese momento
lo que dirían las palabras, si alguna palabra
dijera alguna vez algo cierto.







grafito

Una noche de luna llena, en la hamaca del jardín,
están sentadas. La madre canta una canción
que repite y repite, podría decirse hasta el cansancio,
sólo que la hija no se cansa: se encanta, se duerme.
Desde esa noche, para la hija, escribir
será escribir la pérdida de ese momento.
La escritura de la canción de la madre demora
el final de la canción misma. Las palabras
existirán para crear esa demora, un instante
suspendido entre la voz y el silencio. Y por eso,
la hija las escribirá con esa facilidad dichosa
con que sólo pueden hacerse
ciertas cosas imposibles.

(De “Geología, Nusud, Bs. As., 2000)






Madre e hijo

Despacio, despacio, que hasta aquí no llegue la prisa
de la muerte. No quiero que venga la primavera,
dijiste, no tengo ropa que ponerme. En las montañas
pareciera que siempre está a punto de desatarse
una tormenta, pero hay una sola tormenta en todo
el invierno. Cuando sucede, salimos los dos
a verla. Te tiemblan las manos como a una niña
pequeña, siempre me pregunté si de alegría
o de miedo. Todas las cosas únicas aterran.
A veces quisiera protegerte, taparte los ojos,
que no adviertas la primera gota
desprendiéndose, inevitable, del cielo. Que no sepas
que por más que hagamos silencio por meses,
por años enteros, acabaremos por decirnos una
u otra palabra, y en ese momento comenzará
a correr el tiempo.






París, Texas

Me gustaría contarte lo que veo, hablarte
de los hoteles abandonados apareciendo de la nada
en el medio de la carretera como castillos solitarios
cuyos puentes levadizos hubieran sido
dinamitados hace tiempo. Me gustaría
contarte lo que veo pero es imposible
hallar un dolor que condescienda
a ser narrado. ¿Vale la pena entonces,
emprender tan largo viaje para ir de un extremo
a otro del silencio? También es imposible
callar por completo: sé que terminaré por llamarte,
como se llama a alguien cuando se está a oscuras,
sin el auxilio de la voz, un estremecimiento
semejante al de esas luciérnagas
que al chocar contra un parabrisas en la ruta,
se deshacen esparciendo una nube pequeña
de polvo y luz, y ésa -quizás- es su idea
de un encuentro.

(De “la vista”, Visor, Madrid, 2001)







Quisiera que me cuides
como se cuida a aquellas personas enfermas
que ignoran la grave naturaleza de su mal:
suavemente, sin ningún gesto rotundo
de amor que las alarme,
les revele de repente la verdad.
…………………
Yo ya no puedo. Cansada como si me dijeran
que el oxígeno que me robé del mundo
tiene que ser devuelto.
…………………
Cuidar lo que no tiene cura: el cuerpo,
aunque más no sea porque todavía contiene
ese secreto que nos decíamos, de niños, al oído,
y que ningún adulto recuerda.
………………….
Nunca consumé
separación alguna. Unida
a cada brizna de hierba tanto
como a mi madre, soy una cuerda
de luz que desciende del aire
y se anuda a la sombra que dejan
todas las cosas al irse.
…………………
Te dí mi cuerpo y lo recibiste
del mismo modo que si un niño te hubiera ofrecido
un tesoro incomprensible como prenda de amor:
el corazón de un pájaro, un puñado de arena.

(De “Abrigo”, Bajo la luna, Bs.As, 2007)






El regreso

¿Qué trae el padre de su largo recorrido por los campos
amplios y planos como pasillos de hospitales donde él,
médico viejo y cansado, pasea su mirada pacífica, experta,
sobre todas las cosas del mundo como si fueran suyas,
las hubiera tenido en la mano tanto tiempo
que conociera sus exactas concavidades y accidentes?
No hay nada nuevo para él, ¿pero y nosotros?
¿Preguntándonos el cómo y el porqué, desasidos como estrellas fugaces
de la generosa custodia del cielo, nosotros cómo hacemos
para mirar las cosas sin angustia, sin que nos sobre o nos falte
siempre algo: una medida quizás, cuya ausencia hace imposible
caminar sin tropezarse a cada paso?
¿Qué mirada capturó de la muerte en sus ojos, qué amor
hizo descender sobre él para después dejarlo ir,
pájaro rapaz que de un momento a otro se volvió compasivo
y desechó los restos que le eran ofrecidos,
con la magnanimidad de quien ya fue llenado, está completo?
¿Pero y nosotros, a quienes esos restos cubrirían los huesos?
No podemos pedir, ya está perdido
lo que quedaba, lo que había de más.

¿Madre, por qué no dejarme salir a los caminos, entonces?
Si no hay nada que él traiga en los brazos, ¿por qué no dejarme
ir yo misma a buscar, si ese regalo que él esconde
cuidadosamente bajo la cama es una caja vacía?
¿Qué va a ser de nosotros ahora,
si es, y siempre fue mentira que de los baúles sacaba
objetos maravillosos, que podía enseñarte a pescar peces
de aletas brillantes como una moneda al sol? ¿Si es mentira también
que con sólo raspar un carboncito contra su pecho creaba el fuego
que iluminaba la superficie curva de la tierra, la geometría perfecta de la casa,
o que a nuestros cuerpos pequeños, con sólo mirarlos,
los volvía exuberantes como si fueran plantas parásitas colmadas
por la savia de otra planta? Dame la libertad, entonces
para soltarme de esta atadura que no ata a nada,
que yo de todos modos ya lo sé: hay un cielo
como hay una tierra, hay un desorden que, extrañamente, nos cuida,
hay quien desata la peste y a veces hay cura, hay mañanas
donde vamos a ser niños una vez, una vez sola,
para poder ir tomados de la mano de él,
de él que es esa tela secándose al sol
los días de buen clima, ropa dejada por un muerto, no me mientas,
no hubo padre ni habrá.

(De “La piedra”, inédito)






la estela

Que no debía ser tan complejo, me decías ¿Y por qué no? ¿Acaso no es complejo
el sutil mecanismo que pone en conexión al polen y la abeja, o las infinitas
transformaciones químicas que sufre un pequeñísimo
grano de arena hasta llegar a ser parte, ya irreconocible, del cuerpo del diamante?
Es complejo encontrarnos y perdernos, los que andan por el fondo de la tierra
buscando el tesoro de una cueva inexplorada lo saben más que nadie,
no es al heroísmo ni a la astucia sino al azar o al misterio
que se debe el descubrimiento: ese cruce fatal, inevitable
entre quien busca y lo buscado, ese momento de arrebato y mutua
entrega. ¿Por qué debería ser fácil dar con aquello que esperábamos
ya de niños en el jardín del fondo de la casa, sin saber
que se trataba de una espera esa curiosidad honda y atenta
a cada ruido de la siesta, a una rama que se agrieta en el calor,
al paso de sombra de un lagarto en la humedad de las paredes?
¿Por qué hemos olvidado, si lo que sí sabíamos entonces
es que es difícil cierta clase de belleza, dar con ella, estar despiertos
cuando cruza por delante de nosotros, no para atraparla,
sino para quedarnos a vivir en la estela que deja?







la chispa

algo terrible está ocurriendo -mi amor
se está muriendo nuevamente, mi amor que ya murió:
murió y ya lo lloré. Y continúa la música,
la música de la separación: los árboles
se vuelven instrumentos.
Louise Glück

Ya lo lloré, decía, tenía que llorar porque no hay palabra así, no hay.
Cuando yo buscaba esa, la perfecta, capaz de hacer resucitar los muertos,
venía el viento, un viento norte de los que arrancan de cuajo los más rudos arbustos
y no dejaba nada en pie, porque no hay modo de remediar en el pensamiento
ni en el corazón lo que ocurre en el mundo, te lo dice cada una
de las hierbas del romero, alzando sus ramitas orgullosas en su época de esplendor,
las mismas que van a quebrarse, míseras, maltratadas por el sol al poco tiempo.
Quizás no importa nada advertir cualquier belleza, quizás importaría
si esa atención puesta por unos segundos sobre ella
pudiera salvarla. Pero el deterioro es la fuente, el agua de la que todos bebemos,
amantes, animales, raíces, el caracol dormido
al que la marea le arrebata el caparazón en la tormenta.
Si amor es lo que nunca se deteriora, lo que se entierra y vuelve,
deberá de ser ahí donde busquemos, no en los rituales conocidos
del grito y el lamento, sino en ese silencio previo al sonido humilde
con que se prende un tronco de madera tocado por una chispa,
e inicia el fuego que responde al encuentro de dos fuerzas, es decir,
al amor indestructible de las partículas del universo las unas por las otras,
nosotros mismos perdidos entre ellas.






el talismán

¿Y de qué sirve la luna llena, deslumbrante, en el cielo de esta noche
si yo camino sin verla? Los ojos de los que estamos
constantemente al borde de la caída o del tropiezo, no saben
despegarse de la tierra. De qué sirve una belleza que no sea material, que no pueda
tomarse entre las manos como una piedra y ser llevada siempre encima del cuerpo,
como esas cosas insignificantes que un niño acarrea consigo donde vaya
y que lo sumen en el terror o el desconcierto si se pierden.
No hay belleza para mí en las cosas que no pueden volverse talismán contra las fuerzas
del desamparo o de la pena, y ninguna palabra podría hacer eso por nadie,
sólo la presencia material de lo que fue elegido por un amor oscuro,
cuyas leyes desconocemos, para preservar nuestra vida intacta
entre todos los peligros y accidentes que la cercan,
a pesar de que es ella, esa presencia amada, el peligro mayor,
porque no puede protegernos de su pérdida.

(De “La plenitud”, inédito)







resistencia

Nací en una ciudad rodeada por defensas de tierra.
Montañas de utilería para que cuando llueva,
el río, en su crecida, no invada nuestras casas
y arrase la ciudad. Pero se ha tenido la precaución
de construir murallas precarias, abiertas. Para mantener
al enemigo vivo. Los que hemos nacido en Resistencia
tenemos para qué levantarnos cada mañana:
quien tiene a qué temer ya no está solo.

Aquí, el uniforme de guerra incluye botas de lluvia
amarillas. Nos sentimos impermeables
cuando caminamos por las calles, cómplices
como sobrevivientes de un desastre secreto.
Una vez, la lluvia nos sitió por tres días y tres noches.
Los chicos soñábamos con la amistad del agua,
salir descalzos a la invasión, cada gota
un disparo fresco en el pecho. Pero permanecíamos
tras las trincheras, cristales dibujados al vapor
con nuestros nombres. Casa del agua.
¿Un barco ebrio? No, mi casa era un blanco quieto.
Guardado en una botella, como una cabaña de los Alpes,
una miniatura olvidada en un estante.

Soñé entonces con construir un arca, pero no llevaría
animales sino palabras. Las elegiría al azar, por capricho.
Por la música que despedían de sí al ser dichas.

¿No es más importante preservar la belleza que la especie?.
Zarparía en silencio hasta que la tierra
se perdiera de mis ojos por la distancia y el diluvio.
¿Noé sabría de su audacia al huir?. Soldado que huye
sirve para huir de la próxima batalla.

¿Y si escribir no fuera temblar en la tormenta sino
- a lo sumo- presumir bajo el alero?
¿Y si la crecida de las aguas no existiera?
Un mito. La fundación de algo. De una ciudad: Resistencia.
Construida para ofrecerse a un ataque imaginario,
a una corriente asesina que no existe. Acuario seco
en que los peces sofocados resistimos
hasta que las agallas sangran. Nunca fue cierto
que en las guerras se venciera por un arte sutil
de resistencia.


[http://www.bariloche2000.com/cultura/una-de-poetas/46486-una-de-poetas.html]






EL NIDO

La sonrisa radiactiva del padre
esparciendo su haz de luz mortífera
parece decir: estoy aquí
para trazar la línea,
arbitrario y generoso como Zeus.
De este lado, los pollitos
sanos y hermosos, mis hijos.
Del otro, los cadáveres, sus plumas
revoloteando en el aire
creado por mi aliento.
Otorgo el alimento y el veneno
por partes iguales.
Ordeno la fila, corto los vértices
que sobresalen, satisfechos
por la magnitud de la desgracia que puedo
hacer brotar de las piedras
como agua.







EL TIEMPO

Un hospital del pueblo
a las dos
de la tarde.

El medico
que me atiende se parece
--sospechosamente—
al médico kafkiano.
Estoy feliz
tengo mi propio
médico rural.

Admiro en mi costado
la herida hermosa, los gusanos
como flores exóticas. Escucho:
ha nacido con ella.

Una ronda de niños
se arroja mi cabeza.
Parece una moneda
de cobre en el espacio
clarísimo, en la tarde
sin sol.

--Hay una prenda para quien
la deje caer—aviso,
agitada por tanto vaivén.

Mientras circula de mano
en mano, mi boca apenas dice:
que lo hermoso se convierta
en horrible,
que lo horrible amanezca
belleza.

Bostezan
enfermeras y abuelas
a los pies de mi cama.
Son las dos de la tarde
desde hace cinco años.
Estoy aquí, ocupada
en contar el número
de pasos existentes
de la puerta hasta mí,
el número de veces
que respiro en la noche,
la eternidad me observa,
incrédula, celosa.






EL HILO

Esta mañana corrí como si ellos
vinieran detrás y ellos sonrieron
desde adentro. Mala. Soy
mala como la nena que cayó
desde un decimo piso por mirarse
demasiado en los espejos.
No era vanidad, no, era apenas
espanto.
Desciendo de tu cuerpo
qué hacer primero:
si tatuar una figura
que te muestre muriendo allí
en tu propio pecho, o desollar
despacio las piernas sonriendo,
o tal vez quemarte
los pómulos ensayando el gesto
de mamita en vigilia pero
quién te toca como lo hace
la única que te ama quién
sino la misma que te arrastra
y se va-asesina- con un rumor
de guerras, de arena, de alegría.


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