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viernes, 26 de noviembre de 2010

2347.- MIGUEL ÁNGEL VELASCO


Miguel Ángel Velasco (Palma de Mallorca, 1963 – Palma de Mallorca, 1 de octubre de 2010) fue un poeta español, compañero de generación de Vicente Gallego y Carlos Marzal.
Miguel Ángel Velasco nació en Palma de Mallorca en 1963 y cursó estudios de Filología y Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Fue colaborador habitual de la revista Archipiélago. Cuadernos de Crítica de la Cultura. Su tarea como investigador se centró en la obra de Elias Canetti. Murió el 1 de octubre de 2010 en Mallorca.

Velasco logró pronto notoriedad como poeta: en 1979, a los 16 años, obtuvo un accésit del premio Adonais con Sobre el silencio y otros llantos, y en 1981 ganó el premio Adonais con el poemario Las berlinas del sueño. Ambas obras se sitúan en las coordenadas de los novísimos: verso libre, culturalismo e influencia de las vanguardias. Tras un largo período de silencio, regresó a la actividad pública con El sermón del fresno (1995), de inspiración clásica, al que siguen otros libros, como el emotivo La vida desatada (2000), inspirado por la pérdida de su padre. En su segunda época, Velasco ofrece un tipo de poesía muy distinto al de sus obras iniciales, con preferencia por el verso blanco, endecasílabo o alejandrino. Se aprecia en su dominio de las formas rítmicas el magisterio de Agustín García Calvo. El interés del poeta por los estados alterados de conciencia propiciados por fármacos visionarios como la LSD cristaliza en La miel salvaje (2003), Premio Loewe de Poesía de ese año, que le consagra en la poesía española contemporánea como «uno de los poetas fundamentales de su generación».
Obras

Sobre el silencio y otros llantos (1979)
Las berlinas del sueño (1981)
Pericoloso sporgersi (1986)
El sermón del fresno (1995)
Bosque adentro (1997)
El dibujo de la savia (1998)
La vida desatada (2000)
La miel salvaje (2003)
Fuego de rueda (2006)
La mirada sin dueño (Antología) (2008)
Minutario del agua (2008)
Ánima de cañón (2010)







Las garzas

Para Angelika


Las vi cruzar el puente, en un rasguño
de la noche cerrada: transcurrían
en formación precisa,
un sereno triángulo
como flecha segura que apuntara
al corazón del sol adivinado
más allá de la niebla,
tatuaje rojo inscrito en el calor
del territorio propio entre las alas.
Batían en la fe de un solo pulso
el plomo de los cielos, sacudiéndose
las bajas nubes tardas.
Volaban de memoria aquellos pájaros,
fantasmas de pureza con la mirada fija
en la línea de acero de una ancha tierra santa.
Quedé como imantado
en toda mi estatura a la alta aguja
de su navegación, mientras seguía
con los ojos errantes el vector de su rumbo.
Al cabo, la bandada
fue mullendo su esquema en una mecha
de bruma, hasta perderse
en la tinta del cielo.
¿A dónde irían
las garzas? Sólo sé
que algo de mi partió
como saeta fiel aquella noche
desde el arco del puente;
algo de mí se fue y boga dichoso
hacia algún sur de luz en la flecha del vuelo.

(De La miel salvaje, 2003)







El humo del cigarro

Miras a contraluz el suelto hilo
que se devana en fáciles volutas.
Y en esa transparente arquitectura
reconoces un ritmo, el equilibrio
de una danza precisa.


Y te dices que el humo tiene un orden,
un concertado pulso que edifica
su liviana columna.


El mismo que gobierna
la rotación de antiguas nebulosas,
el latido puntual de las mareas
y el de tu corazón, desafiando
el peso de la tierra.


Se consume la brasa,
pero pende el denodado estambre
al rizo de su vuelo, y multiplica
en la sutura de las altas pérgolas
esa ufana corola necesaria.
Lo que nunca será de la ceniza.

(De La miel salvaje, 2003)







Ánima de cañón

¿Qué será cuando el día se congele
con la detonación de nuestra carga
en el hueco del tiempo?

¿Cuando nos engatille
la del cuerpo mayor,
la fusilera Hécate,
con la espingarda de la luna
en desvelo de caza,
de la que ser su blanco;
o a contraluz de un sol que se comprima
en una carabina, en su mirilla,
y al fondo nuestra liebre, un punto trémulo
del túnel frío que se estreche en nada?

¿Saldrá el alma
soñándose fogueo, en expansión
reversible su posta, hacia una luz
que nos funda en su seno?

¿Se alzará en perdigones, loco polen
de plomo y extrañeza,
al encuentro del cáliz de la noche?

¿O quedará sin más amartillada,
de este lado el tímpano,
soldada a su calibre,
sin dar siquiera un humo leve el ánima?

(De Ánima de cañón, 2010)






Lázaro

a Albert Hofmann:

Míralas bien las cosas: reverberan
tocadas por el polen de la aurora:
la filigrana lenta de la savia,
el trémulo rocío, cada gota
en que se copia entera la mañana,
la lumbre cristalina del racimo,
el zarcillo y su rúbrica menuda,
no menos soberana que el oleaje
del encinar; el iris de los ojos,
del mismo fino estambre que esa nube
que se desteje en hebras melodiosas;
el viento de oro en la vibrante rama,
la luz de la resina, el claro anillo
de esta mañana del milagro: toda
la noche cabe en una rosa blanca.






Acerca de las heridas de los héroes

A Agustín García Calvo

En la Ilíada nos prende
esa intención precisa en la manera
de describir el daño. Cuántas veces
se demora el hexámetro en el sitio
de la quebrantadura,
en el fiel inventario del estrago:
el lugar que desgarra la espada, cómo hiende
la carne y desmorona ese cartílago;
donde triza el pedrusco
el hueso, el recrujir de sus astillas;
la trayectoria exacta del venablo
que atraviesa las chapas del escudo,
la coraza de bronce.
Y el estruendo que hace al derrumbarse
la torre del guerrero.
Y no hay buenos ni malos, todos son
feroces alimañas que se ceban
en la carne ensartada,
que la agonía infaman del contrario
con palabras de burla,
y que después arrojan los despojos
al festín de los perros.

Y en esa pulcritud, en el registro
de la calamidad, va una plegaria
por la carne solar, por el milagro
precario de este cuerpo.
La cálida estructura bien trabada
que en la danza aligera su destino,
que se hace esclarecida geometría,
claro esquema en el nado, esa otra danza.
El delicado cuerpo
que reverbera en luz cuando lo anima
el ritmo del amor o del poema.
Porque no hay canto alguno
sin el humor del cuerpo, aunque destile
ese licor amargo de la pérdida.
De Sófocles nos dicen que era diestro
en el baile, y que Byron
gustaba de medirse
a menudo en el pulso de las olas.
Y de Tolstoi que sólo sonreía
después de nadar hondo en un brío de sábanas,
porque tras la liturgia de los cuerpos,
en contra del proverbio, no hay tristeza.

Velemos por su gracia,
porque el cuerpo es un templo mientras arde
el resplandor de su desnuda gloria.

(De La miel salvaje, 2003)