BUSCAR POETAS (A LA IZQUIERDA):
[1] POR ORDEN ALFABÉTICO NOMBRE
[2] ARCHIVOS 1ª, 2ª, 3ª, 4ª, 5ª 6ª 7ª 8ª 9ª 10ª 11ª 12ª 13ª 14ª 15ª 16ª 17ª 18ª 19ª 20ª y 21ª BLOQUES
[3] POR PAÍSES (POETAS DE 178 PAÍSES)

SUGERENCIA: Buscar poetas antologados fácilmente:
Escribir en Google: "Nombre del poeta" + Fernando Sabido
Si está antologado, aparecerá en las primeras referencias de Google
________________________________

miércoles, 6 de octubre de 2010

1623.- EDUARDO CHIRINOS



EDUARDO CHIRINOS (Lima, Perú, 1960) es autor de los siguientes libros de poesía: Cuadernos de Horacio Morell (Lima, 1981, reeditado en 2006); Crónicas de un ocioso (Lima, 1983); Archivo de huellas digitales (Lima, 1985); Rituales del conocimiento y del sueño (Madrid, 1987); El libro de los encuentros (Lima, 1988); Recuerda, Cuerpo… (Madrid, 1991); El Equilibrista de Bayard Street (Lima, 1998), Abecedario del Agua (Valencia, 2000); Breve historia de la música (Premio Casa de América de Poesía, Madrid, 2001); Escrito en Missoula (Valencia, 2003); No tengo ruiseñores en el dedo (Valencia, 2006) . En 1999 la editorial sevillana Renacimiento publicó una selección antológica de sus poemas bajo el título Naufragio de los días (1978-1998). En el 2003 la Editorial Filodecaballos de Guadalajara (México) publicó su antología personal Derrota del otoño.
Como crítico literario, Chirinos ha publicado El techo de la ballena (1991) La morada del silencio (1998) y Nueve miradas sin dueño (2004). También ha editado dos volúmenes de poesía peruana: Loco amor (1991) e Infame turba (1992, 1997), la antología Elogio del refrenamiento de José Watanabe (Sevilla, 2003), y tres libros misceláneos donde conviven la prosa crítica con la crónica y el verso: Epístola a los transeúntes (Lima, 2001), El Fingidor (Lima, 2003) y Los largos oficios inservibles (2004). La editorial Pre-Textos ha publicado Sólo una canción, antología traducida de la obra poética de Mark Strand (2004) y El iris salvaje, de la poeta norteamericana Louise Glück (2006). En colaboración con Isabel Aguiar Barcelos ha escrito una novela para niños titulada Guilherme. El koala que llegó por internet (Alfaguara, 2005).
Actualmente reside en Missoula, donde se desempeña como profesor de literatura hispanoamericana y española en la Universidad de Montana




UNA HOJA EN EL INVIERNO

MIENTRAS DUERMES mi mano
escribe sobre tu cuerpo
una palabra.

Y al escribirla tiemblas
como una hoja en el invierno.

Cuando despiertes mi mano
habrá borrado esa palabra.

Entonces será tuya.


ALBADA

LA NOCHE es sólo un parpadeo
azul en la memoria. Su luz

nunca se ha ido: es tu cuerpo.

Tu cuerpo que ahora despierta
y canta profundo en mi cuerpo.


MOON OF THE FALLING LEAVES

Luna de las hojas que caen. O mejor,
luna entre las hojas muertas.

¿Con qué imagen puedo nombrar el otoño?

La luna cubre para siempre las hojas,
las baña con un frío resplandor. Y si caen
no es para morir, sino para brillar mejor.

Todo en la caída brilla mejor. Tu silencio

brilla conmigo esta noche y yo
no quiero hablar del otoño
ni de las hojas que caen, ni de la luna.

Me digo para consolarme
que toda muerte es regeneración, que la tierra
se tragará las hojas, que las volverá árboles
o pájaros, tal vez nubes o arroyos.

Pero la luna es insistente y brilla
y dice que volverá a mirarme,
como siempre, entre las hojas muertas.


HOJAS SECAS, NIEVE

Ayer por la noche ha caído nieve
pero el otoño aún no ha terminado. Ahora
viven juntas sin tocarse: hojas secas, nieve.

No necesito oídos de escuchar ni ojos
de ver. Estoy atento a esa pareja
extraña que durará lo que una noche
o a lo sumo dos. ¿De quién

es el silencio?
................La nieve
impone su blancor sobre las hojas,
derrama su luz sin esperar respuesta.
Las hojas

sobresalen, tímidamente se encarrujan
y son arrastradas por el viento
que las deja como un don sobre la nieve.

Extraña pareja. Hojas secas, nieve.


LA SOLITUDINE

“ESTOY TRISTE, y hace un día tan hermoso”.
Leo una vez más el poema de Saba. El invierno

en sus ojos se hace primavera: el canto
de los pájaros inquieta la nieve, la franja
de sol que agradecen mis ojos.

No sé si hoy debería entristecerme, pero

sólo en mi corazón hay lluvia. ¿Por qué
escribo la palabra corazón? Yo nunca

he escrito la palabra corazón. Debo
escribirla, sin embargo. En nombre
del amor que no es perfecto, en nombre

del amor que pasa por las calles y se va
sin importarle si el día es hermoso. O no.


ANTES DE DORMIR

Es tarde, pero quisiera decir algo.
........................................................... Esa
música tardía, esos ecos que rebotan
en las piedras y crean silencios. No

no es eso exactamente:
........................................ entre eco
y eco hay una música y en ella
un ladrido, un dolor, un golpe seco.

La palabra
que alguna vez borramos
vuelve a su lugar.
................... Como la música
tardía, como el silencio.

Pero no es eso tampoco. Escribir:

callar: cerrar los ojos. Ecos
que rebotan en las piedras y de nuevo
el ladrido, el dolor, el golpe seco.

No sé cómo explicarlo.

Pero es tarde
y en verdad no quiero decir nada.


ESCRITO EN LA NIEVE

El húmedo
...................hocico de los ciervos
frota el cristal de la ventana. Pero
no abro la ventana. Abro el libro

donde viven los ciervos. Los inmortales
ciervos que buscan la fuente.

Salgo a la calle. Pocos automóviles,
nieve en el invierno, cielo azul
en el verano. Hojas secas y flores,
muchas flores. ¿Por qué

escribo esto? Porque hay en Lima
demasiados automóviles tal vez

porque no hay nieve en el invierno,
ni cielo azul en el verano.
............................Sólo un mar
color de cielo, colinas de arena

y más allá el mundo
donde las estaciones se cumplen.

Eso lo aprendí en los libros: nieve
en los libros y cielo azul y hojas
secas.

de: No tengo ruiseñores en el dedo. Valencia: Editorial Pre-Textos, 2006.



El milenio está a punto de acabarse

Pero las estaciones todavía se cumplen, la tierra continúa girando y los peces abren y cierran sus bocas como hace siglos. En algún lugar de la India los tigres machos luchan entre sí por el amor de las tigres hembras y en un bosque cercano los conejos devoran las mismas plantas y raíces que alimentan la tierra. Debería hablar de la contaminación y del petróleo, debería hablar de plagas innombrables, del hambre que devasta poblaciones, de niños mutilados por nubes radiactivas. Pero estoy aquí, escribiendo este poema, midiendo sus palabras, eligiéndolas con amor y con cuidado, con cólera y con resentimiento. Entonces me miro en el espejo y sólo veo tinieblas, un vacío culpable en la página en blanco.
Escribo esto porque me siento solo. Porque las palabras me han abandonado. Porque ella no estará más.




La lluvia

Vengo de una ciudad donde jamás llueve,
donde el cielo es (como dicen) color-panza-de-burro
y el mar una invisible telaraña que enreda y confunde el horizonte.
Esta tarde llueve en New Brunswick
y me he asomado a la ventana para contemplar otras lluvias.
Aquella en Madrid, por ejemplo, donde el agua nos llegó hasta las rodillas
y seguimos caminando plaf plaf como si nada,
o aquella que nos sorprendió en Tumbes
con sus balsas y caimanes navegando un bosque de palmeras.
¿Qué decir del chaparrón que echó a perder la sepultura de Dante?
Pero esa es una lluvia literaria.
Como decir que duró cuarenta días
o que llora suavemente en mi corazón, que no es verdad.
Es otra la lluvia que recuerdo.
Fue hace muchos años,
el agua salpicaba la tierra y formaba un barro azul y misterioso.
Era el silencio que me enseñaba sus metáforas,
su laborioso lenguaje deshaciéndose una vez más sobre las piedras.





El color de los atardeceres

Atardecer naranja
con sus nubes raídas
y su sol que alumbra todas las palabras.
Una gasolinera exhibe un dinosaurio
(aquí hubo dinosaurios)
y una pradera inacabable.
¿Dónde aprendí todo eso?

Descartemos las nubes, son siempre
las mismas. Descartemos el sol,
presa fácil de todas las metáforas.
Nos queda la naranja.

Algunos dicen que vino de la India
donde era alimento de los dioses.
Otros, que vino de Persia o de Arabia
igual que el nombre y su color.

Virgilio la llamó “aurea mala”
y la dejó caer en una égloga.
Colón la tuvo entre sus dedos. Por ella
descubrió que el mundo era redondo
y que viajando hacia el Poniente
llegaría (como el sol) hacia el Levante.

Ahora estamos solos. Yo y la naranja.
Cuesta siglos decir atardecer naranja.

No hay comentarios: