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miércoles, 20 de agosto de 2014

ANTONIO ARNAO [10.935]


Antonio Arnao

Antonio Arnao y Espinosa de los Monteros (Murcia, 1828 - Madrid, 1889), poeta español.
Su vida transcurre paralela a la de su amigo y compatricio el poeta José de Selgas: como él frecuentó las tertulias literarias murcianas, marchó muy joven a Madrid y fue funcionario público, del Partido Moderado y miembro de la Real Academia de la Lengua. Bajo la influencia de Lamartine y con prólogo de Selgas escribió Himnos y quejas (1851), en que alterna la inspiración religiosa y el ansia de fray Luis de León de retiro íntimo, aunque al modo de Selgas e incluso superándolo muchas veces, y Melancolías, rimas y cantigas (1857). También es autor de la novela en verso El caudillo de los ciento y las becquerianas Trovas castellanas y Gotas de rocío (1880). Escribió el drama lírico Don Rodrigo. Tanto él como Selgas fueron imitados por las poetisas María del Pilar Sinués y Narcisa Pérez Reoyo.
Colaboró asimismo con la revista ilustrada madrileña El Globo Ilustrado.





LA MUERTE DEL PAJARILLO 

Calló su trino ledo y sonoro:
Su vista inmóvil sin luz está: 
Ya no aletea con plumas de oro,
Y a mi reclamo no acude ya.

Al que en alegre, fácil gorjeo, 
Tras mí venía siempre veloz, 
Hoy en su jaula rígido veo 
Sin que me llame su amiga voz.

Lacias, del hierro penden colgadas 
Con muda pena, su muerte al ver, 
Las verdes hojas, al valle hurtadas, 
Que le brindaron sustento ayer.

En vaso limpio vertió mi mano 
Agua de un fresco, claro raudal;
Y el agua espera, y espera en vano,
Bañar sus alas con su cristal.

Aunque en oriente raye la aurora
Y el sol derrame vivo fulgor,
No les saluda su voz canora
Con melodiosos píos de amor.

Aunque mi diestra su cárcel abra,
Y aunque le excite libre a volar,
Ni ya se cuida de mi palabra,
Ni ya en mis hombros viene a posar.

¡Oh pajarillo! ¡Cuan honda pena 
Me oprime al verte yaciendo así! 
¡Qué desconsuelo mi vida llena 
Desde el instante que te perdí!

Crudos dolores sufrió mi pecho, 
La muerte he visto sin aflicción: 
Mas con angustia y a mi despecho 
Hoy débil llora mi corazón.

Y es que en ti, acaso, yo no veía 
Sólo de un ave la realidad, 
Sino el amigo, la compañía 
Que consolaba mi soledad.

Dijo así un rudo, viejo soldado, 
Que en cien batallas sangre vertió:
Y por su rostro, ya demacrado,
Lágrima acerba lenta rodó.







Al refugio de los pecadores

Almas que en la lid terrible
De este mundo seductor
Alzáis al cielo los ojos,
Guardáis puro el corazón;

Vírgenes que en el martirio,
Llenas de divino ardor,
Dísteis el postrer aliento
Del Esposo ante la voz;

Arcángeles misteriosos
Que junto al trono de Dios
Véis la hermosura sin mancha
De la Madre que Él amó;

Pues que agradable a los cielos
Fue siempre vuestro clamor,
Dirigid hasta María
Mi amante deprecación.

Volad, volad y decidle,
Aunque a tanto indigno yo,
Que es su nombre mi esperanza,
Que vivo y muero en su amor.

Decidla que amiga torne
Sus ojos de compasión
A las penas que con mi alma
Fiero enemigo sembró.

Pues cual iris que en el cielo
Pinta en la tormenta el sol,
Es a mi afán su sonrisa,
Su clemencia a mi dolor.

Ya que quiere el dulce Esposo
Que para los hombres hoy
Brille en la gloria infinita
Con que pródigo la ornó,

Recordadle cuando estaba
En esta humana aflicción,
Junto a la cruz en que el Hijo
Madre nuestra la nombró.

Así en piedad rebosando
Su celestial corazón,
Nos amparará en el seno
Que Jesús santificó.







BARCAROLA

Brillan las nubes en nácar y en oro;
sol esplendente se ve despuntar...
Leda conmigo, que ciego te adoro,
surca las ondas que rizan la mar.
Ella te brinda con plácido acento
puro contento,
venturas sin par.

Aves marinas de cándida pluma
vuelan en torno con vivo placer;
peces dorados, hendiendo la espuma,
siguen la barca, tus ojos por ver.
Brisa ligera tu labio acaricia,
casta delicia
queriendo tener.

Lejos del mundo que llora sus penas
hondo silencio rondando en redor,
tornen al alma las horas serenas,
libre pudiendo vivir sin dolor.
Hoy ante el cielo que grato sonríe
clara nos guíe
la fe del amor.






El soneto

Tradición popular dice a la Historia
que el rígido soneto fue creado
para dar al ingenio aprisionado,
tras corta lucha, perdurable gloria.

Podrá juzgarse la fábula irrisoria;
mas él subyuga al pensamiento osado,
que, en troquel inflexible modelado,
debe dejar viviente su memoria.

Así la inspiración, aunque arrogante
mundos y mundos recorrer pudiere,
un límite fatal halla delante.

Y cuando libre remontarse quiere,
como estrella fugaz , en breve instante
brota y deslumbra y se despeña y muere.


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