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miércoles, 28 de marzo de 2012

6535.- JOSÉ CARLOS LLOP



José Carlos Llop (Palma de Mallorca, 1956) es un escritor español. Ha cultivado diversos géneros, desde la poesía a la novela. Especial relevancia tiene su obra diarística, compuesta hasta el momento de cinco volúmenes, publicados entre 1990 y 2006.
Sus dos últimas obras narrativas hasta la fecha son Paris suite: 1940 (2007), novela un oscuro episodio en la vida del escritor César González Ruano.1 y La ciudad sumergida (2010), donde encontramos un recorrido literario por los lugares emblemáticos de Palma de Mallorca.
Es colaborador de varios diarios españoles, entre ellos ABC.

Obras

Poesía
Drakul leerte (1983)
La naturaleza de las cosas (1987)
La tumba etrusca (premio Anthropos 1991)
En el hangar vacío (1995).
El canto de las ballenas (1996).
La oración de Mr. Hyde (2001).
Quartet (2002).
La dádiva (2004).
La avenida de la luz (2007).
En la ciudad sumergida (2010).
Cuando acaba septiembre (2011).

Novelas
El informe Stein (Anaya, 1995).
La cámara de ámbar (Anaya, 1996).
Háblame del tercer hombre (El Aleph, 2001).
El mensajero de Argel (Ediciones Destino, 2005).
Paris suite: 1940 (RBA Libros, 2007).

Diarios
La estación inmóvil (Port-Royal, 1990).
Champán y sapos (Bitzoc, 1994).
Arsenal (Lengua de Trapo, 1996).
El Japón en Los Ángeles (Península, 1999).
La escafandra (Destino, 2006).

Cuentos
Pasaporte diplomático(El Aleph, 1991)
La novela del siglo (El Aleph, 1999)
Ecuador. La tenista (Ediciones Alfabia, 2008)

Ensayos
La ciudad invisible (Olañeta, 1991).
Consulados fantasmas (Di7, 1996).
Al sur de Marsella (Olañeta, 2005).





SOMBRAS CHINESCAS


Yo vivo en la luz ámbar
de un viejo fumadero de opio:
preparo la materia negra
de que están hechos los sueños,
la muerte y la llama del tiempo.
Y enciendo la pipa labrada
y las palabras que son
porque fueron humo
en el hangar vacío del mundo.


(En el hangar vacío)










EL PRIMERO DE LA MAÑANA


Cada mañana en el espejo puedes ver
bosques de hielo que nadie pisó,
buques detenidos en los Sargazos
y a Fabrizio del Dongo en Waterló.


Detrás del cristal están las bibliotecas
–que son caricaturas del rostro de Dios–,
el Amazonas, la luna y la selva,
el cuerpo de las mujeres, el ojo del tiburón.


Y mientras esgrimes la cuchilla recuerdas
el fin de Babilonia y las orgías de Roma,
la luz del desierto y la rosa amarilla,
las espadas de hierro que forjaron Europa.


Ahora agitas la brocha sobre el jabón
y surge La Laguna Estigia de Patinir,
aquél que detuvo el tiempo en un reloj,
Venecia, Stonehenge, las calles de París.


Te rasuras la cara, la estiras hacia atrás
y se dibuja en el azogue la primera noche
del hombre, los colores del ocaso en el mar,
el oro de la tarde en la ciudad de Londres.


Al limpiar con rapidez los utensilios
por el desagüe se va la toma de Jerusalén,
los árboles, Gengis Khan y los Concilios,
la música que amas, el duelo del mal y el bien.


Y cuando te secas el rostro con la toalla
se refleja el memo con quien vives,
sus arrugas y sus miedos y secretos:
la herida de la vida, sus rastros de metralla.


(En el hangar vacío)










LAS VIEJAS COSTUMBRES


Volvemos, como todos los veranos,
a esta casa junto al mar.
Pocos muebles, una alfombra de pino
en el jardín y el perfume del lentisco.
Y en la noche una lechuza que canta
y los lagartos que cazan bajo el farol.
Ahora ya somos cinco, si contamos
el peso de los años y dos hijos
que juegan a pelota
contra la fachada de piedra
color de rosa. Tú y yo
hemos llenado la casa
de días limpios como el agua
de esta costa silenciosa y abrupta,
que posee la misteriosa luz
de un mito antiguo o una joya.
Pocas cosas bastan en la soledad
del verano: el canto del gallo
que se esparce por el valle, los cangrejos
que pescamos al atardecer y el tañer
de las ovejas que vela nuestros sueños.
Los cargueros cruzan la línea azul
de los piratas berberiscos, las cabras
trepan por las rocas rojas
y esta casa nos absuelve
de los viejos vicios del invierno
y de las espadas de la aflicción.
Pues la vida en común
es como un pecado secreto
donde el tiempo crea los oasis
del afecto y la contricción,
y con las viejas costumbres nos regala
la rara certeza de no vivir en el error.


(En el hangar vacío)








1956


En el año en que yo nací,
los rusos acribillaron con ametralladoras
la ciudad de Budapest.
Arrastraban los cadáveres
como si fueran reses sobre la nieve
y había un reguero de rosas rojas
sobre las agujas de cristal.
Sigo aquí, al otro lado del teléfono,
comiendo el liquen de unos recuerdos,
amor mío, que no tuve y ahora sí.
El año en que yo nací
Fangio volvió a ganar la Copa del Mundo
y Haile Selassie era el emperador de Judá,
no creas, nadie sabe ahora,
como no saben que la noche era de hielo
y la gente, en sus casas, tenía miedo
pero las mañanas eran limpias
como jardines después de la lluvia.


El año en que yo nací
el rey Farouk se fumaba un puro en el Negresco
y por la noche –mientras los paracaidistas ingleses
caían sobre Suez y el coronel Nasser
hablaba por Radio El Cairo–
él montaba a una actriz francesa,
la llamaba Mimí a gritos
y bebía champán en su zapato
de piel de cocodrilo.


El año en que yo nací,
en el sótano de una embajada de París
alguien ponía un telegrama a Chiang Kai Shek
y yo agradecía el alfabeto de las estrellas
y la piel azul del mundo.
Eso era entonces, claro, porque ahora
sólo intento que el misterio que soy
–el misterio de que estoy hecho–
y el mundo opaco donde vivo
no sean dos raros, dos desconocidos
que se extravían en el tiempo.


(La oración de Mr. Hyde)








CASA ABANDONADA


He vaciado la casa de mis padres,
el mapa de los vientos
y las corrientes oceánicas.
La vida es una postal
y tres líneas escritas
sin esperar nada a cambio.
Yo conozco las palabras
que encierran esas líneas.
He vaciado la casa de mis padres:
ahora todo es viento
ante una puerta cerrada
y mis ojos que miran
hacia ninguna parte.
He vaciado la casa de mis padres,
el mapa de los vientos
y las corrientes oceánicas.
No he encontrado mi vida.


(La oración de Mr. Hyde)








EL MAR DE LOS VERANOS


El cielo es la piel de una pantera gris
y el sol una esfera de cristal amarillo.
Las barcas cuelgan del horizonte
y yo miro hacia la punta rocosa
y roja, como el dosel pintado
de una caverna rupestre.
Se va la tarde sobre el agua oscura
y tú apareces entre las rocas,
con el paso lento del cazador satisfecho.
El oro de tu pelo tiene ahora
un brillo de leyenda –como Galahad
o Lancelot– y en tu cuerpo
delgado veo la sombra de tu padre
que mira el cielo y las rocas y el agua
mientras avanzas hacia él, sonriente,
con la escopeta en una mano
y en la otra una cuerda donde bailan
las luces rayadas de los peces
y el cuerpo rendido de un pulpo,
que levantas al verme como una ofrenda.
Tus ojos tienen el destello submarino
del país de las anémonas y los erizos
de donde vienes ahora, cansado
y feliz como el hombre antiguo
al regresar a casa. Y mientras me hablas
del combate con el pulpo y sus cortinas
de tinta oscura, o de cómo escapó sin cabeza
una murena, o del temblor del mero
entre las algas negras, pienso en esa casa
del dolor y de la felicidad, la casa de la vida
y la memoria, y pienso también
que cuando esté preparado para abandonarla
y los recuerdos visiten lo que de mí quede
de todo lo que fui, ni las mujeres que amé
y me amaron, ni las ciudades donde hallé
a ese otro que habría podido ser,
ni los objetos entre los que viví,
o los libros que jamás me traicionaron
como lo hacen a veces los amigos,
valdrán lo que valen ahora tu mirada
y tus palabras, hijo mío, mientras la tarde
se hunde en el agua y el sol es una esfera
de cristal amarillo
sobre la piel de una pantera gris.


(La dádiva)








AMOR


Decir mi vida
y que sea verdad


(La dádiva)








QUINTETO DE CUERDA EN DO MAYOR, SCHUBERT


Amanece. La niebla se confunde
con el primer humo de las chimeneas.
La escarcha tapiza las hojas de los árboles.
La hierba cruje como un insecto al pisarla.
En las botas se dibujan mapas de agua.
Una mujer calienta la leche en un cazo
de cobre. Y en el colchón de paja
la sombra de dos cuerpos abrazados.
Los grajos vigilan el valle en lo alto.
Una liebre evita en el aire el disparo.
El cazador maldice. Una lámpara
de aceite vela el sueño de los niños.
El sol, pálido, aparece envuelto en gasas,
como un herido de guerra o una mortaja.
El vaho es la lengua muda de los hombres.
La nieve resbala por el tejado de las casas.
Un avefría escribe jeroglíficos en el río.
Membrillos, manzanas, tazones de loza,
la hogaza de pan, los cubiertos de madera.
Una mesa es el planisferio del mundo.
Un gato se despereza junto al fuego.
La luz del ocaso y sus ojos son el oro
que hay en la casa. Como los cristales
de hielo son diamantes que la coronan.
Los mirlos cantan el triunfo de la mañana.
Un perro ladra a las vacas que pasan.
Otro a las nubes negras que avanzan.
El sol desaparece y el cielo va vistiéndose
de tinta, como el testamento de un noble.
Las gallinas se esconden bajo el cobertizo.
Los gorriones en el esqueleto de las ramas.
El cazador regresa con el cadáver
de un zorzal colgándole del cinto.
Hay un silencio espeso antes del trueno.
La lluvia es la tristeza de los dioses
que se esconden en el bosque. Cruza
un jinete vestido con casaca de cuero.
Nadie sabe a donde va, ni de donde viene.
La vida es tan misteriosa como ese jinete.


(La dádiva)








EL ESCRIBA


Soy el escriba de una ciudad que no existe.
En ella cantan los pájaros y sus adoquines
son de hielo y no queman. Así, el paseante
puede contemplar los peces, los cangrejos
y una alfombra de plantaciones de coral
y posidonia. Y si mira más abajo, las naves hundidas
del tiempo. La música, el silencio y las palabras
ciertas son las únicas ordenanzas de esta ciudad
de la que hablo. El orden se sustenta solo
y el mal no existe, aunque acampe a los pies
de las murallas. De noche, brillan sus fogatas.
La geometría de los jardines es nuestro espejo.
No hay estatuas: piedra y lápidas
son vivienda para los vivos y los muertos,
pero no para honrar la memoria efímera
de lo que ha sido y sólo es en el recuerdo
de los que lo conocieron. En esta ciudad
escribo sobre el ciclo de las estaciones
y el distinto ritmo que marca la vida
de los hombres. Amo la mirada y la piel
de las mujeres, cuando éstas desean ser amadas.
Si no, vivo solo. Y los niños me señalan riendo,
para que no olvide lo que fui antes de habitar
esta vieja casa que el sol dora al atardecer.
La historia es cementerio de dinastías olvidadas:
aquí no somos víctimas de los tiranos
y la maledicencia es sólo un juego más
cuando el cielo se oscurece y luego llueve.
Agua, pan, vino, sal, aceite o fruta
son monedas de uso corriente. El oro
y la plata no existen. La miseria tampoco.
Soy el escriba de la ciudad donde vivo.
Aprendo de los filósofos y admiro las novelas
que fueron escritas para celebrar el amor
y mirar a los ojos del tiempo sin perder la razón.
Mi oficio son las cartas de los que no saben
decirse. Descifro sus emociones y relato
sus sentimientos. Y esas emociones
y esos sentimientos son entonces los míos.
Nunca cobro por mi trabajo: agradezco
sus encargos, que me permiten sentirme vivo.


(Inédito)