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sábado, 10 de marzo de 2012

6254.- ESTEBAN CHINCHILLA





Esteban Chinchilla
(1978) Esteban Chinchilla nació el 28 de junio de 1978 en San José, Costa Rica. Ha hecho fotos (puede pagar el recibo del agua, de teléfono, y comer 2 veces a la semana en WONGS por su oficio), ha hecho música con un piano, ha estudiado formalmente Ciencias Políticas en la Universidad de Costa Rica –es Bachiller por insistencia- ha escrito un libro de poesía (“Carpintería”), y uno de cuentos (“Grandes Distancias”), sólo el primero ha sido publicado, por la Cooperación Cultural Española en Costa Rica, en la colección de la Editorial Perro Azul, sueña con que ha comenzado una novela, lee a Italo Calvino, a Antonio Lobo Antunes, no ha tenido hijos, ha sido productor audiosivual y tiene la fantasía de dirigir cortos de bajo presupuesto.







La cosa va así: no sé cómo nombrar este libro,
como si nombrar esto fuera la hipérbole de la hermandad,
no temerle a lo cierto, pasar del alimento cotidiano al polvo 
de un paisaje, saltar por lo sencillo de la imagen de un pájaro 
blanco que irrumpe sin respeto, a lo que nunca supe.


Escribir es escribir lo que no se sabe, por lo demás, un impulso que tienta definir la sonrisa de alguien, con la estampa accesible de un nombre propio.


Pero la cosa va así amor: no sé cómo nombrar este libro,
susceptible todo desde lo nada,
por eso el tema del clima, árboles totales,
victorias contundentes de insectos,
lo que contiene decir un niño ambiguo:
para alguien la carcajada, para otro el asco,
para alguien más, horas claras,
semanas marcadas para siempre-nunca.


Al escribir tenemos reservas, al ver de frente tenemos reservas,
al poner el pie derecho pensando en las serpientes tenemos reservas,
al dormir al lado de algún desconocido tenemos reservas.


Al menos hoy, al no saber cómo darle nombre a esto que ha ocurrido,
mientras los truenos marcan distancia y certidumbre.













Escritor para mí nadie. Asisto religioso a cada acontecido en espera del deslumbramiento, de sentir en el paladar una pregunta, el regalo potente de algunas calles en Lisboa, el levante de aves, sonidos de mares ajenos. Escritor nadie pienso, escritor nadie para mí escribo, mientras me asomo reverente a las arquitecturas distantes de un genio y otro genio, a sus horas de trabajo arduo, a sus conversaciones con sus iguales, a la caricia de alguna que luego será el material que justifica jornadas de escritura, jornadas fallidas de una lectura que no logro, ¿quién es este que a mi lado ronronea? ¿quién es este abandonado? ¿quién es este que reniega? ¿quién? A lo sumo queda un risa media, el efectismo, luego el eco de algunas pobres palomas y más allá sus admiradores, los de las palomas abarrotadas de manoseo que harán lloriquear o sonreír, escritor nadie, reveladas las costuras, el oficio, lo mirado.












viaje al centro de la tierra


La cosa va así: no sé cómo nombrar este libro,
como si nombrar esto fuera la hipérbole de la hermandad,
no temerle a lo cierto, pasar del alimento cotidiano al polvo de un paisaje,
saltar por lo sencillo de la imagen de un pájaro blanco que irrumpe sin respeto,
a lo que nunca supe.


Escribir es escribir lo que no se sabe, por lo demás, un impulso
que tienta definir la sonrisa de alguien, con la estampa accesible
de un nombre propio.


Pero la cosa va así amor: no sé cómo nombrar este libro,
susceptible todo desde lo nada,
por eso el tema del clima, árboles totales,
victorias contundentes de insectos,
lo que contiene decir un niño ambiguo:
para alguien la carcajada, para otro el asco,
para alguien más, horas claras,
semanas marcadas para siempre-nunca.


Al escribir tenemos reservas, al ver de frente tenemos reservas,
al poner el pie derecho pensando en las serpientes tenemos reservas,
al dormir al lado de algún desconocido tenemos reservas.


Al menos hoy, al no saber cómo darle nombre a esto que ha ocurrido,
mientras los truenos marcan distancia y certidumbre.














Esteban Chinchilla, Carpintería, San José: Ediciones Perro Azul, 2008, 90 pp.

Hace unos meses, Alexánder Obando escribió un artículo donde hacía mención de la influencia de Luis Chaves sobre muchos poetas costarricenses, a la vez que los criticaba por haberse convertido en imitadores. Poco después, Juan Murillo nos recordaba, con fotografía y nostalgia, el tema de los talleres literarios. Y hace unos días, a propósito de mi reseña del libro En defensa del desgaste, Guillermo Barquero me señalaba la necesidad de ahondar en el tema del minimalismo. Y por último, el poema de Ezequiel Zaidenwerg trazaba muy bien las líneas de diversas tendencias de la poesía actual.

Todos ellos son temas que hemos abordado en alguna ocasión, y a los cuales hay que seguir dándoles vueltas. En ese sentido, el primer poemario de Esteban Chinchilla, Carpintería, es un buen pretexto para hacerlo.

Para empezar, el primer aspecto positivo que encuentro en Carpintería es que no se parece, al menos no de una forma burda y evidente, como muchos otros, a la poesía de Luis Chaves. Esto lo señalo porque Chinchilla es parte del Taller de Poesía Artesanal, coordinado por Chaves. Y asumo que el primero en sentirse bien por esto es el mismo Luis, quien no querría tener una secta, sino un espacio de diálogo poético. Creo que para todos es claro que Luis abrió una veta, ciertamente inexplorada en nuestras letras, y como todo buen precursor, sus acólitos e imitadores no se hicieron esperar. Esto, claro, no es su responsabilidad.

Entonces, mientras la poesía de Luis toca temas de la cotidianidad, siempre teñidos de una carga nostálgico-irónica, la poesía de Chinchilla parece ser más íntima, más introspectiva, con regodeos hacia lo mítico-simbólico. Veamos el poema “No eras nada”.

De casi nada se hace el fuego,
nace entre la rama de lo poco
el edificio,
sobre símbolos de álgebra estéril,
sobre la caligrafía de un muerto
existe Dante:
el amor pretende su fruto de la tinta,
la idea de mí como polvo.

Por otra parte, hemos criticado repetidamente la tendencia al minimalismo, tan presente en buena parte de las propuestas actuales. Hemos señalado que tal postura estética, en realidad encubre una falta sea de talento o de materia poética, o simplemente tiene que ver con no arriesgarse demasiado. Sin embargo, también hemos indicado que el minimalismo no es negativo en sí mismo, sino por lo ya dicho, y que es perfectamente viable encontrar poemas breves bien logrados. Tal es el caso, una vez más, de Carpintería, un poemario eficaz, con economía de recursos, con precisión en las imágenes y con buenas dosis de lirismo, como en el poema “Por el camino más largo”:

El regreso es mito
en la ficción de la memoria,
un estar siempre ausente
como el movimiento
de la marea,
tu aparejo es sombra,
truncada alevosía
de lo que es muerte,
árbol negro en el sitio de la espera. (p. 17)

Desde su título, el hablante lírico ha apostado por el oficio, por la labor cotidiana, matizada de una experiencia a la vez íntima, existencial y amorosa. La carpintería es un oficio modesto, podemos decir, y la poesía también. Ninguno de los dos cruza la alfombra roja. Luego, para escribir un poema, es necesario el trabajo, la paciencia del que martillea en paredes que se confunden con el viento.

Como podemos ver, la poesía de Chinchilla bien es capaz de inscribirse dentro de la línea poética costarricense que más se privilegia actualmente, pero es a la vez presagio de algo que reclama su individualidad.

En la contraportada, el escritor Carlos Cortés afirma respecto de este libro: “Lo hace con el estilo antirretórico y económico que asume la poesía actual costarricense”. Aquí, se evidencia una generalización sumamente dañina, la cual implica que solo existe “una poesía actual costarricense”, con lo que se borra de un plumazo los diversos matices que aún es posible encontrar.

Ya hemos mencionado en otras ocasiones, que a pesar de que la crítica ha querido ver siempre dos tendencias claramente diferenciadas en Costa Rica (el trascendentalismo y la antipoesía), las tendencias son más variopintas que tal división. Ahora bien, al menos en esa visión dual había espacio, pero la afirmación de Cortés, de mira estrecha, deja por fuera cualquier otra veta importante de nuestras poéticas.

Carpintería es un buen primer libro, con momentos muy logrados, aunque aún hay presencia de algunos lugares comunes, y cierto facilismo en el cierre de varios textos, como sucede en “El olor del agua”:

La palabra escrita
es la excusa de la palabra no escrita,
el verso es la excusa de lo ausente,
como cuando vemos la rama que crece
y decimos “esto es la vida”.
Otro ejemplo claro
es cuando alguien describe la lluvia
y llenamos de geografía lo húmedo.
Pero hay algo más
y no sé qué es. (p. 25)

Como no puedo dejar de mencionarlo, el aspecto editorial presenta varios problemas. De ellos, el principal es que casi no hay margen superior, por lo que un mal cálculo en la guillotina, probablemente nos habría privado de los títulos. Fuera de eso, la usual portada, bastante aceptable, pero con algunas erratas y problemas de impresión, con tinta corrida o borrosa, que empañan cualquier buena intención.

Carpintería es un buen presagio, un buen anuncio, tanto para su autor como para la poesía costarricense. Es una demostración de que la brevedad y el laconismo no son sinónimos de mediocridad, o de falta de riesgo. Este primer poemario de Esteban Chinchilla es una prueba de que la poesía es un oficio, pero para artesanos finos, no para carpinteros chambones. Ahora será esperar, con ansias, la evolución de este poeta y sus nuevas propuestas. Enhorabuena.


Lenguajes

Dime tu palabra en árabe,
en ave o tropiezo.
Dime tus palabras en algún idioma
o en cualquiera:
todos son imprecisos e incompletos.
Al fin,
todo lo que se dice se traduce.
Dijiste beso:
y yo pensé la sed y el agua. (p. 75)