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miércoles, 21 de diciembre de 2011

5656.- JACOBO CARCAMO



JACOBO VALLECILLO CARCAMO: Nació en El Arenal, Yoro, HONDURAS el 28 de noviembre de 1916. Murió el día domingo 3 de agosto de 1959, en México.


Datos para una biografía de Jacobo V. Cárcamo
Por Juan Fernando Ávila P.


Un 28 de noviembre de 1916, en el municipio de Arenal, ubicado a 36 kilómetros al oeste de Olanchito, en el matrimonio formado por el comerciante don José María Cárcamo y doña Ángela Vallecillo, nacía un robusto varón de piel trigueña clara, nariz recta y vivos ojos verdiamarillos a quien se le puso por nombre JACOBO V. CARCAMO.
Jacobo V. Cárcamo hizo sus primeros años escolares en el municipio de Arenal y más tarde en la Escuela Modesto Chacón de Olanchito, Yoro. Tiempo después se trasladó a la capital de la República a residir en la tranquilidad colonial del barrio La Hoya, iniciando sus estudios secundarios de bachillerato en el histórico Instituto Central de Varones, que era el centro educativo más afamado de la ciudad. En ese colegio concluyó su formación media en el año de 1937, trabajando al mismo tiempo como reportero de Diario El Cronista, cuyas páginas receptivaban el pensamiento independiente y progresista de los más connotados intelectuales que por entonces tenía Honduras.
En el año de 1935, cuando cursaba estudios de educación secundaria, publicó su primer libro de poesías, “FLORES DEL ALMA”, prologado por la ilustre y valiente hondureña Visitación Padilla, que tuvo buena acogida dentro del mundo intelectual capitalino y en algunos círculos de lectores existentes en el resto del país, perfilando al autor como figura prometedora para el futuro de las letras nacionales.
El año de 1937, bajo circunstancias inesperadas el poeta se convirtió en editor y director de ZAMBRANO, revista de efímera existencia, ya que sólo circularon dos números.
La publicación de su segundo libro de poesías la hizo en el año de 1938, y salió de la imprenta bajo el nombre de “BRAZAS AZULES”, prologado por Marco Carías Reyes, e ilustrado con dibujos del doctor Lisandro Gálvez, uno de los odontólogos sobresalientes de Honduras que incursionó con éxito en los campos de la plástica, y único dentro de esa disciplina científica en haber logrado la rectoría de la Universidad de Honduras.
El año de 1942 un 4 de febrero el ya consagrado poeta partió hacia México a realizar estudios universitarios mediante el otorgamiento de una beca lograda por influencias de su fraternal amigo Marcos Carías Reyes, quien desempeñaba funciones como Secretario Privado del dictador Tiburcio Carías Andino. Pero puesto en México y absorbiendo el ardiente proceso revolucionario que vivió la gran nación azteca, que logró inmortalizar a sus principales gestores, reconoció la valentía de sus héroes, y devolvió al pueblo el derecho legítimo de su constitucionalidad democrática, el poeta hondureño sintió que su organismo temblaba de indignación al ver de lejos el destino de su patria mancillado por el déspota que la gobernaba. De allí que renunció a la beca, iniciando su identificación con una legión de hondureños que habían constituido en México un frente común de oposición al gobierno tiránico, entre los que destacaban el polígrafo Rafael Heliodoro Valle, que atacaba con virulencia los caprichos del dictador a través de Diario “EXCELSIOR”, el escritor Alfonso Guillén Zelaya fustigando con su pluma las arbitrariedades del cariato, el ingeniero Félix Canales Salazar en abierta lucha por el rescate de los valores inherentes al hondureño, lo mismo que el abogado José Angel Ulloa, que ante la sucesión ininterrumpida de vejámenes cometidos en su persona se vio obligado a recurrir al exilio como único medio posible de subsistencia. A ese grupo de compatriotas se incorporó el poeta JACOBO V. CARCAMO, desarrollando una jornada política admirable que sólo terminaría con la muerte del principal líder oposicionista que fue el doctor José Angel Zúñiga Huete, también residente en México, a quien más tarde en un sentido canto póstumo exaltaría las glorias de sus luchas y la orfandad en que quedaba el pueblo con su muerte.


Más tarde, ubicado en su residencia en la calle de Uruguay #21, zona I (centro antiguo de la ciudad de México), el portalira inició una peregrinación indescriptible en una ciudad que no le garantizaba ninguna posibilidad en la satisfacción de sus urgencias cotidianas, y fue entonces cuando en la zozobra cayó en la ingesta alcohólica ininterrumpida que progresivamente fue constituyendo el cuadro clínico que aceleró su muerte.
JACOBO V. CARCAMO sintió por un momento el auxilio de sus más cercanos amigos, quienes procuraron ayudarle para hacer menos flagelante su vida en una nación extraña. Así fue que en un proceso transitorio de recuperación, periódicos, revistas, suplementos culturales y hojas literarias de un país donde se sobreponen los valores humanísticos dieron receptividad a su creación fuertemente inclinada a la exaltación de los valores que construyeron la realidad del México contemporáneo. Es el momento en que el poeta publica en México “LAUREL DE ANAHUAC”, en el año de 1955. Por ese mismo tiempo recibió desde Honduras la grata noticia que el Consejo Superior Universitario lo había seleccionado como Premio Nacional de Literatura RAMON ROSA, consistente en el otorgamiento de Diploma y la cantidad de $ 1,000.00 (un mil dólares).
Ricardo Diego Alduvín amigo y compatriota del portalira al conocer la noticia de la premiación, con fecha 17 de septiembre dirigió desde México un radiograma oficial al doctor Ernesto Argueta, rector de la Universidad, que literalmente decía:
“CARCAMO ansiosísimo por ir a recibir su premio, pero está materialmente imposibilitado para llegar el lunes. Junto con secretario Embajada, Castañeda, ruégote posponer premiación si pudieras tres días, así preparan por la prensa brillante recepción del que es casi un cadáver. Contéstame inmediatamente. Abrazos. Ricardo Alduvín”.
Ante la imposibilidad de hacerse presente en los actos de premiación el diploma y el valor económico le fue entregado en México al poeta a través del señor Porfirio Hernández, quien desempeñaba funciones como Embajador de Honduras en México. En la carta que el doctor Ernesto Argueta, rector universitario le remitió con fecha 14 de noviembre de 1955 anunciándole el envío de su galardón le sugirió el retorno a la patria, señalándole que el sol y el aire de su tierruca eran distintos al de otras latitudes y que contribuirían en mucho a modificar el estado actual de su salud alterada.
Con el valor del Premio Nacional de Literatura el poeta Cárcamo sacó de la imprenta la edición de lo que sería su último libro de poesías; “PINO Y SANGRE”, el que poca circulación y difusión tuvo en nuestro país.
JACOBO V. CARCAMO, fue un bohemio en toda la dimensión del término en el México de sus cantos, de sus angustias y sus iras, logró concertar relaciones con una pléyade de escritores que le tendieron su fraternal amistad y con quienes compartió en el GALLO DE ORO, una sombría taberna ubicada en la zona central del México antiguo, donde concurrían con frecuencia a mitigar su sed alcohólica, a intercambiar ideas relacionadas con el activo mundo cultural que vive ese país, a emborronar con letras a veces ilegible lo que más tarde se transfiguraría en metáforas implacables y vigorosas, y a escribir sobre servilletas muchas líneas que se perdieron en la inconsciencia de sus elevados estados de embriaguez.
Casi en la antesala de la muerte escribió a su hermana ADA CARCAMO, único familiar con quien mantuvo identificaciones, una carta sentida sobre la muerte de su madre:
“Con profundo pesar me enteré por tu carta del fallecimiento de mi mamá. Los amigos aquí me estaban escondiendo la noticia por temor a mi salud. No te imaginas como estoy, sufriendo en toda forma y llorando solo. Ustedes tan siquiera tienen el consuelo de abrazarse en el dolor, yo en cambio, qué me queda. Me siento solo, sin salud, sin hijos, sin amigos y ahora sin mis padres. Dime hermana de su muerte, qué amigos la asistieron, quienes estuvieron en su último minuto, como fue su dolor, estoy llorando… adiós…” Jacobo.
Quiso volver a su tierra y esa voluntad la expresó a su madre mucho antes de morir, pero la tuberculosis, la sordera y la afonía producida por el consumo copioso de bebidas fueron minando su débil organismo que escasamente atendía requerimientos alimentarios, hasta que terminó recluido en un sanatorio en Chapingo, de donde salió a morir un sábado 2 de agosto de 1959, a la edad de 43 años.
JACOBO V. CARCAMO dejó algunas obras que probablemente se hayan extraviado donde el poeta reclamaba justicia frente a los crímenes sociales que se cometían contra los desamparados de su tierra, su lírica en el preciso concepto de uno de sus apologistas que fue Roger Orellana Irías, señala:
“Llegó amar a México, sus tradiciones y sus luchas, compartió sus ansiedades y soportó sus quebrantos, vivió su historia y exaltó a sus próceres, JACOBO sentía por ese país una pasión cautivadora, hechizante y contagiosa”. R.O.I.
De todas esas obras la conocida en México fue “MURALES” (inédita), lo mismo que un poemario escrito el año de 1936 llamado “EL PUENTE” y otra donde reunió sus cuentos conocida con el título de “EL SOMBRERO EMPALMADO”, que quedó sin publicar desconociéndose su destino.
En el medio municipal de donde era originario se ha inmortalizado, porque en el centro de la plaza pública se erige una estatua donde se contempla al hijo de Arenal con su clara mirada perdida en la dimensión imponente y serena del valle. Sus paisanos igualmente dispusieron que el centro de formación media llevara el nombre de JACOBO V. CARCAMO, y cada 2 de agosto fecha de su fallecimiento honran su memoria con actos reminiscentes de su obra y sus cantos inmortales dedicados al lugar que invocó en “Saudade para mi pueblo”, al que llamaría con sentidos acentos de nostalgia, “huacal azul, tinaja de mis mieles”.
En el pasado los más fervientes admiradores de su lírica pretendieron significarlo mediante un sencillo homenaje póstumo dando el nombre del poeta a una pequeña escuela ubicada en la comunidad rural de Santa Bárbara (Municipio de Olanchito), que fue el lugar donde nació su venerable madre Ángela Vallecillo. Para materializar el acto colocaron en el interior del aula principal una enorme fotografía del intelectual arenaleño que en la concepción de algunos críticos de literatura ha sido el que con mayor sentido creacional ha provincializado el dolor. En la parte externa del edificio un rótulo que enmarcaba el nombre del poeta, y abajo, dentro del mismo marco, uno de los versos de su sentida inspiración: “Si cae una dicción en nuestras mentes, en nuestra lengua-tierra va a florecer un día” J.V.C., 1964. Pero los aires reaccionarios y contradictorios de nuestra política criolla anularon toda posibilidad de inmortalizar su nombre y lo sustituyeron por otro, desconocido por cierto, a quien todavía le buscan elementos biográficos para dar una explicación racional por la actitud censurable ante la supresión del nombre de un valor configurante del parnaso nacional.
La inclusión de este texto obedece a la inequívoca solidaridad cultural y a la irrenunciable admiración que el pueblo de Olanchito expresa por alguien que, como JACOBO V. CARCAMO jugó con todas las posibilidades del lenguaje en alarde de realidad y magia en busca de la metáfora deseada, y sobre todo, en la espera que provocó su canto por verlo:
“En caballo de estrellas y entre perros y niños
Arribar a su pueblo a reclamar por todos”.
En la década de los sesenta una pléyade de jóvenes originarios del municipio de Olanchito se identificaron en el arte por medio de una organización a la que denominaron “CIRCULO CULTURAL JACOBO V. CARCAMO”. Con la constitución de ese grupo perseguían conocer el desarrollo de distintas corrientes literarias mundiales, las creaciones que se originaban en el medio, estimular a los nacientes escritores con informaciones consistentes y actualizadas, contribuir al enriquecimiento de la cultura nacional desde diversas plataformas artísticas, igual que hacer vigente la memoria del poeta arenaleño a través de sus versos, y las invocaciones de sus más contagiosas y exquisitas metáforas. El grupo tuvo poca duración, y sus miembros emigraron de la ciudad al encuentro de sus verdaderos destinos, pero dejaron constancia de su preocupación por el respeto que les mereció la vida de un excelso valor de las letras nacionales.
Los restos de JACOBO V. CARCAMO descansan en el Panteón Jardín de la ciudad de México D.F. junto al de otro gran hondureño que fue el polígrafo Rafael Heliodoro Valle.
Murió como él mismo lo pronosticara:
“Lejos del verde cuenco de la Patria
afuera de su nítida naranja,
y el himno horizontal de sus corrientes”.










CANTO A UN PUEBLO Y A UN HOMBRE


Caiga mi verso como un riel...
Suene mi verso como un riel...
Quiero cantar a Méjico -pedazo de mi PATRIA-
Las fronteras se hunden en el mar de la unión;
Arriba solo brillan las olas de los hombres
Y las espumas de la Revolución.


No hay vendaval que borre mi amor por ese pueblo...
Pueblo alegre y altivo, pueblo valiente y fiero
Que derramo su sangre con Zapata
Y levantó su grito con Madero.


Al fin el peón ha visto el fruto de sus luchas...
El absentismo ha huido como nube de lodo...
Cayó el terrateniente,
Regose el capital,
Y el pan que ayer fue de unos, hoy es el pan de todos.


Gloria al líder de antes... Gloria al patriota de hoy
Que defendió a los pobres con su voz de huracán
Sobre las tierras de la Laguna
Y bajo el cielo de Yucatán.


Lázaro Cárdenas,
Lázaro que has vivido levantado
Lanzando tú grito cárdeno
En favor del proletariado.


Defendiendo a tus camaradas
Contra el extranjero azote,
Las palabras fueron estrellas
Bajo la noche de tu bigote.


"Hasta aquí no más," dijiste,
Y tus manos cayeron certeras
Sobre las agencias de ferrocarriles
Y sobre las compañías petroleras.


Así en el yunque de los explotadores
Has ido con tu martillo leal
Esparciendo las chispearías
Del vasto Plan Sexenal.


¡Lázaro Cárdenas,
Lanza de Lanzadas redentoras...!
¡Lázaro Cárdenas,
Carne de la carne trabajadora!














AUNQUE NO ESTOY CONFORME


Aunque no estoy conforme,
yo agradezco a la vida porque he vivido pobre.
Tal vez si fuera ricotendría el alma duray sordos los oídos
y cerrados los ojos.
Tal vez si fuera rico,mi verso -caracol humano-
no sería esta recia repercusión de pueblos
enloquecidos de hambre.
Aunque no estoy conforme,yo agradezco a la vida!














ANTIFONA DEL PUÑO


Una mano abierta...
nada más triste que una mano abierta...
es la mano que pide,
la mano que se humilla
por el sol negro de un mendrugo
o por el ojo rojo de un centavo.


Oh el entusiasmo vertical
de un puño en alto...
es como un mástil de orgullos
dispuesto a defenderse,
es como un botón de rebeldías
listo para reclamar.


Nada más bello,
nada más elegante
que alzar como una grímpola de fuego
la protesta redonda de una mano cerrada.












PINOS DE HONDURAS


En los más agresivos litorales...
allí donde las cumbres horadan firmamentos...
allí donde las rocas se orillan de cenit...
donde las aves bordean astros,
y el césped y el rocío
y todo un film de flores y dolores
deambulan por los senos de la nube,
allí enarbolan su virtud los pinos.
Pinos de Honduras...
bayonetas sonoras...
pagodas de zafiros...
capitanes de cordilleras,
con uniformes de tempestades
y con relámpagos por charreteras.
Si un niño es un arbusto vagabundo...
si una madre es ceiba de sangre
vuelta lluvia de luna sobre el mundo...
si en cada hombre hay un poco de árbol,
por las venas de cada hondureño
discurre un mar de pinos sin segundo.
Es sudor campesino la savia de los pinos...
arden sentencias mayas en su escamoso tronco...
es un incienso laico su resina,
y son remedos de flechas remotas
los verdes alfileres de sus hojas.
Pinos de Honduras...
teponaxtles de luz...
cuando la noche adensa sus crayones
y mete su cuchilla en las cabañas...
cuando hasta la montaña se recoge
bajo un cielo de turbios pabellones,
en terrenal tapete de terrones
y entre vientos de cobre,
abre su antigua lámpara el ocote.
En el vértice cívico...
en el pináculo septembrino,
pleno el aire de himnos y la tierra de niños,
el alma está presente como el pino.


Y así también, cuando la mano
sórdida... sanguinaria... sombría,
viola el jazmín y decapita al trino,
entonces con el agua hasta el designio
y los poros abiertos en historia,
junto a la piel del pino escucha el indio.
El descifra botánicos infolios...
él sabe el pensamiento de los árboles
como conoce el pino la raíz de los hombres.


Pinos de Honduras...
que en veranos de ópalo
y frente a gobelinos de arco iris,
extienden por los cerros sus cameras de hojas...
erigen en la brisa castillos de fragancias
y alargan sus rumores...,.
¡Perfumes musicados... sinfonías de olores!
Si en la tarde plagada de revólveres,
frente al panorama gris de buitres
y ante la sombra de la bota empírica...
si cuando nos cubren capuces de exilio,
o se nos va el laurel,
o nos tajan letales destinos,
¡pudiéramos llevarnos nuestros pinos!
Si en nuestros afanes tutelares
fuéramos como el rayo
que se resuelve en lumbre
para condecorarse de pinares!


Pinos de Honduras...
con mucho de escudo y de bandera...
marsellesas cilíndricas...
verticales caminos...
pirámides de índigo...
¡Brazos verdes de indios oprimidos
que entre pinares nacen... y mueren viendo pinos!














A LOS NIÑOS MUERTOS EN LA GUERRA


Por el hombre que andaba en cada niño...
por la madre auroral
derramando ternura en su muñecas...
por el clavel herido en su mañana...
por el quetzal,
condenado a un silencio impenetrable al trino,
y aun embargo ajeno
al odio de los hombres y al amor de los buitres.
Jamás se derramó tanta inocencia...
jamás juntó la tierra tantos cráneos azules...
ni más quejas el viento,
ni más compacta lobreguez el mundo.
En el pecho materno se doblaron...
segados dos por hisopos de metralla,
volaron sus laureles diminutos.
La ley era el obús...
las alas de muerte el mecánico enjambre...
la guerra como un incendio negro por ciudades.


Y en tanto, en las alas de todos los minutos...
sobre amargas comarcas de ceniza,
precipitándose,
perdiéndose,
hundiéndose un cruento y quejumbroso mar de niños.


En sus gritos confluyen los idiomas...
en sus ojos parecen los más raros paisajes
y sus tumbas tiene tatuada la tierra
con agujas de luto
En el páramo chino...
en el suburbio libero...
en las estepa de Lenin
y hasta en los mismos recintos agresivos;


los niños se dan la mano
bajo su universal y frío cementerio.
Y hay orfandad de azul en muchas almas...
corre menos amor por los ríos del mundo...
se ha mutilado al siglo...
las bayonetas rieron en balcones de escuela...
el juvenil rosal crujió bajo la bota
y se mancharon linfas inviolables,
mientras los niños de Etiopía,
los infantes de Francia
y las firmes criaturas eslovacas
opacaban al sol con sus despojos.
Muertos en el anuncio de su canto...
heridos sin tocar el fusil con sus dedos de rosa,
esos niños levantan su voz desde el pasado...
se unen en un solo martilleo de luz.
El humo de sus carnes es nube amurallada
que sangra tibia historia:
películas de llanto...
televisiones tétricas
de niños todos juntos y apretados y yertos.
¡Que el amor de los muertos sea flor de los vivos...
que nos demos al alba
y que el maestro alumbre con su índice
el mapa hecho con sangre de millares de niños!








CANCION NEGROIDE


Si los negros
Ríen ríen,
Si los negros
Tocan tocan,
Si los negros
Bailan bailan,
Con esa risa tan triste,
Y ese ritmo tan amargo
Y esa cumbia tan doliente:
Y si la noche repleta
De yodo, luna y licor,
Sus bocas parecen finas
Maracas de truenos blancos entre valvas de carbón;
Y sus manos
Golondrinas achatadas
Haciendo nidos de estrépito sobre la piel del tambor;
Y sus cuerpos son cual círculos de tinieblas epilépticas
O corros de focas locas.


Si los negros ríen
Ríen,
Si los negros tocan
Tocan,
Si los negros bailan
Bailan,
Es porque con el ruido
De su risa, de su zambra y el temblor de su tambor
Pretenden ahogar el hondo rugido de su dolor…


¡Y sobre todas las playas
Y a través de muchos siglos,
Los negros ríen
Y tocan,
Los negros tocan y bailan!