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martes, 20 de diciembre de 2011

5632.- LUÍS PIMENTEL




Luís Pimentel, cuyo nombre verdadero era Luis Benigno Vázquez Fernández (Lugo, 1895 - id., 1958). Poeta español en lengua gallega y castellana, relacionado con la Generación del 27.
Estudió y ejerció la medicina en Galicia. Sus primeros poemas se publicaron en la revista Ronsel, pero su primer libro no apareció hasta 1950.
En su obra se aprecia una síntesis de movimientos vanguardistas de dentro y fuera de Galicia. Fue autor de «Triscos» (Pontevedra: Colección Benito Soto, 1950) y de «Sombra do aire na herba» (Vigo: Galaxia, 1959, póstuma) en gallego. En castellano escribió «Barco sin luces» (Lugo: Celta, 1960), obra también póstuma que recoge poemas de 1927.
En su poesía se observan influencias del modernismo, de los "ismos" vanguardistas, del simbolismo francés y del existencialismo de posguerra. En cuanto a la forma, destaca el verso libre, imágenes vanguardistas, los paralelismos y las anáforas.
Se le dedicó el Día de las Letras Gallegas de 1990. De Luís Pimentel existe una antología en italiano, traducida del castellano y del gallego y organizada por Manuele Masini: Luís Pimentel, Infiniti Istanti, a cura di Manuele Masini. Pisa: edizioni ETS, 2004.














Entierro del niño pobre


Punteros de gaita
lo acompañaban
Su padre de negro;
en el mar, una vela
blanca


Los amiguitos lo llevaban
No pesaba nada
Abajo, el mar;
el camino en el aire
de la mañana


El iba de camisa limpia
y zuecos blancos
Los amiguitos lo llevaban
No pesaba nada






Enterro do neno pobre


Punteiros de gaita
acompañábano
O pai de negro;
no mar, unha vela
branca.


Os amiguiños levábano
Non pesaba nada.
Abaixo, o mar;
o camiño no aire
da mañá.


Il iba de camisa limpa
e zoquiñas brancas
Os amiguiños levábano
Non pesaba nada.












DE “TRISCOS”




CRUCERO


¿Por cuál camino huyó su cuerpo?
Dos caminos la llevan al mar
y uno al prado más tierno.
Llevaba los pies desnudos
y el cabello al viento.
¡Dímelo tú, Señor,
que la viste pasar!
Dos caminos la llevan al mar
y uno al prado más tierno.












CANCIÓN PARA QUE UN NIÑO NO DUERMA


A mi gran amigo Piñeiro


No duermas,
mi niño pequeño...
Agítate, grita, llora.
Tu padre está fuera.
Rasga con los pies
esta sábana de miedo.
No cierres los ojos, niño pequeño.
El viento zumba, no cierres los ojos.
La muerte ronda por fuera.
Veo el río oscuro
y una hoja muerta.
Agítate, grita, llora.
Tu padre está fuera.












EL VALS DE LA NIÑA POBRE


Baila, baila, baila.
Tus harapos se quedaron en la escalera.
Dentro estás de un rico cofre;
una hermosa tristeza canta el piano,
una sombra de acordes
escala de tu cuerpo perfecto.
Baila, baila y gira
entre terciopelos antiguos.
(Oriente de perlas
pasa por los espejos).
¡Oh, tus redondos senos!
Tus muslos fríos,
nácar para el ébano caliente.
Milagrosa y dulce tu luz hay en tus ojos.
Baila, baila y gira,
olvida tus harapos.














DE "SOMBRA DO AIRE NA HERBA"




¿TÚ QUÉ SABES...?


¿Tú qué sabes de los miles de horas,
de los siglos que fueron necesarios
para que tus senos soporten ahora la luz
en perfecto equilibrio,
para que iluminen esta milagrosa estancia?


¿Y ese gran esfuerzo de infinitos instantes
para pulir el marfil de tus muslos
y para que tu frente
pueda ser coronada por las rosas?


Millares de días y de noches
para que el cuarzo de tus pies
sea casi leves alas.
Para que tu voz no pese en el aire,
cuántas herramientas han tenido que cegarse.
Cuántos silencios
para que ahora tus manos puedan
cortar una rosa en la noche.
Cuánto tiempo mirando al cielo y a la tierra,
cuántas miradas perdidas
para que ahora
puedas llorar dulcemente.












LA POESÍA ES EL GRAN MILAGRO DEL MUNDO


Te enseñaré sin gritos. El poeta es un maestro sin ira.
Te llevaré a mi reino,
donde te aguarda
la bandera de la esperanza.
No te mostraré aquélla
triste, abatida sobre el mástil,
solitaria bajo una lluvia cenicienta.


Estoy arrepentido de pensar
que el más zafio y bruto de los hombres
no pueda descalzarse
para entrar en nuestro reino.


(¡La poesía es el gran milagro del mundo!)


Yo haré que veas a través de tus manos toscas
la luz de tu sangre.
Puliremos tu frente de cuarzo
hasta hacerla casi luna.
No te haré levantar pesadas piedras
ni subir al monte más alto,
donde está clavada
la bandera de mi verso,
ni sostener con tus hombros las noches.


Todo esto lo ha hecho ya el poeta
por ti, para ti y para el mundo.
Te lo prometo que quedarás absorto,
mirando a las estrellas.
Llegará tu rudo sentido del tacto
a conocer las rosas invisibles en la noche.
Oirás el rumor de tu propia sangre
y el silencio que todos llevamos
cuando digas: los senos de mi amada...
Quedarás deslumbrado por su luz,
bajo la sombra verde en el bosque.


(¡La poesía es el gran milagro del mundo!)


Haremos música de tu vocerío. Aquí estamos con tu lenguaje vulgar.
Nombrarás cualquier cosa
-árbol, caballo, piedra...-
y los verás nacer con su vida más íntima,
con sus contornos más puros.


Mira esa hormiga,
ese trocito de polvo oscuro...
¿Qué delicados dedos de alfarero
pudieron modelar tan diminuto corazón,
que late ahora bajo los altos árboles?
¿No percibes que se ha movido el silencio?
Es esa ave nocturna
que ha cruzado el bosque:
dulces, sordas plumas,
abanico de la noche.












LOS NIÑOS


Escondido su terror
entre los pliegues del manto
de las madres,
asusta sentir su corazón veloz
dentro de un pecho tan mísero.
¿Cómo se sostiene o defiende
tanta fragilidad?
(¡Una hoja en el viento!)


¿Recordáis, como rosas que llegan de la sombra,
esas filas de miradas de los expósitos
en domingo?


(Y no hablemos de la infancia de los príncipes).


¡Oh, las navajas siempre abiertas
para herirlos,
dentro del terror de sus sueños!
Y en los oscuros rincones
sus silenciosas lágrimas.


El niño no conoce la muerte;
pero a veces nos llega un grito
de un mundo desconocido para el hombre.


¿Y esa pregunta honda
que se para un instante en sus ojos?
¿Y esa luz penosa, dulce,
sobre una frente blanda y tierna,
de dónde viene?


Pero existen niños solitarios,
extraños niños
que conocen la muerte.














PASEOS


Estoy solo,
casi solo.
Contemplo un cielo tierno
como una finísima lana azul.
El río está tan quieto que parece sólido,
y debajo de este bloque como de un almíbar cristalino
las piedras brillan y me hacen dichoso.
Los blancos álamos, tan tremulantes siempre,
se adormecieron dentro de la tarde.
Es domingo...
Y es como si todo, hasta los pájaros,
huyesen a la ciudad.
EL molino viejo está clavado en el río,
tan callado que hasta su silencio
se refleja en él.
Pero ahora...
por un camino
del otro lado del río pasa un entierro de aldea.
(¡Quién se puede morir en esta tarde tan dulce!)
Yo veo -para eso soy poeta-
que dentro de la caja
él va vestido de domingo:
blanca camisa, traje negro,
corbata y brillante y zapatos nuevos.
Sus uñas aún llevan su tierra
y sus dedos deformes
se cruzan torpemente sobre su pecho.
Van sus ojos mirando
a este cielo tan tierno.
Cerca queda su pequeña casa cerrada, quieta, silenciosa.
Alrededor de ella
hay una soledad misteriosa
que el río refleja.
Solo, muy lentamente, regreso a la ciudad.












CONSEJO


Pisa ahora la gaita.
Como a un pulmón
le quedaría siempre
una gota de sangre o aire.
Durante algún tiempo
merece estar exangüe.
Yo ansío una Galicia muda.
Todos estamos gritando.
Quememos nuestros harapos
en Compostela.
Yo bien sé que hay un misterio
en nuestra Tierra:
más allá de la niebla,
más allá del mar,
más allá del bosque.
Yo estoy todavía ensimismado
y me rodea una eterna noche.
Pero espero, espero siempre
un milagro, una voz.
Nadie puede arrebatarme
mi soledad.












JUEGO VIL


Aquel niño
le pinchaba los ojos
a los pájaros;
y le gustaba ver salir
esa gotita
de aire y de luz,
ese rocío limpio
de mañanitas frescas.
.................................................
Luego los echaba a volar
y se reía al verlos
chocar contra el muro
de su casa,
con un ruido muy triste.
..................................................
Creció y fue de aquéllos.














DE "BARCO SIN LUCES"




EN EL DEPÓSITO DE CADÁVERES HAY UN NIÑO


Ya se marchó el ministro del Señor
-visita de cumplido-
y su hisopo lleno de rutina.
Tú creías que era un sonajero,
y te quedaste muerto jugando con la lluvia.


El depósito de cadáveres es grande para ti.
Y la negra mesa.
Y tu sombra.
Y el silencio de cemento húmedo.


Tú y yo nos entenderemos eternamente.


Llega hasta aquí una canción herida
que se cae y se levanta.
Viene del misterio de los remansos,
en el río, bajo los chopos,
donde las barcas atadas
vigilan las estrellas que quieren ahogarse.


La ciudad no sabe nada de estas cosas,
y en tu cuerpo aún ha quedado
una luz tenue que alumbra el depósito:
la muerte, que ha untado tus mejillas
de una cosa demasiado seria.


Pero en tus ojos aún existen
diminutos jardines encendidos
por los que jamás anduvieron tus pies,
tu pequeñita sombra.


Estás conmigo,
con las manos cerradas, apretadas,
sin querer soltar ese trocito de silencio
que te llevas de este mundo.












UN MENDIGO EN EL QUIRÓFANO


Se va sumiendo la carretera en tus ojos.
Horas encendidas de grava
viven aún en tu humilde reloj de níquel...
Los ángeles azules del telégrafo
dieron sus alas para tus pobres zapatos.
Rezan por ti de rodillas
los marcos de los kilómetros.
En la camilla,
está tibio de paisaje tu cayado;
y sobre el quirófano
ha caído una lluvia de campanas y pájaros.
Níquel y cristal
se han inundado de campo.












ORACIÓN PARA QUE NO SE MUERA UN PÁJARO


Señor, ¿por qué un pájaro de cerca puede ser un monstruo?
Lo tengo en mis manos, y tiemblo de miedo.
Es como si fuese mi propio corazón.


Tiemblo, porque puedo matar
esta flor caliente y viva,
hacer que por su boca salgan
todas las mañanitas límpidas.


¿Por qué un pájaro es cosa siempre nueva para nosotros?
Señor, ¿por qué en nuestras manos palpita el crimen?












ORACIÓN AL POETA MUERTO


Señor, él ya no posee nada.
En las cuatro plazuelas suyas,
cuatro cirios arden,
cuatro ángulos fríos entre el polvo y sus papeles.


Dadle, Señor, tan sólo una hierba
a él, que sacó de debajo de cualquier piedra
maravillosos sueños.


Solamente un tambor enlutado
bate en la noche su silencio;
en las altas noches
que él sostuvo con sus débiles hombros.


Dadle la mísera llama de una bujía
a él que lo ha dado todo:
la rosa que hizo día y noche con sus dedos.


Tú, Señor, sabes que un poeta no posee nada.












A ESTE HOMBRE...


A este hombre que camina solo
por la inmensa soledad de la playa
yo le veo desde lo alto
y desde esta tarde que agoniza.


Acaso él no sepa que le espío
y que le encierro en mi verso:
me hacen dichoso sus pies descalzos
sobre la arena mojada.


Tras él
va dejando pequeños cielos moribundos.
(Jamás he visto el mar tan dulce
ni las rocas tan tiernas).


Su cuerpo es duro y tosco
sobre este lujo del paisaje.
Vive ahora dentro de una joya
y no sabe que camina
sobre preciosa seda
y que va dejando tras él
pequeños cielos moribundos.


Maravillosos sueños
que sus pies deformes y humildes
crean para mí.












PALABRAS


Pájaro no es nada.
No tiene alas.
El niño dijo:
-Vin un paxaro...
Y las manos se nos escaparon
a los árboles


Un bloque de cristal
ante el molino.
La sombra mojada del umbral
bajo los árboles.
El espacio encendido de verde.
El niño dijo:
-Arriba canta un merlo...
Y el aire se hizo flauta.


Paloma, palabra
sin plumas, fría.
EL niño dijo:
- Teño unha pomba...
Y las manos se pusieron tibias, huecas;
se hicieron nidos.


Sobre la ciudad
una lluvia fina cae.
El niño dijo:
-Este orvallo...
Y sobre nuestro corazón
comenzó a llover dulcemente.












EL VIAJE


He cerrado mi casa:
todas las puertas y ventanas.


(Lo hago
como si le cerrase los ojos
a un muerto querido).


Luego me he sentado fuera
y he estado largo tiempo
contemplándola y meditando.


¿Qué harán mis cosas dentro
-las que siempre me acompañaron-,
ahora que están solas?
(Mis espejos, mis libros, mi lámpara...)


¿Sabrán ellas en este momento
que nunca volverán a estar a mi lado?


¿Sabrán que jamás volveré de ese viaje?


Cuando abandono mi casa,
yo siempre se lo pregunto.


La mesa donde escribo,
la lámpara que ilumina mis manos...


Luego, al regreso,
abro la puerta, las ventanas,
corro a mirarme a mi espejo.
Y sé
que soy yo el que vuelvo.














OTROS POEMAS:




UN MUERTO, EN CASA


Enterrad los espejos
donde aún está su terror.


¡Eres ya en casa
un terrible forastero!


¿Qué lluvia de años antiguos,
qué odio a no sé qué cosas
y qué pueriles palabras,
huyendo por los tristes pasillos?


¿Juegan los niños al borde de las acacias?
¿Saldrá mañana el sol
para mi calle?


¿Qué le ha pasado
a mi ciudad y al mundo?












RECUERDO


Yo recuerdo
el viejo reloj de mi padre,
Así eran sus pupilas también,
gastadas, doradas, tiernas.


En mis fiebres de niño,
mis sueños andaban por aquella esfera:
diminutos jardines de esmalte
por los que mis pies temblorosos
corrían en sueños.


Allí está mi pulso
pequeñito y rápido,
mi casa, mi alcoba, mi lámpara
y las tardes infinitas,
lluviosas, de mi pueblo.