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miércoles, 14 de diciembre de 2011

5565.- JUAN ESTEBAN FAGETTI


Juan Esteban Fagetti (* 3 de agosto de 1888, Paysandú - 1954, Montevideo) poeta y periodista uruguayo.

En su vida fue un autodidacto. En 1903 entró al Ejército e intervino en la batalla de Masoller donde perdió la vida el general Aparicio Saravia.
Dado de baja del Ejército en 1906, residió en Montevideo donde se vinculó con la "Juventud Literaria del Uruguay" movimiento presidido por el escritor Montiel Ballesteros.
Luego pasó a residir en Buenos Aires donde tomó contacto con Lira Porteña y La Cruzada y se vinculó con las ideas anarquistas.
De regreso en Paysandú dirigió dos diarios de ideas afines al Partido Colorado. Como poeta obtuvo varios premios tanto en Montevideo como en el resto del país. Entre otros libros publicó Pueblo chico (1927), Piropos a Buenos Aires (1943), San Ramón (1945) y Tesis Lírica (1950).
En 1983, Fernando O. Lahitte publicó una Antología Poética de Fagetti.

Obra literaria
Palique del momento (Buenos Aires, 1909)
Lo de siempre (Buenos Aires, La Lionesa, 1912)
Élitros (Montevideo, Ed. de la Juventud Literaria, 1914)
Mediodía (Paysandú, Ed. Paysandú, 1916)
Pueblo chico (Paysandú, Ed. Diario Moderno, 1927)
Policiales, versos escandalosos (Paysandú, 1930)
La tierra de Leandro Gómez - poema dramático (Paysandú, 1942)
Piropos a Buenos Aires (Buenos Aires, Soiza Reilly, 1943)
San Ramón (Paysandú, Ed. Paysandú, 1945)
Tesis Lírica (para el doctorado de lo intemporal) (Paysandú, 1950)
Antología poética (recopilación que contiene poemas inéditos. Montevideo. Ed. de Fernando O. Lahilte, 1983)






Buceo (II)

En el Buceo, de noche,
se asoman al mar los muertos
El que no trisque confianza
que encienda una luna. Es cierto.
Y si los muertos se asoman,
de noche, al mar comunero,
es porque tañen aldaba
modistas y zapateros.

Son las deudas planetarias:
los deudos, ¿por qué pusieron
al difunto ropa nueva,
zapatos y traje negro?

Quien sigue una luna, vaya
por los fondos del Buceo.
Hay quien pesca para afuera
hay quien pesca para adentro.









Desolación

Hay en el gris de este lluvioso día
cierta fiel consonancia con la pena
que en la tristeza de mi faz morena
insinúa parcial melancolía.

Ni un transeúnte; ni un pájaro en la vía;
ni un cascabel; ni una bocina suena;
el antiguo reclamo de la cena
rasgará la letal monotonía.

Como diablillo de un gredoso muro,
sobre la esfera de un reloj oscuro,
va el tembloroso minutero andando.

El cierzo gusta que la lluvia pase
como en el rostro la lágrima que vase
de las ciegas pupilas descolgando.











El hombre de los ocios líricos

Dulce conformidad de la treintena...
Rostro aniñado y bello, y un silbido
rondador por las calles siempre solas.
Tan poca cosa, y ¡qué feliz, Dios mío!

De gorra humilde; mujeriego siempre.
Todo desgalichado, misterioso.
Peleador sin rival. Trompo en la danza.
Danza a la moda con el vals del cosmos.

La vecindad augusta no le arredra
de la nieve que abisma los collados.
Nada de nada, al fin. O el premio sólo
de una luz en el dombo ilimitado.

Flor en la landa; canto entre las ocas.
Paradojal en sumo grado; y sueña
en la verdad más dulce:
en la mala que peca...
por amar demasiado algunos versos.










En la noche (II)

Como un noble filósofo, mi "viejo",
en la quietud de la paterna casa,
"Los Subterráneos de París" repasa,
frunciendo a cada paso el entrecejo.

Mi buena madre, con feliz gracejo,
me proclama juicioso. Por la gasa
del cielo silenciosamente pasa
con tardo andar el nocturnal cortejo.

Comentan las julietas a porfía
los infaltables éxitos del día;
importuna el tic-tac de los segundos,

y mi imaginación, sin que lo sepan,
va con ensueños que al empíreo trepan
en peregrinación por otros mundos.











Mediodía

Mediodía: el amor, el vino, el humo,
con las flores rosadas del sendero...
la hora y las dudas que execró Unamuno
con recia prosa cual un buen tendero.
El verso fluye cada treinta días
cuando lo impone Amor, malignamente.
(Es fama que los bardos se han jugado
por una dama sus mejores predios).
Así, este peregrino,
en un alto prudente del camino,
reverenciando a medias los asedios,
enhila su canción.
La canción del minuto. Balbuciente
si bien se mira, y vaga...
(Dicha a cambio de un beso que le halaga
y que aletea en su marchita frente).

Y dicha la canción, que le entusiasme
y ría Nietzsche, y Schopenhauer grazne.











Se vela a un muerto

El zaguán y dos ventanas
abren tres franjas de luz
con las que pudiera hacerse
triste, deleznable cruz.

Este velorio en el pueblo
es el último bastión
de vida. A un paso del alba,
lejos, suena una canción.

Las calles muertas de miedo.
Dan las 2 y viene a ser
con su luces el velorio
faro en el amanecer
de antaño pueblo ilusorio

Quien va por la calle piensa
en la fragante emoción
de las chicas que sonríen
ante el fúnebre cajón.

Y allá, al doblar una esquina
yendo hacia la madrugada
el muerto nos dice: toma
mi alma, y tenla, bien guardada.












Soneto

Montado en una constelación,
así, pareces el antropoide
cabe un pingo de mar.
No un jinete
sino el camalote
que enciende la farola de una flor
sobre el aceite móvil.

Poeta: el soneto
es un féretro.
El olor del muerto
anda en torno nuestro,
contagioso, infecto.

Yo pagaré el entierro
y hasta cien gimoteros,
pues nadie de sus deudos
querrá perder un céntimo,
como heredero,
en hipotecas
y en alquiler de templos.

No al cementerio,
sino a un lazareto,
para que el océano,
el viento
y los cuervos
le echen una palada de plata
y el pésame a los deudos.