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viernes, 18 de noviembre de 2011

5358.- JUAN AROLAS


Juan Arolas (Barcelona, 22 de junio de 1805 - Valencia, 25 de noviembre de 1849), poeta español.

Hijo de comerciantes económicamente desahogados, vivió su niñez en Valencia, donde fue alumno de los Escolapios. Ingresó en esta orden en Peralta de la Sal (1819), según unos forzado por su familia y según otros llevado por una impetuosa vocación. Allí sintió su primer amor por una muchacha de la que se ignora hasta el nombre. Estudió filosofía en Zaragoza y Teología en Valencia, y fue nombrado profesor del Colegio Andresiano (1825-1842) de esta ciudad. Con otros hermanos de su orden, como Vicente Boix y Pascual Pérez Rodríguez, acudía a la tertulia del editor Cabrerizo. Ardientemente liberales, Arolas y Pérez fundaron el Diario Mercantil (1833) en defensa de la libertad e Isabel II. Leyó apasionadamente a los románticos ingleses y franceses, y escribió sobre todo leyendas y orientales con una característica sensualidad. Arolas llevaba una vida desordenada escribiendo versos con pasmosa fecundidad y recurriendo a veces al plagio o la paráfrasis para ganar dinero. Fue sumamente famoso en España entera como poeta y no abandonó la orden como Boix por miedo quizá a no encontrar forma de subsistir. Con graves trastornos mentales a partir de 1842, manifestó delirios eróticos que le atormentaban y hubo de ser recluido en una celda, donde murió sin recobrar la razón.
Obra
Poeta de excesiva facilidad, demasiado fecundo y sin escrúpulos a la hora de plagiar o imitar, amigo de la ornamentación formal y con escaso sentido de la estructura interna del poema, la poesía de Arolas ha sido relegada a un puesto secundario dentro del Romanticismo español. Sus colecciones más importantes de versos son Poesías caballerescas y orientales (Valencia, Cabrerizo, 1840), Poesías pastorales y amatorias (Valencia, Mompié, 1843), Poesías religiosas, caballerescas, amatorias y orientales (Valencia, Mariana y Sanz, 1860).
La clasificación temática de este último título es la que describe su producción, si añadimos además cierto número de poemas festivos ingeniosos y con bastante humor. La poesía amorosa es neoclásica y romántica. La neoclásica refleja influjo de los elegíacos latinos y de los clásicos españoles. La romántica es descaradamente carnal, y en esta la obra maestra es "A una bella", cuyo estribillo es "sé más feliz que yo". Arolas es uno de los poetas más eróticos de la literatura española, y algo de su estilo dejó en Julián del Casal, poeta en conjunto muy superior a él.
La oriental es a veces un pretexto para la exhibición del erotismo reprimido del autor, que tanto le atormentaba. Son monótonos los clichés decorativos y el paisaje posee impronta bíblica. Destacan narraciones como "Leyenda tártara", "los amores de Semíramis" y "Granada".
La poesía caballeresca o de temas medievales es de tipo narrativo y, con escasa excepciones, se centra en España. Proviene de diversas fuentes históricas y revela influencia de Rivas y José Zorrilla, pero fracasa en la narración de los hechos al ser excesivamente prolijo y monótono, y en lo elemental de los personajes.
Su obra más interesante es La sílfide del acueducto (Valencia, 1837), de cuatro mil trescientos versos, dedicada a la muchacha de Peralta, a la que llama Leonor. El poema tiene un indudable fondo autobiográfico y de época y cuenta los amores de Hormesinda y Ricardo, frustrados por el ingreso de él en la Cartuja forzado por su padre. Ella consigue llegar a su celda y goza de su amor, pero los descubre el abad, que manda envenenar a Hormesinda y recluir a Ricardo, que muere en su calabozo. Sus almas alcanzan los Campos Elíseos y allí disfrutan del amor que se les negó en la tierra. El poema expresa sus ideales liberales y su protesta contra la represión religiosa.
Escribió su poesía religiosa bajo la inspiración de Lamartine y la Biblia, pero en ella no existe intimismo alguno: se canta el poder y la grandeza del Creador o bien el pecado y la ingratitud del hombre con Dios. Hay poemas de asunto bíblico y otros celebran episodios de la vida de Cristo.







Adán y su compañera (Después de su caída)

Huyamos de sus iras; mas ¿adónde?
Si no apaga su sol, ¿quién nos esconde
Del ofendido Dios?
Y si de noche oscura se presenta,
¿No hará con su mirada, que calienta,
Cenizas de los dos?

¿Nos esconderá el mar que ronco truena?
¡El mar!... ¡el mar!... un escalón de arena
Que, si lo salva el pie,
Detrás de onda benéfica que halaga
Se estrella otra mortífera que traga,
¡Y nada más se ve!

Y a los altivos montes ¿quién acude,
Si, pasando su sombra, los sacude
con hórrido temblor?
¿Si encorvarán sus cimas de malezas,
Oprimiendo tal vez nuestras cabezas,
Malditas del Señor?

¿Sabes, di, algún lugar árido y triste,
Que de abrojos y espinas se reviste,
Sin flores por tapiz,
Do estrechando los brazos criminales
Cerremos en la noche de los males
El párpado infeliz?

¿Y no llegue su enojo a tales climas,
Reventando en volcanes por las cimas,
Y removiendo el mar?
¿Y podamos, por único consuelo,
No contemplar la luz y ver el cielo,
Tan sólo respirar?

¿Do no suene su voz que me acobarde?
¿Do no vuele en las brisas de la tarde,
Que él mismo embalsamó?
¿Ni encienda esas estrellas que ama tanto,
Crisólitos caídos de su manto,
Que en torno sacudió?

¿Y será que se olvide de mi nombre
Y nada le recuerde que hizo al hombre
Que al lado tuyo ves?
¿Y no cuente, al fulgor de sus destellos,
Ninguno de mis días, ni cabellos,
Ni huellas de mis pies?

Mas ¡ah!, que con su dedo omnipotente
Sostiene todo mar y continente;
Y el dedo encogerá,
Y, desquiciado entonces con asombro,
Para vagar en átomos de escombro.
El mundo caerá.

¡Oh amada realidad de sueños míos!
Tú, nacida al frescor de cuatro ríos,
En medio del Edén,
Arrastrarás conmigo y con tus penas
Por páramos de estériles arenas
Tu maldición también.

¿Quién te igualó en riqueza y hermosura
Antes de aquel instante sin ventura
De amargo frenesí?
¿Antes que aquella sombra te halagase
Y aquel fruto de muerte mancillase
Tus labios de rubí?

Las fuentes retrataban tu contento,
Y de tu blanco seno el movimiento,
Tu risa y tu mirar;
Y tus ojos de llanto no sabían,
Y tus hondas entrañas no mordían
Las limas del pesar.

Las aves cariñosas te cantaban,
Las brisas tu cabello acariciaban
Con ósculos de amor,
Y cuando la pisó tu pie de nieve,
No perdió de amorosa ni de leve
La más delgada flor.

Yo bebía en tus ojos dulce encanto,
Y envidiaba mi dicha el ángel santo,
Y el mismo serafín,
Que, al eco de tu voz, dejaba el cielo,
Por gozar tu mirada de consuelo,
Volando en el jardín.

¡Oh cómo se acabaron tales días
Y se rasgó su tela de alegrías,
Bordada de placer!
¿Do estáis, auroras puras y brillantes?
¿Volasteis a otros climas muy distantes,
Para jamás volver?

Ya el sol con su luz clara no consuela;
Siento mi desnudez que el frío hiela,
Y encuentro sin calor
Tus ósculos que libo y tu regazo,
Y al buscar una dicha en un abrazo,
Mi dicha es el dolor.

¿Y quién nos borrará de la memoria
Nuestro pasado bien y nuestra gloria
Y excelsa beatitud,
Para que, sin tormentos, sin enojos,
Cerremos breve instante nuestros ojos
Con sueño de quietud?

¿Y quién ha de dormir, si está presente
Del ofendido Dios omnipotente
La eterna maldición?
¿Si enluta nuestros pasos, nuestra vida,
Y con llama feroz, desconocida,
Nos quema el corazón?

¡Yo tiemblo de mirarme en su presencia!
Resuena en mis oídos la sentencia
Que nos dictó el gran Ser:
«Por cuanto mis preceptos no cumplisteis,
Al polvo volveréis de do salisteis,
Por solo mi querer.»

Esto dijo a su triste compañera
El hombre, en su desgracia lastimera,
Maldito de su Dios;
Y la fúnebre noche del pecado,
Con un manto de sombras enlutado,
Cayó sobre los dos.







A una Bella.

Sobre pupila azul con sueño leve
Tu párpado cayendo amortecido,
Se parece a la pura y blanca nieve
Que sobre las violetas reposó;
Yo el sueño del placer nunca he dormido:
Sé más feliz que yo.

Se asemeja tu voz en la plegaria
Al canto del zorzal de indiano suelo,
Que sobre la pagoda solitaria
Los himnos de la tarde suspiró;
Yo sólo esta oración dirijo al cielo:
Sé más feliz que yo.

Es tu aliento la esencia más fragante
De los lirios del Arno caudaloso,
Que brotan sobre un junco vacilante
Cuando el céfiro blando los meció.
Yo no gozo su aroma delicioso:
Sé más feliz que yo.

El amor, que es espíritu de fuego
Que de callada noche se aconseja
Y se nutre con lágrimas y ruego
En tus purpúreos labios se escondió;
Él te guarde el placer y a mí la queja:
Sé más feliz que yo.

Bella es tu juventud en sus albores
Como un campo de rosas del Oriente;
Al ángel del recuerdo pedí flores
Para adornar tu sien, y me las dio.
Yo decía al ponerlas en tu frente:
Sé más feliz que yo.

Tu mirada vivaz es de paloma:
Como la adormidera del desierto
Causa dulce embriaguez, hurí de aroma
Que el cielo de topacio abandonó;
Mi suerte es dura, mi destino incierto:
Sé más feliz que yo.











Himno a la Noche.

¡Oh Sol! ¡noble gigante de hermosura,
y astro rey en un trono de volcanes!
¡Guerrero cuya nítida armadura
deslumbró en feroz lid a los Titanes!

Las águilas del Líbano altaneras,
cuando dorabas hoy la antigua Tiro,
te admiraron subiendo a las esferas,
yo que pierdo tu luz, también te admiro.

Su pupila tenaz osadamente
se fijó en tu cenit esplendoroso;
yo al morir en los mares de Occidente,
te saludo no mas, rey luminoso:

Faro inmortal del mundo a quien das vida,
eterno en juventud y en el encanto
sombra del Hacedor, piedra caída
de, la esmaltada fimbria de su manto!

De la muerte del día plañideras
le siguen al sepulcro largas sombras,
que borran la esmeralda en las praderas,
desatando sus tétricas alfombras.

Su tapiz vaporoso sin colores
enluta en fuente azul blancas espumas,
los pétalos de nácar en las flores,
y en las aves el iris de las plumas.

En el tronco de un árbol carcomido
no duerme enteramente el aura leve,
pero lánguida vaga sin sonido,
temiendo desplegar alas de nieve.

Tal vez el bardo así, cuando es de hielo
sin juventud ni amor, triste suspira,
y teme levantar su canto al Cielo,
recorriendo las cuerdas de la lira.

Roto el prisma falaz de las pasiones,
que me presenta un mundo de placeres,
y sobre pedestales de ilusiones
ídolos de jazmín en las mujeres;

Cuando el Edén de mágico contento,
como insecto de un día vaga y zumba,
se vista de color amarillento,
mostrando en vez de flor, mármol de tumba;

deme el Cielo en la choza solitaria
del arpa de Sion la melodía,
y escríbase en mi losa funeraria:
«Dios Amor, y la dulce Poesía.»

¡Mas sombras sobre el mundo cada instante!
pero avanza un lucero a las estrellas
mientras detrás del eje rutilante
en lejanos cohortes siguen ellas.

Dime, luz bienhechora, ¿dó caminas?
¿Velas sobre los sueños, les asistes,
y con el resplandor los iluminas,
repartiéndolos tú blandos o tristes?

¿Eres cuna dó el ángel se adormece?
¿O estás cual atalaya prevenida
que avisas al amante que anochece,
para que vuele a ver a su querida?

¡Delicioso jardín...! en una rosa
se duerme una cantárida dorada,
mientras una nocturna mariposa
turba el sueño y le roba la morada.

En la hierba fosfórico gusano
enciende su fanal, o su lumbrera
émula del cocuyo americano,
que si marcha, le sigue compañera;

y las plantas acuáticas que solas
aman perenne humor, sacan aprisa
del cristal adormido sus corolas,
para gozar los besos de la brisa.

Un insecto de púrpura y topacio
sobre, flexible tallo se asegura,
y a una cerrada flor que es su palacio
estas quejas tristísimas murmura.

«Ábreme hermana mía, el blanco seno,
que vengo fatigado del camino;
por extraño pensil de lilas lleno
me perdí susurrante peregrino.

Me persiguió un rapaz de ojos azules
y por huir su mano codiciosa,
escondido entre ramas de abedules.
Me sorprendió la noche tenebrosa.

Al tiempo de besarse dos amantes
crucé por una gótica ventana,
y sus ósculos tiernos y constantes
empañaron mis alas de oro y grana.

Gozaba en su balcón auras amenas
una bella de formas celestiales;
quise entrar en su pecho de azucenas,
y huyó de allí cerrando sus cristales.

Errante voy, y encuentro poseído
todo cáliz, dó bebo la ambrosía,
de sonoro amador que está dormido:
Ábreme tu capullo, hermana mía.»

Poco a poco la flor va desplegando
su seno virginal al que la llama
y ofrece a su cariño lecho blando...
¡Delicioso jardín!... esa flor ama.

¿Dó camináis vosotras, bellas nubes
flotando sobre brisas regaladas?
¿Vais a servir de tienda a los querubes?
¿Vais a servir de tálamo a las hadas?

¿Vais a llevar los sueños a otras zonas?
¿O a mentir a mis ojos soñolientos,
con la luz de la luna hinchadas lonas
de bájeles, en mares turbulentos?

Si al ocultarse el sol, según sus leyes,
flotabais como ricos pabellones,
que en las solemnes fiestas de sus reyes
enarbolan los pueblos y naciones;

si vestíais de azul y de escarlata,
¿quién os ha concedido blanco velo
con profusión de aljófares y plata,
vestales de la bóveda del Cielo?...

Huid, y el rayo hermoso de la luna
brille sobre mi rostro tibiamente,
que le profeso amor desde la cuna,
y es única corona de mi frente.

¡Arrecia con furor el raudo viento!
¿Qué suspiráis, sonoros vendavales,
en las torres de alcázar opulento?
¿Qué gemís en sus largos espirales?

Murmuráis del magnate: cien bugías
en un ambiente de ámbares y rosa
sus noches aclarecen como días,
al estruendo de orquesta sonorosa.

Vense tras de los vidrios, entre sedas
cruzar nobles y duques y barones,
y danzar a compás vírgenes ledas,
ninfas de flor, con alas de ilusiones.

Y mientras el palacio se alboroza
duerme el pobre en las piedras de la esquina
lo desvela la rápida carroza,
y otra vez en el polvo se reclina.

¡Ricos!... en los banquetes abundosos
si disfrutáis placeres, dad al menos;
si dais de lo sobrante, sois piadosos,
si de lo necesario, seréis buenos.

Debajo del suntuoso artesonado
no habitaran tristezas que os devoran,
y el ángel del reposo regalado
de noche os dará sueños que enamoran.

Dios de la luz, de noches y de días,
que pintas el celaje de la aurora,
dios de mis esperanzas y alegrías,
oye mi voz: mi corazón te adora.

Concede tu esperanza a mi tormento,
a mi duda tu fe y tus resplandores,
y el bálsamo feliz del sufrimiento,
cuando se multipliquen mis dolores.

Tenga tranquilo hogar, pecho sin hieles,
palabras de tu amor, rostro sin ceño
el pan de mi trabajo, amigos fieles,
y de tu santa paz el dulce sueño.





La Cita.

Ella al jardín, yo a su lado;
Es tímida, yo discreto;
Guarda la noche el secreto;
Ninguno nos ha escuchado.
¿Qué falta a la dicha mía?
Que la noche eterna fuera.
¿Es verdad, Nise hechicera?
¡Malhaya la luz del día!

No duerma quien tenga amor,
Si ha de gozar sus consuelos;
Si se rinde, tome celos,
Que son buen despertador.
-Mi bien, me tienes aquí
Postrado a tus bellos pies...
¡Cuánto te adoro!... ¿Lo ves?
¿Soy correspondido? -Sí.

Desde que la luz miré,
Jamás le debí un favor
En obsequio de mi ardor,
Por eso la luz no amé.
La noche sí que amo yo,
Vivan sus sombras, mi dueño.
Es muy tarde... ¿tienes sueño?
¿Quieres que me vaya? -No.

Eres, ¡oh virgen cándida!, más pura
Que la brisa que halaga los laureles,
Y con fiebre de amor que no se cura
Me abrasaron tus labios de claveles.

¡Qué hermosas son tus pomas!
Parecen dos palomas
De venturosa cría
Nacidas en un día.

Corónate de flores, que ninguna
De las hijas de los reyes orgullosos
Hizo brillar en la dorada cuna
Unos ojos más tiernos, más hermosos.

Corónate, bien mío,
Ahora que el rocío
En las abiertas flores
Engendra los amores.

Cubran tus trenzas mi desnudo pecho,
Gocen las almas dulcemente unidas,
Formen al pie del mirto nuestro lecho
Las rosas a los cálices prendidas.

Y si el pesar viniere.
Con su aguijón que hiere,
Un ósculo adorado
Lo deje desarmado.

¡Ay hermosa y feliz!, obra dichosa
Del Señor, que te amó desde los cielos,
Jamás me des la copa ponzoñosa
De sospecha fatal y amargos celos.

Porque infernal tortura
Prefiero a la amargura
De la poción impía
Que el corazón enfría.

La aurora empieza a lucir.
Oigo pasos muy cercanos;
Démonos, mi amor, las manos.
-Marcha, que pueden venir.
-Adiós, pues, hermosa mía,
Orgullo de mi pasión,
Gloria de mi corazón.
-¡Malhaya la luz del día!










La Favorita del Sultán.

Marcha, despiadada y cruda,
Pues me quemas con tus besos
Al lucir casi desnuda
Tantas gracias y embelesos.

Sol que en el cenit me abrasas
Sin una nube en tu cielo,
Yo te pondré dobles gasas
Y no te veré sin velo:

Sobre un lecho encubertado
Te he de hacer cubrir de flores
Y verás vergel cerrado
Dó se oculten mis amores.

¡Judía, que por fortuna
De mi mar eres sirena,
Como tú no vi ninguna
Ni cristiana ni agarena!

Tú te ríes y te alegras
Cuando en mí los bríos faltan
Mientras tus pupilas negras
Ebrias de placer te saltan.

¿Quién ha de romper tus lazos?
Enamoras, avasallas
Y un día de tus abrazos
Rinde más que cien batallas.

¡Deja tu delirio ciego...!
Mientras en tu seno hermoso
Me adormeces con el ruego,
Mientras cantas y reposo

Febles sufren mil soldados
La ignomia en sus derrotas
Y en los mares agitados
Pierdo mis avaras flotas.

Pierdo a Egipto y sus llanuras
Dó las auras regaladas
Mecen las espigas puras
En las cañas encorvadas,

Dó las moles eternales
Donde el orgullo está escrito
Se alzan en los arenales
Con la esfinge de granito

Cuyo párpado despierto
Jamás una vez cerraron
Ni los vientos del desierto
Ni los siglos que pasaron.

Tú me encantas y consientes
Que amenacen mis dos mares
Las águilas de dos frentes
De los ambiciosos Czares.

¡Guay que el autócrata un día
No venga a tomar mi harén
Y por ser esclava mía
Conmigo mueras también!

No desnudes, por mi amor,
Ese tu seno hechicero
Y deja que tu señor
Vaya a desnudar su acero.

Que tiña en sangre su filo,
Que levante en sus furores
Pirámides junto al Nilo
De cabezas de traidores.

Mas ¡ah...! ¡mis votos fallidos
Dejarás con ilusiones,
Rémora de los sentidos,
Imán de los corazones!

Porque el más adusto moro
Que a las lides se partiera
Puesto a contemplar tu lloro
Riendas al corcel volviera.

Yo caricias he probado
De unas hermosas de nieve
Cuyo beso regalado
Con gran emoción conmueve;

Pero tu beso, sultana,
Dulce beso humedecido
De esos tus labios de grana
Me enloquece, me ha perdido.

Desprecio, pues, mis riquezas
Y cual vanos oropeles
Mis títulos y grandezas,
Mis tropas y mis bajeles.

Mis palacios no deseo
Con dilatados confines,
Ni mis casas de recreo
Con estanques y jardines;

Ni del Arabia dichosa
Los más exquisitos dones,
Ni frescos baños de rosa,
Ni púrpuras, ni bridones;

Ni el nombre que se me da
De señor de mar y tierra,
De sombra augusta de Alá,
Príncipe de paz y guerra.

Desprecio las dignidades
De mis bélicas proezas
Y mis pueblos y ciudades
Con torres y fortalezas

Y haré decir al diván
Que no tengo más estados
Que mi pipa, mi ataghán
Y tus ojos adorados.