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domingo, 2 de octubre de 2011

5037.- ENRIQUETA OCHOA


Enriqueta Ochoa (México). Nació en Torreón, Coahuila, el 2 de mayo de 1928 y falleció en Diciembre 2008.
Estudió en la Normal. Desde muy joven se dedicó a la poesía y su primer libro, Las urgencias de un Dios (1950) la convirtió, desde entonces, en una poeta con estilo definido y firme.

Enriqueta Ochoa Enriqueta Ochoa no sólo "narra y canta", sino que hace vibrar a los lectores con "sus poemas extraordinarios". En su poesía reúne con maestría una sucesión de estampas con las evocaciones de la infancia, familia, tragedias y sufrimientos.

La poeta cuenta historias, recrea una época pérdida y preserva el tesoro de la infancia en ese universo que es incomunicable, en us poesía no hay artificios retóricos, pero sí la sabiduría de vida y poética.

La autora de Las vírgenes terrestres posee una admirable sensiblidad para apreciar la riqueza de los desiertos y las tradiciones de los pueblos norteños que retoma en sus poemas con naturalidad y sencillez, hata lograr una expresión luminosa y directa. Y es esa misma descripción natural, ingenua, que contagia al lector, donde una referencia norteña agarra una fuerza que pareciera refrescar a todo aquel que se asoma su poesía.

Ha ejercido el periodismo y la docencia en diversas universidades nacionales e internacionales. Ha formado a gran cantidad de escritores y poetas. Ha sido profesora en la UV, la UAEM, la UNAM, la SOGEM y la Normal Superior del Estado de México.

También ha sido coordinadora de talleres literarios del INBA en Aguascalientes, Torreón, Tlaxcala y la Ciudad de México; promotora y formadora de nuevas generaciones de poetas. En 1994 el CONACULTA, el SCM, el Ayuntamiento de Torreón y el ICOCULT crearon el Certamen Nacional de Poesía Enriqueta Ochoa. Sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, alemán y japonés. Miembro del SNCA desde 1999. Le fue otorgada La Paca de Oro 1979 como Hija Predilecta de Coahuila. Medalla de Plata Bellas Artes 2008.

Elvia Alaniz Ontiveros










ETERNIDAD

La eternidad mece, ondula,
abre de par en par su túnica de viento;
en el espacio de su seno esplende
una constelación de luz acumulada.
El Padre se detiene. Un instante
mete su mano turbulenta hasta la entraña
y la abre sobre la piel del mundo.
Un alud de semillas caen, parpadeando.
Se fecunda la tierra. Cada segundo se fecunda.
El hombre entra a la prisión de su cuerpo
doblada la cerviz
y vuelve a tirar de sí, uncido al yugo de la vida,
hasta que aspira el Padre
y volvemos al seno de la Madre.









SIN TI, NO

Sin ti, no.
Sin ti, ni un paso más.
Ni al pasado, ni al olvido ni al futuro.
Sin ti sólo el grito con lágrimas,
agazapado, trizándose la lengua,
esperando el minuto distraído
en que me saltaré las sienes
una tarde de otoño;
en una de esas fugas del misterio
en que Dios se descuida, sin quererlo.








LAS URGENCIAS DE UN DIOS

¡Cuánto girón de cielo prometido
que no puedo creer,
que no logra sitiarme
ni adormecer mi sien
ni incitarme el afán!

No rebusquen más mitos en mis labios.
Soy la furia salvaje de una criatura
abandonada en el monte
sin conocer más padre que el sol que ha requemado mi epidermis
ni más madre que ese lamento gris de tierra
que indefinidamente me derrumba y me levanta.
Una urgencia por Dios toma el vocablo.
¡Lo que nos pasa a veces!
Si cuando niña se me hubiera dicho:
"Ante Dios
afloja la rodilla y baja el rostro",
yo hubiera obedecido.
Pero nadie sopló luces de mitos en mi frente
ni se movió en los nervios de mis actos
(aprendí de mi abuelo a levantar, por mi mano, todas las cosas)
y fui sólo el bárbaro explorador sin ropas
que arañando la piedra se trepaba al risco
para avistar las rutas que indicaba
su brújula de astros y de olores.
Y ahora, cuando alguien me pregunta:
"¿Cuál es tu Dios, tu identidad, y la región que habitas?", digo:
—Mi tierra es la región del embarazo
y yo soy la semilla donde Dios
es el embrión en vísperas.
¡Cuánto pasado para llegar aquí!
Para poder estar de pie junto a las cosas
y decir:
—Mi corazón se espiga frente al mundo
como una inmensa lágrima caliente.
Pasan las madres con sus hijos.
Las parcelas revientan de brotes
y el espacio nutre un retoño
de vibrátiles e inmensas dimensiones.
Ante esto
yo mido la magnitud de mis caderas,
palpo mis carnes, aguzo el oído finamente
y confirmo el hecho:
como ellas yo llevo un fruto en mí.
Pero alguien, no sé quién, salta y me dice:
"Ficticio anunciamiento
en la sorda pulsación de un cuerpo estéril".
Qué saben ellos
de ese recóndito embrión
urgiendo mi presencia bajo un cielo de ruinas.
Qué saben de ese embarazo antiguo gestando desde siglos
un hijo despatriado que no logra nacer
ni abortar de mi vientre
cuando resbalo y caigo.
Un hijo falsamente robado y bautizado
en el narcotizante vino de un río mitológico
que no acierta a moverse
con la pesada carga que le asignan.
¡Ay del fruto en la entraña
escandalosamente percibido,
voluminosamente titulado,
quebrantando mis huesos al golpe de su peso!
Y antes no eran sus rasgos pronunciados
ni complicado el peso.
Yo recuerdo la niña agilidad
que jugaba con la víscera azul
antes del rapto,
casi en la misma conjunción del lecho:
aquella anunciación difusa y primeriza
de hace siglos,
donde su presencia apenas si brillaba
con párvula intuición de imprecisión y azoro.
Sensible al ruido y diminuto,
sus fugas nos vedaban los contornos
y aún el más sigiloso y descalzo de los pasos
le aguijaba de miedos
precipitándole en una tímida huida de corza repentina.
Pero eso fue ayer. Ayer,
en el tiempo de las primeras brasas.
Hoy todo es distinto.
Sé mi condición de madre
y de Dios su condición de hijo,
de sucesión, rumbo al futuro,
y un desgajado sol de otoños dulces
dilata mi corazón y lo revienta en grito:
¡Mi hijo! ¡Mi hijo!
Con un temblor de voz que supera todas las ternuras.

De blasfemia han tachado mis urgencias.
Dicen que Dios no reirá jamás entre mis labios
ni llorará en la cuenca de mis ojos tristes.
Seré siempre la anónima, la gris, la desterrada
para quien sólo existe por patria
un índice de estragos y de hogueras-
Pero...
Que no me digan nada.
El corazón se exprime en sus lagares
y canta en el ardor de sus heridas,
El mío canta aquí, a la intemperie,
sin fronteras ni códigos caducos,
sin esos cuentos viejos que nos dicen:
"Corrían arcos de luz de arriba abajo
y tatuaban las frentes de distancias".
Como si el ala oculta no tocara
más arriba del ojo de los vientos.
Yo no puedo alisar fábulas ciegas.
Alguien rompió sus labios pecho adentro
y me enseñó a forjarme desde siempre
una forma de amor recíproca y sencilla.
De aquí que guste la identidad sin límites ni ambages
y use el coloquio fácil y entrañable
con que en el vientre se hablan madre e hijo.
No reparo en lo dicho. Dios es mi inseparable,
mi más íntimo compañero
de juegos y de lágrimas:
el más constante y tierno,
más rebelde y sumiso.
Lo que son las cosas...
Yo sé lo que le espera al canto en que me espigo:
una turba de puños indignados demolerán su forma,
me trizarán a golpes.
Mas yo sabré ubicarme
de nuevo en mi insistencia
sacudida de grillos la cabeza
y destrenzado el pelo hasta las corvas,
porque odio los límites supuestos.
No me conformo con que digan:
"su forma es ésta; vedada otra estructura".
¡Qué débil consistencia de doctrina!
Recordad que Dios es el espejo
más contradictorio y bifurcado,
acomodado a todas las pupilas.
Yo lo esculpo a mi modo y le doy forma.
¿Cómo pecar con esto?
¿Peca la hembra que proclama al vástago?
¿Peca al decir: se hospeda desde siempre
en la borrasca delirante de mi sangre?
Imposible.
El concebir y el cantar no hay que velarlos.
Hay que danzar con ellos a la luz del día
y a la obsidiana luz de la alta noche.
Yo no puedo evitar mi índole espontánea;
soy una cascada de torsos al desnudo.
Como el niño se da, me doy al viento
desatando mi grito.
Los buenos
me dirán que calle y ceda.
Mas yo que en torno de mi cintura
be puesto un cascabel de mineral rojizo
que a cada paso grita a Dios: ¡Mi hijo!
y establezco mis propios cánones y salmos,
no me dejo llevar
ni me dejo ncgar
ni escondo la vereda
ni me humillo el rostro
cuando otros le nominan "Padre", "'Artífice",
ni les digo el origen de mi grito
porque no creerán en la sobrevivencia.
Perece el padre, sobrevive el hijo,
El último es eterno:
llora en el niño antes de hacerlo hombre,
y después y después,
y siempre el hijo despejando el futuro.
dominando horizontes
imperecedero, triunfal,
en la Unidad, en lo Eterno.
¿Por qué ignorar que el mundo
es un cotiledón de fuego
en que Dios va formando su presencia?
Son cosas que no pueden cubrirse.
Miradme aquí cómo al tratar su nombre
danzo en una resurrección
de brasas removidas
y siento sus latidos sonándome en el pecho.
¿Cómo negar al hijo que florece?
No he aprendido a ocultarle
ni a decir que me pesa, aunque me acusen
de agotarme su largo nacimiento.
¿Por qué habría de ser?
Él no me obliga a prescindir de nada.
Su floración es natural y simple
y si bien estos ojos vidriosos se me pierden
tras un vago rumor inaprehensible
y a menudo descanso en el camino
y acaricio su forma por mi vientre.
también puedo agitarme
y retozar a pie descalzo el monle vivo
y hago correr sus pies entre mis piernas
y hundo mis manos en la tierra firme
y bebo el agua corriente de los ríos
y desnudarme al sol.
Y es mejor que mejor,
porque no me gustaría que el que pasara viera
mi cabeza quebrada sobre el pecho,
ni quiero para él un enfermizo rostro
de Dios encajonado
en estancias oscuras y severas.
Quiero que muerda el corazón del mundo,
que sepa del sol,
de los astros, del viento,
de lo grande y lo mínimo.
Quiero en Dios al lujo que creciendo
en plenitud reviente al cerco falso
y destruya las fronteras
y la celda ficticia y demudada
del concepto y la carne.
Lo quiero levantando su imperio al aire libre.
desnudo, limpio, imperturbable y sano,
respirando hondo y fuerte
del aliento rotundo de la tierra.






LAS VÍRGENES TERRESTRES

Para Marianne, mi hija
En vano envejecerás doblado en los archivos:
no encontrarás mi nombre.
En vano medirás los surcos sementados
queriendo hallar mis propiedades.
No tengo posesiones.
En cambio,
es mío el sueño de los valles arrobados
y mío el subterráneo rumor de la semilla.
Si me extraviara a tientas en la oscuridad,
¿cómo podrían llamarme y entenderles?
Llámenme con el nombre
del único incoloro vestido que he llevado:
el de virgen terrestre.

I
Duele la tierra henchida de vigores
sollamando la frente,
quemando las entrañas...
Todo mi nombre dentro se me rompe de odio.
Odio a la puerta en mí siempre llamada,
odio al jardín de afanes desgajados
entre el sol y la muerte.
Por encima de las colinas arde la luz.
El tiempo se deshoja
y yo envejezco aquí traspasada de urgencias
frente a la puerta hermética.
Soy la virgen terrestre espesa de amargura,
desolada corriendo
del reguero de impactos en mi pulso.
Ya no me soporto en las grietas de la espera
ni el sopor del silencio.

II
¡Mentira que somos frescas quiebras cintilando en el agua!,
que un temblor de castidad serena
nos albea la frente;
que los luceros se exprimen en los ojos
y nos embriagan de paz.
¡Mentira!
Hay una corriente oscura disuelta en las entrañas
que nos veda pisar sin ser oídas
y sostener equilibrio de rodillas
con un racimo de luces extasiadas
en el pecho.

III
Dicen que una debe
morderse todas las palabras
y caminar de puntas, con sigilo, cubriendo las rendijas,
acallando al instinto desatado,
y poblando de estrellas las pupilas para ahogar
el violento delirio del deseo.
Pero es que si el cuerpo
pide su eternidad limpio y derecho,
es un mordiente enojo andarle huyendo;
dejar su temblorosa mies ardiendo a solas
sin el olor oscuro de los pinos.
Siempre cerrada, ignorando cómo se desgaja
el surco dorado ante la siembra;
de tumbo en tumbo,
cerrados los sentidos
y alumbrándose a medias.

IV
Viejas causas, cánones hostiles,
fervorosos principios maniatándome.
¿Sobre qué ejes giran que me doblan
a beberme la muerte en la conciencia?
Yo me miro y no soy sino una cripta en llamas,
una existencia informe, sonámbula,
cargada de fatiga.
¿Es lícito permitir que se extinga
en servidumbre enferma
el bárbaro reclamo que nos sube
de abordar a la tierra por la tierra?

V
En esta brava inmensidad
no logran retenerme los desvaríos blandos
o el ímpetu del sueño.
La tierra es ruda, trémula, ardorosa,
y se me expande dentro.
El vértigo sanguíneo esplende
arrebatando al canto
y ni le puedo contener el paso
ni sustraerme a los labios
que me caen al papel como dos brasas.

VI
Pienso en las abastecidas, las satisfechas,
las del ancho mar;
las que reciben el regocijo vital de las corrientes
—cauces donde la vida vibra y eterniza.
Pienso en las abastecidas
y me irrita el despecho
de mi roja marea sofocada;
de no encontrar la presencia de Dios
por ningún ángulo
y andar de pueblo en pueblo emblanquecida de miedo,
de pasión y de tedio,
sepulto el corazón bajo el hollín
de todos los recelos.

VII
Te rindo y te maldigo gran olor de la tierra,
tempestad original,
relámpago dulcísimo de muerte.
Te maldice el temor
de ver que Dios no acierte a descifrar mi nombre:
porque yo, la que soy,
no asisto ni en el monte Tabor
para el desposamiento en brillos
ni escalo
por los peldaños de la sangre al sol.
Dije que era un vaivén de ola sombría:
la ola de las vírgenes terrestres,
las que no recibimos más nombre
que el que nos dieron niñas en la pila;
y cuando Dios nos llame
no podrá encontrarnos.
Dirá: las innombradas,
los desvaídos soplos, los desplomes silentes,
las estepas perdidas bajo esfumino duro.
Y nosotras, cubiertas de humo en las honduras
de un país olvidado,
vocearemos respuestas en remolino cálido,
arderemos los montes,
alzaremos los brazos con furia atropellada,
y todas en un grito hendiendo los contornos
serpentearemos secas, deshechas de agonía.
Pero inútil, inútil,
porque a la tierra estéril
no se le oyen los labios.







LOS HIMNOS DEL CIEGO

I

El que canta es un ciego
con los ojos de faro
y los labios de raíz oscura.
El que canta es un ciego
que se quemó de ver
y nunca percibió
dentro de su cuerpo justo
ni con su luz exacta
el mundo de las cosas.
Sin embargo,
es el ciego maldito
que ve con los ojos de todos los que ven.

II

Sobre la más alta roca del amor
he llorado esta noche,
porque soy,
porque los hombres somos aherrojado flautín,
mirada ciega,
potencia de una luz encanecida
que podría cantar, contar,
hilar la trama de los siglos.
Porque los hombres somos
la gran mirada que dejó oculta el Señor,
grávida como el embrión.
Hay que saber crecer calladamente.
Pero revientan ya loa brotes.
Hay un rumor secreto de azúcar fermentando,
una dilatación.
un vencimiento,
un estallido de todas las suturas del espacio.
Échanos a tu hoguera
en la revuelta de esta hora sombría:
la yesca de nuestros labios arderá,
y acaso alguna chispa salte como astro
alumbrando la noche.

III

Tan de prisa han caído las semillas
que abigarradas, topándose entre sí,
desconocen la luz del movimiento.
Descendieron de golpe
apretadas dentro de un mismo surco
y secreto sueño sumergido están viviendo.
Disgréguelas tu voz, hágalas fuerza,
Aleluya de brotes en la tierra,
y no este espantado coro de los hombres sin tiempo
que ni son ni parecen
y en cambio se maldicen.


IV

En vano con la hoz de tu nombre
por entre las multitudes
me voy abriendo paso.
Soy sólo la ingenuidad del hilo
jugando al acertijo de enhebrarte.
Sólo la fragilidad de un hilo de vida
que no tiene más ojos para verte
que el llanto que lo ciega
ni más patria de luz que aquella nuez hecha gruta
donde tu me ovillaste junto al tiempo.
Pero el día esplendente
en que por tu ojo pase
ha de volar la nuez
en pedazos de sol para alumbrarme,
y escapará la noche.

V

Otra vez somos lo que fuimos.
Sobre la misma lengua seca de Cristo
cae el mismo vinagre
y sobre la niebla y el relámpago del Sinaí
ha de subir Moisés
a recibir la palabra.
Porque otra vez somos lo que fuimos
en espera del día
que llegue a recobrarnos.


VI

Toda borrasca de pasión es sala de torturas,
hambre desenfrenada,
signo de destrucción.
Allí se dan la mano la contradicción y la ceguera,
coinciden como uno solo la tozudez y la fugacidad,
y el tiempo
adquiere un rojo morado
de locura.
Sólo el que ama entero
desde su centro diáfano se consume;
muere y vuelve a nacer en sí mismo,
en su propia blancura incandescente.
Sólo el que ama
palpa el centro radiante de las cosas.

VII

Guía el tumulto hambriento de tus rebaños
con la vela de la abundancia,
para que el oro de la espiga suba
de grano a pan
sobre la mesa.
Desgalga tu luz al fondo de nuestros pensamientos.
No dejes a tu marejada de hombres
estrellarse contra los acantilados
de la incomprensión y el poder.
Y salva estas palabras de raíz que se inclinan
para pedirle nos rescates del abismo
donde vivimos muerte antes de muerte.


VIII

Tú eres el Amoroso Sastre.
No le conozco, y estoy desnuda. Mas removeré la tierra
por que tu Gran Amor me vista en sus honduras.
El hombre deshecho por el hombre
no sabe que va sin ropas por el polvo.
Mira sin ver.
Escucha sin oír.
Palpita sin latir.
Y todavía cree ser, diciendo:
"Mi próximo traje será..."
No bien rasgó la luz a mi primer pupila
cuando escuché el rumor del Sastre y las medidas.
Sin embargo,
jamás vi caminar a nadie
con sus ropas justas.
Tal vez me diste un traje cuando llegué,
porque aún me quedan girones encima.
Mas de prisa crecí
y rebasé las vestiduras:
sus pedazos llovieron sobre la tierra
como ese blanco desfloramiento del cerezo.
Anoche,
leña mi cuerpo,
chisporroteaba,
ardía








RETORNO DE ELECTRA

I

Para poderte hablar
así, de frente,
tuve que echarme toda una vida
a llorar sobre tus huesos.
Tuve que desandar lo caminado
desnudando la piel de mi conciencia.
Para poderte hablar
tuve que volver a llenarme de aire
los pulmones.
Y cuidar que no se me encogieran las palabras,
el corazón, los ojos,
porque aún se me deshacen de agua
si te nombro.
Ya me creció la voz. padre, patriarca,
viejo de barba azul y ojos de plomo.
Ya te puedo contar lo que ha pasado
desde que te fuiste.
Con tu muerte se quebrantaron todos los cimientos.
No me atreví a buscar
porque no habría
un roble con tu sombra y tu medida
que me cubriera de la llaga de sol en mi verano.
Uní la sangre que me diste a otra sangre.
Malherida,
borré la sombra del sexo entre los hombres
y me quedé vacía, a la intemperie.
Y no pude decir
hasta que se hizo carne de mi carne el amor
lo que era hallar la propia sombra, entregándose.
Después quise ubicarte en mí, te pesé,
te ultrajé, te lloré, medí tus actos,
di vuelta atrás,
y volví a caminar lo desandado.
Por eso puedo hablarte ahora, así,
porque entendí tu medida de gigante.

II

No podemos hacer nada con un muerto, padre.
Se suda sangre,
se retuerce el aullido tirado sobre las tumbas
en un charco de culpa.
Padre,
yo soy Pedro y Santiago,
el sable que doblado de sueño castró su espíritu
en tu oración del huerto.
Soy el martillo cayendo sobre tus clavos,
el aire que no asistió al pulmón en agonía.
Soy la que no compartió
el dolor anticipado que se enclaustró
a devorar su miedo,
la hendidura irresponsable,
la desbandada de apóstoles.
Soy este pozo de noche en que se hunde la conciencia.
Di, ¿qué ye hace con un muerto, padre?
Di, ¿cómo lavo estas llaga
si lodo queda inscrito en el tiempo
y todo tiempo es memoria?

III

Colgábamos de ti
como del racimo la uva.
Cuando la muerte
reblandeció el cogollo de tu fuerza,
presentimos el vértigo de altura y la caída.
Uno a uno,
en relación directa a la pesantez de tu esencia,
descendimos.
Bajo anónimas pisadas me vi saltar la pulpa,
sorprendida.
Y no era orgía de vendimia
ni enervación de culto.
Fue ser la sangre a la sed de todos los caminos,
dejar la piel desprendida
entre un enjambre de alambradas.
Ahora,
para afirmar la talla
con que tu amor me hizo
sólo queda una espina:
la palabra.

IV

Perdón, hermanos,
porque no alcanzo a verlos
ahogada como estoy en mi hoyo
de pequeñas miserias.
¡Mentira que deseo morir!
Antes quisiera conocerlos
sin mi lente deforme.
Quizá los amaría tanto
o más de lo que estoy amando
a mi lastre de lágrimas
en este viaje de niebla.


V

Padre,
no puedo amar a nadie.
A nada que no sea este fuego
de sucia conmiseración
en que se consume mi lengua.
Quiero otro aire.
Otro paisaje que no sean los muros de mi cuerpo.
Emparedada, desconozco el resplandor del centro
y la desnudez de la periferia.
Voy a abrir brecha hacia los dos caminos
y quizá quede atrás
la trampa de la vieja noria.






MARIANNE

Después de leer tantas cosas eruditas
estoy cansada, hija,
por no tener los pies más fuertes
y más duro el riñón
para andar los caminos que me faltan.
Perdona este reniego pasajero
al no encontrar mi ubicación precisa
y pasarme el insomnio acodada en la ventana
cuando la lluvia cae,
pensando en la rabia que muerde
la relación del hombre con el hombre;
ahondando el túnel cada vez más estrecho
de esta soledad –en sí, un poco la muerte anticipada.
Qué bueno que naciste con la cabeza en su sitio,
que no se te achica la palabra en el miedo,
que me has visto morir en mí misma cada instante
buscando a Dios, al hombre, al milagro.
Tú sabes que nacimos desnudos, en total desamparo,
y no te importa
ni te sorprende el nudo de sombra que descubres.
Todo se muere a tiempo y se llora a retazos,
has dicho.
Sin embargo,
es azul el cristal de tu mirada.
y te amanece fresca el agua del corazón,
quitas fácil el hollín que pone el hombre sobre las cosas
y entiendes en tu propio dolor al mundo.
Porque ya sabes
que sobre todos los ojos de la tierra
algún día sin remedio llueve.


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