
Beatriz Gimeno Reinoso (Madrid, 1962) ha publicado los ensayos Historia y análisis político del lesbianismo (Ed. Gedisa, 2005) y La construcción de la lesbiana perversa. Visibilidad y representación de las lesbianas en los medios de comunicación. El caso Dolores Vázquez-Wanninkhof (Ed. Gedisa, 2008); los libros de relatos Primeras caricias (Ed. La Tempestad, 2002) y Sex (Ed. Egales, 2008).También ha publicado capítulos en diferentes antologías: “Contra el prejuicio, Orgullo” en el libro Palabras de Mujer (Fundación ONCE, 2006); “Matrimonio civil en España, historia de una lucha” en el libro Primera Plana. Herrero Brasas, Juan (ed.) (Ed. Egales, 2007) ; “La doble discriminación de las lesbianas” en el libro Cultura, homosexualidad y homofobia. Vol. II Amazonia: Retos de visibilidad lesbiana. Simonis, Angie (ed.) (Ed. Laertes, 2007; “El recorrido reivindicativo del matrimonio entre personas del mismo sexo desde el activismo”. En Los derechos humanos de la mujer. Soroeta Liceras, Juan (ed). (Servicio editorial de la Universidad del País Vasco, 2007) entre otros, así como múltiples artículos en diferentes medios de comunicación. Es colaboradora habitual del periódico digital: www.elplural.com y miembro del Consejo Editorial de la Revista Trasversales.
Desde los poemas amorosos más definitivos de la segunda mitad del s. XX (escritos por dos poetas de la generación del 50: Gil de Biedma y Julio Antonio Gómez, también homosexuales) y hasta hoy mismo, en que leo y convivo La luz que más me llama, no he conocido poeta en lengua castellana que trate los temas del amor y del erotismo con un arrebato, sencillez, profundidad, verdad y transparencia tan radicales como lo hace Beatriz Gimeno en este libro. Bienvenida a las cumbres de la poesía.
Ángel Guinda
Beatriz Gimeno logra, desde una poética clásica, con recuerdos elegantes y sencillos, no extridentes, entregarnos un texto de erotismo fulminante en el que también la nostalgia, el dolor, la vida y la muerte son invocados junto al amor: esa luz que a veces ilumina la felicidad y que, en otras ocasiones, se apaga y es oscuridad.
Violeta Barrientos
DETENIDA
Inmóvil para que no me duela, detenida,
quieta, para que el aire, al respirar, no abrase los pulmones,
para que la vida no carcoma de muerte la piel que me sujeta.
Contenida, detenida, estupefacta, idiota,
indiferente a todo.
La saliva en la boca cegada a cualquier beso,
humillados los músculos,
las lágrimas derramando el lacrimal
en la lengua las quejas.
Contendré con disciplina el propio corazón de la existencia
que pugna por salirse de mi misma
y por vencerme.
La Luz Que Más Me Llama
Yo lo ignoraba todo de la vida.
Era muy joven
y mis labios besaban dulces pieles que no se me negaban.
Nadie me hablaba del dolor que yo no conocía
y el amor lo intuía vagamente
porque todo bastaba cuando el deseo crecía.
Los besos entonces no mataban, ni herían las palabras,
el placer sospechado era posible,
vivía, puedo decir bien alto que vivía.
¿Qué pasó?
No lo se.
Las playas son las mismas,
los cuerpos aun son jóvenes, el deseo es audaz
-tal como entonces, quizá más-
mis muslos aun aprietan caderas poderosas,
y sin embargo mi aliento se extigue lentamente
y hieden ya todos los puertos donde arribo.
Me duelen los recuerdos de otros días,
las risas, los olores,
el deseo que dejé de cumplir por lanzarme al camino.
Ahora soy piedra inmóvil en mi casa,
esposa austera y fiel, madre amante y tirana,
oscura sombra de mi misma,
aburrimiento tenaz, desidia,
-he dejado de ser-
se ha apagado la luz que más me llama.
Como todos vosotros he soñado marcharme
y me he visto caminando muchas veces.
Como todos vosotros, me he parado y he vuelto,
al fin y al cabo, siempre encuentro el camino de regreso.
A mi favor contad que mil veces he emprendido el camino
que ya es más de lo que todos vosotros habéis hecho.
En mi contra, ya sabéis, el miedo me ha podido
y he dejado, cobarde, que transcurriera el tiempo,
y he rehecho mis pasos cada vez que he partido.
Y aquí estoy.
Y ahora por fin, cuando el tiempo ha matado el tormento,
partir puede no ser siquiera necesario.
Dónde voy a marcharme, dónde voy a ocultarme,
si vaya donde vaya me llevaré conmigo.
Si es que hoy vas a venir hasta mi casa
como has dicho que harías esta tarde,
hazlo ahora, hazlo pronto
porque ya, en un minuto, he de cambiar de casa.
Si te retrasas, para cuando al fin vengas,
de mí, aquí, ya no habrá nada
ni nadie que recuerde mi nombre, ni mi aroma.
Yo no te he de buscar allí donde me mude,
viviré solitaria lo que quede
y, por encima de cualquier otro amor,
recordaré tu olor, recordaré tu nombre.
¡Qué tarde negra la que estoy viviendo!
Llueve.
El tiempo se sume despacio en la tormenta.
Deseo insatisfecho de una mujer que no me pertenece.
Certeza del desastre.
No hay silencio ni calma en esta tarde
ni paz que permita que me duerma.
El viento golpea con furia los cristales.
En el borde mismo del abismo me revuelvo
y comprendo que todo está perdido, terminado,
mi tiempo con ella está acabado.
Es ahora, cuando atisbo el final,
el desastre que yo misma he provocado,
cuando por fin me calmo satisfecha.
Nada me pertenece,
no hay nada por hacer ni por vivir.
puedo dejarme arrastrar por la corriente,
Y descanso, al fin descanso.
Arrancaré la tierra a dentelladas para llegar a ti.
Esperaré.
Dejaré que el sol salga mil veces
y que otras mil se ponga,
que los días destierren la juventud que queda,
que el tiempo me haga vieja
-también tú te harás vieja-
Esperaré mil años, te seguiré de lejos,
recorreré tu calle, me instalaré en tu acera,
esperaré que salgas y me veas,
recogeré tu odio si me odias, tu desprecio,
sobreviviré a tu indiferencia.
(Mientras tú me ignoras yo trabajo
para hacer mío el mundo en el que habitas)
Te vi y te amé, ¿qué más puedo decir?
Esperaré, te dije, y así ha sido.
Aun estoy aquí, siempre, esperando.
A estas alturas de mi vida,
cuando ya cien amantes pasaron por mi cama,
sin aplacar mi ansia ni mi urgencia,
ha tenido que ser este pequeño cuerpo tuyo,
tan parecido al mío,
tan alejado de aquel que yo soñara
el que enroscara las horas en los días,
el que fijara mi tiempo y lo parara.
Después de tanto tiempo, sólo a ti te lo he dicho
y quiero que lo entiendas,
no tengo yo costumbre, ni palabras
sólo la pasta dura de este silencio hosco.
Ahora, lee en mi mano si te busca,
lee en mi celo cuando tiemblo
lee en lo que callo y no te digo,
en lo que aprendo.
Y tú, amor, dame lo único que busco:
ese pequeño cuerpo tuyo
y enróscalo en mi miedo
Acuéstate mi amor,
deja que pase el tiempo,
que el viento suene,
que todos los pasos se alejen de nosotras.
Deja que se preocupen los sonidos
por nuestro oscuro silencio.
Deja que la calle sea la calle,
que los hombres se afanen,
que la tarde se acabe bruscamente.
Deja que las mujeres hablen de nosotras,
que las nubes descarguen,
que caiga la tormenta.
Túmbate aquí a mi lado,
esfuérzate y trabaja,
y convénceme de que soy
la única razón de tu existencia.
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