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martes, 22 de marzo de 2011

3765.- MARÍA JESÚS SOLER ARTEAGA


M.ª Jesús Soler Arteaga (Sevilla, 1977) es licenciada en Filología Hispánica y doctora por la Universidad de Sevilla. Actualmente ejerce como profesora de lengua y literatura en un instituto de secundaria y es investigadora del grupo Escritoras y escrituras de la Universidad de Sevilla. Ha participado en congresos y jornadas y tiene publicados numerosos artículos en los que aborda la obra de autoras como E. Soriano, C. Conde, C. Lagos, etc., y se ha encargado de la edición de la antología Palabras, palabras, palabras… Escritoras románticas sevillanas (2006). Próximamente se publicará Elena Soriano: Mujer y ensayo.
En cuanto a la faceta creativa ha participado en las antologías de poesía No quedará la noche (2004), Poesía viva de Andalucía (2006) y Homenaje a la Generación del 27 (2009), en el libro colectivo de relatos Desde ellos (2005), en la muestra de poesía del siglo XXI Prometeo Digital y en las jornadas Poesía Última de la Fundación Rafael Alberti (2006), es autora de los poemarios Las horas muertas (2008) y Ciudad imposible (2005) del que se han seleccionado poemas para una plaquette titulada At the end of the day con traducciones realizadas por el profesor Curtis Bauer de la Universidad de Texas y ha colaborado con distintas revistas como Ágora, Mester de Vandalia, Horizonte, Cuarto Creciente, La piedra del molino, etc. Jurado de diversos premios literarios y ganadora del premio Voces Nuevas 2007 y del VI Premio Noches del Baratillo con la obra Recóndita armonía.



RECODO

Los mismos kilómetros, cada día,
luz amarillenta del mediodía,
luz cenizosa de la noche,
sin embargo cada día el camino
es igual y distinto;
el recodo no sabe de horas
y espera que describas
su trazo inmenso y gris.
Ves el paisaje o sólo lo intuyes,
repasas lo que dijiste,
lo que tenías que haber dicho,
lo que se queda en el tintero
reseco y negro, hondo como un pozo.

La curva no pregunta,
te escupe de su seno
con las respuestas que ya no darás.






CIUDAD

Caminarás las mismas calles,
envejecerás en los mismos barrios, encanecerás
en las mismas casas].
Siempre acabarás en esta ciudad.
Kavafis


Dejé el libro abierto sobre la balda
inferior de la mesa de trabajo,
pensé en esas palabras del poeta
acerca de la ciudad, en la que su destino
concéntrico trazaba espirales sin descanso;
pensé en las palabras marcadas,
las que subrayé y copié en mi cuaderno,
en que nada de aquello me bastó,
me empeñé en escribir
de mi puño y letra mis impresiones
vagas y desdibujadas sobre una ciudad
que no habité más que en la estación del mediodía,
en las paradas de autobuses
de recorridos circulares
y en lugares de paso
a los que volver es siempre obligado.







COPAS A LAS 6

Tacones imposibles, perlas falsas,
negro intenso insinuando la congoja
y curvas impostadas bajo el crespón.

Copas a las seis en la barra
de bares elegantes, tugurios
de mala muerte donde se declinan
los martinis blancos sin guarnición.

Diálogos imposibles, besos falsos,
negro intenso insinuando la congoja.







AGUA

Me senté en aquella terraza
que bañaba el sol en verano.
Había pedido agua, un vaso doble.
Me perdí mirando los arañazos
del cristal envejecido y gastado.
Empecé bebiendo con parsimonia
tragos largos que me dejaban sabor a nada.
Luego apuré el vaso hasta el fondo;
pedí más, como si la sed
me perteneciese a mí por entero
y no importasen más que aquellas marcas,
no pensé en el agua saltando
entre las piedras ni en la fuente,
sólo en aquellas marcas.
Agua en un vaso gastado,
en una terraza sin sol.






LAS PUERTAS DE LA CIUDAD

¿Por la ciudad preguntas, extranjero?
¿Por la ciudad preguntas?
(P. Ginferrer)

Llegó como un susurro
a las puertas de la ciudad
el eco de aquellos pasos errantes
del peregrino de las Soledades.
Con la voz jadeante
y la garganta seca,
preguntó dónde estaba
a un ciudadano que encontró
al límite de su perímetro.
-¿Por la ciudad preguntas?
–dijo al forastero.
Era una pregunta obsoleta
pero contestó dando
cada uno de los nombres
que había tenido desde la antigüedad
a sabiendas de que el peregrino
siempre sería un extranjero.







6 : 00 A.M.

Cuando sólo las calles están puestas,
las siluetas se insinúan
bajo la luz indiferente
de las farolas, que agoniza
sobre el asfalto húmedo,
conocidos que miden las distancias
caminan arrastrando
sus vidas destartaladas,
blasfeman, miran con piedad
o se abrazan a su propio vértigo.
Sólo las calles están puestas,
el eco acompaña los pasos,
las miradas se cruzan con recelo
y somos sólo extraños
que deponen las armas
a la primera sonrisa.







ESPERANTO

Estoy escribiendo en las servilletas
de bares en los que no bebo
la gramática absurda
del esperanto de los tímidos,
que se esconden detrás de las palabras,
de los atriles, del desnudo
y hasta de sí mismos;
los tímidos que nunca dan la cara,
porque su piel es transparente
y les falta valor
para pedir a voz en grito
cuanto merecen por derecho
y se les niega por costumbre.
Es una gramática huera
del esperanto que usan
los que no quieren ser oídos
y mucho menos descifrados,
los que tapian cada mañana
las fronteras de cuerpos
débiles como papel de fumar
ladrillo a ladrillo, incansables,
convencidos de la seguridad
del anónimo, sea o no delito.
Así, cuando me marche,
quedarán en la mesa,
rodarán por el suelo,
sólo pequeños papeles impregnados
de alcohol, humo y ceniza
que alguien derramó

Los tres poemas pertenecen al poemario
Ciudad imposible (2005).





ARCOS

Esta tarde infinita
invita a hundir todos los arcos,
todos los círculos inconfundibles
de esa postal dorada,
que no sabe de horas ni de días,
y permanecen desafiantes,
porque nada los roza.
Cada tarde imposible
es una invitación
a restituir fronteras
y reinventar la independencia,
porque dos orillas
de un mismo río
no han de darse la mano


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