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domingo, 18 de marzo de 2012

6352.- ALEDO LUIS MELONI



Aledo Meloni
Aledo Luis Meloni (Estación María Lucila, Provincia de Buenos Aires, Argentina, 1 de agosto de 1912) es un poeta y docente argentino radicado en la Provincia del Chaco desde 1937, catalogado frecuentemente como uno de los máximos exponentes literarios chaqueños. Su obra se basa en las coplas para describir austeramente el entorno de la zona occidental del Chaco, y hoy forman parte de las lecturas del nivel educativo obligatorio de dicha provincia.
Se mudó al Chaco cuando el Consejo Nacional de Educación lo designó al frente de una escuela rural en el departamento Doce de Octubre (en ese entonces llamado Campo del Cielo), a 17 kilómetros de General Pinedo; un año más tarde fue puesto al frente de una escuela rural que él mismo inauguró, a 5 kilómetros de allí en Colonia San Antonio, la primera colonia de alemanes del Volga fundada en la provincia. En 1956 se trasladó a Resistencia —donde vive desde entonces— para encargarse de la secretaría técnica de la Inspección de Escuelas Nacionales; se jubiló en 1963 pero siguió trabajando en la Biblioteca Popular Herrera de esa ciudad. También colaboró en el desaparecido diario El Territorio y en el diario Norte.
Recibió diversos premios por sus poesías, entre ellos Caballero de la Orden de Mérito de Italia en 1982 y el Premio Santa Clara de Asís en 1990. El 24 de mayo de 2006 recibió por parte de la Universidad Nacional del Nordeste el título de Doctor Honoris Causa, en reconocimiento a su trayectoria en la poesía.

Homenajes
En reconocimiento a su labor en la zona, en General Pinedo fueron bautizado un complejo deportivo y cultural con su nombre, y una escuela de Fontana.






Tierra que canta


Por que soy tierra que canta,
canto a la tierra que es mía,
y al hombre que la redime
con la cruz de su fatiga;
la belleza que le veo
y la que uno le adivina
cuando, cerrando los ojos,
con ojos de amor la mira;
al árbol que le da sombra
y al viento que la castiga;
a la luna que la nieva
y al sol que la quema viva;
al arado que la hiere
buscando en ella la vida,
y al sembrador que la siembra,
y en ella se regocija
cuando luce remozada
bajo la lluvia y encinta,
Por que soy tierra que canta,
canto a la tierra que es mía.








Pueblo


La piedra de la injusticia
le fue afilando el cuchillo;
si llega a desenvainarlo
dirán que nació asesino.
Parece cosa imposible
y sin embargo es sentencia:
de la pobreza del pobre
el rico saca riqueza.
El vino de los obrajes
sabe a madera y sudor;
y los hacheros lo beben
para olvidar lo que son.
Tan fatigado regresa
de machetear en la caña,
que piensa que se le han vuelto
de plomo las alpargatas.
Sobre la hierba crecida
quebrándose, el carpidor;
su azada, a pulmón bruñida,
es un retazo de sol.
El hacha tala el quebracho,
su voz, su sombra y su estrella;
lo que no tala es el hambre
del hombre que la maneja.
Tierra y sudor los cubrían
de la alpargata al sombrero;
no he visto vida más limpia
que la vida del labriego.
En los obrajes del norte
uno ve lo que no quiere;
la amistosa convivencia
de la injusticia y la muerte.
Al hijo del carbonero
le ha dado por preguntar:
¿si hay en el monte cien hornos,
por qué ninguno es de pan?
Toda la caña que anduvo
arrimándole al trapiche,
de golpe se le hizo azúcar;
lástima que fue al morirse.
Mientras jadea el hachero
labrando su mala suerte,
el ojo del hacha mira
cómo lo acecha la muerte.
Bajo un árbol pensativo
tiene al fin lo que pedía:
la tierra que le negaron
cuando en la tierra vivía.
Cuando dice que sí, es sí,
cuando dice que no, es no;
al patrón poco le importa
lo que pensemos tú y yo.
Anda de obraje en obraje
con todo lo que le falta,
hasta que un día de suerte
la muerte les tiene lastima.
¿A la hora del ladrón
quién traba puerta y ventana?
El patrón, que tiene mucho,
no yo, que no tengo nada.
Un arado, un arador
y seis caballos humeando,
y un borbollón de gaviotas
picoteando, picoteando.
El hombre del hacha sufre
pero de pie y en silencio;
sus penas las gritan otros:
algunos con gran provecho.








Distancia


En la polvareda verde
Del monte, al sol, galopando,
Desde mi escuela a tu escuela
Hay una legua de canto.


Si lo sabremos
Yo y mi caballo…


Y en la polvareda oscura
De la noche, paso a paso,
Hay de tu escuela a mi escuela
Diez leguas de sobresalto.


Si lo sabremos
Yo y mi caballo…








MAÑANA DE NOVIEMBRE


Mañana
de noviembre en el oeste.


Como a un diapasón gigante
el fragor de las chicharras
hacía vibrar el monte.


El viento norte bramaba.


Todo el territorio ardía
en una inmensa fogata.


Muy lejos, alucinado,
un crespín se desangraba.


Mañana
de noviembre en la memoria
y en la añoranza.


Mi corazón aquel día
cómo olvidarlo,
era también una brasa.








DISTANCIA


En la polvareda verde
Del monte, al sol, galopando,
Desde mi escuela a tu escuela
Hay una legua de canto.


Si lo sabremos
Yo y mi caballo…


Y en la polvareda oscura
De la noche, paso a paso,
Hay de tu escuela a mi escuela
Diez leguas de sobresalto.


Si lo sabremos
Yo y mi caballo…










PUEBLO


Cuatro calles polvorientas,
Y un puñadito de casas,
Bajo la cúpula verde
De algarrobos y catalpas.


Una iglesia, casi en ruinas,
Santificando la plaza.


En la plaza, algunas tipas,
Y en las tipas, las cigarras
Echando a rodar los ríos
Estivales de sus flautas…


Para la dicha es muy poco,
Y con ser tan poco, basta.










HERENCIAS


Sólo dejamos, al final, unas palabras.


Son las únicas huellas transitorias
de nuestro paso
sobre un tembladeral de olvidos y silencios.


De su fuego
después no queda nada.


Tendrá más vida que ellas
la ceniza glacial
de nuestros huesos.


No, la palabra no es un ave fénix:
no conoce el milagro
de la resurrección.












COPLAS


El hombre llega al otoño
como a una tierra de nadie:
para morir es muy pronto
y para amar es muy tarde.


Alguien le ofreció una viola
a un inversor extranjero;
por las uñas que tenía
creyó que era guitarrero.


Con rara equidad el Fondo
como a una fruta nos trata:
nos come toda la pulpa
pero nos deja la cáscara.


Por las torres de Manhattan,
por las torres que cayeron,
llora, llora el primer mundo
mientras explota al tercero.


Ya no le pido a la vida
cosas de mucho valer;
Solo le pido una nada:
que me devuelva la sed.