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domingo, 1 de abril de 2012

6571.- MERCEDES GÓMEZ BLESA

Mercedes Gómez Blesa (Casas-Ibáñez, Albacete, 1964) es ensayista y poeta. Doctora en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, ha centrado sus investigaciones en el ámbito del pensamiento español contemporáneo, dedicando especial atención a la obra de las intelectuales de la II República y, muy especialmente, a la de María Zambrano, autora a la que ha consagrado dos ensayos, María Zambrano: el canto del laberinto (1992) y La razón mediadora: Filosofía y Piedad en María Zambrano (2008), con el que obtuvo el Premio Gran Vía de Ensayo y por el que fue finalista de los VII Premios de la Crítica de Castilla y León, y ha realizado la edición crítica de los siguientes libros de Zambrano: Un descenso a los infiernos (1995), Unamuno (2003) y Pensamiento y poesía en la vida española (2004). Así mismo, ha recopilado los artículos zambranianos publicados en la revista puertorriqueña “Semana” (Condados de niebla, Huelva, 2002) y ha coordinado un monográfico sobre la autora en la Revista de Occidente. En 2007 publicó Las Intelectuales Republicanas: la conquista de la ciudadanía (2007), fruto de un Simposio celebrado en el Instituto Cervantes de Roma dedicado a estas mujeres pioneras. Como creadora dio a conocer su primer poemario en 2007, titulado Los nuevos bárbaros, con el que quedó finalista de los Premios de la Crítica de 2008. En octubre de 2007 coordinó las Jornadas sobre las Intelectuales de la Edad de Plata, celebrado en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Recientemente ha sido elegida miembro del Centro del Exilio creado por la Fundación María Zambrano y patrono de dicha Fundación. En 2009 preparó una reedición crítica en Cátedra de Las palabras del regreso de María Zambrano, recopilación de los textos que publicó la autora en la prensa española después de su regreso del exilo. Ese mismo año apareció Modernas y vanguardistas: Mujer y democracia en la II República (2009), obra con la que quedó finalista en los VIII Premios de la Crítica de Castilla y León.

Bibliografía
(coeditora), María Zambrano: El Canto del Laberinto. Diputación de Segovia, Segovia, 1992. ISBN 84-604-4428-7.
(ed.), María Zambrano, Un descenso a los infiernos. Cuadernos de Estética Fulgores, I.B. “La Sisla”, Sonseca (Toledo), 1995 (ISBN 84-600-9151-1).
(ed.), María Zambrano, Las palabras del regreso. Amarú Ediciones. Colección Mar Adentro, Salamanca, 1995. (ISBN 84-8196-024-1); traducción italiana de Elena Laurenzi: Le parole del ritorno, Città Aperta, Troina, 2003; edición crítica y anotada, Cátedra, Madrid, 2009 (ISBN 978-84-376-2566-9).
(ed.), María Zambrano, Unamuno, Debate, Barcelona, 2003 (ISBN: 84-8306-970-9); y en Nuevas Ediciones Debolsillo, Barcelona, 2003 (ISBN 84-9793-094-0); traducción italiana de C. Marseguerra, Unamuno, Bruno Mondadori, 2006, (ISBN- 9788842496939).
(ed.), María Zambrano, Pensamiento y poesía en la vida española, Biblioteca Nueva, Madrid, 2004 (ISBN 84-9742-309-7el ).
(coeditora), La poesía amorosa de José Luis Tejada, Biblioteca Nueva, Madrid, 2005 (ISBN 978-84-9742-510-0)
(ed.), Las intelectuales republicanas: la conquista de la ciudadanía, Biblioteca Nueva, Madrid, 2007. (ISBN 978-84-9742-719-7)
Los nuevos bárbaros, Huerga y Fierro, Madrid, 2007. (ISBN 978-84-8374-635-6)
La razón mediadora. Filosofía y Piedad en María Zambrano, Editorial Gran Vía, Burgos, 2008. (ISBN 978-84-936800-2-2).
Modernas y vanguardistas. Mujer y democracia en la II República, Laberinto, Madrid, 2009, (ISBN 978-84-8483-322-2).

Premios
Finalista de los Premios de la Crítica 2008. Sección Poesía con el poemario “Los nuevos bárbaros”.
Ganadora del V Premio de Ensayo Gran Vía con la obra La razón mediadora: Filosofía y Piedad en María Zambrano.
Finalista de los VII Premios de la Crítica de Castilla-León con el ensayo La razón mediadora: Filosofía y Piedad en María Zambrano.
Finalista de los VIII Premios de la Crítica de Castilla-León con el ensayo Modernas y vanguardistas: Mujer y democracia en la II República




El pasajero


¿No es hogar, acaso, para el pasajero
este ciclópeo recinto geométrico,
esta cúpula poliédrica de formas caprichosas,
este templo de grandes cristaleras incendiadas,
mastodonte de luz, paladar del aire,
pupila de nieve, espejo del cielo?
¿No es aquí, en la diáfana sala de espera
de una anodina terminal de aeropuerto,
donde el solitario pasajero se siente,
a la vez,
propio y extraño,
forastero y en casa,
dentro, estando fuera,
cerca, estando lejos,
arropado con calor maternal
por los mismos luminosos eléctricos
de idénticas tiendas,
por los mismos colores estridentes
de idénticos bares,
por los mismos textos publicitarios
de idénticas marcas
de cualquier otro aeropuerto del mundo?


En este dejá vu, escenario sin sorpresas,
el hombre solitario que ha facturado
su vergüenza, pero no su desconfianza,
se descalza y eleva con parsimonia las piernas
y las reposa en el asiento de enfrente,
como hace cada día después del trabajo
en el sofá de su casa y se rinde al sueño,
como se rinde cada noche ante el televisor,
sin importarle las cómicas muecas
que su cara mostrará a los otros
o las extrañas posturas de su cuerpo,
tan inverosímiles como un fantasma,
o el oscuro e indescifrable mensaje
que componen sus rítmicos ronquidos.


Cuando despierta, el pasajero
-que sigue con su pudor facturado-
se afeita y lava los dientes en el baño
frente a la hilera infinita de espejos,
acudiendo al gesto mecánico de siempre,
en medio de un sin otros,
que imitan sus mismos abúlicos gestos
como espectros de mirada perdida.


¿Existe, acaso, mayor intimidad
que la que hay entre tanta gente,
que son tierra y agua, pero nunca barro,
hilos sueltos, sin formar encaje?
¿No desplegamos nuestro biombo
con nuestra rumia interior
en medio de esta suma de solos,
de este público amorfo
de labios sellados,
formado por un tú y otro tú,
nunca un nosotros?
¿No somos, en esta aséptica sala,
escaparates que nadie mira?
¿No estamos rodeados de espectadores
huérfanos de palabra,
que sólo leen o escuchan,
pero jamás hablan,
conectados por su cordón umbilical
a sus MP3, su i-Pods, sus PCs
y que sólo, de vez en cuando,
se atreven a ojear de soslayo,
con disimulo, a hurtadillas,
para no estallar con la mirada
la delicada crisálida de cristal
que nos aísla en este archipiélago
aséptico, de suelos pulidos
que despierta nuestro rumor secreto
y crea una intimidad pública
o una privacidad cercada de espejos?


¿No está el pasajero en este lugar de paso,
en esta sala de espera, en este purgatorio,
a salvo de la utopía del cielo
o del infierno de la historia?










En el justo medio


Abre la puerta a la alegría
que nunca llega tarde, ni a deshora.
Es ella el bien más cierto,
la ganancia más segura,
pues es ella la que pone,
a un tiempo,
el cuerpo y el goce,
la que es dulce carne
y anhelo satisfecho,
la que crece con sólo darse,
pues sólo de sí misma se alimenta.


¿Qué alcanza el amor
si andamos con el rostro plegado?
¿Qué resta a la vida el dolor
si aún brillan en nuestra garganta
los farolillos del júbilo?
¿Qué roba la pobreza,
si aún notamos el raro escalofrío
que aniña nuestros ojos
bajo el amparo de la luz?


Creedme,
no hay bien ni ganancia más segura
que la alegría.
Acoged a esta joven solitaria,
que con poco se conforma;
dadle pulcro aposento
entre el hastío y la espera,
entre la angustia y la calma,
entre la falta y las sobras,
que sólo en este extraño punto,
en este justo medio habita,
como la virtud..











Los nuevos bárbaros (Huerga & Fierro Editores, 2007)




No existía mayor dicha que sentir en la frente
penetrar lentamente la corona de espinas
y ver derramarse encima de los ojos
las púrpuras lágrimas de la muerte
o dejarse adormecer por el suave hormigueo
que despiertan los clavos al violar
la delicada piel de las palmas de las manos
y las cumbres de los pies,
o caer exhausto por el escozor del costado
al hacer diana la lanza de Longinos,
esos labios flameantes de sangre
que invitan al éxtasis del beso,
a embriagarse en el cáliz de la herida
con el vino-sangre de Cristo,
majestuoso lagar místico.


Y si no había suerte y no aparecían las llagas
o si se curaban las que había,
aún quedaba la esperanza del largo ayuno,
del calvario de la inedia, de la santa anorexia
para triunfar sobre la naturaleza perversa de la carne:
sólo pan y agua para soltar el lastre del peso
y elevar el cuerpo hasta la ligereza del aire,
hasta la ingravidez de la estrella,
y escapar de este mundo, libres ya
del ancla de esta rémora exigente
que nos sumerge en la freza ponzoñosa.
Bendita abstinencia que invita a la beatitud
de los ángeles que salen al encuentro de Dios,
al encuentro de Cristo, del Cuerpo Glorioso,
del Cuerpo Divino.


También buscan este cuerpo divino
nuestros hombres y, más aún, nuestras mujeres,
nuestras nuevas santas,
pero un cuerpo divino sin Dios,
un cuerpo glorioso sin gloria y sin gracia,
sin el orden de la gracia que presagiaban
como promesa final de las antiguas beatas.
Ahora no hay encuentro, sino soledad
después de este vacío e inútil sacrificio,
sólo la lúgubre soledad del féretro.
(...)
Un corpus interruptus es lo que quieren,
una mortalidad inmortal, un cuerpo eterno
sin dormitar en la antesala de la Resurrección,
escamoteándose de la humedad del nicho
a la espera del Juicio Final,
quieren un cuerpo-reliquia
como el de los santos elegidos,
un cuerpo fortificado, invulnerable
a las arremetidas de la podredumbre,
un cuerpo inmutable (noli me tangere)
como relatan fue el de Teresa de Ávila
cuando exhumaron en Alba su cadáver,
tras varios años oculto en la tierra
y lo hallaron con la carne fresca y enteriza,
con el color y la dulzura del dátil
y con un olor de azahar que inundó varios días
todos los rincones del convento.


Eso quieren los bárbaros sempiternamente jóvenes,
las eternas adolescentes que desvisten su inedia
del hermoso ropaje dorado de lo divino
para devenir en una abstinencia vana y estéril,
en una anorexia profana y escuálida,
sin futuro y sin trascendencia.


¿Por qué, entonces, el ayuno,
esta perpetua cuaresma,
esta obsesión de hacer del propio cuerpo
una materia inmaterial, una materia prima,
un recinto vacío?
¿Es tan estrecha ahora la vida
que sólo necesita una talla S?
¿Tal vez buscan estas jóvenes
la levedad del aire, la libertad del vuelo,
el éxtasis místico de fundirse en la nada,
el ansia pánica y divina de ser nada
para ser siempre y serlo todo?
¡Ay, las nuevas santas anoréxicas!