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martes, 13 de marzo de 2012

6293.- GERARDO CÁRDENAS ROBLES






Gerardo Cárdenas Robles, nació un 1 de marzo de 1991 en Cuauhtémoc, Chihuahua, Méjico.
Actualmente cursa el cuarto semestre de la carrera de Letras Españolas en la Universidad Autónoma de Chihuahua. Ha obtenido numerosos premios en poesía y cuento, así como el reconocimiento al artista más destacado de su generación por parte del Centro de Bachillerato Tecnológico y de Servicios #117.
Ha pertenecido a los talleres de creación literaria: Calíope, de la Universidad Autónoma de Chihuahua; Scripta Manent, coordinado por el escritor José Luis Domínguez, por parte del departamento de Arte y Cultura del Municipio de Cuauhtémoc; y a los Talleres de Creación Literaria coordinados por el escritor Raúl Manríquez Moreno, mediante el programa Salas de Lectura de Gobierno del Estado.
Entre sus publicaciones cuenta con el poemario El silencio de las cosas, por Tintanueva Ediciones. El libro se terminó de imprimir el mes de marzo de 2010 en los talleres de CEIDESA, de México, Distrito Federal, con una tirada de 1000 ejemplares. Dicha publicación fue apoyada por CONACULTA, Gobierno del Estado y Gobierno Municipal. También, ha participado en las revistas Rawr (www.rawr.com.mx) y Clarimonda.







COMO QUIEN NO TIENE MÁS QUE HUESOS


Ante todo se busca repeler el intolerable
juego que se guarda en las paredes
alejarse de eso que tienen los armarios
un ruido de agua cayendo siempre
sobre el mismo papel y la misma tumba.


Es claro que la memoria se gasta en el trayecto
como si fuera tan simple astillar los interminables signos
rostros que vamos recogiendo del día ausente
a veces de algún ruido que desde lejos busca envolver
entre mantas acrisoladas
el cuerpo metálico de los faroles.


El hombre es un laberinto sencillo.
Le gusta caminar por la madrugada huérfana de flor
repleta de mujeres que esperan en el polen vertido
sobre los espacios entre un edificio y la desmaña de los dedos
figuras maleables tomándose por sorpresa
resbalando desde los tejados
recomponiendo ángulos que encienden la última
sensación del despojo


Tú nunca sabrás a dónde va esto.
La nube es nube todo el tiempo y no hay
necesidad de abrirle la boca gigantesca de agua
o prenderla y marcar su anatomía ceniza
explotando en algún nido.


Se escucha el viaje
mira cómo se nos pierden las palabras
sólo puedo pensarte esperando en una
lejanía que encuentra sus propias fieras
te toco gota de mármol
te digo las canciones de mi
paso por la vejez adormecida en los parques


Ya pronto entenderás que me estoy
quedando solo
cerca de la marginación de la tinta
de todo el quebranto entre servilletas
sucias de realidad


Hay un minuto que me salva de mí
me extravío de los lugares que aún
pudieran vociferar mi presencia lacónica
mi presente que no se divide más
aunque le abordan las calles interminables
escondidas en el comienzo esencial de
todos los movimientos y las diferencias.










IMAGINO UN ALTAR…


Imagino un altar
en esas puertas delicadas
claridad de un cuerpo
a punto de volverse
vitrina de lo humano.


Te encuentro
te revuelvo en la carrera
gobernable de las uñas
o en el licor
o en las frazadas violentas
sobre un frío debilitado
encantamiento astral
orilla que pulsa
de arena y complacencia


Hay un día que vemos
la mirada como el lugar
más próximo
vemos las manos
y los hombros
y algo se desliza


Envuelve cada parte
repta con la paciencia
desentendida de un ciego
por poco perdiéndose en
el vértigo de las ventanas
de los ojos que descubren
una soledad prevista


Nunca se sabe
cuántas pausas habrá
desde el cuello
hasta el arrebato
violentado de la prenda


Ni el número de ondulaciones
ni el olor exacto
o el ejército de pequeñas
caricias que le han
agitado sin arrancarla


esperando los muros
el tiempo
la circunstancia que desata
los dedos y la avidez
que también se desnuda
con las piernas y el abdomen


Me adelanto al derrumbe
que se va poniendo ácido
entre los labios
como jugando a borrarse
o a esconder
sin saber qué esconde


Hace llama
sonido
y pérdida de
incontenible luz.












INSINUACIÓN DEL ROCÍO


Suave como una
antorcha
en la única verdad
de los pasos
antiguo y siempre nacedor
de la planta que olvida el tallo


Vacío
me alejo
y contrapongo de lo
que se
guarda en las
costras


en calma
cúpula de lluvia entre los leones
solos


Germen que se apaga
de las entrañas
bajando vueltas
hoja y luego tierra


nada más que nidos
atravesados por
el ruido de los que guardan
una tormenta de incienso


Antes de morder la yerba
un ojo de libélula
dispone el campo para la ceguedad


que tiende sueño arriba
y no se cubre tibiamente
en la miel de la roca nuestra


Soy lo que
se dirán entre
colibrís
enorme y circular
jaula de hombre sin
espacio oscurecido.










LA COMPAÑÍA DE FUEGO


Resulta que anochecí
en la flora de los predadores.


A veces tengo que pensar
en la existencia
que parte
más allá del pistilo
uniéndose con las manos
de la sed.


Somos un solo
engendrador que se
destruye para el fruto
cuando suele pasar
el río entre nuestras larvas.










TRÍPTICO DE VISIONES


Se mantiene este ojo con
pequeñas perlas.


A un lado hay un trazo
que guarda la llama,
que se tiende al antiguo
lema de las súplicas,
y se apaga y tiembla,
y sigue temblando.


No se derriten las máscaras.
Se nubla el respiro
de un amanecer estrangulado
con sus propios alambres,
mientras el fondo de la ceniza
mantiene su nuevo invierno.


Pero no me des forma,
mírame ahora que pierdo
la trayectoria de los barcos,
tímida decadencia
que brota de las palabras.


Mírame desde lejos
y sin mirar,
mírame con tus dedos
de ave,
con esas extremidades
que sumerges tiernamente
en la dureza de lo invisible.


Fija tu caída en otro lugar,
impacta
contra cualquier sonido,
piérdete, como yo,
sin buscar eso que persiguen las venas,
imaginando círculos
y mentiras,
salvando lo que no es posible.


Pero se alejan las últimas
pisadas
y la muchedumbre es ahora esa perla,
un camino de bestias y gritos
girando en espiral
entre un momento y otro.










BRUMA


Éste es el sonido de lo incierto,
y no puedo romper la penumbra.
No puedo rasgar el secreto
que se devora las soledades.


Lo que yo digo
es un vacío de palabras,
una absoluta pérdida,
un intento por abrir los
pétalos de la carne.
Débil.


Las voces van hacia arriba
-fuego de las palmas y los astros-
cayendo de algún hueso
que no deja el sabor a tranquilidad,
a dulce y apagado delirio.


Cayendo, sí,
cuando todo se pierde
en ese grito adormecido,
torpe y sin forma,
que nace apenas de los recuerdos.


Y es sino para existir
que todo sueño se extingue.


Para saber cuán vago es
el incendio de los cristales,
un ojo callado y distante
que limpia el borde de la madrugada.










ILACIÓN DE OBLICUIDADES


Siempre queda avidez
tras la roca en nuestro costado,
hay limitación también en lo eterno,
frágiles estelas de larva.


Bulle la ferocidad,
el animal espectro de las letras,
la inconsciente aniquilación de los vapores
y las imágenes congeladas.


Siempre araño la párvula
representación del cielo
en los brotes de la inmovilidad,
estatuaria corteza,
lenguas que fingen encuentros
bajo un cruel filo de vacuidades.


Todo es presencia invisible de lo antiguo,
lo que rompieron grandes bocas en el cristal,
peces muriendo dulcemente en las súplicas,
mientras se desangra una tentación
entre los capullos nocturnos de cualquier viaje.


Es que la tarde es tan pausada sombra,
y, en el tiempo que todo lo contiene,
dejan de ser las calles y la distancia:
verdad de esto que me partió el cuello
con una caricia de mano en llamas.


Hay esos fragmentos que enterraron en la costa,
sonidos que arranco de esqueletos
en ventana de alguna celda,
angustias de paraíso abierto por la espalda,
raído de sueños
y subterráneas palabras de sosiego.


Como si hubiera un estallido
que limpia las palmas,
una carcajada de milagro líquido.


Pero nunca pasa,
y siguen los preludios pausados
a un lado de la mirada y el paladar,
rumiando la barrera sutil de algo posible.


Y lo escribo con tranquilidad.
Busco en la arena de los sentidos,
cráter de ángeles que llovieron
desde una garganta de efigie,
de gárgola que regresa constantemente
a cuando nada había,
como los relojes,
por nostalgia y soledad.


Esto es el momento,
golpe que suavemente descubre raíces
envenenadas en el camino largo
de las venas y los lirios.


Por eso y por el aislamiento,
es que me gusta perderme
y soportar el calor de los contornos.


Volcándose
y dando tumbos al interior de la bruma,
llegando del corazón mismo de lo etéreo,
pintando miradas que arden
como orlas en la silueta de la incertidumbre.


Será que merezco la edad de los sueños,
en esta mi piel que de nunca sabe
y en los todos desconoce inciertas
fachadas de tierra,
que de algún modo me quedé absorto
en el iris corrupto y las baldosas de mi encierro.


Allá,
cuando las trompetas anuncien la perdición de la tinta,
el viento y los preludios abrirán
selectivos cadalsos para los que sigan
en pie,
agitando las alas.


Brasas y mediación en lo oscuro,
rota, desgranada y débil,
espera de arrebatados juegos.


Tenía que decirlo:
el final es sólo pequeñas fisuras,
un quebranto del juego en que todo pasa.










Primera parte: Las canciones de Ícaro


I


Espero que las palabras se reconcilien.
Ayer las escuché pelear.
Yo estaba...
Había algo que...
Las palabras peleaban. No quise intervenir.
No me veían. Sentado mordía la ventana.


Tal vez alguien me tapaba la boca.
Los ojos.
No sé quién movía la cortina.


Ojalá se vuelvan a ver.
Ojalá dejen de hablar y se busquen.


II


Nuestro corazón tiene delirios.
Sueña que lo dibujan con ingenuidad.
Sueña que se lo comen.


Despierta a veces por la noche
y se quiere palpar los costados.
Se inventa que le falta una costilla
quizás un par
y se entera de la existencia que
hay en todas las calles y las manos.


Esperando allá
en algún sitio
otro corazón también delira
y tiembla bajo los cristales.


Nuestro corazón es un perro
y es una piedra.
No es que lo dejemos andar solo
pero casi siempre está perdido.


III


Mi cuarto parece un congelador.
Odio que no me salga barba.
Odio rasurarme.


Hay días en que me levanto.
Obviamente hay días en que me levanto,
y traigo playera blanca interior, y siento
que de nuevo tengo ocho años.


Hoy no pienso ir a la escuela porque toca el uniforme de gala.
No me gusta ése, porque me da frío y siento que me veo raro
caminando, y no me gusta que la gente me vea caminar.
La pantalonera es más amplia y más cómoda, y nadie ve cómo
muevo los pies cuando camino.


Fingiré que estoy enfermo. Mi madre me dejará fingir.
Y tomaré jugo y comeré cosas que no le harían bien a un
niño enfermo.


Pero el cuarto parece un congelador
y me tiemblan los dientes debajo de
la cerradura.


IV


Huella de la serpiente que sigues hacia el agua
José Joaquín Cosío


Aún no entiendo cómo, pero los días son larvas y son flores,
y a cualquier hora el calor se pinta de noche entre el alumbrado.


De noche azul, como si realmente las cosas pasaran
arrastrando la tierra, y arrastrándonos con todo;
yéndonos así por los conductos que nos permite el momento...
este día de este mes de este único giro que ya no se moja
luego con las mismas plantas.


Se nota que no somos de aquí.
Yo pienso que alguna vez lo fuimos.
No somos de aquí, no caminamos,
no estamos acompañados del ruido y de las huellas.
Nuestro signo es volar, y lo que vuela
no quiere quemarse de concreto y
cansancio.
Tú y yo no somos de aquí.


Y es que mi mano es la de un pequeño, y mis ojos son los de un pequeño
y se amedrentan, y mi sonido se come tu sombra sólo para
llevarnos las primeras nubes que se estancan bajo los libros.


Tu mano se envuelve de mis huesos y me escudriña
los sueños desde la nuca.
Me dejas al extremo del mundo en una lata de refresco
con vainilla y cerezas.
Y no sé de mí otra cosa que no seas tú.


Me pierdo fácil si me lo dices, y si me encuentras,
y claro que mi boca y mis pasos te van siguiendo por las escalinatas
de un carrusel al que nos subimos sin saberlo.


Dejamos a un lado todo y ni siquiera elegimos el caballo
más brilloso y grande, porque tenemos certezas y una constante salida al mar.
Aún no entiendo cómo, pero los días son larvas y son flores.
Y luego lo entiendo.


V


No le digas a nadie que estoy escondido aquí.


Hoy volvieron los nervios, y otra vez tuve que escaparme, y otra vez
terminé a un lado de los ladrillos junto al salón de los de sexto.
Venir para acá es peligroso. Dicen que fuman y no les gusta que ronden
los más chavitos. Dicen que te va mal. Dicen que uno nunca volvió,
que está entre los ladrillos, porque siempre han estado.
Ahí siempre hay aire, y nadie sabe quién lo trae.


Pero hoy la cosa no es fácil. Cuando uno debe entrar al infierno,
el camino más corto ha de ser siempre el mejor.
Por la puerta grande, dijo el maestro.


Creo que a mí me duele algo entre la espalda y la barriga, porque
a veces no se me ocurre algo bonito que pueda decirle.
Y la saliva se me vuelve una masa dura y fría,
y se me va todo, y me veo correr lejos de mi cuerpo,
muy lejos, y no puedo detenerme. Sólo ella, si un día me animo.


Tal vez hoy debí regalarle una paleta y no decir nada.
Y sonreír juntos.
Eso habría estado bien.