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miércoles, 29 de febrero de 2012

6170.- MARGARITA GARCÍA ALONSO


Margarita García Alonso
(Matanzas, Cuba, 28 de enero 1959)
Licenciada en periodismo de la Universidad de la Habana. Periodista, poeta, y artista visual.
Ha publicado los poemarios Sustos de muchacha, (Ediciones Vigía, 1988), Cuaderno del Moro, (Editora Letras Cubanas, 1990). Maldicionario, Mar de la Mancha, y L’aiguille dans la pomme en Editions “Hoy no he visto el paraíso”, donde publica, además, el primer libro ilustrado sobre la obra de José Lezama Lima: Lezamillos habitados; las novelas para niños: Garganta, y Señorita No y señora sí. Y la Novela: Amarar, Ediciones El barco ebrio, 2012.
Ha obtenido numerosos premios como pintora y otros tantos en concursos literarios. Laureada en la Taberna de poetas franceses, y publicada por “Yvelinesédition”, en Marzo 2006. Creadora de Editions Hoy no he visto el paraíso.
En proceso final de edición se encuentran los poemarios ‘La costurera de Malasaña’, y ‘Cuaderno de la herborista’. Así como la novela “ La pasión de la reina era más grande que el cuadro”.
Reside desde 1992 en Francia.
Ha editado poemarios a David Lago GONZALEZ, Alberto Lauro, Sonia DIAZ Corrales, Odette Alonso, Juan Carlos Recio, Pedro Assef, Maya Islas, Carlos Augusto Alfonso. Jesús Díaz.






Huídas


“No me he hecho, me han hecho”. Goethe


Huí de lo que representaba esfuerzo y sobre todo
de la ventana donde vi pasar a Madame Bovary,
al perro, al descendiente de vikingo
con el pelo rojizo en las axilas.


Huí del óleo que latiga mi vientre,
envenena las manos y salta a los muebles,
se enmaraña en mi pelo como una legión de enemigos.


Huí del aguarrás que come iris, vista, desvelo
Huí de la cola de conejo que seca, mata, e impone
esta imagen de drogada que deambula
hasta el estante de cigarrillos negros.


Huí de la palabra que doma,
del frasco en que piensa la gente,
del murmullo que desmiembra si mi nombre
no aparece en la sección de conocidos locales,
autorizados o negados poetas que chocan dientes
en el interior de pequeños envases
donde depositan la herencia.


Huí del campo donde jamás asenté cabeza
en noche silenciosa, sin grillo, luna,
huí de donde perdí el gusto por la charla,
enfundada en botas de cuero rústico, enlodadas
por la marcha en el bosque, vi el reflejo
de todo lo que vendrá al humano.
Huí del barranco en el que solía ser
Mer de la Manche sin interesarme
el último estreno.


Huí de mi apego a rumiar pasiones despiadadas,
huí de mi madre que cuenta el pulso,
desde la sombra me retiene en muchacha.


Huí de mi hija,
huí pavorosa arrastrando el mantel,
la alivié de mi inútil presencia
con mi carreta desvencijada
por los viajes que no puedo hacer
a cierta isla, y los largos inviernos.


Huí de las cajas repletas de cartas,
veinte años de exilio en sobres amarillos,
sellos de mariposas de un país que encierra
al Hombre en un friso que nunca acaba.
Huí del indolente, del acuchillador
con la herida redonda del ombligo
la tripa colgando, enredándose en los caminos.


Huí del pasajero incierto que toma vino
en la despedida aclaré que no hago promesas.


Huí de mí que era la muerte y la escasez de recursos.
No existe aún una sola razón para quedarme.










El gato de Schrödinger.


Cuando falta la cola o la crin,
el caballo está enfermo,
es solo cuerpo que trota
sin la posibilidad espiritual del viento.


El sol se fue a putear al fondo de las nubes
después de hacerse el nulo en los acantilados.
Estoy recogiendo fragmentos,
quizás se salve algo de la mañana.


El gato de Schrödinger ha desaparecido
supuestamente atado al caballo.


Un átomo radiactivo y una botella de veneno
ocupan el interior de mi cerebro donde nadan
el absurdo, la obsesión y el despilfarro.


Mi desespero no es por el gato muerto,
estoy febril.
¿Dónde está el problema,
si yo no quiero saber la solución?


El pintarrajeado travesti se pavonea en la acera
con la ilusión de que el enano tuerto
se equivoque de estación.


La sombra acaricia entrepiernas,
toda ecuación del mundo está en el sexo.










Le blanc souci.


«Le blanc souci de notre toile». Mallarmé.


La blanca tela anuncia nieve en mis manos.
El trazado llega a la bisabuela.
Golpea el lino que cubre y quiebra
en presencia de un secuestro.


¿Quién decide esconderse en la tinta y nombrar?
¿Quién eludió el retrato y onduló mis cabellos,
¿Cuántos pigmentos rayaron mis ojos?
¿El mundo de ahora estaba hecho en el sueño de
mi primera mujer sin nombre, la viciosa maga
que ordenaba telas con crujido de almidón?
¿Sabía leer o me dejó la oscuridad?
¿Sabía elaborar pociones, desvanecerse en el sexo?
¿Fue comprendida su caligrafía entre
carruajes y cegueras?
¿Queda la gracia del gesto, la ironía,
el encantamiento?
¿El amante maldito dejó nombre?
¿Qué sutileza en los ovarios, qué pereza
y semejanza al bulbo la preñó?
¿Obtuvieron causa, hubo rondas, destilaron vinos?
¿Qué llena el ánfora de mi pecho que la siente
incomprendida y yo portadora de ir más lejos?
¿Hubo esterilidad, suicidios, hundimientos?
Alguien debe ser la causa de mis genes mal puestos.
El himen de mi madre fue arrasado bajo el murmullo de comadrillas.
¿Es qué sangró por todas?


Mi abuela fue al norte tomando la mano
de Gerardo Sabas, el querubín de la leche fresca.
¿Por qué solo fueron setenta años de encuentro?
¿Qué leyó en la Tora el día de mi nacimiento?


Mi hija delicia con la uña, hinca mi ignorancia,
de sucesivas sé que es grave la tripa,
¿quién nos dejó escondites en las entrañas?
¿Quién me ha marcado este amor complejo,
estos desalientos?


Me encuentro impaciente de nominar culpables.
He sido penetrada por sucesivas enredaderas,
anduve sola traduciéndolas, traduciéndome
a una lengua extraña, incesantemente en dudas,
vaciando palabras, contando letras.


En mi cábala enloquezco
de este salto que me arroja secretos.
¿Cómo confesar que fui fractura,
exiliada oscura en la noche de Europa?
Mujer unida a muertas fugaces, mujer alimento
de aves de paso y amé por ellas, amé en variantes
e incesantes perdidas a un solo hombre.


He llegado al contorno de mi sombra, mi perfil
se desbarata con la edad y el triste ademán
de la pluma que cae.
Devoro el índice, la luz talla el orificio
que fluye hacia la nada
de eso que fueron hechas y yo carezco.










Madame Bovary.


Enfundada en terciopelo y encajes roídos
por oraciones que aniquilan en medio de la calle
toco la ventanilla de los coches,
tiro piedras a la llovizna
de cualquier jornada en Normandía,


_todas se confunden para el ojo ciego _


Me he liado un cigarrillo,
no tengo ganas de zurcir guantes,
ni de hablar a los viajeros, de nada
en el instante donde sé
que hay una aguja en la manzana.










Eje de cuentos.


Cuando te fuiste al chalé de la montaña
con cuatro turbios desconocidos
a fumar todo el fin de semana,
mi vientre engendraba un feto que temía.


Recuerdo que la angustia nublaba las calles
y me preguntaban direcciones
y atrozmente entregaba
lo último que recuerdo estando viva.


Hubiese podido quedarme si no fuera
por mi frágil corpulencia y esa antigua
seducción hacia el desastre.


Heme de regreso al hueco de la aguja,
cabeza de alfiler donde las brumas queman,
los mediodías son plomizos lamentos
las tardes deshacen el mundo,
la anoche aterra.









Espacios vacíos.


Si descierro las mandíbulas
el aire de Le Havre cae
en la oscuridad donde tecleo.


Jamás caer -con o sin testigos- sobre el cristal.


En esta ciudad el arrecife deforma las calles
la ruta asimétrica nos hace cojos apoyados
en perros que salivan orines de perros
mierdas de perro que marcan territorio.


Suelto clavecines, no hay columnas, ni alerones,
ni tiendas a la moda, cualquier confín da al bosque
a los despeñaderos frente al mar.


Hay que salir, de todas formas
nadie me va a comprar pescados en el puerto.


La mirada de una vieja voraz me organiza el abrigo,
con habitantes tan feos
no se puede disimular el viento
que da alas a mi estola y arrastra el salitre,
la arena que en capas enrarece la visión.


El insolente está lejos,
mi varón traspiés es ajeno a la adversidad
que inundó los canales en la noche
donde me privó de su espuela,
y con el vientre hinchado ataqué altísimas velas,
me lancé a un orgasmo seco.


Una y otra vez me encierro a mezclar textos,
Handel y aquella suavidad gastada trituran rocas,
desafinan en la rudeza de este lugar.


En Madrid mi mano cabía
en el ejercicio fascinante del tumulto,
contaba las ventanas , la embriaguez
del que arrastra maletas,
ese dulzor de la lengua de mamá que cura exilio.


Pero es pasado, fíjense, el día se reclama nublado,
desfila como ayer y mi cráneo se parte en dos,
diez vueltas doy, entre la cama y la butaca
he perdido los huesos.


Escorchados pajes cibernéticos algodonan
como flamencos de un estanque en suspensión
despegan el parche donde acecha la niña
que golpea con técnicas secretas.


Desde el arsenal hasta la entrada del barrio,
se ha abierto la canalización, en la cloaca
nadie hace mutis por ninguna causa.










Cinquanta, cinquante, cincuenta- Matanças.


"Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste". Alejandra Pizarnik


Sin cuenta sobre el campo infecundo
me retiro al Mar de la Mancha.


Estoy en el gran exilio, la vejez que aterra
estira el manto, llega sin darme cuenta.
Fijaos, el espíritu quiere permanecer y la lógica
me hunde en cincuenta letras de la cábala.


No ha sido en vano: he llegado a Europa con
tres o cuatro vidas sueltas.
Ni isla ni continente salvan la mitad en Matanzas.


El viaje comenzó en una oscura estación de trenes
el techo plateado el techo de arcilla punteaba al cielo
- me da por imaginar Ur des Chaldéens-
los persecutores llevaban perros,
yo me escondía en los pliegues de la brisa.


La multitud mataba el aire con gritos
agonizaba en el detalle que traducían
a una lengua muerta so pena de perder vida.


Harrân podía ser el puerto a donde jamás volvería,
pues el rey apenas soportaba el roce de su cabello.
Medía el tiempo en la sucesión de túmulos en papel,
en la noche cerrada me movía,
en la arena el viento helaba


“Quitte ton pays…et sois une bénédiction”.


El Éufrates, el Canímar, el San Juan, el Yurumí
cualquier río borraba huellas, pero el lodo
me impedía avanzar, ensuciaba los escritos.
Puede ser Ur, pero es Matanzas, la que estruenda
el eco de Sinaí.


“Cubre el rostro Sara”, -el siroco comienza-
dí que eres mi hermana, abre lienzos y carnes al faraón”.


Penetrada por Abraham ataba mi cabello
con la argolla del alba nutría las aguas,
rompía tablillas de tierra, mamaba otra lengua,
desmoronada en brazos de la nada.


Dios me enviaba cabras, leche, miel al epicentro
del cantico y el mar de sal seguía en los dedos,
el mar muerto en el cuerpo cada año que pasaba.


Mi hermano degolló carneros, y yo hacia el Este,
¿ dime, me tragará el desierto?


La ciudad donde nací, es el eje de la polémica:
si fui , si fui otra, ahora no recuerdo.
Solo el viaje desde el azulado puerto,
la amurallada Habana hasta el acantilado francés
Madrid donde fui puta dando
a la lengua que había olvidado.


Tres países me nombran, en tres me maté a cuchillo.
No hay tumbas, solo grabados en el polvo:
Canaán, Hébron, Matanzas.
Mi madre aparta el arroz sobre las nubes rosadas
mi padre contempla las gaviotas, quizás sepa
que estoy en otro lugar.






Maldicionario


Tormenta vikinga.


Es posible que mañana muera, y en la tierra no quedará nadie 
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy. 
Algunos dirán que era una buena persona; otros,
que era un canalla. Pero las dos opiniones serán igualmente 
equivocadas. 
Mijail Iurevitch Lérmontov


Da miedo, el agua cubre el dique,
el puerto trepida bajo la niebla
y la campana de brumas
que alerta a los barcos ciegos.


El viento remolina partículas de piedra
que no llegan a ser arena,
la lluvia es densa, una cortina entretejida
con el ruido de ventanas,
las chimeneas se quejan,
los paraguas al revés, los toldos dan
media vuelta desconsolados
de la gravidez, ni un alma en las calles.


Erwin amenaza con entrar al patíbulo
y cortar cabezas,
es como cualquier hombre bajo el viento.


El viento que zumba en sus oídos
la casa desecha, el vientre vacío,
la inmediatez.


Ha oscurecido, le abruman textos,
palabras semihundidas en el ulular.


La suavidad tritura su franela, y penetra hilos
que se pierden en la llovizna.


La tempestad fracasa, Erwin detesta
la rudeza de este lugar,
donde una extranjera cuenta
cuenta y cuenta el día de más








Sea tú, seas.


Ya sabéis todo de mí, puedo irme.
Noche, noche día, al dormir, al despertar dolencias,
la rodilla no soporta más arrastrar mi cuerpo
y a Aans intacto que pesa lastre, pesa miserias,
ulcera al crecer, rampa y estropea
el codo con que repto,
ahí, ahí, intacto.


Es Semana Santa procesiones lejanas,
y en este barrio edificios idénticos cortan el gris.
Martes, miércoles, jueves santo, hoy es viernes y me
chupo el hueso de la mano.


Una voz murmura “tú me sabes, a ti será dado”,
cercana a la locura.


Ya sabéis todo de mí, puedo irme
a descansar “negligée”.
La tierra prometida en el puente de su pie


II


He regresado a la ciudad donde termina el mundo,
puentes sobre la desembocadura de la Sena,
crematorios humeantes montañas de petróleo,
fachadas de cemento bruto,
el despiadado Mar de la Mancha
callejuelas ahuecadas por la roca
donde el mar taladra
una sordina que arrebata a las gaviotas,
que chillan en mi ventana, y amenazan
con comerse el cristal.


Aans entre mis cejas talla con la mano abierta,
un desgarrón en la geometría de la ola.
Mi brazo se une a la gaviota y asciende
-ojo inmóvil en el triángulo-
queda el malva por ajustar a un azul
perdido en negros de constante vandalismo.


Entro a ese espacio rarísimo donde no puedo
contar el daño que se agolpa , desenfrena
la resonancia del ojo que te mira te cambia,
mientras insisto en no perder tierra.


III


Ya sabéis todo de mí, ahora estoy en otro lugar.
Mi lado tierno se inclina al majestuoso arrecife
que se deja moldear por la brisa,
-no puedo tocar piedra,-
como un espantapájaros de paja
encuentro el horizonte terno.


Engorroso gato que forja su opinión
sobre el riesgo de saltar al agua.
Demuele la certeza: no lo hará, no hará nada.
Mi vecino con su sonrisa altanera distingue
un velero de un carguero de un crucero,
sin jamás salir del puerto niega
cuando se pudre la muchacha
-probablemente sea demasiado
tarde si la quiere conquistar-


Cree que recorro una isla cuando lleno hojas
-mucho volumen avista desde su ventana,-
parezco amputada de la mano,
lentísima, un buzo que rescata monedas
defenestra cerebros, democratiza sexo, saca vida.


Da igual, si el faro desaparece
cuando cae un suicida.
Jamás escampa en esta ciudad, dice mi vecino
cuando vuelvo al mar.


IV


Señas de la desgracia que se avecina, mis ojeras.
No puedo leer el periódico: subversivas dualidades
boxean el aire de mi mesa.
Reconstituida, parece barata, pero es
aquí donde transpiro monosílabos,
arqueada rompo mil novecientas fotos.
He descubierto gasas amarillas
empercudiendo las crayolas.
Son cincuenta, cenquante años
de oscuridad en el pasillo
tantea, tantea al siervo,
almacena premoniciones en la jerarquía del tomate.


Es pura la cocaína,
en las cacerolas hombres famélicos
a quienes no dije adiós.


En un retrete de cristal constato
quién desahoga al descubierto,
quién se lava las manos frente a mí
_muñeca de ojillos finos afirma,
como en la película,
que habrá un final
inesperado y bueno.


La rosa rota, la rosa kitsch
seca en su vaso de agua.








Heno.


Tienes que echar perfume en ese dedo hija,
huele a mierda de pasto otoñal en Europa.








Katadesmoi (ataduras en griego)


No oigo la voz de Yahveh
a menos que se asemeje
al pecado de sus ojos.


El cuchillo de Nikos Kawadies oculto,
si digo una sola palabra sensata
o aceptada por el verso
remodelo mi seno.


Sedición e indisciplina Aans.


En Grecia y Roma al cruzar las aceras
me ataban tablillas de plomo
estaba marcada al rojo ceniza de la tarde.
Frente al mar Egeo, me convertía en Areteo,
maldiciendo cualquier ruina.


Tú lo recuerdas, lo dije bajito cuando te asesiné.








Obituario.


Una y otra vez me pregunto cómo puede odiarme
quien nunca me ha visto vomitar las calles
-no de haber bebido o comido mucho-
devolver el aire insalubre , el cuchillo que
desatina en nombre de mi padre.


Bendito amanecer, déjame remendar la sombra,
de este cuerpo cosido a la butaca.


Una y otra vez he deshecho el paso
que me acerca al pan,
horas escuchando el endemoniado silencio
de un cuarto donde rezo
-miles y miles de rezos en un folio
para que no entre el mal a casa.


Maldito ruido, mis muertos hacen tantas preguntas
la línea que no escribí se agranda en regaño.


Me he ido escondiendo a ratos me he sentido sola
a ratos lo sé, lo estoy.


Pero es otro ruido errante que trota,
que galopa que patea
se fija a la punta de la lengua y siembra el escrito.


Ojo, con el pespunte pondré en la tela fino hilo y
puede quedarme chapucero.


Mi hija no me habla, a las doce escribió una carta
para decirme que me odia tanto que se pasa de mí.
Mi hija tiene un lobito.


Mi cabeza en el juez, el hospital,
el nativo que perjura
mi francés con acento.


Un fonógrafo ruge contrapuntos que se aíslan:
“margarita, la sutil madre que te parió,
déchet fatal”.


Me hubiese bastado menos instinto
olfato vista menos tiempo,
haber invertido junto a mi madre en el cultivo
de cactus de generosos verdes.


Yo quería que Aans fuese recinto
de salud y no lo tuve.


A veces me pregunto cómo puedo contarles,
demasiado estruendo mientras busco el hilo.


Si se callaran podría zurcir.










Maldiciones junto al Báltico.


Maldiciones, maldiciones delicadas en sordina
no ofenden más que mis ojos, no apaciguan
memorias, de eso se trata , de estrujar
el escape a la nada.


Cuando estaba a punto de perder el tren a Tcezw
apareció el papel donde había escrito
15h35 un billete y me sentí Gdansk
en la multitud disciplinada
que hacía fila, sin mirar al de atrás,
la espalda descubierta a la sentencia,
a la valija arrastrada, carcomida por
los bordes de un sintético tan semejante
a la piel de poros lustrados
que avergonzaban a mis zapatos,
ahora deshechos los lazos se enredan con
el pantalón que cae en la dejadez de sentirme
polonesa sin habla, frente a un tren rojo oxidado
y madera de aquellos ancianos
tiempos de totalitarismo.


De un lugar a otro la lluvia fría bebe
el sudor de no entender.


De Varsovia, a Cracovia enormes relojes
dan el tiempo en romanos verdes
por el chinchineo que persiste.


Persiste el vestigio de maldecir
frente al enano de espada dorada
que cuida el arsenal,
la entrada al palomar desierto
-han engañado a las palomas con el famoso cambio-
de slotis de slotis de slotis se trata la democracia.


Donde se suponía que tendría un mantel,
pan negro, ciruelas , la voz confiesa ser de otro lado,
del bando fanático
-queda poco espacio ante el vacío-


Frente a una chimenea polonesa, de ladrillos
rojos poloneses hablan führer achtung,
volver, volver a patón, mucho después al hangar
que canta en ronco y ruidoso estribillo
la hora de partida hacia un pueblo
de altares encintados, un patio de cigüeñas,
manzanares y hongos recubiertos de hongos
y excrementos de gallinas ponedoras que
servirán a mi desayuno cada amanecer.


No son las diez, y en el puerto un barco desaparece
tras las grúas metálicas dicen que aquí fue
donde el soldador saco el látigo de luz
y quemó la cerradura, yo no sé.


El desdentado del banco me paga
con un periódico de hace días revuelto
y manchado de grasa
debo tener cara de papelera desde que observé
desde la ventana de Schopenhauer como el friso caía
sobre los adoquines y no había nadie para morirse
de lo que no hago, de lo que digo para mí al
atardecer.


Las campanas y el vodka en asiento de madera,
de taberna bajo luz amaneada
por un Chopin sostenido que me eriza el vientre:
si pudiera callarse de una vez ese teclado,
pensaría en Aans, o quemaría el piano,
asesinaría a la pianista rubia
que también me sonríe bajo un diente de oro,
unos dedos largos recubiertos de sortijas de oro y
una blusa en polietileno que huele a sudor de días.


Yo y el cansancio, atravesada por oscuros designios
recorro las joyerías hebreas , bebo té negro y
me detengo en cualquier esquina,
he de comer si en la consigna me devuelven
el equipaje a tiempo,
en ese tren tengo mi plaza, un lugar semejante
a mi madre con sus números impares;
números de dados, de tarots, de no pasa nada,
diez slotis por lo mío, diez y ni uno más
devuélvame, por favor, ese cuadernillo de recetas
medievales sobre el que reposé la taza
de café con leche, miré usted la marca,
el punto inicial fue mi cuarto encerrado y apestoso
a tabaco, mi tabaco a papelillos,
las sabanas tiradas, los pies sucios
del corredor a la cocina.


Quizás se petrifica la hora y el tren me espera,
devuélvame ese cuadernillo en español
que ya no es mi lengua, ni mi invasión, ni nada,
otro alimento que se va que desciende a intestinos
horadados cuando digo mierda, mierda, mierda
qué cansancio, qué cansada de estar expropiada y da
igual, poco importa esa palabra que ya no tiene valor
ni traduzco cuando el tren parte y me arrincono en la
madera que cede anunciando un crujido que sentiré,
sin dudas, otra vez, al final.




Isla-el libro imposible




Centinelas de Madrid.


Un hombre alado salió a dar una vuelta
y al aterrizar en el prado que habituaba
encontró que habían construído una ciudad en su lugar.


En mi casa siempre oí cantar, era mi abuelo
que hacía bocetos de ángeles a la medida
de mi pie descalzo.


Ahora habita en las azoteas de Madrid
donde el tiempo no existe
y una cuidadela de ángeles vigila
a los fumadores de porros,
a las mujeres que duermen
a la sombra de Al Fénix
y parecen solas,
pero casi siempre las cabalga un adolescente.


Por más que busco no encuentro
a la Virgen de los Peligros,
con su nimbo de luz de la marca Moore,
haciendo milagros de bombillas.


Aurora, desde la azotea apenas me ve
-cosas de perspectiva-
por muy diosa que sea se tira a fontaneros
que saben manejar el métal.
Cuando llueve se lava,
calada hasta la madera.
Minerva en el Círculo de Bellas Artes,
a 58 metros sobre la calle de Alcalá,
a pesar de estar hueca murmura que
su miedo es el viento.
Pero en realidad es al Hombre a quien teme
el hombre que cuelga su traje ahumado,
sobre el filo de la ventana,
hacia el abismo la tendedera y sus ganchillos
que saltan pavorosos al vacío.


Cuando un trozo del ala de Pegaso cayó sobre la calzada
la Real Academia de San Fernando dictaminó
que « en evitación de alguna catástrofe »
se bajase a los centinelas de mármol.


En aquel entonces los bloques se desmoronaban,
y no hubo más remedio que cortarlos,
aunque entre tejados se escuchara
como ponían el grito en el cielo.


Bajar fue casi tan complicado
como había sido subir los vigilantes a las azoteas.
Durante horas abandonados en la acera de la Gran Vía,
semejaban fantasmas de desterrados.


Entre la plaza de Legazpi y la glorieta de Cádiz.
volvieron al suelo los originales
-no tiene sentido adornar tejados
ni esconderse a la sombra de ángeles.


-Pero todos eran sustitutos, pura copia-
Cada marzo un rayo de sol atraviesa la cabeza
del Ángel caído que añora el prado
y sobrevuela quienes transitan sin dios ni rodillas,
fabricados de la misma manera que sus padres,
esculpidos en barro, quemados por
la cera, con un pequeño corazón donde se coló el bronce.


Yo sigo escuchando, quizás solo sea el abuelo
que reza sin poder tocar tierra.










Esquina Metro Tribunal.


Calles nubladas de noviembre, es Madrid.


En la esquina creo:
el caballo romperá los platos
pero no tocará la porcelana.


En el río subterráneo del Metro
corren las lágrimas
de las mujeres de la esquina.


Se escucha el bramido de sus pechos
y yo hinco el diente al miedo.


Debo regresar a casa -pan con pan,
aunque él piensa diferente de mí
que conmigo-.


Explico: he colocado la lamparilla
del cuarto en la ventana
frente a otra ventana idéntica
en medio de la puerta que da a la puerta y miro
si se han ido las piernas larguísimas,
si ha cerrado.


La luz pestañea y salto.
Si me cuelgan en un perchero
pedirán mucho más en la rifa.


La mano rutina en el pasante
que se adentra en el subsuelo,
tras ahogarse en mi destiladora.


Y yo sin maleta
bajo el cielo nublado,
en una esquina de Madrid.










Recuperación violenta del seno 
donde sangra la lechuza


Fue en el verano del 2006 cuando perdí el gato
y bajo la lluvia busqué su maullido.


En el bosque normando, envuelta en sombras,
deposité un platillo de leche y vigilé
siete noches seguidas a la vieja de la casona.


Pongo a consideración mi caso:
es en el lado izquierdo que el vaso roto invoca
a la escama que desciende al pie
y me brusca el vientre donde escarban hormigas.


Yo tuve un hombre,
nada le era suyo,
le inventé del gemido
hasta el poro que cierra.


Pero tuvo éxito, engranaba
palabras zurcía la creencia.


Durante años fui su puta
me inventé humana
y nada me pertenecía
-del aire hasta el pulmón-
sonaba hueco.
Pero tuve éxito: colmé
el exceso y la demencia.


No le faltaría razón: el resto ha sido
de una humillación tremenda.


Estoy dispuesta a emprender el mismo viaje
aunque el viento barra las callejuelas
y oculte al animal en cualquier parte.








Adulones entretenidos.


Inútil que escojas mi nombre
he perecido en el ojo de un tuerto
nombrando con dulzura a conocidos.


Cerrada las piernas, emito fuegos ováricos
desde que pinto a un Hombre
aunque nunca falte el dildo,
el tildo y hasta el falo japonés
con su caja decorada con un samurái.


Cuando atravieso el lodo
de los malditos cantores
de versos de ravioli, la masa cortada,
machacada en esquinas de harina
me cuelgo al rabo de un caballo y piso
el pasto antes de partir.


¿Habéis gritado yegua?


Soy la que pone la herradura y destripa
a la bestia en la mesa pública.
Si ahuyento a los comensales es solo
porque no saben comerme bruta.


Dentro de pocos manuscritos todo habrá acabado.


Estuve gritando, me he vaciado de gritos
arrastrando muertos, los pocos que han quedado
hacia la impasible primavera.


Pero he llegado tarde,
la niebla indica que he pasado
como un ruido sin que sintáis pena.


He anunciado a lo largo de esta ruinosa existencia
que me moría, que llegarías tarde,
podías haberme contrariado
y llamarme entonces fina poetisa,
poetisa loca, sopladora de zeppelines,


haberme nombrado en los contratos de
gente que escribe


haber viajado hasta este fin de mundo
haber pasado una noche de lujuria
repitiéndome puta
_acepto todo: el morro como el porro
me conmueven el día


pero no,


me fui pudriendo,
queda este hueso que chupáis ahora,
adulones de cadáveres.








Consejos para deshacerse del enemigo muerto.


Aunque puse frenillos de viento
y a la lejana Madrid en santuario
puedo matarte dos y hasta siete veces,
cuando gravitan opalinas de odio.


Escucha,
el cráneo en copa se echaba a los perros,
previo corte del prepucio si no estaba circunciso.


David dio el cuerpo de Goliat a las aves del cielo,
a los animales de la tierra les dejo el pie izquierdo.


Napoleón vegetó el destierro,
más frío que la madrugada
se hizo a la idea de no haber existido.


Desenterraron a Oliver Cromwell
para una ejecución póstuma,
el cadáver fue desmembrado
y la cabeza empalada emerge del Támesis
con la crecida, cada otoño.


En Omdurmán, Lord Kitchener bombardeó la tumba
del mesiánico Mahdi, y se hizo un tintero con su cráneo.


Dicen que Aníbal yace en Turquía.
Vercingetorix, Arminio
y Cleopatra no tienen piedra conocida.


Los espectros de Núremberg fueron esparcidos
en el río Issar los judíos arrojaron a Eichmann en polvillo.
Rudolf Hess bajó a la raíz en secreto.
Hitler fue exhumado un sinfín de ocasiones
carbonizado, triturado junto a Eva Braun.
Goebbels y su mujer han desaparecido
en las aguas del Elba.


Matar al muerto, deshacerse de él,
exhibir la presa, ensañarse con los restos,
como hizo Ibn Rustum a los vikingos que asaltaron Sevilla:
conservar las cabezas como testimonio y ejemplo,
enviarlas a Bagdad preservadas en miel.


Los hombres de Lavalle cabalgaron, de Jujuy
a Huacalera con el general putrefacto,
para evitar esplendor en los ojos de Oribe:
al final le descarnaron y tallaron
amuletos de huesos.


Bin Laden sin la Meca en boca del pez
sobrevolando las montañas tribales de Pakistán,
camino de Afganistán hasta el Mar de Arabia,
contaminando coralillos y peces raros,
de un exotismo indiferente a la sandalia del desierto.


El honor, el crimen, la venganza,
la muerte en la hoja de papel
para que aprendamos que nada nos salva
de la barbarie, menos el olvido:
un día volverá el enemigo y tú


te quejas
como una pajarita dolorosa
cuando te menciono.












Los espejos atormentados de Egon Schiele
(Tulln, Austria, 1890-Viena, 1918)




Cruzando la Ringstrasse frente a la Ópera,
sorteando tranvías bajo la ventisca,
me pregunto si somos si pensamos
o deseamos ir al confesionario
con la lengua mutilada por la angustia
de sentirnos monstruos en el espejo de la mañana.


La negrura pinta hasta la extenuación
un Rembrandt de ejercicio narcisista,
sin parecerme al adusto receptáculo.
De hormigón y cristal la cabeza
que otorga al cuerpo dislocado
esta mirada de pobre diablo
plagado de tristeza.


Egon Schiele no responde, es un fantasma
de 28 años que tose la gripe española,
tras 24 días en la cárcel por pintar niñas y niños
en la velocidad del vértigo desnudo.


Shiele rastrea, olisquea la biempensante
y conservadora sociedad vienesa
que excluye la muerte por chic y banal.


Shiele en mil pedazos arrogante
como el emisario de otro mundo
se ha asomado a un lugar horrible,
ha visto cosas que los demás no han visto.
pero no puede contar el trasunto del diablo,
es solo el sacerdote que murmura mensajes.


Un trazo poderoso me cruza el ojo
en guisa de respuesta.
















En un taburete incómodo Wiera Gran.


Wiera Gran cantó
en un cabaret famoso de Varsovia.
Durante meses fue el piano de Szpilman
a veces la tecla desafinada que olfateaba
el gueto, sin calefacción cerrando el guante,
enjaulada en el abrigo de la niebla.


Perdió un hijo de inanición.
Perdió a su madre, a las hermanas,
escondida en una aldea, arrastrando
la acusación de haber trasnochado
en la puerta del infierno.


Algunos supervivientes aseguran
que en compañía de verdugos
gozaba de mesa en el café Sztuka,
y su belleza aplazaba o condenaba.


Tras la guerra, en un taburete incómodo
Wiera Gran dormía con un martillo
y un destornillador sobre la almohada
de plumas de cisne.


Aguardaba en un barrio lujoso de París
abarrotado de cajas, de recortes de periódicos,
a que regresara el timbre apagado de su voz
y la creencia.


Cada primavera Wiera Gran levantaba piedras
enloquecida de los perros que aúllan
sobre el hervidero donde los pajarracos del tiempo
escarban el vientre de los Hombres.


Cuentan que su inocencia confunde
y a falta de pruebas se liberó en el 2007
de escuchar: « ¿Pero tú no estás muerta? ».








Coronita Save the Beach.


En las paredes de mi hotel están todos los símbolos
que se venden en la Gran Vía,
solo que muertos.
A pesar de los cadáveres,
la habitación huele a chicle de fresa,
no tiene puertas,
sino cortinas de anillas.
Tienen un baño portátil en el recibidor,
junto a una nevera con 100 cervezas.
El hotel se llama Coronita Save the Beach.
Sólo las sábanas son nuevas.
La alfombra está hecha jirones, el espejo roto.
En un rincón hay un gnomo de jardín todo sucio.
Fuera, la gente mira desde el otro lado de la valla.
Como en un zoo.
Encontrarás todas las respuestas a las preguntas
que me puedas hacer
quedándote a dormir en mi hotel.








Estaba en las calles de Nueva York.


Nos encontramos con un hombre llamado Todd,
nuevo en la ciudad junto a su esposa embarazada.
Quiero publicar un libro,
venderemos impresiones,
es fácil burlarse de un adulto – susurró.
Me conmovió que intentara cambiar el mundo,
viviendo en la calle,
pero no quise ver su historia.
Le fotografié una vez.
-Llamo la atención por si encuentra la noticia en la red-
El hombre sacó una cuchilla de afeitar barata
-una simple cuchilla de afeitar podía transformarlo todo-
Afortunadamente.










En perro en retiro.


Siglos de siglos que el bosque entierra
el pie y se somete al pájaro.


La reja rodeando al árbol para que sea
feria de ciudad, entrecejo embrutecido
disparate de brisa que eleva del parpado
la hoja sensata que roza y marca
como un cuchillo de alabastro la ausencia
de banco y pecho donde amar.


Están muertos los bosques más allá de las rejas
entre parados, accidentados transeúntes
que desgranan el verde junquillo para ligarse
el cigarrillo que somete a la pena.


Un remanso de sombras y seres anquilosados
por la humedad, la savia prematura, la reproducción ingenua
uno más en la alcantarilla donde abundan residuos
de la pasmosa barbarie que aún lloro,
y eso que vino conmigo Manuela Malasaña,
y me corta los pelos en tres, y me zurce al antojo.


Vengo de caminar Madrid, agradecida
frente a mi árbol en El Retiro abandono
el ciclo, el fin de cuentas,
el atroz bosque de encierros
que acecha.
Te digo, no soy la misma, la vejez se tumba
bajo la lluvia, el parque, el árbol son míos,
a la gente se la tragó la tierra.


Duro ha de ser el aguacero para lavarme deudas
cuando añejo entre retoños que ignoran
la remota Asia o este dolor que me parte el vientre
y puede ser una raíz partida
el accidente de la corteza
la mutilación del jardinero
que me taló la campanilla
dejándome madera hueca.


No estoy presta a quitar las malas hierbas
ahora las siembro en la terraza
y cuelgan en los ojos de la vecina
que se arruina en primosos pensamientos morados
al menos, si abro el techo
caerá la gotera en mi sexo
mejor que cuando se seca el arbustillo
que te parió malnacido pedúnculo
que ha mamado de mi seno.
Como la entrepierna mojada el bosque
ofrece menos resistencia a cuatro
hombres de hacha que embellecen
la simetría en el punto fatal donde crece el ala.


Alguna bala perdida atravesó el tronco,
lo hubiese amputado con brutalidad de reina,
pero el vegetal ha creado cuerpo y la resguarda
de esa herida respira su interior.


Estuve sedentaria tratando de perderme
en el lindero de los sauces
dormí en el borde de El Prado
pensando en la blanquísima mano de la virgen,
en el trazo que me devolviera la sonrisa
sin pasar por el temido dentista que saca, golpea,
hunde el cráneo para dejar prueba de felicidad.


Desde el instante en que escuché el rayo
supe que mataría al verde
alguna gloria hay en caer fulminado
para atraer el fuego a la copa y abandonarme,
para mostrar su muerte al publico entusiasmado de
cada suceso inútil, fortuito, rápido olvidado.


El poeta febril, el perfecto desconocido
podrán usarlo de estantería
-Lo que uno es, lo que uno tiene,
lo que representa, Schopenhauer-
en el fracaso, ningún pedazo sirve,
ni porta palabra amaestrada,
cuando se detiene el cauce.


Es cuestión de estiércol, de liberación lenta,
varios meses de sopor hasta el desprendimiento
del hueso la vanidad que corretea.
cuando creen vender instrucciones para el mundo,
partes meteorológicos para barcos
que desean hundir la carga, partir ligeros, ser flotilla de olas
y sangrar en la costa donde es posible llegar
sorteando el arrecife, la vigilia amorosa de las rocas
y ganar la batalla del vértigo.
La tala dura poco.
El dolor del cedro da paso a la luz
sobre la cabeza del hombre que
me observa en espectadora ausente
pues sé de agonías, y modero el derrumbe
con una dosis de tristeza y fatalidad
bajo gritos de espanto masticados
con gravedad, como si fueran piedras.
Me rompo y parto en dos con la misma facilidad
que en un segundo golpea la rama
que se sostiene, pero cibla a la tonta de turno.


El árbol peca de tolerancia,
cansado de furias ha vencido,
se autoriza el suicidio.
Abominamos la modificación de la rutina
y estoy frente a este envidioso,
donde fui llevé el encierro
y mi cabeza cantaba al árbol de El Retiro.


Pero yo moriré bajo drogas
que no silencian su rumor de árbol,
espantada de partir,
en la constancia del ausente.


Siempre anduve mal plazada en los gustos,
donde no podía entrar, el traje, el collar, el yate, la piscina
comiendo pan de ayer y sudando el techo
pero conservo nítidamente los días bajo su fronda
el peor de ellos abrazada a su tronco
cuando él partió y supe de amor
recorrida incesantemente por las hormigas
que desde la rojiza tierra y su manto de helechos
me acariciaban el cráneo, o quizás dejaban textos
que por ignorante no puedo traducir.


Hagamos con los Hombres como si estuviesen
en un partido de fútbol,
caigamos en el buscado azafrán de España,
el azafrán silvestre que se ha perdido
donde se esconde el perro e imagino
que se ha puesto muy verde,
verdísima la plaza.










El ángel negro taladra el muro


"¿Por qué es pesado tu vuelo,/por qué se atrasa?/-He pasado quince años/
hablando al muro/ y ese muro lo arrastro yo solo/ desde mi infierno/ para que ahora/ os lo diga todo..." WH.


Vladimír Holan no tenía Dios,
pero creía en los milagros del encierro,
donde no compran no venden lengua
y la razón es una piedra resistente
al traspiés de las sombras.


En 1948 le prohibieron
-los comunistas le vetaron el verso-
y se encerró por Kampa,
en La gruta de las palabras
de las islas del río Moldava,
donde cada amanecer las brumas
abanican delirios.


En su casa de Praga.
echó cortinas y dormía de día,
vivía de noche.


De muro a muro el poema rebotaba
como una pelota de palabras
mal acentuadas,
junto a cacofonías del eco
que abruma si calla,
cuando calla
y el vacío se instala.


Acariciando el muro escribió
cinco novelas que luego destruyó,
diez libros de poemas de poca suerte,
y tradujo a Baudelaire, Rilke, Góngora.


Para Holan el reloj era escurridizo,
arena humada en el paladar,
rendija hiriente en el ojillo.


Como un Mozart alcohólico
prefería al fantasma de su madre
que le visitaba con el canto del gallo,
-jazmín y taza humeante de té,
espantando las trompetas
de la afamada coreografía mundana.


Nunca acudió a recoger premios,
recorrió todas las distancias de la vida
cuando tenía seis años
y caminaba cuatro kilómetros


- día a día aprendiendo
el nombre de las plantas-


para estudiar latín
en un convento cercano a Podolí.


Cuando en 1980 salió de su casa
con 75 años para morir en un hospital,
arrastraba cuatro paredes descorchadas.


En el lugar de la puerta,
Holan había abierto a cabezazos
un hueco tan inmenso que su cuerpo
sobrevolaba el horizonte
donde un pájaro en simple atuendo
graznaba, libre.