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miércoles, 22 de febrero de 2012

6123.- MIKEL LASA



LASA, Mikel
(San Sebastián, PAÍS VASCO 1938)
La poética social de Gabriel Aresti marcó de manera profunda en las letras vascas, hasta el punto de que años después de la muerte del poeta de Barakaldo su impronta aún seguía viva en la obra de los poetas que posteriormente fueron surgiendo. Aunque también hubo excepciones, como es el caso de Mikel Lasa. Tal y como explica Koldo Izagirre, gracias a la poesía del de San Sebastián «de anteriores a Baudelaire pasamos a ser sucesores de Baudelaire, es decir, situó a nuestra poesía dentro de la historia moderna de la literatura, y sin ningún complejo reivindicaba nuestro poeta a sus amigos inmortales: Tzara, Aragon, Lautréamont, Kafka... Pero la modernidad que trajo Mikel Lasa no surge sólo de la asimilación de la literatura contemporánea. La tristeza que mostraba, sin ser una actitud, era fruto de un ambiente asfixiante, de los terribles 1950-60 en Euskal Herria, del largo reinado de la deshistoria, de aquel guetto. Es más social de lo que se suele mencionar su hastío existencial» (in Izagirre, Koldo koord. Mikel Lasa, XX. mendeko poesia kaierak bilduma, Susa, 2001).

Pese a que ya para la década de 1960 tenía publicados diversos poemas en revistas como Egan, Olerti, Yakin, Argia, Literatur Gazeta y Porrot , no fue hasta 1971 cuando Lasa se decidió a sacar su primer –y último– poemario. Bajo el título Poema bilduma (Colección de poemas), la obra recogía además de varios poemas de la hermana de Lasa, Amaia, poemas que para la fecha ya gozaban de un gran reconocimiento. Entre ellos figuraba el célebre Tamariza eta pikondoa (El tamariz y la higuera), que había sido publicado con anterioridad en la revista Papeles de Sons Armadans, dirigida por Camilo José Cela.

El propio Lasa había dado cuenta de sus intenciones poéticas, de su adhesión al existencialismo en "L'homme revolté", artículo que vio la luz en la revista Egan allá por 1963. Según recuerda Jon Kortazar, «en dicho artículo, además de declararse admirador de Camus, decía que el eje de su poesía era la "duplicidad trágica". No hay duda de ello, puesto que a través de esa duplicidad aparecerán el ser y la existencia, el paraíso y la historia» (in Kortazar, Jon. Euskal literatura XX. mendean, Prames, Zaragoza, 2003). Aunque en opinión de Felipe Juaristi habría que matizar esa supuesta actitud existencialista. A su modo de ver, «Mikel Lasa no ha sido ni fue un existencialista en el sentido correcto de la palabra. Aunque el tema de muchas de sus poesías sea el hombre y sus problemas, hoy, vulgramente, llamados "existenciales", tales como el sentido de la vida, el dolor, de la muerte, el paso del tiempo, etc... llamarlo poeta existencialista sería como utilizar el mismo adjetivo para denominar la obra del novelista Fedor Dostoievski o el poeta alemán Rainer Maria Rilke.

»Mikel Lasa es ante todo un humanista que da gran importancia al hombre y a todos los sentimientos que le rodean, que sitúa al hombre en el centro de su mirada, que vibra, tiembla y llora con los avatares del hombre. El que a veces coloree su pensamiento con la filosofía de Albert Camus o de Simone Weil, una de las personas que más ha influido en su manera de ser, no quiere significar que sea un puro existencialista, no al menos en el más estricto sentido que dio Sartre al término. De Albert Camus retoma la idea del hombre rebelde, que se alza sobre las ruinas de su propia existencia y se acerca al abismo de su propia identidad. De Simone Weil, la idea de la trascendencia de nuestros actos» (in Juaristi, Felipe eta Maraña, Felix coord. Mikel Lasa. Memory dump, UPV, Leioa, 1993). Según Iñaki Aldekoa, «como a otros muchos poetas de la Modernidad, la imagen del primer Adán de la Edad de Oro –aquel paraíso donde "los hombres y las piedras volverán a hacer las paces"– también llegó a turbar la imaginación solitaria de Lasa. Pero el poeta es consciente de que la naturaleza –en este caso la presencia del mar es reveladora– es autosuficiente, la perfección misma, a pesar de las nostalgias que suscite en el poeta. Pero al mismo tiempo, el poeta sabe que el único modo de poseer esta naturaleza es la separación. Y no es otro el caso del amor. Pues, precisamente, los amores verdaderos son los perdidos, aquellos que dejando el recuerdo se esfumaron. Y el poeta se apercibe de lo vano de tanto esfuerzo por renovar lo inalcanzable. (...) Es la eterna dialéctica de la consciencia y negación, en una poesía que debe muchas de sus intuiciones a ese período de la poesía que acuñó algunos de los símbolos mejor asentados en la modernidad: el individuo solitario de las multitudes, el hastío de los días festivos, las ciudades anegadas, playas de guijarros, etc.» (in Aldekoa, Iñaki. Historia de la literatura vasca, Erein, Donostia, 2004).

Para reflejar todo ello Lasa «no propone un estilo ostentoso, sino una novedad a nivel sensible: un espíritu melancólico para expresar las cosas que aún así no se recrea en exceso en la tristeza», explica Koldo Izagirre. «Según el mismo ha confesado, el poeta suele tener ciertos cambios de humor, días de debilidad que lo empujan a desahogar su interior. Así como los antiguos poetas tiraban al monte, en esos momentos débiles Lasa acude a la orilla del mar tars un paseo meditativo sin rumbo. Este paisaje tiene una función simbólica humilde, parece que sirve para crear ambiente, pero al final los árboles que parecían decorativos, por ejemplo, se convierten en la perdición del sueño, o en el refugio del amor, o en testigos de la fatiga. La palabra se materializa en el paisaje, pero el entorno del poeta nunca es colorido, y pese a que la abundante presencia de la lluvia nos pueda recordar a un cuadro impresionista, se puede decir que la geometría se impone en lo gris» (in Izagirre, Koldo. Opus cit., 2001).

Tras la aparición de Poema bilduma la voz de Lasa se silenció, por lo menos de manera pública, porque no dejó de escribir aunque de ahí en adelante nada llegara a publicar. Una muestra de las anotaciones y poemas que realizó en los posteriores años fueron recogidos en la colección Mikel Lasa. Memory dump (1960-1990), publicada en 1993 por la Universidad del País Vasco.

Lasa también ha ejercido como traductor. A él se deben las traducciones al euskera de Mime (Mimoak; Baroja, 1985) de Marcel Schowb, Vendredi ou la vie sauvage (Ostirale edo bizitza basatia; Auskalo, 1986) de Michel Tournier, y Une saison en enfer (Denboraldi bat infernuan; Erein, 1991) de Arthur Rimbaud. Así mismo, ha traducido al euskera la pieza Historia de una muñeca abandonada (Bazterrean utzitako panpinaren ixtorioa; Antzerti, 1984) de Alfonso Sastre y varios poemas de Gabriel Celaya. Por otra parte, suyo es el ensayo Nobela berria Hego Amerikan (La nueva novela en Sudamérica; Etor), publicado en 1972.








I. Amores perdidos


Ama mi alma
los higos de madurez temprana
(Axular)
La tristeza de la lluvia
cayendo en un fin sin fin.




Los gatos durmiendo en las buhardillas,
dando tiempo al tiempo...




Es un recuerdo de paraísos perdidos
bajo una palmera gigante
teniendo por compañera a la sombra
bajo el tamarindo y la higuera
prevaricamos
en pecado carnal
tristes nuestras ánimas por la lluvia que caía
como son tristes las ramas del tamarindo
en la orilla del mar
bajo la lluvia (que caía)
triste y podrida la palmera
a la caída del verano
en el jardín del morado chalet
no lejos de la playa de Zarauz.




Como cruzando nuestros cuerpos
(sabíamos que no nos amábamos)
buscamos en el otro lo que no poseíamos
dentro de nosotros mismos:
lo que ni el mundo indiferente, ni la terrible mar,
ni la soledad de la playa
nos podía dar: el rastro del amor.




Aquella tarde era la última tarde del mundo
y accedimos al embate de la vida.
Desmemoria del día primero que había cantado
a comienzos de primavera,
del día en que Dios le infundió la vida
en este último día del paraíso.




Los gatos en las buhardillas duermen
perdidos en sueños informes,
deshaciendo los años y los instantes
o multiplicando al infinito el tiempo.




La «DANA» y la «NADA» cierran el círculo.




II. Huellas del tiempo


El triste sino de mi vida
que a lo largo del tiempo
colorea el hilo de mis años
y deja marcada la escultura de mi cara
en líneas verticales
y rodea mis ojos con halos de desesperanza.




El viejo metal cobrizo de las viejas barcazas
no tiene la tristeza de mi triste cara
y la playa desierta vaciada de arena
en las postrimerías del verano
no tiene el sabor amargo de mi cansancio.




El tamarindo y la higuera
han sido sacados de cuajo
de las islas de mi infancia ¡todos!
Sólo los juncos dando la cara al viento
murmuran salmos de tristeza
y flagelados y movidos por el viento norte repiten:




«¡Oh desolación de nuestro tiempo!».




Versos rotos


Es inútil colgar la poesía en la bóveda del cielo
mientras el grito de la gaviota o la panza redonda de una chalupa
son más bellos que cualquier poema.




Al poeta en su infancia le despojaron arteramente del ansia del dinero
pues sabían con certeza cuán miserable es la idea sola.
Pero yo digo:


Si damos testimonio de la verdad del poema
con nuestra sangre seremos como payasos sin gracia
Si el poeta no es capaz
de ahondar en las entrañas de la nada
¿quién se atreverá a sacar a la luz
las verdades malolientes?
Pero León Felipe dice:


Que la cuna del hombre la mecen los cuentos...
que el llanto del hombre lo taponan los cuentos...
A quién no le es grato decir:
Soy poeta ingenuo un poeta campesino
y sólo conozco los mil colores de las mariposas
y las palabras más feas de mi diccionario son «rosa» y «clavel».
Pero yo digo:


Mientras la herencia de los Caballeritos no sea del pueblo
no creeremos en el falso cuento de los Caballeritos.
Hay palabras que se escapan de nuestro diccionario
y ya no son sino
el recuerdo insulso de una memoria perdida.
¡Pero si supieran los vascófilos que la lengua más pobre
es incluso demasiado rica
para contar esta historia rota
que llevamos en nuestros bolsillos!




Esperpento


Fiesta de Carnaval
y en la noche de Carnaval
errando a través de las calles desiertas y silenciosas
de esta gran ciudad nórdica
recorriendo burdeles
las de cuatrocientas y las de trescientas
para nuestras miserables bolsas bastan las de cien.
Todas son mujeres
y nosotros sólo buscamos el encanto podrido de los cuerpos usados.




Los dos sexos en guerra
hacen las paces en los recovecos de los viejos muros de una iglesia.




Nos son indiferentes en esta soledad
los rostros hermosos o repugnantes
en la semblanza de todas ellas
paréceme adivinar la locura, la mirada fija
en cada rostro yermo.




Es Carnaval, noche de Carnaval
y nadie tiene noticias de la soledad del otro.
Cada farola tiene su límite y muere en su sombra
en una agonía silenciosa
como ese Cristo profanado, desnudo
en la vera del camino, radicalmente desesperado
en agonía o ya descendiendo a los infiernos.
Cristo de «sin el tercer día», ¡creo!
Y siendo millares las luces no iluminan.
La noche es dueña de los espacios.




Así nosotros, así nuestra soledad
a las tres horas, no exactas, de la noche de Carnaval.




Alucinación


Nada es nada es verdad
soy el que está a la contra
y nadie está a mi favor.




Estoy en la medianoche
en la isla de los románticos
en la frontera del ser
en el límite del límite.




Y en el castillo del Marqués de Sade.




Estoy en la medianoche
y los muertos me acompañan
joven Aragon Tzara Neruda
Lautréamont pobre Lelian
Kafka
y la mirada triste de Baudelaire.




Estoy en la medianoche
y las sombras me acompañan
para no quedarme solo
por los siglos de los siglos.




Imágenes eternas y banales


Enamorado he escrito tu nombre
sobre la arena mi amor
sobre la arena y a la vera del agua.
B. La femme que j'ai choisie
la femme que j'ai chérie.
Mientras dibujaba
imágenes eternas y banales
(el corazón y la flecha)
sobre la arena y a la vera del agua.


Nuevo poeta


Tu palabra
no es manteca ni miel:
piedra, mar y viento.
Quiero respirar el viento planetario
oir la respiración del mundo.
En los múltiples caminos de Europa
(entre tanta gente yo, solo)
adorar el sol del mediodía
trabajar de mañana a mañana
y al atardecer jugar con los negros dioses.




(Pero no me importa)
a la noche me sentaré a la vera del camino
junto al humilde montón de guijarros
y cruzando las piernas cogeré la guitarra
como los viejos bardos cantaré una canción
indiferente y triste:


Cielo o estrella, qué más da.
El gesto y la sonrisa del hombre
son mil cielos y mil estrellas.
Cielo o estrella, qué más da.


Ve y dile a Rilke:
el polvo de las estrellas es cruel
y la luz lechosa de la luna
me da náuseas.
Poblaré la soledad de mi alma
de sonrisas de hombres y besos de muchachas.




A modo de Baudelaire


Despecho y tristeza en sus ojos
los hombres no le engañan.
Entre risas y sonrisas simuladas
la apsión carnal no despierta el deseo
en su corazón ni en sus labios.
Despecho y odio se desprenden
de sus dos ojos negros.


Te quiero amor te quiero,
no como los necios callejeros.
Te quiero amor te quiero
pero con odio y con locura
a cambio de mi alma tu cuerpo.




Bajo un nuevo sol


Si tras la noche de oscuras pesadillas
contemplas con renovados ojos
un nuevo firmamento, color de auténtico
amor, sin lunas ni estrellas seductoras,
no lo pienses más,
estás bajo un nuevo sol.
No preguntes, no busques,
desecha toda duda,
estás bajo un nuevo sol.




Cuando todos los seres vivos despierten, y caigan las sombras,
a la hora en que el día despunta,
encendiendo en llamas la silueta de los montes,
todo verdadero, todo nítido, sin dudosos sueños fascinadores;
aunque aún no haya aparecido,
ya lo sabes:
estás bajo un nuevo sol.




Si con diecinueve o veinte años
te sientes inquieto en el entorno,
si rebosante de fuerza corporal y espiritual
precisas del ancho mundo.
Y si percibes el empuje creativo,
la necesidad de otro ser,
de la explosión cruda del amor,
no preguntes, no busques,
desecha toda duda,
llámame con tranquilidad:
estamos bajo un nuevo sol.




«Hoy abrí la ventana que mira al mar y al viento» (1)


¡Cuán terrible es la belleza desnuda!
La línea de la costa que se evade hacia el norte
el vuelo de las grandes aves grises que aman el invierno
el ojo grande del Sol sobre la isla.




El paraíso del hombre nuevo son los ponientes de la aurora
y el ángel puro que habita en mí
está a punto de noquear al negro dios del atardecer
voy a cantar la letanía del hombre nuevo
en el fulgor escondido de las cosas humildes
el clavel salvaje que en mis labios llevo
el agua glauca danzando en los recovecos de las rocas
y las siete distintas luces de mi alcoba.




Voy a cantar el aleluya del hombre nuevo
cuántos paquebotes en el mar de mis ojos
qué ruido de metales cuánto grito a mi derredor
cuánto hierro cruzado qué belleza de estructuras
reforzando la tierra que mis pies pisan
y por encima de todo el ojo-grande-del-sol
poniendo el punto sobre las impertinentes íes del mundo.




El día en que se atreva el hombre
el día en que libere su débil cuerpo
¡qué fuerza qué terrible seriedad en su amor!
Ese día seré un río y seré un espejo
y del mismo modo que Adán diera un nombre nuevo
a todo lo creado
despojaré de su nombre a las cosas viejas y a los muertos antiguos
para que simplemente sean.




Entonces el hombre y la piedra harán de nuevo las paces
y la nube incandesdente el sol mortecino
el color rebelde de la herrumbre
(otrora esperanza del hombre)
se reflejarán en el cansancio del río
y serán la esperanza y la paciencia de mi alma.




(1) León Felipe


Un día será necesario descansar
después de los largos días del verano ajetreado
tumbarnos en la cama de la humilde realidad humana
despojarnos de toda vanidad, de tanta palabra rodada
y volvernos a nosotros mismos
mirar a este nuestro yo desconocido y extraño
apaleado y odiado
y volvernos a nosotros mismos
mirar nuestro entorno con mirada de niño cansado
desnudarnos luego, no sentir más
no odiar, no exaltarnos
paladear despacio el sabor humilde del silencio permanente
hundirnos en el silencio de las aguas quietas.




El ghetto


Vacios de luz forcejearon presionando
sobre las cuatro esquinas del estrecho ghetto
el espacio se abrió desmesuradamente




Pero mi corazón estaba apresado
entre cuatro ideas que rotaban
en un movimiento sin fin




Por un instante vi el árbol limpio
despojado de todo ornamento
proyectado contra el luminoso cielo del atardecer
árbol desnudo
solitario
línea geométrica pura




Único agarradero de mi alma




Le cheval de la liberté


En el comienzo: tempestad de sueño
No ha mucho: una ventana para el sueño
Anteayer: agujero del sueño
Ayer: una rendija para el ensueño
Hoy: un camino angosto
Para el caballo mío de la libertad




Aquí yace Popeye (recordando a Faulkner)


Los móviles de Calder en el jardín de la Unesco de París
son como fósiles prehistóricos frente
a ese árbol de Paraíso
que el viento huracanado del atardecer azota temiblemente
en el patio de la prisión donde han encarcelado a Popeye.




¿Habrá alguien que se atreva a cantar las loas
del Señor Director de la Unesco?
¿Y quién cantará una canción en honor
de Monsieur Quiconque-Quelconque, su lacayo?




Popeye, el asesino negro, canta su vida y muerte
desde el umbral de la ventana de su prisión
y le acompaña la multitud de otros delincuentes negros
y haciéndole coro
chillan el desdichado sino de su pueblo:


«Quat' jou' enco'! et alo'! y vont pend'
le meilleu' ba'yton du Missisipi du No'!!»


©Lasa, Mikel. Memory Dump 1969-1990, EHU-UPV, Leioa, 1993.


©Traducción: Inazio Mujika Iraola



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