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lunes, 6 de febrero de 2012

5942.- ÍTALO LÓPEZ VALLECILLOS




Ítalo López Vallecillos
Ítalo López Vallecillos (San Salvador, 15 de noviembre de 1932 - México D.F., 9 de febrero de 1986) fue un poeta, historiador, periodista y editor salvadoreño.
Fue el creador y guía de la mítica Generación Comprometida de El Salvador, a la que también pertenecieron Roque Dalton, Manlio Argueta y Álvaro Menen Desleal. Fue editor del diario El independiente, que durante dos décadas fue atacado por gobiernos militares. A principios de los años sesenta creó la Editorial Universitaria de El Salvador y la influyente revista La pájara pinta. A principio de los años setenta fundó la Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA), que durante casi treinta años dio a conocer a los escritores más importantes de la región.

Obras
Biografía de un hombre triste (poesía, Madrid, 1954),
Imágenes sobre el otoño (San Salvador, 1962),
El periodismo en El Salvador (ensayo histórico, San Salvador, 1964),
Gerardo Barrios y su tiempo (ensayo histórico, 1965),
Burudi Sur (teatro, San Salvador, 1965),
Puro asombro (poesía, San Salvador, 1970),
Inventario de soledad (poesía, San Salvador, 1977).









Mientras me llevan esposado


I
Vino un hombre
Y me llevó del brazo,
A la fuerza,
Esposado.
Me enseñó una tarjeta,
Un revólver
Y su alma.
Me enseñó sus ojos
Y me pidió disculpas.
Dijo que cumplía “órdenes”.
Me habló de su mujer
Y sus pequeños hijos.
En medio de la pena
Pronunció estas palabras:
“perdone,
se tiene que vivir”.
Vi las últimas llamas de la tarde
Y me metí en la noche,
Con miedo.










II
Es fría la cárcel. Y dura
Y cruel. Y pesa como una lágrima.


Surgen en ella de súbito los caminos,
Los besos inconclusos,
La noche y el silencio.
Todo se agolpa en la memoria:
Los geranios,
La madre, la esposa,
La lluvia,
Los espejos, las corbatas,
Los hijos a la puerta de la casa.
Todo se viene de golpe
A la memoria. Y hace falta
Una caricia,
Una almohada,
Una palabra sencilla,
Un poco de amor.
Una navaja
Diminuta con que cortar
Poco a poco los sentidos.
Esto es: no ser el ser que somos,
Sino su potencia y su acción,
Su llama y su protesta. Ser pájaro,
Nube,
Sueño, proyecto,
Semilla y árbol.










III
La cárcel duele en el alma:
Tiene como ella rincones dolorosos;
Paredes manchadas,
Sucias invocaciones.
En lo más alto y en lo más bajo
De su miseria,
Cuando la ve se ha extraviado
Y la paz se nos niega,
Y el pan no tiene esa delicada presencia
Del trigo y de los ángeles,
Cuando volvemos a ser lo que hubimos deseado
Ser siempre,
Entonces, la cárcel se abre,
Se rompen sus ataduras,
Y ya no estamos solos, sino alegres
Y puros, y claros, y abiertos.










IV
Uno tiene que encontrar su destino.
En alguna parte,
En algún mes,
En alguna noche,
En alguna palabra uno tiene que encontrar
Su destino.
Yo hallé el mío,
El que me hace feliz, el que me hace bueno,
El que me quita de un golpe
Todas las esquivaciones;
El que me aclara y declara,
El dulce, duro, claro y oscuro
Destino.
Ahora lo sé. Lo siento mientras
Escribo este poema
Y dejo atrás la cárcel. Y dejo atrás
La lluvia,
Y la Patria, y la noche,
Que también se quedan atrás
Mientras me llevan esposado,
Amarrado, digo,
A cumplir mi amargo y universal
Destino.












Ars Vivendi 


I


Hay que destruirse. Incendiarse. Romper con los recuerdos.
Asaltar el crepúsculo. Robar la rosa extraña del jardín.
Vivir en la violencia y no en el gris. Convertir
el tiempo en pasión, hiedra sutil devoradora.
No huir jamás de la mujer ni de la poesía,
difíciles, pero reconfortantes.


II


Sea densa la palabra: piedra
sobre la que se puede edificar, no arena
para la flor inútil. Dócil muerte, al acecho.
Látigo sobre el silencio. Doncella infiel
en primavera. Vino para la noche ciega. Ventisca
y fuego en el hogar. Leve luz sobre la letra impresa.
Idea que penetra más allá del ojo, y se establece
en el aire y en la rima. Verso desnudo, dolido de soledad.


Sé ladrón de atardeceres. Guárdate las lluvias finas.
Y en ocasión, espléndido, regala tu ternura. Destrúyete.
Incéndiate. Vive la hora sin remordimiento.
Nada te turbe. Nada, digo, sino la hondura de vivir,
de amar, de estarse como cielo herido,
a la ventura y en la certeza de ser sólo
la llama ciega, el claro acierto del peligro,
la vida sin temor a la Nada.
Barco apenas desplegado en el mar.












Cancioncilla 


Qué clara paz interior
qué dulce y grata
la sombra del naranjo,
sus amarillos y sus pájaros,
todo tiene un aire provinciano.
Recuerdo la infancia,
el rezo,
el ángelus
de mi alma. Estoy así, tan íntimo y tan pleno,
que soy uno más del pueblo,
de este pueblecito apartado del mundo
donde todos los días
el cura repica las campanas,
el cartero reparte las cartas atrasadas,
y los músicos vienen a tocar,
a falta de otra cosa,
una cancioncilla,
tan íntima y tan plena
como el agua.












Ciego Afán 


I


Adiós digo al vecino,
al hermano,
al dios que me empuja,
al aire, a la tormenta.
Adiós a la muchacha que se quedó
perdida en mis poemas y nadie pudo
borrar, ni el tiempo, ni los viajes,
ni las lluvias. Y está en mí
a pesar de la oración que nunca
dije. Adiós a las corbatas,
a los zapatos viejos, heridos por el tiempo.
Adiós al traje aquél tan mío,
compañero de bodas,
bautizos y entierros. Adiós.


II


Me voy
hacia los ríos, pez
en busca de la luz.
Navegaré la bruma.
Dormiré en los helechos
como la forma de antigua canción.
Alrededor mío, sólo el recuerdo.
Ni libros, ni palabras ni voces
que me llamen. El agua nada más rodeándome,
dejándome nadar hasta la orilla
de mis propios sueños,
de mis propias venturas.
El ojo abierto, y en mis alas
acaso la prisa de llegar, de ir,
de venir y volver.
Toda la aventura del ciego afán
de amar, de estar aquí,
sin poder estar allá.










Puro Asombro 


Las mariposas rondan el espejo.
Tiembla el corazón, tan solitario.
En el jardín cercano
el perfume rompe distraídamente sus veleros.
El aire tiene perfiles raros. La sombra es casi aroma.
Y en toda la casa el silencio impone sus brevedades de oro.
Dentro de mí hay claridad, verano, puro asombro.
Y, claro, tiempo detenido: espuma
Que nadie puede aprisionar, gotas de un vivir vivido, irreparable.
Todo vibra: las casas, las paredes, las puertas,
las mesas, las sillas, las ventanas. Los libros tan habladores,
el techo y el piso tan francos, todo vibra.
En reposo estoy. Miro hacia la calle. Veo las nubes vagabundas.
Recorro el día. Y me paso a esperar la noche
con los anillos del enamorado. Pienso en ella
y pienso en el mar. Pienso en el mar y estoy, de pronto,
perdido en su espuma. ¡Oh soledad sin término!
pequeña isla de pensamiento. Día claro y quieto,
de puro asombro.