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martes, 17 de enero de 2012

5818.- OSVALDO NAVARRO




Osvaldo Navarro nació el 18 de agosto de 1946 en Las Villas, Cuba y falleció en 2008 a los 61 años de edad, víctima de un infarto masivo. El deceso aconteció en la ciudad de México.

El poeta

Por Félix Luis Viera (*)

Cuando, en 1972, Osvaldo Navarro recibiera el Premio David de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba con su poemario De regreso a la Tierra, publicado un año después, cambiaba el panorama de la más reciente poesía cubana. Antes de este libro habían aparecido otros, también de poetas noveles y de indudable valor, pero de Regreso a la tierra establecía otra mirada tanto desde el punto de vista formal como de contenido. Resaltaba la fuerza descomunal de este poemario telúrico, frutal, lleno de los aromas campestres, de aquellos dolores de una niñez sumida en las carencias allá, en la campiña de la provincia de Las Villas, en un sitio rural cercano a la pequeña ciudad de Santo Domingo. A este trozo de tierra, precisamente, regresaba el poeta –adolorido, amador, furioso en ocasiones– en su primer libro de poemas, y éste era precisamente uno de los principales encantos de la obra: no había surgido hasta entonces otro poemario que tratara temas semejantes sin “acampesinar” las formas, he ahí una de las ganancias fundamentales de la obra, como escribiera, hace ya mucho tiempo, el que suscribe. De aquellos campos despegaría Osvaldo Navarro en plena adolescencia para sumarse a la lucha por alcanzar la Utopía, volvería de vez en cuando, sólo de visita, y un día, desechada la Utopía, ya no volvería más.

La obra poética de Osvaldo Navarro es vasta, resulta imposible resumirla en unas pocas cuartillas: Los día y los hombres (1975), Espejo de conciencia (1980), Las manos en el fuego (1981), Nosotros dos (1984), Combustión interna (1985), Clarividencias (1989), Xabaneras (1996) y Catarsis: cien y un sonetos (1999), se cuentan entre sus poemarios más destacados. Si en su primer libro, ya aludido, De regreso a la tierra, el poeta asume sobre todo la temática campesina valiéndose de formas muy actuales, donde el verso libre alcanza una esbeltez paradigmática, Navarro, años después, nos iría sorprendiendo con una de las obras más sólidas –lo digo con suficientes elementos de juicio– de la poesía rimada escrita por cubanos. Quien lea Catarsis: cien y un sonetos no creo que se atreviera a negar que Osvaldo Navarro se halla entre los mejores cultivadores de esta modalidad en la historia de la poesía cubana. Asimismo, sus décimas están en la vanguardia de los poetas cubanos de todos los tiempos dedicados a este molde estrófico. Es decir, una de las excelencias de la poesía de Osvaldo Navarro es que alcanzó un valer descollante tanto en el llamado verso libre como en la poesía de corte tradicional, la cual él supo aderezar con elementos temáticos y formales de suma modernidad. Y esto –que merece un estudio aparte–, en mi opinión, ningún otro poeta cubano lo ha logrado en los niveles que Navarro lo hiciera. Para reforzar lo antes dicho, tómese en cuenta su último poemario publicado hasta ahora: Horror al vacío, en el cual, en buena medida, regresa al molde estrófico, y esta vez con más sabiduría formal, y nótese que convirtiendo asuntos de lo estrictamente cotidiano en verdadero “arte filosófico”, por decirlo de alguna manera.

Algo que creo de suma importancia es que cuando Navarro escribía “dentro” de la revolución cubana, su poesía, con no poca constancia, abogaba por la crítica, clamaba por cuidar el Árbol (el símbolo recurrente en su obra poética para aludir a la revolución) de los elementos oportunistas, de quienes se aprovechaban de determinadas coyunturas para hacerse de prebendas, de quienes anteponían lo material al ideario entonces existente: “Y vi cómo subían al árbol las babosas”, escribe en su libro Las manos en el fuego, que yo en su momento reseñara (creo que he reseñado casi toda su obra poética) con el título “Y tan difícil que es poner las manos en el fuego”, hace ya 25 años.

Hace un poco menos, 23 años se cumplieron este verano, allá, en la pequeñita ciudad de Santo Domingo, tierra natal del poeta, como se ha dicho, nos encontramos una tarde de sábado para presentar su libro Nosotros dos, de temática amorosa, precisamente una de las mejores cuerdas que Navarro dominara, puesto que sus versos de amor tañen con campana suave, parecen arrullar en voz baja cuando en realidad retumban con delicadeza sublime, valga la paradoja, y en ningún momento toman el camino del desenfreno lúbrico, del escarceo emocional. Eso, más o menos, dije aquella tarde al presentar la obra en el mínimo parque de Santo Domingo. “La poesía canta y llora con la vida”, me diría Osvaldo en una conversación aparte luego de la presentación. Y creo que esta frase suya que tanto me impactara encerraba su credo poético. De aquella tarde conservo una foto en donde estamos él, su esposa, la poeta Elena Tamargo, un noble y candoroso poeta de la localidad, y yo. Hoy, es una foto triste; hoy, parafraseando, diríamos que es una foto en que “la poesía llora con la vida”.

El narrador, el pensador.

Mas, a la par –y enfatizo: a la par– de su extraordinaria obra poética, Osvaldo llevo a cabo una labor igualmente magnífica en el campo de la ensayística, la narrativa, el artículo de fondo; de estos últimos recuerdo el que dedicara a la condición de “ser” caribeño –publicado en el diario mexicano Excélsior hace unos ocho años–, donde exponía con suma certeza los elementos que a lo largo de la historia dieron pie para que surgiera un área tan sui géneris en América Latina, un texto que en mi opinión, y en la opinión de otros, representa una verdadera joya en esta temática. Igualmente me llega a la memoria otro texto dado a la luz en el periódico cubano El Caimán Barbudo a finales de la década de 1970, en el cual Navarro desmenuza, sin dejar de abogar por la polémica, el concepto de “hacer el amor”, el deslinde entre esto y la verdadera comunión entre las almas.

A mediados de la década de 1980, en los jardines de la sede de la Unión de Escritores y Artistas en La Habana, presente el buen amigo y colega Gustavo Eguren, Osvaldo nos confesaría que estaba escribiendo algo “extraño” que lo traía completamente “amarrado”. Se refería a El caballo de Mayaguara, publicado en 1990 y que, amén de haber recibido el Premio de la Crítica, el máximo galardón que recibe un libro en Cuba, es considerado por muchos entre las mejores obras del género testimonial que hayan visto la luz en la Isla. El personaje, o la persona “real”, protagonista de este testimonio sería el prototipo inspirador de la magnífica novela Hijos de Saturno, editada en 2002 y cuyo eje temático es el desencanto, el sufrimiento de un luchador revolucionario que ve cómo sus ideales primigenios (los ideales primigenios de la revolución cubana) son traicionados por la élite en el poder.

Además de su inteligencia innata, su cultura humanística –que enriqueciera constantemente– era sólida, abarcadora, lo cual le permitía a Navarro teorizar con agudeza no sólo en el terreno de la literatura, sino asimismo en el de la política y la filosofía.

Tuve el privilegio de leer en manuscrito su ensayo Las paces con Martí. En esta obra que esperamos ver publicada dentro de no mucho tiempo, Osvaldo Navarro sigue dos directrices fundamentales: desmitificar al Martí santurrón que a lo largo de los años no pocos estudiosos se encargaron de crear, así como “expropiar” de las arcas de la dictadura cubana al Apóstol, convertido por la propaganda castrista en “el autor intelectual” de uno de los regímenes dictatoriales más penosos de la historia. En esta segunda línea argumental me detuve varias veces en la lectura y, según mi punto de vista, ni una de las réplicas del autor carece del sustento necesario, además de que sus exposiciones clarifican de manera rotunda muchas de las expresiones martianas que han tergiversado los “ideólogos” de la revolución de Fidel Castro.

El hombre

Conversar con Osvaldo era recibir una dosis de sabiduría en los campos más disímiles del pensamiento humanístico, y siempre venida de la persuasión, el análisis concienzudo; cuando establecía su criterio, por muy apasionado que estuviese con el tema en cuestión, siempre dejaba la puerta abierta para la réplica. Sabía convencer mediante el diálogo de tú a tú con quien fuese, y asimismo aceptaba las razones del otro si éstas resultaban convincentes.

Como todo ser humano Osvaldo Navarro tendría defectos y carencias, pero hago hincapié en las virtudes que lo acompañaron y que no todos los hombres posen: fue un poeta valiente y un hombre valiente; y siempre optimista, y estoico cuando la situación lo requería.

Durante sus veinte años de exilio en México, con un breve período en Miami, resistió la muerte de sus seres más queridos allá en la Isla, “acabo de encender una vela para mi madre, ha muerto allá en Cuba”, me diría por teléfono aquella noche de la mala noticia.

A pie firme soportó las buenas y las malas lejos de la tierra que lo viera nacer, y, al menos yo, nunca le escuché un quejido, y cuando algo de lo que me dijera se pareciera a un lamento, inmediatamente agregaba la idea emprendedora que lo borraba. Era un optimista.

Hay hombres que cambian de ideario, de conducta social y política por conveniencia propia, o por falta de coraje, o por veleidades de temperamento. Quisiera dar fe, porque conozco el caso de Osvaldo a fondo y a toda plenitud, y porque lo conocía a él a fondo y a toda plenitud, de que su dimisión de la causa revolucionaria que una vez con tanto ahínco y sacrificios defendiera, fue limpia, desinteresada, venida de su corazón, de su cerebro, del desencanto que tantos otros, con mucha razón, hemos experimentado. Resulta irracional juzgar negativamente a un hombre porque cambie de credo muy temprano o muy tarde en su vida, cuando ese cambio, como en el caso de Osvaldo, es raigal, absolutamente sustentado y, por demás, acarreará sobre todo amarguras, nostalgias, y la renuncia a ciertas preponderancias. Eso es loable. Podríamos afirmar que la Muerte ha quedado en deuda con nosotros; Osvaldo Navarro no: él nos legó todo lo que aquélla le permitiera antes de llegarle a destiempo.

Ya Osvaldo no podrá regresar a la isla de Cuba, que fuera su obsesión y su amargura por estas lejanías. ¿No volverá? Como dijo alguien: los poetas siempre regresan, porque regresan sus libros. De modo que podemos tener la certeza de que Osvaldo Navarro regresará a Cuba, a sus lectores, ese día en que los muros de la censura vayan abajo definitivamente.






del libro inédito: "Horror al Vacío"


El Oscuro


Si Dios existe debe ser oscuro,
porque sólo la sombra es permanente.
Se esfuma la alborada, y el poniente
es el único indicio de futuro.


La oscuridad: tiempo en estado puro
(el perpetuo vacío como fuente).
Del alma queda sólo el inconsciente.
El oro dura menos que el cianuro.


La luz, dirán aquellos, es la vida,
y Dios tiene su lámpara encendida
para que todos nos iluminemos.


El fuego, dice el otro, es esa herida
por la que brota la ilusión perdida
hasta que, al fin, de luz nos desangremos.








Ceniza de luz


De sol a sol, la oscuridad del día,
y la luz en la sombra no transcurre.
El pensamiento en sombras no discurre.
¿A eso llamarán melancolía?


La sombra es la más pérfida agonía,
que se empoza en el alma y no se escurre.
Nada sabe la luz de lo que ocurre
en el alma, que no fotografía.


Ceniza es toda luz: qué mal manía
esparcir por el cielo tanta churre.
Bosteza Dios porque la luz lo aburre,
y la noche lo colma de alegría.










Entre luces y sombras


Oscura es la verdad como los dioses,
que jamás han probado su razón.
Hay una carta en blanco en el buzón,
que nos mandan por flujos muy veloces.


Estoy ante el vacío dando voces,
y no hay respuesta a mi interrogación.
Vivo un instante la premonición,
pero son un relámpago los goces.


Estos rasgos que escribo, tan feroces,
son porque intuyo la desilusión,
y voy del pensamiento al corazón
dando, como un caballo, al aire coses.


La muerte es algo más que oscuras hoces
siempre al cuello mostrando su intención.
Es el extremo de la incomprensión:
un diálogo de nadie en altavoces.


Muéstrame la verdad, tú que conoces
el punto de equilibrio en que, en unión,
dialogan la materia y la razón
bajo el as luminoso de los dioses.












Vosotros, los que entráis


A Iván Portela


No se sabe. Tal vez. No estoy seguro.
Dame tú la certeza, Iván Portela:
¿Cuánto tiempo nos resta de futuro?


Toco el fiel de la nada con cautela
y pongo el peso exacto en la balanza.
Parpadea la llama de la vela.


Me distraigo. Me duermo en la confianza
de que Dios me conceda cuanto pido:
voy del agnosticismo a la añoranza.


Quisiera estar la eternidad dormido
en la cómoda cama de mi infancia,
para soñar que vuelvo del olvido.


Quisiera regresar a la ignorancia,
ser árbol sensitivo, piedra dura
y disfrutar la breve circunstancia.


Me busco en las raíces la ternura,
y estallo en floración –árbol dichoso–:
encuentro, Iván, en el amor la cura.


Qué armonía, qué paz, qué gran reposo
advertir que la nada nos florece
y que todo el horror es infructuoso.


La belleza no es tal si no fenece,
y hasta la mucha luz es fastidiosa.
Todo debe morir si nace y crece.


La rosa más fugaz es más hermosa.
Vive el amanecer en el poniente.
La eternidad es una mariposa.


En fin, Iván, que me torné valiente:
duermo en mi cama como en una fosa
y disfruto esta vida intrascendente.










Horror vacui




Con fervientes pinturas en la bóveda eterna,
destruyen el vacío los hombres de Altamira.
Los espíritus danzan a la luz de la pira,
y huele siempre a Dios el humo en la caverna.


Lo he sentido mil veces, en Córcega y en Berna
y hasta en las ruinas hoscas de Palenque y Palmira:
el optimismo informa del miedo y la mentira:
construye su pirámide el triste en la taberna.


Amaneceres, noches, ciudades, montes, palma,
llanuras de mis ojos, colinas de mi alma,
hijos, amor, aviones, metafísica, hastío,


ruidos, muchedumbres, el sueño como noria,
blancolvido, aguamiel, árbol de la memoria:
palabras me defienden del horror al vacío.












Atracción por el vacío




Existe un vacío sordo de barruntos,
de epistemes y dimes y diretes.
Un vacío de flácidos chupetes
en que maman silencio los difuntos.


Un vacío de tiempo y de materia,
donde no nace nada y nada muere.
La vida es otra vida y no prefiere
recomenzar su ciclo en la bacteria.


Hay un vacío pleno de no ser,
en que no estar no significa nada
y es una tentación para caer.


Ha de haber una luz definitiva,
concubina de Dios, siempre preñada,
que irradie al alma muerta y la reviva.










Incertidumbres


Esa abeja que liba en una flor,
aquella mariposa que aletea,
la yegua triste que en tarde mea
tienen algo que ver con mi dolor.


La casual bendición de algún olor,
el matiz verdeazul de la marea,
la rama que la brisa no menea
tienen algo que ver con nuestro amor.


El día que se va, la incertidumbre
de no saber qué hacer, cierta costumbre
de tener que morirse, la embestida
de que todo está bien porque anda mal,
la nebulosa, el caos sideral
tienen mucho que ver con nuestra vida.












Eyife


A la memoria de Emilio O’Farril


Yo sé que Emilio O’Farril me acompaña
y que pone en mi vida un gran empeño.
A veces me insta tanto que lo sueño:
en fin de cuentas la muerte es tan extraña.


De qué me avisa cuando, en la maraña
de los sueños que digo, frunce el seño
y me mira, benévolo y risueño,
mientras tira un eyife en su cabaña.


Hay en mis manos –uñas y carroña–
unas monedas del país que extraño.
Me las pide y un símbolo pergeña.


Algo anda mal, me dice como en coña,
pero no me prepara contra el daño.
Yo sé que en otro sueño me lo enseña.




http://www.eforyatocha.com/2009/09/osvaldo-navarro-8-poemas-ineditos.html








Los bueyes de mi abuelo


A la yunta de toros de mi abuelo
los caparon a macetazo limpio
un mediodía
atracada a una guásima.


Y maceta y maceta,
y los ojos fijos en la tierra orinada.


Recuerdo muy bien que al terminar
mi abuelo dijo:
si tienen los dientes flojos
ya están capados.


Yo me toqué los míos.












La bofetada


La primera bofetada
no me la dio mi madre
ni el mundo ni la gente
ni la vida.


Fue un regalo de reyes
que hallé bajo mi cama.


La tomé sigiloso
-sin despertar a nadie-
y me la di en el rostro.














La partida


Con mochila y revolver
me alejé de la infancia.


Madre lloraba copiosamente
y no salió a despedirme.


Mis hermanos menores y mayors
rondaban la partida,
pero yo no quería dar la cara.


Mis hermanos,
mis únicos amigos,
se quedaban atrás, pero me iba.


Los ojos se me nublaban anguistiados,
se me cerraba la garganta.


Lloré el útlimo,
el definitivo llanto de mi infancia.
y entre los artilleros
amanecí de hombre al otro día.




Poemas tomados de Combustión Interna (antología),
Editorial Letras Cubanas , La Habana, 1985.
http://ungatoyunamujer.blogspot.com/2011/04/
poemas-de-osvaldo-navarro.html
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(*) Félix Luis Viera Poeta, cuentista y novelista, nació en Santa Clara, Cuba, el 19 de agosto de 1945. Ha publicado los poemarios: Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de Poesía de la UNEAC*, 1976, Ediciones Unión, Cuba), Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba), Cada día muero 24 horas (1990, Editorial Letras Cubanas), Y me han dolido los cuchillos (1991, Editorial Capiro, Cuba) y Poemas de amor y de olvido (1994, Editorial Capiro, Cuba); los libros de cuento: Las llamas en el cielo (1983, Ediciones Unión, Cuba), En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983. Editorial Letras Cubanas. Reedición 1986. ) y Precio del amor (1990, Editorial Letras Cubanas); las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de Novela de la UNEAC 1987 y Premio de la Crítica 1988. Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (1995, Ediciones Unión, Cuba), Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003) y la noveleta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997. Reediciones 2003 y 2005). El Premio de la Crítica es el mayor reconocimiento que recibe un libro en Cuba. Su libro de cuentos Las llamas en el cielo es considerado un clásico de la literatura de su país. Varias de sus creaciones han sido traducidas a diversos idiomas y forman parte de diversas antologías publicadas en Cuba y en el extranjero. En su país natal recibió diversas distinciones por su labor en favor de la cultura. Fue director de la revista Signos, de proyección internacional y dedicada a las tradiciones de la cultura. Su más reciente novela, Un ciervo herido -que aborda el tema de las Umap, eufemísticamente llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción y, en realidad, campos de trabajos forzados establecidos en Cuba en la década de 1960-, ha recibido un notable reconocimiento de la crítica y de los lectores y ha circulado en España, Puerto Rico, México y otros países; durante cinco meses estuvo entre los libros más vendidos en Miami y recientemente ha sido traducida al italiano por la editorial L´Ancora del Mediterráneo. En Italia ha sido objeto de un notable reconocimiento de la crítica especializada, así como de los lectores. Recientemente ha concluido su novela El corazón del rey, que refleja los primeros pasos de la instauración del socialismo en Cuba, en la década del 60, y actualmente trabaja en el poemario La patria es una naranja, inspirado en la añoranza de su tierra natal y en sus vivencias en México, donde radica desde 1995. En México, ha colaborado en diversos periódicos con artículos de crítica literaria y de contenido cultural en general, ha impartido talleres literarios y conferencias, y asimismo se ha desempeñado como asesor de variadas publicaciones periódicas.
Eduardo Franco, Osvaldo Navarro y Félix Luís Viera