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jueves, 5 de enero de 2012

5759.- MURVIN ANDINO JIMÉNEZ






Murvin Andino Jiménez (San Pedro Sula, 1979) estudia Letras en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras en el Valle de Sula.

Ha obtenido los siguientes premios de Poesía:
Primer Lugar Premio Oscar Acosta (2001); Mención honorífïca Instituto Cultural Latinoamericano, Junín, Argentina (2001); 3er y 2do lugar en los Juegos Florales de Santa Rosa de Copán en los anos 2006 y 2008, respectivamente.







De
CORRAL DE LOCOS
San Pedro Sula, Honduras: Mimalapalabra editores, 2009






Canción triste


De este lado la vida es breve y trastornada,
es delirio, es andar con la esperanza a cuestas
susurrando besos.
De este lado la locura muerde,
tiene cara de mujer, de niño,
de hombre muerto.
De acá en adelante estás viejo, lento,
preparado para no volver.
Ya escribiste y amaste tu locura.
Aguanta el frío cruel, el destino,
las cosas que no podrás olvidar,
los reflejos que te hiciste con llanto.
Olvida tu proceder en el amor,
tu lugar de silencios perdidos,
tu leve medianoche violenta.
Después, aun de este lado, aún breve,
crece, olvida, nadie es nadie para no quererte,
para no escuchar tu canción triste.










Alguien encendera las luces


Alguien encendera las luces,
cortará mis venas, cerrará la puerta.
Mi mejor mentira, mi dulce odio.
Alguien como la lluvia,
con furia en los huesos y pasión desenfrenada.
Sangre por sangre será la consigna,
y en cada grito el dolor por esperanza.
Alguien encenderá las luces,
después de mí y hasta el día del juicio,
para borrar la soledad o para no volver,
sin nada más que odio en la mente,
apenas una mano al final, lejana y olvidada.










Corral de locos


Es ese dolor que mata… demencia atroz y seductora,
apiádate de mí y de los menos olvidados,
ahora es tiempo, sálvanos.
La muerte describe una ventana perdida,
humo y veneno en el próximo segmento
revisten instantes de amargura.
La razón, torpe condena del desierto,
no se distingue en esta luz,
las voces sangran pedazos de violencia,
los viejos gritan el frío y el tormento.
Nada importa…
Viene después la muerte,
cuerpos fugaces circundan las últimas horas,
volamos desde otra puerta, sin destino.
La salida es el día siguiente,
los vicios y el abrazo con la muerte,
el caos y las voces incesantes.
Intenta salvarte,
intenta soñar con todos y no alejarte,
y si distingues la vida será otra caída.
Nada me regresa al mundo,
no hay naufragios ni lugares recordados,
no hay espacios, fantasmas o figuras,
el temblor es el mismo,
y el vacío extiende su dominio.
Morir… es esa furia irreversible del olvido,
sueño redentor de la nostalgia
que nos depara el último suspiro.














Lugar desconocido


Vuelve la noche,
vuelve el silencio y se repite.
Oigo los gritos en la otra calle.
Demasiados tropiezos con la puesta del sol,
eco de voces en los bares,
y medianoche endemoniada, la farra continúa.
Lugar para la muerte, instinto del enfermo,
palabra contundente que pudre la carne frágil.
¿Oyes la soledad noche-pasar?
¿Sientes el vino en el espacio de tu mente?
Sabemos todo,
también nos perdemos cada día, hora o silencio.












La hora del abismo


Oscuro y desolado está el mundo.
Vamos a dormir,
a pasar la noche desvelando estrellas.
La ebriedad es una sombra,
y el mundo una plaga del olvido,
ninguno salva,
los destinos son caminos desgarrados y sombríos.
Mi existencia es la soledad,
sin amor, mi ser es la carga de los vicios,
el sitio de mi cuerpo,
mi sangre, los besos ciegos y torpes.
Oscuro y desolado está el mundo
y es casi la hora del abismo.



















A continuación una muestra de mi nuevo poemario, Extranjero
Editorial Mimalapalabra.






Lotófago


No volví ni siquiera la mirada.
No había razón ni castigo.
Caí en la noche y me hundí
en una multitud de piernas y brazos,
de batallas sentimentales
y en una triste figura vagabunda
con extrañas cicatrices.
Decidí regresar,
pero no había lugar, ni otra noche,
ni nadie a la espera.
No había retorno a la ilusión,
sólo las luces,
la ebriedad como camino al paraíso.
No aprendí a cambiar mis sueños
ni a conocer las despedidas.
No volví ni siquiera a decir adiós,
no había existido nada ni nadie,
sólo una esquina con fantasmas
indiferentes y olvidados.
La mañana retumbaba en mi cabeza
con los estruendos de una luna intensa.
No había nadie más, quizá el espejo,
mi camisa boca abajo sobre el suelo
y cierto aroma a veneno.
La pared, el viento, el agua, la cama,
todo estaba frío,
como muerto,
la calle seguía su camino
con sus falsos jinetes a bordo,
sólo una estatua de Bolívar,
quizá Morazán,
o Juárez, o Artigas.
No lo sé, una plaza que quizá
tampoco recuerde.












Little boy


A Rolando Gabriel Andino Rivera


Perdón por dedicarte este poema
con ese nombre miserable.
Perdón por no entender cuando decías
algo que creí insignificante.
Eran tus ojos los que de verdad decían algo,
como cuando rojos por el maldito catarro
parecían no pertenecerte.
Créeme, hijo,
desde el instante de engendrarte, te he amado.
¿Recuerdas Mr Jones de Counting Crowns
o Welcome to the machine de Pink Floyd?
Eran las canciones que escuchabas
en el vientre de tu madre
y no eran sólo música,
también tenían mis mejores deseos
y mi esperanza de entenderte siempre,
de no abandonarte, jamás, aunque fuese lo peor.
Si lo he hecho ahora, es que fallecí
y soy un cadáver más,
otro insensible,
otro demonio,
pero no he dejado de quererte,
de acercarme a tu cama,
mientras duermes,
y besarte la frente,
con estos labios que han besado con pasión
y te he visto tantas veces feliz al recibirme
y te he visto con estos ojos tristes
que han mirado lo difícil y cobarde de la vida.
Pienso entonces, Little boy,
que eres casi un hombre,
y yo, un viejo incompetente.














Ella, viendo llover en mi corazón
A veces amanecer era caerse del espejo,
cerrar el vínculo sustancial del paraíso
y desprenderse de lo vivido,
cegar la estéril criatura
y afrodisciarse el apéndice subversivo
con algunos recuerdos
de cada amanecer.
Algunas horas e inciertos muros
tenían la virtud de desterrarnos,
distintos caminos fueron la salida
a la tristeza
y el viento cambió su forma
de revólver ciego,
su doble influjo de la noche
y nos dejó la lluvia pasajera
que tenía la mañana.
A veces ella
con su mirada de cementerio radiante
volvía a la aventura astral del clítoris acorazado,
ponía a temblar mi pequeño dios marino
que se aferraba a su guarida.
A veces costaba desprenderse
del carácter migratorio de su ser,
de su ave de paraíso
y miraba la lluvia caer sobre mí,
la insoportable lucha desnuda de mi corazón.