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jueves, 29 de diciembre de 2011

5720.- JUAN EDUARDO DÍAZ





JUAN EDUARDO DÍAZ (San Bernardo, CHILE 1976)
Ha publicado: Sombras de Valparaíso, Ediciones del Andén, San Bernardo 2001. Ángeles ebrios, Editorial La Cáfila, Valparaíso 2002. Del diario de Teresa y Sylvia, Editorial La Cáfila, Valparaíso 2005. Carta de Ajuste: Antología de poetas inéditos en Valparaíso, en co-autoría al poeta Antonio Rioseco Aragón, Ediciones Cataclismo, Valparaíso 2008. Claveles, Ediciones Caronte, Valparaíso 2009.
Fue becario de la Fundación Pablo Neruda, en el Taller de Poesía de La Sebastiana en Valparaíso (2004).
Dirige el taller de poesía de la Universidad Técnica Federico Santa María (2006). Organiza y produce las dos versiones del Seminario de Literatura Chilena Contemporánea, Universidad de Playa Ancha, Valparaíso (2009 - 2010). Ha recibido varios premios y distinciones por su labor literaria.
















Esta mujer no lee poesía


¡Ah!
que tus dagas de papel cortan mis manos
contaminan mi sangre
y excitan envidioso el verso.
Maiakovski
algún día el roneo de mis libros
gastará tu nube arrebatada al hombre,
sanguinarias calas negras
esperarán fuera de tu nicho
y definitivamente la mujer del teléfono
lamerá mis labios,
desnuda hojeara algún poeta ruso
sin leerlo,
porque ella no sabe de poemas
ni siquiera sabe que hay poetas rusos.


Ángeles Ebrios (2002)












Cómo se llama,
sábado 16 de julio


Tengo algo aquí, no sé, cómo se llama esta parte, justo atrás de mi rodilla que me hace cojear de versos, de original, de sentido, me hace cojear hasta de mujer.
Yo no sé, cómo se llama esta parte.
Me hace doler hasta el cuello, bajo de la oreja.
Me asusta el ritual callejero de encontrarme con mi reflejo, pero las polarizadas vitrinas me sonríen con la simpatía de un bolero rancio de vino.
No sé, cómo se llama esta parte, aquí, bajo el mentón, donde me tocas, donde me gustas…
Y me haces promesas de horizonte, de espalda desnuda,
de tu mano entre las dos.
Yo no sé, cómo es que se llama esta parte que tanto me duele cuando no estás, la misma que sólo recuerdo cuando me miras y donde te alcanzo y te duermes…
Porque tu boca lleva mi ropa interior empapada y un estúpido sortilegio en los labios.
No lo sé, cómo es que se llama este lugar, donde pusiste tu dedo, donde clavaste a modo de zarpa y como a sorbo egoísta tu beso…
Y si me dijeras que no lo sabes… te creería.
Si cogieras nombres al azar con la letra eme al comienzo también lo haría,
aunque no dijeras nada, nunca dejes de mirarme.
Tengo algo aquí, no sé, cómo se llamó esto…


Del Diario de Teresa y Sylvia (2005)










Para morir,
sábado 1 de octubre


Ese puñado de coincidencias como una nota de mensaje telefónico…
donde recogiste al pasar mi nombre hecho colillas de cigarrillos,
hecho manchas de rouge en el vaso, hecho a manos y bocas.
Y es que me ves en todas partes, siempre lo dijiste…
¿En qué formas te encuentras ahora?, ¿cómo te vuelvo a imaginar?
¿Será a caso que escondiste tu alma entre la ropa regada
por el suelo?
¿Podrás entonces reunir mis huesos, las cenizas
de ambas esparcidas por descuido?
Mi oficio obliga a encontrarme con tu ausencia, acompañarme de la mano trémula,
vaciarme por completa de los cajones y respirar la brizna de papeles manoseados.
La veleta insolente que dejó de rabiar cuando ya no volviste.
A pies descalzos soy tu otra en la ventana y el frío es una gota que se desbarranca
por el vidrio…
Todo esto para que logres recibirme aunque sea un poquito, aunque sea por las tardes
y a veces en los amaneceres desatados a la ventolera cruel del frío,
que se quedó en tu nombre para acariciarme, para llorar por ti en mi honor,
para morir por ambas todas las noches…


Del Diario de Teresa y Sylvia (2005)












Sobredosis,
sábado 24 de diciembre 1921


Porque el veronal roba a las rosas, roba a los dioses y a las doncellas, para ofrendarse la vida y los arrecifes a la muerte del sol dibujado en costras.
El vagabundo no sacia su hambre mendigando respeto,
el asesino no gana el infierno produciendo destierros,
la madre no engendra nada, sin sacrificar su lecho, sublimación del sexo…
Ángel lamentable, cada vez que extiende sus alas, sólo prolonga la sombra en un tiempo de guerra…
No es acaso que arrebata las espinas de floridos engendros, alcanzado a veces las barbas de aquellos… dioses, o manoseado de mujercitas,
obsequiándolas a remembranza al desparrama rimel, blanquecino o el negrísimo escrito en el azul de los labios.
El padre disfrazado de arcángel la noche de pascuas, donde no es capaz de esconder su propia sombra, que muerde sus zapatos y los pasos de sus pequeñas muertas antes del parto…
Dime qué amas mujer, sino la sombra del hombre,
negligencia rosa que no te hace a los rayos del sol.
Disuelve el pedestal en que te has puesto, todos tus títulos, todas tus camas,
todas tus tierras, todas tus vidas…


Del Diario de Teresa y Sylvia (2005)









La devanadora


I


Lloverá al rabiar de los queltehues
saldrá el sol a la sombra del escarabajo
a corte de vidrio un grito en la calle y desnudo.


El hábito ensimismado de un monje en penumbras
arrancándose el alma sin siquiera desdoblarse
para hablarle de Dios a un niño
con la fría esperanza de creer en él.




II


Se podría decir que todo esto son los telares
tú un hilo más, el color lo elige cada uno
pero no pienses en los tonos pasteles.


Las puntadas son de parte de la devanadora sabes
aunque su beso no parece tenebroso, ésta es la mano
de quien siempre acomodó tus huesos.










III


El temor a la sangre de tan lejos
no se necesita revisar la memoria
evocar las rondas atado a la mano de…
Quién lo recuerda en estos tiempos?


Podemos hablar de angélicas
esas que alguna vez temieron mirar a los ojos
pues, aunque fueron cándidas
las misas nunca dejaron de torturarlas
hasta hacerlas llorar.








IIII


La que nunca ha de pasar por acá
puede atravesar descalza la fragancia fúnebre
pero es la una también de tres melancólicas.
La del devanador a hilos de piel, cabellos
o como quieras decirlo.


Olor de parto y placenta agria
el útero generoso.
Ahora es el fin de la gestación.
Eres tú, la parca y la madre.


Claveles (2009)








La de las tijeras


I


La decisión puede ser al momento de cerrar el libro
dejar caer las tijeras y marcar la página
con la foto de un niño y su cachorro
atrás toda la familia, porque si fuese necesario


bastaría con sentarse por un momento
contemplar el tabernáculo vacío
y descubrir en el retrato
quién es el que falta.






II


Una anciana en el vaivén de su mecedora
a los pies por millares restos de hebras.
Es el momento justo de hurguetear en el bolsillo
las sorpresas aparecerán de a poco.


Colgante de colores y amaneceres.
Las figuras del ajedrez se hallan lejos
de la matemática del tablero.
La mujer cercena uno a uno los hilos
de aquel colgante.








III


Y según el paso del tiempo
es más difícil engañar a la parca
cuando se es joven un salto y ya está
un corte y listo sentarse a esperar que fluya.


Porque nunca se recuerda cuántos son los peldaños
al bajar rápido la escala.
Ahora si se quisiera
no es posible pintar el cielo del cuarto
cuando ella sonríe a los pies de la cama.








IIII


Es severa esta mujer, la cortesía llegó hasta aquí
descalza, hecha una vida de seda
se ató firme de mi mano, tomó algunos nicotinosos
para el día.
Pero ya la quieres llevar contigo.


Tanto me entregó al esplendor bajo la mesa
todos esos gestos.
Grata no es el adjetivo
las gracias nunca me valieron más en desolación.


Ya está, es esta la composición que recuerda
el olor de los claveles.


Claveles (2009)








Duelo


a Mateo Saavedra


Pues, esta es la correspondencia, el duelo de la pérdida, descubrirse ante todos como la falta de ti mismo, cuando te encuentras en la parafernalia de tu propio funeral, el sepelio de todo y de todos los que te acompañan...
No hacia el presente hay que volver los ojos, ni al pasado, esas postales las conocemos de memoria, es en el futuro donde se encuentra el luto que no advertimos, toda la perdida, todo ese duelo que se nos viene encima,
como la traición del alma sobre su propio cuerpo, la negación del sentido de las cosas,
y es que a Dios no le importa revelarte el sentido de tu vida, el paso del tiempo o peor aún, la perdida de este.
Has estado en campos de gladiolos o de claveles? No es el mismo olor que el de los cementerios?
Pero no son los claveles o los gladiolos, es el agua quien huele a cementerio, ellos siempre huelen a gladiolos y claveles. El agua, es la muerte depositada hasta el olvido, las flores, la celebración del luto.
Éste de todo el silencio es de un afuera y un adentro, como si no hubiera un adentro y un afuera, como si todo fuera un estar y no, como si todo fuera…
Habría que caer dos veces y dos veces más dentro de las tres que caerás.


El duelo en mi garganta recita que algo se acaba. Como el silencio se funde en el espejo de la habitación, en las imágenes
del padre y en la madre, a modo de estigma, de lágrimas, al modo de los claveles y los gladiolos destrozados al tercer día de iniciar el invierno.
Este silencio es el que aúlla por las tardes, cuando todo es ausencia y la falta se te hace como la pena heredada de todo el mundo, en un mortificado jardín de flores de cementerio.


Claveles (2009)