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martes, 20 de diciembre de 2011

5626.- CONCHA ZARDOYA

Concha Zardoya
(Valparaíso, Chile, 1914 - Madrid, 2004) Poetisa española. Autora de una extensa y fecunda producción poética que ahonda en la realidad social de la España de los años cincuenta y sesenta desde una perspectiva cristiana, está considerada como una de las voces más destacadas de la lírica española de la segunda mitad del siglo XX escrita por mujeres.


Inclinada desde su juventud hacia el conocimiento de los saberes humanísticos y el cultivo de la creación literaria, cursó estudios superiores de Filosofía y Letras en la Universidad Complutense de Madrid, ciudad en la que residía desde su temprana infancia.


Una vez licenciada, orientó sus pasos profesionales por los senderos de la investigación literaria y la docencia, actividades que, en 1948, la condujeron hasta los Estados Unidos de América, país en el que residió durante un prolongado período de tiempo, viviendo en diferentes ciudades e impartiendo clases de literatura española en varias universidades de reconocido prestigio. Al mismo tiempo, aprovechó su estancia en territorio norteamericano para preparar y publicar uno de sus más valiosos libros de investigación literaria, centrado en la figura y la obra del gran poeta oriolano Miguel Hernández, y presentado bajo el título de Miguel Hernández. Vida y obra. Bibliografía. Antología (Nueva York, 1955).


Ya antes de abandonar la Península Ibérica se había dado a conocer como poetisa por medio de la publicación del poemario titulado Pájaros del Nuevo Mundo (1945); sin embargo, fue a su vuelta de los Estados Unidos cuando realmente se consagró de lleno a la creación poética, con títulos tan notables dentro de la lírica española de la época como El desterrado ensueño (1955) y La casa deshabitada (1959).


En la década de los años sesenta, continuó desplegando una intensa actividad creativa que arrojó otros frutos tan granados como Corral de vivos y muertos (1965) y Hondo sur (1968), sin dejar por ello de atender a ese quehacer ensayístico que, a mediados de la década siguiente, ofreció otro de sus textos canónicos, Poesía española del siglo XX (1974). Ya en su vejez, Concha Zardoya siguió haciendo gala de una envidiable lucidez intelectual que quedó plasmada en unos poemarios tardíos tan interesantes como Altamor (1986), Retorno a Magerit (1986) y Patrimonio de ciegos (1992).


Además de todos estos volúmenes de poesía e investigación, Concha Zardoya ha dejado otros muchos escritos originales dispersos en las revistas culturales en las que ha colaborado con asiduidad, como Ínsula y La isla de los ratones. Asimismo, ha realizado algunas incursiones en el complejo género de la literatura infantil y juvenil, al que ha aportado títulos como En la isla de Pascua (1985), Cuentos sin edad (1989), Caramurú y la anaconda (1992) y su último poemario, Ronda del arco iris (2004). A todos los volúmenes ya reseñados, cabe añadir los títulos de otros interesantes trabajos de investigación de Concha Zardoya, pero es sin lugar a dudas dentro del género poético donde esta singular y poderosa escritora alcanzó su auténtica y característica voz literaria, plasmada en decenas de poemarios que la sitúan entre las voces más prolíficas de las Letras españolas contemporáneas.








YO ME MIRO CRECER EN ESTOS MUROS…


Yo me miro crecer en estos muros
como sauce sin agua bienhechora,
en derrota viviendo mi destino
de llorar a los muertos y a los huérfanos.


Porque piso la sangre que no veo
y los llantos que arrastran sus caudales
por el pecho de madres y de viudas,
en el triste solar de nuestra España.


Todo llega hasta mí, desde la calle
que puebla amargamente la tristeza
de padres que en las celdas tienen hijos
o ausentes a destierro condenados.


Todo llega hasta mí desde la calle:
desde el húmedo sótano sin lumbre
que algún día las flores alegraron,
desde el taller del polvo y la ignominia.


Todo viene hasta mí y me golpea
el corazón, la sangre y la conciencia.
Me golpea en los ojos que la aurora
desvelados hallara sobre el lecho.


¿Quién ordena este llanto y esta muerte,
la desgracia y el hambre en las ciudades?
¿Quién agranda los blancos cementerios
con las fosas abiertas cada noche?


Yo no puedo cantar, hermanos míos,
evocando el dolor que se levanta
de vuestra vida gris, de la deshonra
que nos alcanza a todos tristemente.


Sólo queda, escondido entre paredes,
el llanto que socava la existencia,
la pasión numerosa, el drama cierto
que habita con espinas mi memoria.


La perdida hermandad, los rotos labios
del que murió callando en la mazmorra,
los mojados pañuelos por el luto…
son cosas que yo lloro como mías.


¡Ay, mi oficio es plañir entre estos muros,
sintiendo en mis espaldas las pisadas
de los hombres que marchan a la muerte
con la aurora y el frío de mi España!


¡Ah, mi oficio es el llanto cotidiano!
Bellos versos se pudren en la boca,
imprecando por dentro lo que callan
el alma, el corazón y la vergüenza.


Corral de vivos y muertos, 1965.
















DOCUMENTOS DE IDENTIDAD


¡De identidad tus libros, documentos!


Quien soy yo, ay, declaran como cédulas
firmadas por el juez, por el alcalde.
Por ti responden ellos a preguntas
que alguien formulara inquisitivo.
Responden por tus actos y tus sueños.


En una plaza esperan silenciosos.
En un rincón tranquilo y en los trenes.
En la mesa callada que te sirve,
donde comes tu pan y también lees.
Hablan por ti sus páginas inéditas.


Y no son recompensa ni limosna
que por olvido dejas para alguien,
para un ser solitario que rebusca
amarillos papeles, indelebles
escritos, confesiones muy antiguas.


¿Mejor hubiera sido ya quemarlos
para luego aventarles la ceniza
y no dejar memoria de tu nombre,
de lo que fuiste tú en verso y vida?
¿Entregarlos al viento y dispersarlos?


Nada ha ocurrido así… Sus inscripciones,
grabadas por la tinta en unas líneas,
no durarán tal vez o serán polvo
de voraces carcomas y del Tiempo.
Tu identidad trasueñan o trasfunden.


Los signos de tu alma están inscritos
en cada verso tuyo… Cada página
tu inconfundible firma ya rubrica…
Relativos futuros hoy aguardan
esa voz que no oyen todavía.


¡Identifica el libro a quien lo escribe!


Forma de esperanza, 1985.


















HE AQUÍ LA PALABRA


He aquí la palabra transparente,
ese cristal del alma
que sólo aspira a ser el alma misma.


La opacidad encubre y la metáfora
es traslación ambigua
o velo que enmascara lo evidente.


Unas pocas palabras verdaderas
nos sirven de dicción
o de canto, de íntima sonata.


La transparencia brille en su pureza,
sin reflejos inútiles.
Desnudo sea el verso, agua límpida.


Forma de esperanza, 1985.














ENTONCES SOLAMENTE


Sólo cuando el silencio os exija
que habléis íntimamente,
con todos, con vosotros mismos dentro,
escribid lo que os dicta.


Urgentes, las palabras, una a una,
brotarán en la frase
como flores o música dilecta
que callar no es posible.


Un diálogo será o confesiones,
entonces solamente,
que colmarán espíritus de dicha
o de dolor sin nombre.


El placer renovado de sabernos
humanas criaturas
capaces de verter el rubio aceite
del habla necesaria.


Forma de esperanza, 1985.