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miércoles, 14 de diciembre de 2011

5557.- JUAN MANUEL PÉREZ ÁLVAREZ


Juan Manuel Pérez Álvarez. Nació en Ourense en 1985.
Licenciado en Derecho.
Ha publicado los libros de poesía "Azul y Oro/ Diario Suspensivo" ( Ed. Incipit), "Vidrieras" ( Ed. Incipit) y "Versiones de una vasija" ( Ed Incipit),
"Sangre y agua" (Ed. El Taller del Poeta), "El grado de la aurora" (Ed. Chiado),
"El Caballero Invencible" ( Ed. El Taller el Poeta) así como "El Hombre y su Palabra" (novela) y "Testamento de un Cíclope Dandy" (novela).
He participado en publicaciones literarias como Letralia, La Sombra del Membrillo, Papirolas, Suplemento cultural de El Librepensador, etc.




EL CAMINO DE LA VIDA

Es el camino una ficción del Hombre,
del centro íntimo de toda cosa,
la progresión que no termina nunca,
el mar del movimiento permanente.
El camino es Dios.
Dios es creado por el Hombre
a su semejanza; el es divino
e inaccesible, pero su Verdad
es el humano mismo, su secreto.
Dios es Verdad solo en cuanto a lo humano
que nunca muere, es Creador y Criatura,
es luz y sombra, Nada y Todo, Alma y Cuerpo.
Dios es el Hombre
que derrama su semilla
en la Tierra
como el agua nueva, que riega para siempre el universo.
Es el camino una ficción del Hombre,
pero en el Hombre se hace verdadero.












LA HERENCIA INDIVISA

Hay una herencia para el Hombre
que amasa el pan con sus manos,
la herencia de Dios, la Nada viva,
el animal que se acuesta en la tarde.
La herencia es esa gota de los mares
que viaja por si misma sin moverse,
el motor diamantino de las cosas.
La herencia es la luz, la esfera alada
del planeta que se sostiene en el aire
atraído por el espejo del Sol.
Es la Casa del Amor, la Tierra sembrada
de Palabra nacida de silencio,
el horizonte hacia el cual se camina,
la promesa de un limpio paraíso
que sin fin existe: la Esperanza.

De “La Semilla en el Surco”










IV

GLORIA

La vida, donde cielo y mar se juntan
- digo el sentimiento y el sentido-
es la sustancia de lo perseguido,
el destino que todos se preguntan.

El mar y el cielo infinito apuntan,
escala hacia el reino desconocido,
todo es recuerdo, aunque parece olvido,
todo son dioses que de un Dios despuntan.

La vida es la montaña de la mente,
y cuya superficie es la palabra,
de amor comunicado es su materia.

Todo confluye en su invisible frente,
que la patria del horizonte labra
más allá de la sombra y su miseria.

De “Poemas de la Luz Invisible”












Lo bello es lo sencillo, flor abierta
a la luz de las interpretaciones.
La medida aparente
de la verdad es la virtud: belleza
donde arde el testimonio que formamos.

De “El Alma Dilatada”










DIVERSIDAD DE LA VIDA

Este tilo de copa encendida, en lo alto de este otero hecho de sentimiento, en el que los gavilanes se cuelgan y los tordos descansan de su vuelo, en el que la tórtola arrulla y la culebra se duerme, estuvo aquí desde siempre. Quiero decir, nunca dejó de tener forma. Cuando nací, me acostaba ya en su sombra a jugar con mi peonza de ilusión y mi madre tendía a secar mi ropa en sus ramas. ¡Cuántas veces quise contar tus hojas, tantas como mis emociones, y no pude tan solo no pasar de cien! Recuerdo una ocasión en la que competí por clasificar cada una de sus ramas en grupos según su tamaño y grosor con Celso, el hijo del panadero. Ninguno de los dos logramos nuestro propósito, pero cuando llegamos a casa, cada uno le contó a sus padres que había ganado, y que el tilo era únicamente uno más de nuestros pensamientos. Después vino la guerra, quiero decir, los intereses, y olvidamos durante varios años el tilo. Estudiamos cada uno por su cuenta allá en otra parte, y no nos volvimos a ver nunca más. Tal vez seamos los dos el mismo, uno solo en el acto de mirar el tilo, el referente, el centro, el cuerpo de la palabra. ¡Qué misterio: un tronco que emerge de la tierra oscura y que se expande en ramas y en hojas distintas e irrepetibles! El rostro inacabable de la luz del amor, del cual la oscuridad de la muerte es un mero rasgo.

De “El Grado de la Aurora”









VI

Suena el desgaje del viento,
procesión y familia de inmanencias.
Zurea el fruto creador
en el equilibrio –máquina del alma-.
Zurea el fruto, asombro ya,
y boca tenebrosa de distancia.
Y una casa blanca, conductiva,
isla primaveral, en el alero,
en la zahorra de la calle-niebla,
en la humildad de verdor cristalino,
pareja proverbial de dimensiones.
El Pastor,
el Tiempo,
misterio de oro,
silba con el cuerpo de su rostro
en el vientre de tu boca, Ser.

De “Cristal Sonrisa”














XXIII

Soy un átomo
una carabela ínfima en el mar,
que en su búsqueda absorbe el paisaje
y se llena despacio de cada cosa.
No me quedo en el puerto
escondido entre fardos que flotan sin destino,
y me esfuerzo en descubrir otro continente,
me esfuerzo en descubrir al Otro.
Sé que este pequeño buque
será mañana, o pasado mañana, la Tierra,
se transformará en piedra su camino
y formará parte de la verdad en la que se asienta el Hombre.
No naufragará la Búsqueda,
porque resucita su deseo en cada estación del viaje
y no ha de haber frontera para el mensaje de su voz.

De “Descubrimiento del Viaje”














IV

El ojo de la altura se desprendió del sueño
para nacer de nuestra mirada.
Indeclinable de la luz pensante
de la luz amante antes del cuerpo humano
del mundo como río que regresa.

El ojo de la altura cayó al fango del tiempo
- como la sombría brecha de un milagro-
y humedeció de aroma las tinieblas.
No lloremos
su reloj caído en nuestras manos sin tesoro,
pues su magnitud solar barrió la piel.

El ojo de la altura fue moneda y herida
Dios invisible de sí mismo
desconocido en el trago de la noche mortal.

Solo nuestra mirada
en su esfera fue lenguaje
que despertó el latido del tiempo.

Solo su mirada fue luz de nuestra luz.

De “Veinticuatro claves para un coro”












SABER MIRAR

Cuando miras, alma trémula del tiempo, hacia abajo,
hacia tu materia, ves ruina que cubre la tierra,
pálidos y desteñidos muertos bajo el silencio,
gemidos que a tu oído llegan desmayados.

Esa es la noche dura de tu soledad.

Pero si alzas y enderezas tu música
hacia los no confines del desnudo canto
ardiente del sol que te ha formado,
te hallarás a ti mismo, y vivirás,
y verá la mirada de tu ser los ángeles
con el rostro iluminado de los antiguos muertos
rompiendo el fiel hechizo de la noche
que supo preservar tu despertar.

Ese será el día de tu alegría,
futuro siempre,
en tu busca creciendo
con la medida de tu amor vivido
y con la forma de tu corazón.













LA LLAVE DEL TIEMPO

La llave del tiempo abre la puerta de la casa,
blandamente y despacio, girando su verdad.
En la mesa el mantel se tiende silencioso
y hay velas encendidas alumbrando un retrato.
La cerradura cruje, se cobija,
noche frágil,
en el jarrón florido del deseo
que inunda de llamas aladas
el pobre paisaje.
Y toda magnitud es soledad que consagra
el canto del pájaro celeste en la ventana.

De “Propiciación”