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miércoles, 14 de diciembre de 2011

5534.- JOSÉ CARLOS BECERRA


José Carlos Becerra (Villahermosa, Tabasco; 21 de mayo de 1936 - Brindisi, Italia; 27 de mayo de 1970) fue un poeta mexicano.

En 1953 obtuvo el primer lugar en un concurso estatal a nivel preparatoria con el texto titulado "Apología de Hidalgo". A partir de 1954 publicó en la prensa de Villahermosa cuentos y artículos varios. En un concurso estatal de cuento, celebrado en 1956, obtuvo el tercer lugar con "El ahogado" (tema que reaparecerá en dos textos de distintas épocas y en muchas alusiones dispersas). Por entonces redactó los primeros versos suyos que conocemos e inició su amistad con Pellicer.
Más tarde entró a la Escuela Nacional Preparatoria, y luego en la Facultad de Arquitectura, igual de la UNAM.
Tras la represión del movimiento ferrocarrilero encabezado por Demetrio Vallejo, en marzo de 1959, Becerra escribió un poema civil: "Vamos a hacer azúcar con vidrios", que recoge Marco Antonio Acosta en su Antología de poetas tabasqueños.
El año de 1964 fue decisivo para Becerra pues murió su madre, a cuya memoria dedicó "Oscura palabra" editado por Arreola en 1965, comenzó a escribir "Relación de los hechos", y a publicar en las revistas El Corno Emplumado, Cuadernos de Bellas Artes, Cuadernos del Viento, Diálogos, Pájaro cascabel, Revista Mexicana de Literatura, Revista de la Universidad de México y en los suplementos: La Cultura en México y El Gallo Ilustrado.

Primeros reconocimientos
Después de ganar en 1966 premios de poesía en Villahermosa y en Aguascalientes, en 1967 publicó "Relación de los hechos" y participó en el volumen colectivo Poesía joven de México y figuró entre los becarios del Centro Mexicano de Escritores. fin
Era redactor en una agencia de publicidad cuando en 1968 sucedió la matanza de Tlatelolco. Fue de los primeros poetas que protestaron contra el crimen: "El espejo de piedra" apareció en La Cultura en México el 6 de noviembre.

Su residencia en Europa
Al serle concedida la beca de la Fundación Guggenheim, a finales de septiembre de 1969 salió para Nueva York y de allí hacia Europa. Se estableció durante seis meses en Londres, donde pudo satisfacer su vocación narrativa escribiendo "Fotografía junto a un tulipán" y siguió trabajando en lo que él consideraba un nuevo libro de poemas y eran en realidad tres libros bien diferenciados: La Venta, Fiestas de inviernos y Cómo retrasar la aparición de las hormigas.
Durante este periodo, sostuvo una breve y efímera relación amorosa con la entonces estudiante Silvia Molina, quien en 1977 escribió una novela en la que describe y ficcionaliza su amor: La mañana debe seguir gris.
En marzo de 1970, tras romper con Molina, y en compañía de otra joven, Becerra inició su viaje por el continente. Pasó por Alemania, Francia, recorrió España y en Madrid se reunió con Vicente Aleixandre. Su proyecto era llegar a Grecia y volver a Inglaterra, pues la Universidad de Essex lo había designado profesor invitado.

Su fallecimiento
La mañana del 29 de mayo, un cable publicado en la tercera página del Excélsior sorprendió con su escueta brutalidad a los amigos de Becerra y sin embargo dejó creer a algunos que podía tratarse de otra persona, pues en la nota se mencionaba que "El arquitecto mexicano Carlos Becerra Ramos murió hoy en un accidente de carretera, en las cercanías de San Vito de los Normandos. Tenía 34 años de edad (sic)".
Por la tarde la noticia estaba confirmada: el arquitecto Carlos Becerra Ramos era ciertamente el poeta José Carlos Becerra. Se sabía también que su muerte ocurrió el miércoles 27 y no el jueves 28 como informaba el cable de ANSA. Con todo, de no haber sido por al publicación de este lacónico despacho, el cónsul de México en Nápoles hubiera sepultado el cadáver en la fosa común de Brindisi y rematado en subasta pública las pertenencias de Becerra, entre ellas los manuscritos de los tres libros inéditos.
La noche del 4 de junio de 1970 llegó su féretro a México, al día siguiente, José Carlos Becerra fue sepultado en Villahermosa, Tabasco. Murió a los 34 años y 6 días.
Su obra poética íntegra fue editada en el volumen El otoño recorre las islas en 1973, con prólogo de Octavio Paz.[cita requerida]
En 1996, Álvaro Ruiz Abreu publicó La Ceiba en Llamas, biografía definitiva sobre Becerra.





Paisaje en desnudo

desnudo de mujer,
senos que no están ciegos y conocen las aves,
hombros y espalda donde la luz del sol parece estar
pensando,
vientre cruzado por una secuencia de fugaz infinito,

desnudo de mujer,
concentración de la tierra y lo humano,
estatua de la naturaleza,
más blanca que el sollozo de un ángel,
más morena que una mañana en la selva,
más viva que la sonrisa del sol en la vela de un bote de
pescadores,

desnudo de mujer,
vacilación del ámbar, probidez de la piedra,
vellón iluminado por un rayo de luna, por un rayo
de carne,
muslos separados como terminaciones del
anochecer,
cita con el origen, vida, potestad de la muerte,
humedad de universo, palabra final encontrada,

desnudo de mujer,
rodillas severas y más llenas de gracia que un
hoyuelo en la mejilla,
tobillos más dulces que la orilla de un estanque,
pies aposentados en su aire como delicias diurnas,

desnudo de mujer,
cuerpo que está volando sobre sí mismo,
piernas como un recorrido de cantos nupciales,
nalgas donde la redondez del mundo cobra sentido,

cuerpo que se desata de la noche,
cuerpo que se desata de sus astros como una batalla
naval,
cuerpo que se desata de las leyes que no son azules o
rojas,
cuerpo donde los marineros en tierra señalan el mar,
desnudo cuerpo, cuello, vientre, nalgas,
piernas concisas, vivas, entreabiertas,
desnudo de su desnudo, desnudo hasta el fondo de sí
propio
hasta tocar el fondo de sus aguas ocultas,
hasta tocar lo ilimitado de sus ríos,
desnudo de mujer,
arena, rosa, nave de verano,
viento…

De Los muelles











Oscura palabra
(Fragmentos)

A mis hermanas

Mélida Ramos de Becerra
† 6 de septiembre de 1964



4

Esta noche yo te siento apoyada en la luz de mi lámpara,
yo te siento acodada en mi corazón;
un ligero temblor del lado de la noche,
un silencio traído sin esfuerzo al despertar de los labios.

Siento tus ojos cerrados formando parte de esta luz;
yo sé que no duermes como no duermen los que se han
perdido en el mar,
los que se hallan tendidos en un claro de la selva más
profunda
sin buscar la estrella polar.
Esta noche hay algo tuyo sin mí aquí presente,
y tus manos están abiertas donde no me conoces.

Y eso me pertenece ahora;
la visión de esa mano tendida como se deja el mundo
que la noche no tuvo.
Tu mano entregada a mí como una
adopción de las sombras.


(20 de diciembre de 1964, México)



6

Yo sé que por alguna causa que no conozco estás de
viaje,
un océano más poderoso que la noche te lleva entre
sus manos
como una flor dispersa…

Tu retrato me mira desde donde no estás,
desde donde no te conozco ni te comprendo.
Allí donde todo es mentira dejas tus ojos para mirarme.
Deposita entonces en mí algunas de esas flores que te han
dado,
alguna de esas lágrimas que cierta noche guiaron mis ojos
al amanecer;
también en mí hay algo tuyo que no puede ver nadie.
Yo sé que por alguna causa que no conozco te has ido
de viaje,
y es como si nunca hubieras estado aquí,
como si sólo fueras —tan pronto— uno de esos cuentos que
alguna vieja criada
me contó en la cocina de pequeño.

Mienten las cosas que hablan de ti
tu rostro último me mintió al inclinarme sobre él,
porque no eras tú y yo sólo abrazaba aquello que el
infinito retiraba
poco a poco, como cae a veces el telón en el teatro,
y algunos espectadores no comprendemos que la función
ha terminado
y es necesario salir a la noche lluviosa.

Más acá de esas aguas oscuras que golpean las costas de
los hombres,
estoy yo hablando de ti como de una historia
que tampoco conozco.

(6 de febrero de 1965, México)



7

madre, madre,

nada nos une ahora, más que tu muerte,
tu inmensa fotografía como una noche en el pecho,
el único retrato tuyo que tengo ahora es esta oscuridad,
tu única voz es el silencio de tantas voces juntas,

es preciso que ahora tu blancura acompañe a las flores
cortadas,
ningún otro corazón de dormir hay en mí que tus ojos
ausentes,
tus labios deshabitados que no tienen que ver con el aire,
tu amor sentado en el sitio en que nada recuerda ni sabe,
ahora mis palabras se han enrojecido en su esfuerzo de
alzar el vuelo,
pero nada puede moverse en este sitio donde yo te respondo
como si tú me estuvieras llamando,
nadie puede infringir las reglas de esta mesa de juego a la
que estamos sentados,

a solas como el mar que rodea al naufragio
hemos de contemplarnos tú y yo,
nada nos une ahora, sólo ese silencio,
único cordón umbilical tendido sobre la noche
como un alimento imposible,
y por allí me desatas para otro silencio,
en las afueras de estas palabras,
nada nos tiene ahora reunidos, nada nos separa ahora,
ni mi edad ni ninguna otra distancia,
y tampoco soy el niño que tú quisiste,
no pactamos ni convenimos nada,
nuestras melancolías gemelas no caminaban tomadas de la
mano,
pero desde lejos algunas veces se volvían a mirarse
y entonces sonreían,
ahora un poco de flores para mí
de las que te llevan,
también en mí hay algo tuyo a lo que deberían llevarle flores
ese algo es el niño que fui,
ya nada nos une a los tres,
a ti, a mí, a ese niño,

(22 de mayo de 1965, México)














Betania

Homme infesté du songe, homme gagné par l'infection divine.
Saint-John Perse

He tocado esta carne y no he hallado otra resurrección que
el olvido
ni otra vehemencia que aquella de los labios pegados a la
noche,
a la oscuridad besada de los cuerpos,
a las palabras dichas para que las bocas resistan el
hierro nocturno.
La sangre también recuerda sus hechos de tierra
como un navío que cabecea en los muelles.
El cielo de este día es otra vaga historia,
el anochecer va posando sus alas sobre los nombres
escritos.

¿Dónde está lo que resplandece cuando el fuego
retrocede?
¿Dónde está aquello que no es vencido por el poderío de lo
que duerme?

Llovizna sobre la tierra como un arrepentimiento tardío,
como una voluntad de lavar en voz baja.

La magia ha arrojado sus armas en el centro de la
habitación,
la historia de Lázaro se ha convertido en pasto de
charlatanes de buena y mala voluntad,
y la consecuencia es este legado de carne envanecida de
su morir,
aquello a lo que llaman primer paso hacia la inmortalidad.
Todos los ríos levantan su copa hacia las nubes
pidiendo que se las llenen de infinito para beber
lentamente otra sombra,
todos los ríos esperan la alfombra de la luna, el cuarto
cerrado
donde al amanecer se desvisten los que se ahogaron
de niños.

Pero no es en la fruta acostada en su madurez
ni bajo el árbol donde el cielo detiene sus dioses ausentes,
donde los ojos se abren de nuevo.
Es en la impiedad de las estatuas, en las sordas
lecturas del azufre,
en la verdad del salitre, en el herbazal de la sangre.

La mirada entonces no yerra como no yerra el amor,
las mujeres danzan alrededor de su propio desnudo
y nos invitan a llorar por la muerte de sus astros.

Estos ojos de amor que me llevan se han abierto también
en los ríos,
en las arenas lavadas como alguien que pone en orden
sus recuerdos y luego se marcha.
Ríos que se levantan en silencio para abrirle la puerta al
océano,
al océano que entra sacudiendo los retratos y las
apariciones,
los lechos y sus consecuencias de sangre o de nieve.

Creo en lo oscuro de la materia pero su renombre no es
oscuro;
Dios ha entrado en su tumba tranquilamente
porque cree en el poder de los hombres para despertarlo,
porque los hombres se anuncian los unos a los otros
con una luz escarlata y colérica.

He respirado la indiferencia que me atañe,
el olvido que alguna vez tenemos en las manos como una
bella flor de papel.
Le he dado un nombre amoroso a mis culpas
y he temblado al creer en lo que me vencía.
He pasado tardes en silencio, mirando mi fraudulenta
resurrección
esperando un gesto revelador
para tomar la noche como un incendio.

La primavera ha pasado con sus voces de fruta,
con su tropel de sol en las mejillas,
el sudor ha sido hermoso como la espuma en las
adolescentes
el corazón ha dejado en la playa otra carta sin firma.

También la rabia espera ahora su reinado,
el sol camina sobre los ataúdes abiertos,
pero los muertos no han podido siquiera ofrecernos una
disculpa
por su ausencia, por eso la melancolía es más hermosa
que una columna griega.

He aquí esta mirada,
esta mirada nuevamente en las postrimerías de sí misma,
desplegada como un pabellón de guerra, como una lúcida
avanzada invernal.
He aquí que mi mano no tiembla al levantar la lámpara.
Hay espejos rotos semienterrados en la arena de la playa,
están las escamas de los días de verano;
y en la tarde plomiza el mar golpea con todo su cuerpo
como si quisiera despertar a la tierra hacia una luz más
honda...

Y hemos llorado, nos hemos visto correr en nuestras
lágrimas,
hemos alabado nuestras mejillas, hemos palpado a ciegas
otro cuerpo
que no venía en las lágrimas; entonces la tarde
parecía esperar en nuestros ojos.

Pero yo quiero ahora la otra mejilla del amor,
el lado no abofeteado aún por su propio silencio;
porque me he convencido de la soledad sin tregua del mar
y lo señalo
y me agobia ese resplandor de la luna en los cabellos de
los muertos.
Ahora veo lo que tarda en llegar y escucho el sonido de los
cuernos
anunciando la partida de caza.

De Relación de los hechos











La mujer del cuadro

Lo empiezas a saber,
tu amor va enseñando sus sales de baño, sus fiestas de
guardar, sus cenas sin nadie;
a veces, el esqueleto de tu ángel de la guarda
baila en tus ojos,
ciertas avecillas silvestres amanecen temblando en tus
manos,
ya el tufo de la crucifixión
no te hace taparte la nariz de niña “que no sabe nada”,
“que no entiende nada”.

Ya cruzas la puerta,
ya sabes que el dolor es un mensajero servil del infinito,
en tus ojos aquello que miras despierta en ti misma como
pequeños niños
que se sientan al borde de sus camas
esperando que vengan a vestirlos.

Ya asumes tu cuerpo, ya viajas en todo lo que te rodea,
a veces en tu sonrisa todavía aparece
aquella niña larguirucha “tan bien educada”,
pero tu esperanza enflaquece llamándote con voz cada vez
más débil
cuando ya no te dignas escucharla.

Extrañamente hermosa eres ahora tu propio fantasma,
en tu alma han entrado la carne del mundo y la tuya
confundidas,
apiñadas por el mismo placer, revueltas por el mismo dolor.
Desnuda, la ropa que te acabas de quitar
ya no reaparece en tus ojos,
tu mirada y tu voz entonces también se quedan desnudas,
te quedas desnuda,
y por tu desnudez pasan los templos antiguos, las
oraciones, los heridos de guerra y los cánticos de guerra,
los mares lejanos y también la vida posible en otros
planetas.
Ya tu cuerpo comprende lo que significa ser tu cuerpo,
lo que significa que tú seas él;
tu cuerpo extendido a lo largo de tu amor, a lo largo de
tu alma,
y todos los barcos que zarpan de tu corazón llevan ahora
las luces apagadas.

Ya te has probado en ti
y un hombre no es el extraño invasor que conocías,
el esposo prudente, el hombrecito que cariñosamente te
mataba un momento
por unas cuantas caricias, por unas cuantas monedas.

Pero sabes también que no existe el triunfo que alguna vez
deseaste,
por eso en tu mirada puede oírse
el ruido del mar golpeando las costas solitarias y a veces
el chillido de un pájaro detrás de la niebla o la llovizna
pertinaz.

Ven aquí con tu colección de mariposas, con tus antiguos
juguetes que ya no existen
y que parecen burlarse de ti desde ciertos rincones,
ven aquí con tus segmentos de niña asombrada.

Ven a mirar mis osos polares.
Ven, ahora que sabes que también en los labios aparece
—sin que nos demos cuenta—
el beso monstruoso y bello
de aquello que todavía llamamos el alma.

De Relación de los hechos









La corona de hierro

Yo podría también en este umbral, junto a la precaria
armadura de tu olvido,
enumerar los hechos construidos y destruidos por el amor;
yo podría si alguno de los dos lo quisiera, si alguno de
los dos mirara hacia ese sitio,
en el remoto estallido de algún verano,
en el arco de un día de serpientes, en la claridad de una
convalecencia gozosa
en el reflejo de una tarde abandonada en el túnel de lo
que no pude decir,
y esta enumeración inventora de frutos y luces de guerra,
donde el corazón ennegrecido chisporrotea
igual que una hoguera que el invierno luce en el pecho
como un coral amargo.

Yo podría tal vez en otros vestigios,
en otros vendajes donde la herida haya sido apagada,
en la otra historia de tus ojos donde el abismo vuelve a ser
la florecilla silvestre
de los días de la infancia;
yo podría, te digo, enumerar aquí esos hechos
y también aquellas tardanzas que las lluvias de octubre
practicaron en mi pecho,
esa humedad de lo muerto que a veces no comprendemos
y cuyo olor impregna nuestra alma de sumisa nostalgia.
Podría entonces con mis carencias de mar,
con mi máscara que no fue tallada en ningún taller audaz
del alma,
caminar por esos actos que tú y yo transcurrimos, que tú
y yo hicimos pasar.

Ninguna otra fuerza entonces, ninguna otra religión que alimentar con esa cierta placidez del desamparo
por esa libertad congénita ante la enfermedad de los dioses;
sólo esas palabras con su aire de carne, con su bosque de
sangre,
con sus extrañas colindancias con el hierro,
enumeradas al borde del mundo por aquellos que deciden
partir
y extraviar la semejanza de su lenguaje con el lenguaje de
los poseedores de su ciudad.

Aún entonces tal vez, y siendo así no lo supimos, cuando
la noche, ella misma,
puso en las sienes de la ciudad la antigua corona
y la soledad era un perrillo faldero que lamía las manos
de sus dueños,
y los astros, más acá de su lejanía, retocaban el olvido
de los hombres
y todos se acomodaban en sus propias estatuas
para describirse a sí mismos aquello que llamaban
sus incertidumbres.

Ésa sería la súplica y el desdén, tu tierno ademán,
el autobús donde no consigues escaparte,
la habitación donde no consigues la paz,
el libro que no te regresa la antigua pasión, el rojo
descubrimiento;
ése sería el nuevo encuentro, la antigua manera de
comenzar, de devolvernos;
tu cuerpo desnudo envuelto por la penumbra de la
cortina como por una desnudez más amorosa aún y más
imposible,
la aparición del mar en la mano que lleva la caricia como
una lámpara,
todo lo que al besar un cuerpo nos incumbe;
tus senos donde la blancura enciende sus primeras señales,
tu vientre donde la oscuridad alumbra mis manos,
tus cabellos de día de lluvia,, tus ojos de anochecer sobre
los edificios y sobre las cúpulas,
mientras bajamos los escalones del deseo escuchando el
golpe del viento en las más altas ventanas,
y en todos los sitios donde la noche enciende los cuerpos
enlazados
como antiguos y eternos sistemas de navegación.

Y toda tú caída de tus ojos, parte de ti caída de tu alma,
sin súplica elocuente,
herida por el beso que te reconoce y te alza, te desordena
y te copia en todos los modos del amanecer,
entraste en ese rumor, en esa sombra que me envolvía
lejos de aquellas costas donde el olvido y el mar alzan la
noche
y la palidez de las manos da a lo acariciado un atavío
remoto que no alcanzamos nunca.

Vasto conocimiento y vasta ignorancia;
en la noche de esa mirada, en la ciudad oculta por las uñas
de sus habitantes,
por el cansancio de sus desórdenes y la prisa de sus
incertidumbres,
¿qué otra palabra, qué otra caricia
donde el coro de las antiguas sirenas saque a relucir los
gestos de nuestra infancia caída,
de nuestra anciana infancia a la sombra implacable del mar?

Si, yo tal vez pude decírtelo, tú pudiste tal vez escucharlo,
o tal vez soltando la cortina que te envolvía, alzando los
hombros
o tarareando una canción que no recordabas bien,
caminaste,
cruzaste frente a mí o hablaste mientras te vestías en la
otra habitación,
diciéndome: “Está bien, está bien, ¿pero estamos seguros
de algo?”

Y esa seguridad que me hubiera gustado invocar,
esas constancias de las que tu cuerpo quizá guarda
memoria,
o esos momentos en que yo despertaba y aún con los ojos cerrados, heridos por el sol,
repetía como tú: “¿Pero era seguro? ¿Pero era verdad?”
Y recordaba tu sonrisa que mezclaba la noche con el alma
más íntimamente que lo oscuro,
y combatía con ese ademán estricto del vacío,
con la pereza del desconsuelo que casi era el alivio,
la sordera final,, la calle en silencio.

Y fue así como todo fue cumplido, como no debiste
preguntarme;
fue así como se hizo innecesario responderte
cuando ya no queda otra alabanza, ningún otro sonrojo,
ninguna otra adversidad,
ningún otro olvido,
que aquellos que establecen nuestros propios silencios.

Así se ha cumplido todo,
y ahora en este sitio
somos discípulos de esta noche milenaria y confusa,
de esta música atroz, de esta ciudad, de estas palabras
donde es necesario dejarte y dejarme.
Alimentados por el pan cautivo y la leche cautiva
aquí recordamos y olvidamos, aquí nuestros ojos cambian
de ojos,
aquí entregamos el sueño.

…y por las calles de la ciudad el invierno se yergue
como un guerrero blanco.

De Relación de los hechos













El halcón maltés

A Carlos Monsiváis

Ahora, cuando tus sistemas de flotación se han reducido a
tus retratos,
a las vías por donde vas desapareciendo de ti mismo,
borrándote de aquello que querías;
a tu resurrección le crece el mismo musgo que a tu cuerpo
invisible atrapado por la visibilidad de tu retrato,
y todo aquello
que pensaste que amabas o simplemente odiaste de paso,
resplandece de nuevo fuera de ti en la piedra angular de
otro escalofrío,
mientras alguien que cruza la puerta de salida de tus
retratos, siente cómo la noche rebosa tu muerte en uno
de esos bares situados
en el subsuelo de cualquier viejo edificio de la Tercera
Avenida
al mismo tiempo que en otro lugar vuelven a encenderse
los reflectores que te iluminaban
o acoplaban la sombra de alguno de tus gestos, de tus
meditados descensos al infierno,
donde el olor de la pólvora recubría a la figura que emerge
del espejo
frente al cual disparabas tu pistola.

Reconstruyendo, pues, lo que te iba rodeando,
lo que ibas rodeando con la misma sobriedad de que se vale
un alcohólico
para rastrear la soga de su miedo,
valiéndote del polvo que en tu mirada iban depositando los
puñetazos
y la confusa humedad del amor;
el vaso de whisky en el centro de lo que callabas,
el viaje de la noche que alguno de aquellos reflectores
reproducía en tu rostro,
el frío cañón de una 38 automática apoyado en la boca del
estómago mientras la boca de la nada parecía
mordisquear el cañón,
y esa mujer de larguísimas piernas y rostro anguloso y voz
recién salida del amor o simplemente del humo de un
cigarro,
contemplándote desde la penumbra del bar,
mientras era en su cuerpo donde el infinito desmadejaba el
laberinto
que sustituye a veces al disparo de una pistola.

Ah sí, lo que tú codiciaste;
aquello que dejabas que tu rostro inventara,
aquello que no pasaron por alto tus puños y tu pistola, tu
mueca y tu sonrisa interminablemente mezcladas,
obsesionadas la una de la otra como dos locos puestos a tu
servicio.
Sí, nada quedó de aquello
y tampoco de aquel despacho desde cuya ventana
podían mirarse, entre los rascacielos, los muelles de San
Francisco.

Eran tus caprichos de luchador derrotado, era tu burlona
mirada,
eran los espacios ocultos donde no cesabas de cicatrizar,
en cualquiera de aquellas escenas donde estabas a punto
de cerrar la puerta a tus espaldas anulándolo todo;
con el rostro magullado por los golpes y por las patadas,
buscando tú también aquel Halcón Maltés en el que nunca
creíste,
porque tal vez era de mala suerte para encontrarlo creer
en él,
o porque quizás la esperanza te hubiera conducido más
rápidamente a esa derrota
que, pese a todo, nunca esperaste.

Sí, todas aquellas,
enfundadas en sus medias de seda,
enfundadas en su ronda de carne cuya espuma es necesario
detener,
en sus vacíos de botella encontrada en el mar sin el
imaginado mensaje,
todas aquellas se perdieron en otras que ya no te
contemplan ni te esperan,
imágenes donde la penumbra de la sala de cine construye
su nublada y salitrosa reunión,
allí donde el dolor corrompe al asombro.

Ah, qué viejo, pero qué viejo se ha vuelto ese ring
donde tanto luchaste,
qué cansado se ha vuelto aquel heroísmo,
cuántos pasteles se elaboran con ello, y ya nadie
se los estrella a nadie en la cara como tú sabías
sutilmente hacerlo.
Pero observemos con atención ese ring vacío,
evitando la luz universal de los reflectores, observemos
esa blanca superficie vacía. Observemos,
simplemente los dados echados sobre esa superficie o mesa
de juego,
simplemente los dados echados,
y los jugadores que acaso queden, ocultos
en la sombra, mirando los dados.
Y en esa inmovilidad, que es además la única explicación
del movimiento, el único molde del movimiento;
podremos sentirte a ti desapareciendo,
abandonado por tus sistemas de flotación y transcurso;
desapareciendo sin cesar por todos los límites y las
colocaciones de esa mesa o superficie que va a
iluminarse,
a una distancia infinita de esa mesa
donde el movimiento vuelve a comenzar sin que el molde
desaparezca por ello.
A una distancia infinita del ruido donde esos dados repiten
la jugada,
asociando otra vez los hundimientos del sueño
con la suma donde los dados crían
ese vacío adherido a lo que va apareciendo.

Atrapado por el agujero en que te has convertido,
sin poderte salir vas pasando a través del ruido de esos
dados que siguen rodando por la mesa cuando tú ya te
has levantado,
cuando sólo derivas hacia el lugar donde el vacío se hace
visible;
a una distancia infinita de esa mujer que canta un viejo fox,
Night and day, por ejemplo,
junto al piano de un bar
—si es que dicha escena puede repetirse—
a una distancia infinita de esa canción y de esa voz
elaborada “con lo mismo que se fabrican
los castillos en el aire…”

De La venta











Batman

Recomenzando siempre el mismo discurso,
el escurrimiento sesgado del discurso, el lenguaje para
distraer al silencio;
la persecución,, la prosecución y el desenlace esperado por
todos.
Aguardando siempre la misma señal,
el aviso del amor, de peligro, de como quieran llamarle.
(Quiero decir ese gran reflector encendido de pronto…)

La noche enrojeciendo, la situación previa y el pacto previo
enrojeciendo,
durante la sospecha de la gran visita, mientras las
costras sagradas se desprenden
del cuerpo antiquísimo de la resurrección.

Quiero decir
el gran experimento,
buscándole a Dios en las costillas la teoría de la costilla
faltante,
y perdiendo siempre la cuenta de esos huesos
porque las luces eternamente se apagan de pronto,
mientras volvemos a insistir en hablar a través de ese
corto circuito,
de esa saliva interrumpida a lo largo de aquello que
llamamos el cuerpo de Dios, el deseo de luz encendida.

Llamando, llamando, llamando.
Llamando desde el radio portátil oculto en cualquier parte,
llamando al sueño con métodos ciertamente sofocantes,
con artificios inútilmente reales,
con sentimientos cuidadosa y desesperadamente elegidos,
con argumentos despellejados por el acometimiento que no
se produce.
Palabras enchufadas con la corriente eléctrica del vacío, con
el cable de alta tensión del delirio.
(Acertijos empañados por el aliento de ciertas frases, de
ciertos discursos acerca del infinito.)

Recomenzando, pues, el mismo discurso,
recomenzando la misma conjetura,
el Clásico desperfecto en mitad de la carretera,
el Divinal automóvil con las llantas ponchadas
entorpeciendo el tráfico de las lágrimas y de los muertos,
que transitan Clásicamente en sentidos contrarios.
Recomenzando, pues, la misma interrupción,
la pedorreta histórica de las llantas ponchadas,
el sofisma de cada resurrección,
el ancla oxidada de cada abrazo,
el movimiento desde adentro del deseo y el movimiento
desde afuera de la palabra,
como dos gemelos que no se ponen de acuerdo para nacer,
como dos enfermeros que no se coordinan para levantar al
mismo tiempo el cuerpo del trapecista herido.

(Aquí el ingenio de la frase ganguea al advertir de pronto
su sombrero de copa de ilusionista;
ese jabón perfumado por la literatura con el cual nos
lavamos las partes irreales del cuerpo,
o sea el radio de acción de lo que llamamos el alma,
las vísceras sin clave precisa, los actos sin clave precisa,
la danza de los siete velos velada por la transparencia del
dilema;
y por la noche, antes de acostarse,
la dentadura postiza en el vaso de agua,
la herida postiza en el vaso de agua, el deseo postizo en el
vaso de agua.)

La señal… la señal… la señal…

Así sonríes sin embargo, confiando otra vez en tu discurso,
mirándote pasar en tus estatuas,
flotando nuevamente en tus palabras.
La señal, la señal, la señal.
Y entretanto paseas por tu habitación.
Sí, estás aguardando tan sólo el aviso,
ese anuncio de amor, de peligro, de como quieran llamarle,
ese gran reflector encendido de pronto en la noche.

Y entretanto miras tu capa,
contemplas tu traje y tu destreza cuidadosamente doblados
sobre la silla, hechos especialmente para ti,
para cuando la luz de ese gran reflector pidiendo tu ayuda,
aparezca en el cielo nocturno,
solicitando tu presencia salvadora en el sitio del amor
o en el sitio del crimen.
Solicitando tu alimentación triunfante, tus aportaciones al
progreso,
requiriendo tu rostro amaestrado por el esfuerzo de
parecerse a alguien
que acaso fuiste tú mismo
o ese pequeño dios, levemente maniático,
que se orina en alguna parte cuando tú te contemplas en
el espejo.

Miras por la ventana
y esperas…
La noche enrojecida asciende por encima de los edificios traspasando su propio resplandor rojizo,
dejando atrás las calles y las ventanas todavía encendidas,
dejando atrás los rostros de las muchachas que te
gustaron,
dejando atrás la música de un radio encendido en algún
sitio y lo que sentías cuando escuchabas la música de un
radio encendido en algún sitio.

Sigue la noche subiendo la noche,
y en cada uno de los peldaños que va pisando, una nueva
criatura de la oscuridad rompe su cascarón de un
picotazo,
y en sus alas que nada retienen, el vuelo balbucea los
restos del peldaño o cascarón diluido ya en aire;
y mientras tanto tú no llegas aún para salvarte y salvar a
esa mujer
que según dices
debe ser salvada.

¿En qué sitio, en qué jadeo
el sueño recorre el apetito reconcentrado de los dormidos?
¿Qué ola es ésa, que al golpear contra el casco
hace que el marinero de guardia ponga atención por un
momento, para decirse después que no era nada
y torne a pasearse por el cuarto, mirando de vez en cuando
por la ventana las luces dispersas de la calle?
¿Qué ir y venir está gastando el cuerpo de su andanza
contra el casco manchado, cubierto de parásitos marinos?

…porque de pronto has dejado de pasearte por la
habitación.
¿Acaso escuchas realmente ese ruido? ¿Ese ruido viene del
pasillo o viene de tu deseo?
(Cierta especie de ruido que tropieza con cierta especie de
silencio dentro de ti,
como alguien que se topa con una silla al caminar a
oscuras…)

¡Tal vez ya prendieron el reflector para pedirte auxilio!
¡Tal vez fue esa mujer quien lo encendió!

Pero no, todavía no,
nadie camina por el pasillo hacia tu puerta, nadie tropieza
con una silla dentro de ti,
y allí están doblados tu traje de héroe y tus sentimientos
de héroe,
listos para cuando entres en acción.
¿Pero por qué no han encendido ese gran reflector?
¿Es sólo el ascenso de la noche lo que deja sus cascarones
rotos en el aire?
¿Qué criatura de la oscuridad picotea para que el aire tome
forma de cascarón roto, de peldaño dejado atrás?
¿Qué es aquello que detiene de súbito tus paseos por la
habitación mientras te dices
“Acaso deba esperar otro rato”?

Y vuelves a asomarte por la ventana.
¿Es el zumbido de un jet que cruza el cielo rayándolo
fugazmente con sus pequeñas luces de navegación?
Y algo dentro de ti que tú crees que es la noche allá afuera,
cruje pisando cascarones rotos, peldaños donde el cuerpo
de su andanza deja un hilo finísimo de baba o soliloquio,
mientras retorna el fantasma de una mujer bandeado por
la oscuridad
donde el mar se encaverna después del zarpazo,
y ese fantasma, que es la otra cara de la espuma, repite
contra el casco del barco el golpe del sueño
salpicando al silencio desde lejos.

Y vuelves a asomarte por la ventana.
¿Es el zumbido de un jet que cruza el cielo?
¿Qué es ese ruido que te hace mirar tu traje y tu antifaz,
y asomarte después por la ventana?
Ir y venir alrededor de una silla,
enrevesado viaje alrededor de una silla, guardando el
equilibrio difícilmente
al caminar y girar sobre un hilo finísimo de saliva.

Ir y venir, habladuría alrededor de una silla donde está un
extraño traje doblado,
ir y venir alrededor de un viejo y descompuesto automóvil
que estorba el tráfico en la carretera,
gestos entrecruzados, habladuría de ventanas y escaleras
labrando la estatua cuyo sentido griego vacila y se viene
abajo en el trayecto entre una ventana y un reflector que
no se ha encendido,
mientras los cascarones rotos de la oscuridad crujen y se
disuelven bajo el brusco aleteo con que la oscuridad va
impulsando la noche.

Y otra vez te paseas,
¿quieres desovillar el hilo de saliva, el hilo de palabras sobre
el que te balanceas en precario equilibrio?
¿En qué juego de tus frases, en qué humillante silencio has
puesto el oído?
Y otra vez te paseas y otra vez te vuelves hacia la ventana,
pero ese resplandor… pero ese resplandor que descubres de
pronto,
es el amanecer,
palidísimo gesto de esa luz entre los edificios, donde el
silencio enhebra las pisadas lejanas de todo lo nocturno.

¿Y ahora
qué es lo que sientes que se aleja,
como alguien corriendo descalzo por la playa, entre la
niebla que la luz va a ocupar?
¿Y en esa claridad en aumento, acaso puede todavía
distinguirse
la señal de un reflector encendido?

Paseos alrededor de una silla donde está un extraño traje
doblado,
monólogo alrededor de una silla donde está un simulacro en
forma de traje doblado,
mientras el amanecer se deja llevar por su propia marea
ascendente, y por el ruido de las barredoras mecánicas
y de los primeros camiones urbanos
que aparecen por las calles desiertas.

De La venia










Como recordando a Dickens

En esta tarde sin más gato que una chimenea,
alguien me envía su reflector para esperar.
Esperar es el ámbito de una chimenea que no es llevada por
la tarde hacia ninguna parte.
Esperar es un gato que no existe, esperar es un ronroneo
donde la realidad no tiene la cuerda necesaria para
izarnos.
Pero esperar es también el único viaje conocido que
permanece en el gato que dejaron las chimeneas al
apagarse.

Cosas reunidas alrededor de la última página de ese libro
donde la tarde no volverá a llevarnos consigo.
Y están de más las chimeneas que solamente existen al paso
de ese gato que frota su lomo contra lo desaparecido
para tejerlo mejor
en un ir y venir entrecruzándose hasta lograr este tejido
donde esperar era el gusto de lo consumado.

Tal vez allá en ese sitio se desarma esta tarde,
en el retrato de una mujer que la memoria lame fielmente
sin comprobarlo
para inventar la chimenea, la oscura callejuela londinense,
el sórdido mercado;
un fuego que tiene ahora entonación de ceniza donde un
reflector para esperar enciende.

Y es ésta la causa por la que los gatos son la continuación
de las chimeneas o sucesos imprevistos en la ceniza,
en los cuerpos que no envían reflector o memoria que en el
lomo de un gato o frente a la chimenea convertida en
retrato de una mujer ausente,
acaso se dejaran todavía inventar.

De Fiestas de invierno