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domingo, 4 de diciembre de 2011

5470.- FRANCISCO GÓMEZ CAMPILLO


FRANCISCO J. GÓMEZ CAMPILLO
Popayán, 1968. Magíster en Estudios de la Cultura con Énfasis en Literatura Hispanoamericana, Universidad Andina Simón Bolívar, Ecuador. Docente de la Universidad del Cauca en el departamento de Español y Literatura. Columnista del diario El Liberal de Popayán. Libros publicados: “La tiniebla Luminosa”, Colcultura, 1983; “La Fisura del cántico”, Colección Literaria Estuario, 2000; “El viento y los colores”, Universidad del Valle, 2005.




Plegaria

Dios cara de gato,
Maúlla en mis entrañas,
Abre tus ojos brillantes,
Pisa leve mi tejado,
Pasa tu lomo inmenso
Bajo mi mano soñando,
Bebe de mi semejanza,
Duerme en mi sangre,
Juega en mi tiniebla
Con un hilo de colores,
Acecha los ratones
Que roen mi escritura,
No te comas la mariposa,
Dios cara de gato.











Nocturno

Otras veces sucede que uno se levanta
En la noche por una necesidad
O como si alguien reclamara auxilio en un cuarto remoto
Hacia donde sonámbulo uno se dirige.

En el trayecto aterran esas débiles claridades
En donde moran inmóviles las cosas de la casa
Y uno no mira el espejo oscuro del corredor
Presintiendo el rostro desfigurado que pasa.

Se va entonces por la penumbra con un cristal
Hasta el grifo y se oye el profundo gorgotear
De las tuberías invisibles hasta que el agua rebosa
El cristal y la mano siente la súbita quemazón.

Y uno bebe.











A partir de una imagen del I Ching

Sentado sobre la más perezosa raíz,
Mordiendo la carne de un fruto agotado
Bajo el árbol de ramas desmanteladas
Por los pensamientos en la propia vida,
Fugaz observo la inmóvil avenida,
Los autos que golpean veloces el aire
Y dejan unos huecos de ruido y viento
Donde se agitan muchedumbres de hojas secas.
En vano arrojo la red de lo que soy
A lo desconocido oculto en lo conocido:
Sólo hay eso: espacios donde mora lo indecible,
Misterios que raptan y ciegan la mirada,
Y muchedumbres de palabras perplejas
Que nada pueden retener de lo que nombran
Más que el vano nombrar que no se retiene
Bajo el árbol de ramas desmanteladas.











Escritura

La pena tiene un centro, pero el ovillo es intrincado,
Si lo hallaras sabrías qué es aquello que te entristece tanto.
En vano escribes como quien busca desenredar la vida,
Pero quizá no haya centro de la pena, ni siquiera pena,

Y sea la misma escritura el ovillo ilusorio y sin centro.











Geometrías despiertas

Los dedos se alargan como hilos de insomnio
Para tocar el florecimiento del último abajo
Pero el abismo interpone figuras geométricas
Donde los hilos del discurso duermen enredados.

Abro entonces la puerta que da a la noche
Y veo sobre los cuerpos invisiblemente encorvados
Gibas geométricas donde se acumula todo el peso
De las caídas en abismos que ya no despiertan.

¿Qué monstruo oculta ese triángulo isósceles
De mi frente brillante? Pregunto al erudito moribundo
Que lo acarrea como si fuera el último ladrillo
Para culminar la pirámide de todas mis dudas.
Oh misteriosa procesión de dodecaedros sin peso
Conectados al pavimento por un grujir de vértebras
En los abismos que los engendran mis manos saben
Que sus formas seducen el alma para el desvelo.











Amantes

Cómo has de abrazar el cuerpo de mi caída
Si mi caída es la lejanía de tu cuerpo
Si mi cuerpo y tu cuerpo ciegos se abrazan
O se pierden uno en el otro como dos espejos

Sin embargo caer es buscar tu cuerpo por las calles
Donde soy nada más que un deambular bajo los astros
Un decirme vertiginosamente tu cuerpo
Con la voz de mi caída sola brillando

Los pasos se ramifican en desorden formando
El vasto laberinto de todos mis alejamientos
Y mi cuerpo y tu cuerpo sombras son que se encuentran
Como dos cuerpos que al abrazarse se destruyen

En la ciudad donde los pasos trazan
El dibujo de una búsqueda sin centro
Donde aparecemos y desaparecemos como nubes
Prolongando la dicha o la desdicha o el juego.

Francisco Gómez Campillo en la actualidad es profesor de la Universidad del Cauca, donde ejerce la noble misión de preparar lo próximos talentos en las letras. Seguramente escalará nuevos y más altos peldaños en la escala más exigente del pensamiento estético, por eso, tal vez, tiene esa apreciación de cómo son los saltos en poesía:
La ciudad que se lleva dentro
Salta hacia fuera
Y en su lugar sólo queda la vasta oscuridad del salto

La oscuridad que se lleva dentro
Salta hacia la luz
Y en su lugar sólo queda el brillo del salto en el cielo

El salto que se lleva dentro
Salta como un gato
Y en su lugar sólo queda el ojo del gato contemplándolo

El silencio que se lleva dentro
Salta hacia el silencio
Y en su lugar sólo queda la música de todos los saltos…