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martes, 22 de noviembre de 2011

5403.- JOSÉ IGNACIO SERRA


José Ignacio Serra (Tarragona, 1961) es poeta, pintor y narrador. Licenciado en Literatura Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Premio Scorza de Poesía 1985. Se da a conocer como escritor e ilustrador en los años 90 en revistas; sobre todo en Versión Celeste (Madrid, 1990-93). Eugenio Granell presenta su primera exposición, No tengas miedo del universo, en 1995. Aparece en las antologías Poesía Ultimísima, Milenio, Aldea Poética II y La voz y la escritura. Ha publicado en SIAL Ediciones El libro quemado (Madrid, 2000), que incluye los poemarios: El libro quemado, Draglin y Los 22 enigmas oníricos de Draglin. También publicó la novela Antología de poetas recién asesinados (Ediciones Mar Futura, Toledo, 2005). Colabora en revistas con textos e ilustraciones. Participa en las Jornadas de Poesía Última 2001 de la Fundación Rafael Alberti y con ilustraciones en El traje y otros cuentos (Ediciones Nostrum, Madrid, 2002) y La cita y otros cuentos (Ediciones Nostrum, Madrid, 2003). Ha realizado performances y recitales en Colegios Mayores de la UCM. En el 2004 publicó el libro Pie de druida (Ediciones Vitruvio, Madrid), II Premio Rafael Pérez Estrada de Poesía






Danza de la muerte
Tríptico dionisiaco

I

Del no consciente abismo o duermevela,
Tránsito en que el arco iris
Del sueño nos invade,
Dejando levemente atado un hilo
Al peso de las sábanas
(El cuerpo que abandona su figura
Por un perfil de nube),

Surges precipitado en la mitad del salto
A la monotonía eléctrica
De la pálida luz en el vacío
Amarillo de habitación cerrada.

Cruje la mano histérica
Buscando apoyo y devolviendo el golpe,
Pistoletazo brusco del cristal
Contra su marco férreo.
Lanzas a través de la noche un grito
Que se hunde en la voz de la tormenta.

En el pie de la noche se detiene
Indecisa la mano
Y al fin se vuelve espejo de la luna
Tu rostro que refleja interrogante
La percha de marfil del escenario.









La espada en el ágata/Little killer

SUICIDAS A LOS DOCE

Y desnudos al amanecer los encontraron.
Llegaron con el sol las moscas a morder y desovar en la carne dormida.
Cabe toda la muerte en el cuerpo más pequeño,
cabe todo el amor en su corazón de paloma,
todo el grito en su boca no saciada, todo el odio en su cerebro despierto,
todo el deseo en sus manos inquietas.
Ninguna nota dejaron : para qué decir adiós a los cadáveres.
Llegaron con el sol las moscas, a morder y desovar en la carne dormida ;
las moscas, los periodistas, los curiosos, la policía, yo mismo, nadie.
Temblad cuando los niños dejan de ser hombres secretos.
Todo poema corre el riesgo de carecer de sentido. Arrodillaos.
Dos dioses han muerto en holocausto.







Temprana soledad en el escándalo

-Venid y desnudémonos en esta playa insólita- les dije, queriendo hacer real lo imaginario.
Y, aunque no desnudos, dos me acompañaron, al límite del sueño.
Alguien nos delató, se impuso la realidad, el poder del número y el aborrecimiento de lo otro y lo distinto.
Cómplices en la burla, arrojaron la ira de la ley y el peso del ridículo contra el perfil marcado del rebelde.






La habitación de piel caliente

Donde jugara las escondidas era la sola razón para el secreto, sin ver más que la piel, la piel sobre los ojos, en un paisaje de plumas abrasadas, la habitación se hizo de carne entre nosotros, pues, ciegos de caricias, nos absorbió el fulgor de lo caliente y en el fuego nos halló la eternidad.





NADIE ES PERFECTO

Súbitamente comprendió dónde estaba.Las sonrosadas nalgas de Caronte se enseñoreaban, insultantes, de su percepción; ya que, como semidiós pagano, conservaba su cuerpo material eternamente y sabía mostrarlo sin vergüenza.A medida que impulsaba la barca con su pértiga, la raja del culo de Caronte se agitaba, contrayéndose y distendiéndose a apenas quince centímetros de donde hubieran estado los ojos en su lívido y translúcido rostro ensombrecido por la capucha del sudario, según juzgaba él al contemplar los semblantes pálidos e irreconocibles de los otros.- ¡Paren esta farsa! – dijo – Yo soy católico.El guía sobrenatural volvió hacia él su diáfana mirada y sonrió, divertido con el atrevimiento del difunto.- Nadie es perfecto – contestó, en tanto retomaba su monótona tarea.








Mas he aquí que somos esta rosa
caída, del ojal, a un joven de oro:
¡no la toques!...mira en cambio la luz
que mana de este cuerpo
herido por el rayo.