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lunes, 7 de noviembre de 2011

5279.- HÉCTOR CARRETO



Héctor Carreto nació en la Ciudad de México en 1953. Es licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas (UNAM). Ha publicado los siguientes volúmenes de poesía: ¿Volver a Ítaca? (1979), Naturaleza muerta (1980), La espada de san Jorge (1982), Habitante de los parques públicos (1992), Incubus (1993), Antología desordenada (1996), Coliseo (2002), El poeta regañado por la musa, antología personal (2006) y Poesía portátil 1979-2006 (2009).
Ha obtenido los premios nacionales “Efraín Huerta”, “Raúl Garduño”, “Carlos Pellicer para obra publicada” y el “Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2002”. También mereció el “X Premio de Poesía Luis Cernuda 1990”, en Sevilla, España.
Sus poemas se han traducido al inglés, italiano, francés, portugués y húngaro. Además ha traducido y divulgado la obra de autores de lengua portuguesa, así como es autor de diversas antologías de escritores mexicanos y extranjeros. Recientemente publicó una antología sobre el epigrama contemporáneo en español: Vigencia del epigrama.
Fue miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte (periodo 2001-2007) y es profesor-investigador de la Academia de Creación Literaria de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). También escribe cuento.


Antología poética:


La cierva

Soñé que el ciervo ileso pedía perdón
al cazador frustrado.
Nemen Ibn el Barud

De pronto tú
recostada en un claro del bosque
manjar sereno
¿Intacto?

Tensé el arco
y disparé
sobre ti
rápidas palabras
red para cazar lo inasible.
Pero ninguna letra
fue salpicada por tu sangre:
entre un adjetivo y otro
saltaste
más veloz que la luz de la flecha.

Una vez más
mi palabra no alcanzó a la Poesía.

Ilesa,
sobre la rama de un árbol
pero con lágrimas en los ojos,
me suplicas:
“inténtalo de nuevo,
inténtalo de nuevo.”





El poeta regañado por la musa

“Ante sus cabellos, el viento
fue incapaz de enredarse.
Intactos, sus labios permanecen.
Sólo la luz –camafeo– fijó el recuerdo”,
fueron los versos que escribí pensando en Ella.

Después de leerlos, la Musa marcó mi número:
“¿Por qué me describes con palabras de epitafio?
Según mi espejo de mano, no estoy muerta
ni soy estatua.
Tampoco quieras que me asemeje a tu madre.
¿Estás enfermo, o qué sinrazones
te obligaron a cambiar de poética?
¿Acaso aseguras un túmulo en la Rotonda
de los Ilustres,
en el Colegio Nacional,
o paladeas dieta vitalicia?

Escúchame: no escribas más como geómetra abstraído,
en un lenguaje de cristales que entrechocan,
capaz de pintar una batalla como ramo de madreselvas.

Confía en el instinto: que tus labios refieran con orgullo
mi talento en el baile, mi afición por el vino.
Presume al lector de mis piernas en loca bicicleta,
de los encuentros sudorosos, cuyos frutos
son tus epigramas.

Tampoco ocultes que tenemos diferencias.

Entre la musa que riñe contigo y la que duerme en un lienzo,
no dudes: confía en el instinto.”





La conquista del espacio

Aun distantes, las estrellas se parecen a tus ojos.

“Otra expedición al cielo,”
anuncian sin emoción los medios.

No son aventureros los tripulantes.
Los remos son teclas
que oprimen los astronautas, los ingenieros electrónicos,
los políticos del Espacio.
(No buscan tesoros sagrados
sino una verdad menos candente.)
Para ellos Júpiter, Saturno, Venus y Mercurio
no son deidades
–no influyen en nuestras emociones–;
tan sólo son puntos donde puedan clavar un estandarte.

¿Cuándo volará un poeta
en una nave de la NASA,
que cante la guerra desatada por dos opuestos
y a la belleza inédita de tan distantes paisajes?

No importa:
Homero fundó el mito de Occidente
sin haber visto jamás las murallas de Troya.
(Con ojos sellados presenció el descenso de los dioses.)

Yo canto a las constelaciones
sin saber leer los mapas
y sin haberme envuelto
en el manto
de ninguna galaxia.

He viajado más lejos, más allá de las ciencias exactas:
ayer me acerqué al enigma de tus ojos abiertos.





[Alicia, carta de]

Para Agustín Contreras

Señor mío Jesucristo,
Dios y hombre verdadero,
te ruego clemencia y libertad
para un amigo muy querido
juzgado y sentenciado
por el Papa y su ejército de naipes.
Su nombre: Lewis Carroll.
Motivo: amar corazoncitos tiernos.
Y es verdad, lo reconozco:
A mí me dio placer antes de tiempo,
pero no tenía alternativa:
en el jardín no afloraban mujeres
sino yeguas y gallinas disfrazadas.

Señor:
él es un tipo inteligente,
sin intenciones de seducir a niñas de encaje blanco,
¡qué va!, tan sólo busca la pureza
(por eso también ama las matemáticas).

Si no lo absuelves, Señor,
si no le das su libertad,
romperé mi catecismo
y votaré por Freud en las siguientes elecciones.






[Santa Frígida, Confesión de]

Cristo, esposo mío,
te confieso un desliz:
fue aquella noche muy oscura,
¿la recuerdas?
Tenía mucho calor
y me desvié
hacia la fuente.
Allí se apareció
frente a mis ojos
el demonio,
más parecido al minotauro Héctor
que a un ángel caído.

Y me desnudó como a una fruta.
Me mordió
¡ay!
me mordió todo el cuerpo.
Yo sentí sabroso alivio
en refrescar esos labios.

Pero no te enojes, amado mío,
te traigo intactos
el alma
la cáscara
y el hueso.






Tentaciones de san Héctor

Señor:
He pecado.
La culpa la tiene Santa Dionisia,
la secretaria de mi devoción,
quien día a día
me exhibía sus piernas
–la más fina cristalería–
tras la vitrina de seda.
Pero cierta vez
Santa Dionisia llegó sin medias,
dejando el vivo cristal al alcance de la mano.
Entonces las niñas de mis ojos
–desobedeciendo la ley divina–
tomaron una copa,
quedando ebrias en el acto.
¡Qué ardor sentí
al beber
con la mirada
el vino de esas piernas!
Por eso, Señor,
no merezco tu paraíso.
Castígame; ordena que me ahogue
en el fondo de una copa.


La comezón del séptimo año




[tentaciones en el cine]

Señor:
devuélveme la luz
a cualquier precio.

Mira:
una noche
descendí
a la noche de un cine.
La imagen que allí se apareció
era más bella
que la virgen:
irradiaba tanta luz
que causó la envidia de la copa
–su vestido.
Dos gardenias (sentadas junto a mí) se marchitaron.
¿Por qué los pies brillaban más
que el charol de los zapatos?

Los subtítulos decían:
Si roca de cristal no es de Neptuno,
Pavón de Venus es, cisne de Juno.

Pero aunque el ángel era custodiado
por arcángel de saco y sombrero,
el Diablo –disfrazado de viento–
metió sus dedos
debajo de la falda,
que luego levantó
para mostrarnos
el incendio
del templo.

Tanto ardían las desnudas columnas
que el pequeño cardenal
que siempre me acompaña
se puso aún más rojo

...a noticia de todos llegó que era el día del Juicio, fue de ver cómo los lujuriosos no querían que los hallasen sus ojos, por no llevar al tribunal testigos contra sí...

y yo a gatas buscaba, entre carcajadas y aplausos,
la salida del infierno.







Viernes Santo en Madrid

Delante de mí, rumbo a la Plaza Mayor,
van dos muchachas infieles, riendo,
ajenas a la procesión que en otra calle
conducen a Cristo y su cruz.
Una porta su atuendo árabe
de la cabeza a los pies;
la otra viste una falda corta
que se pega a sus muslos desnudos
y ostenta pulseras en brazos y tobillos.
Se contonean despacio
sobre altísimos tacones de Vuitton o de Zara.
Sus risas coquetas se mezclan
con el redoble de los tambores de luto.

Es Viernes Santo,
me ciño la corona de espinas
y ruego a Dios que estas pecadoras
sanen mis llagas con sus labios.






Delikatessen

Lamento mucho, Hef,1 no haber asistido
al festín del conejo.2
Lamento no sumergirme en la espuma de tus fuentes romanas.
Ya será en otra ocasión, Hef, en que pase la noche
en El Grotto.3

Pero dime, ¿sobre qué rodillas asentó la espiga
de ojos tristes sus áureas nalgas?4
¿Qué modelo de sandalias buscó elevar los tobillos
de la Venus de Silicón?5, ¿qué lenguas barnizaron
sus plantas bajo los albos manteles?
¿Qué rosáceo cerdo se revolcó en el fango
con Madonna?
Seguramente fuiste tú, oh viejo macho cabrío.

Leí acerca de la cama para las grandes ocasiones,
donde racimos de uvas se humedecen y perfuman
en las tiernas cavernas.

Cierro los ojos y veo surcar esa cama hacia el alba,
hacia la playa donde arroja los desnudos cuerpos.
¿Pues qué creían esos tripulantes?, ¿que acaso, a semejanza
de madres virtuosas, desembarcarían en suelo impoluto?
No son faraones, no son santos, mi buen carnicero.
Tú tampoco eres inmortal,
y fugaz es el vientre sin grasa de Pam,6
pues aunque las más jugosas hembras
se ciñan al rigor de las calorías
y metódicas practiquen aeróbics y sexo oral,
un día ni el menos agraciado de los amantes
será su par en el lecho de tierra.

(Después de hojear tu revista
casi me convierto en lector de versos castos:
“las hojas secas, la rosa intacta...”)


Citas

1. Se refiere a Hugh M. Hefner, creador y presidente de Playboy.
2. Se refiere al festejo de la revista en su 47 aniversario.
3. Recinto donde han retozado las conejas más apetecibles del mercado.
4. Se refiere a Cameron Díaz, famosa actriz de cine.
5. Se trata a la hembra latina Jennifer López.
6. Se refiere a la playmate Pamela Anderson Lee.






Dark chocolate

Quítame la envoltura.
No abras tus labios para hablar
sino para el goce.
Soy un chocolate amargo
y cuánto placer garantizo.

Tienes esposo, lo sé,
pero no tiene por qué enterarse;
con una barra en la boca
no podrás soltar palabras que delaten.

No seas tímida, apaga la luz,
con pulgar e índice sostén mi cuerpo
y húndeme en tu pozo húmedo.

Te sugiero no usar los dientes,
ambos sentiremos mayor placer
si tu lengua me disuelve sin prisa;
ambos gozaremos si yo,
líquido espeso, embarro tus cavernas.





El nacimiento de Venus

Después de nacer de la espuma,
ataviada con su vestido de gotas,
los labios con sabor a marisco,
Venus confesó a su poeta:
“No creo en milagros ni en dones divinos;
soy sólida como el pan que muerdes,
imperfecta como la roca o el sueño,
mi sexo huele a sardina,
me gustan los collares de perlas,
la cerveza clara y amar sin quitarme las botas.






Los dos Mecenas

Eres generoso, Mecenas, con los aduladores.
Pavo real, no ostentes el pecho;
ese rico plumaje no es tuyo.
Las dietas que repartes no saltan de tu bolsa
sino de mis impuestos
que te asignan un salario a la altura de tus caprichos.

Eres mecenas de otros; yo soy el tuyo.






El yerno de Calígula

Para jueces del concurso literario
el yerno de Calígula nombró a los perros de la Corte.

Nada leyeron, se entiende.
Hocicos fieles, llevaron
las coronas de laurel
a sus dueños.

Se ve satisfecho el yerno de Calígula:
para elegir juez, ningún olfato como el suyo.






El caballo de Calígula

Cómo se indignó el Senado
cuando irrumpió el caballo del césar
y ocupó una curul.

Tenían razón: un corcel
no cabe en un establo de asnos.







Palabra de corrector

Señor:

Bendice a los redactores improvisados,
bendice también los dedos de las tipógrafas
que bailan sobre las teclas;
bendice, especialmente, a los escritores sin ortografía,
porque gracias a ellos existimos los correctores.

Señor, hiciste un mundo apresurado.
Ninguna obra maestra, debes saberlo,
se escribe en siete días.

Por si decides corregir tu creación
te dejo mi tarjeta.








Hombres de bolsillo

Los hombres de bolsillo son pequeños,
visten de oscuro
y corren peligro de ser confundidos con ratones.
No obstante, son inofensivos
y es débil su chillido.
Se limitan a cumplir,
no más, no más.
Como buenos relojitos caminan por la calle.
¡Qué lindos muñequitos de cuerda,
qué monos!
No sienten la cadena que va desde su cuello
hasta el chaleco de los dioses
ni la mano que tranquila
los guarda en el bolsillo.




Mal de amor

No me importa el contagio del herpes
ni de otros daños incurables.
Es el riesgo del deseo, es su mandato:
beber en tu taza es, acaso, mi única oportunidad
de poner mis labios sobre los tuyos.







El arca

Al caer el ocaso, recorro Allende.

En la penumbra de un bazar
centellea la bayoneta de plomo,
abro un ejemplar de Clásicos Ilustrados
y reaparece el antifaz del héroe solitario.

Encontré, por fin, el barco hundido
con los tesoros de la infancia.

–No están a la venta –escapa una voz
desde la oscuridad.

Entonces el escaparate se transfigura
en el atrio de San Hipólito
y el arcángel desciende
y me devuelve la llave extraviada.





Luciana

Quise vislumbrar en tu rostro
pupilas menos injustas,
unos labios que a veces pronunciaran mi nombre.

Me habían dicho que en la esfera del universo
todo era posible,
que el sueño es una segunda vida.

Por el hilo de la araña descendí al pozo
más hondo.
Bajo la luna de octubre
me interné en una torre sombría
y, nerviosos, mis pies subieron
hasta el último peldaño
hasta cruzar por una puerta de marfil o de cuerno.

Allí estabas, Luciana.

En el sueño la fecha era 1968;
por el sueño supe que tendrías sólo cinco años.
Mas el Deseo elige sus formas:
tu imagen era la actual,
la mía, la de piedra: la mujer de veintinueve.
En el piso, recargada en el muro
de una recámara inmensa de tan vacía
permanecías casi inmóvil, aletargada:
El filo de tu rostro
llevaba la embriaguez como un relámpago.
Vestías un traje nupcial con rasgaduras,
ala rota por cuchillo o espada.
Como los muertos o los recién nacidos,
ibas descalza.
“Tengo sed”, confesé mientras perseguía tu mirada
como quien busca el milagro
en los ojos de la virgen del templo.
(El séptimo arcángel hizo resonar su trompeta.)

Con su altivez de siempre, Luciana me contestó:
“Jamás podríamos compartir ni el agua ni el vino;
uno de los dos es una sombra.
Vete, ésta es una noche trágica.”

Me señaló sus zapatos de cera,
bajo la cama, y ordenó:
“Póntelos, sólo así podrás salir
y no vuelvas más, nunca,
estoy harta de purgar mis noches
en tus sueños.”





Mi padre me visita algunas noches

Siempre de noche, mi difunto y yo
nos encontramos en la esquina
de Allende y Donceles
o en el comedor sin luz de los abuelos
o bajo la marquesina iluminada
del cine en ruinas.

A veces me acompaña
a tertulias en ruidosos cafés
donde no bebe ni participa.
Sus ojos, sin embargo, muerden
los labios de mis amigas.

Nadie advierte su presencia,
nadie supone que está a mi lado.

En ocasiones pisamos
el umbral del gran vestíbulo
y abrimos paso, sin aliento,
a las sombras que transitan
junto a nosotros.
Otras noches, en cambio,
yo escolto a mi padre,
quien se aferra en adquirir
un frac o un trajecito marinero.
También busca, lo sé,
la capa y la corona.

De ventanal en ventanal
nuestros pies sin peso
recorren López, Tacuba, Moneda.
La travesía me impide el descanso,
pero un hijo jamás debe contrariar,
mucho menos a un muerto.

Momentos antes de su regreso
al cementerio
mi padre insiste en heredarme
pequeños objetos
que no logro recordar en la vigilia
o desenrolla un mapa
en donde su memoria confunde las pistas.

Yo sé que en el fondo busca la reconciliación.
Si se la diera, se iría a dormir tranquilamente
y yo me quedaría esperándolo
en un crucero o bajo la marquesina
de un cine que ya no existe.