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lunes, 7 de noviembre de 2011

5252.- VÍCTOR REDONDO


VÍCTOR REDONDO
Víctor Federico Agustín Redondo nació en Buenos Aires (Argentina) el 8 de enero de 1953. Egresado del Colegio Nacional Buenos Aires. Publicó los siguientes libros de poesía: —Poemas a la maga (1977, reeditado en 1985), —Homenajes (1980, reeditado en l985), —Circe, cuaderno de trabajo 1979-1984 (publicado en 1985 y reeditado en 1991) —Mercado de Opera (1989), —y una novela, Las Familias Secretas (Catálogos,1985). Su segundo libro, Homenajes, obtuvo el «Primer Premio de Poesía “Jorge Guillén”, en Conmemoración del Milenario de la Lengua Castellana», en Burgos, España, 1978. Dirige desde 1979 la Editorial y Revista de Poesía «Ultimo Reino» (22 años, 400 títulos publicados), considerada por la crítica especializada como una de las más importantes de América Latina. Representó a nuestro país en encuentros de poesía realizados en los Estados Unidos, España, Chile, Cuba, Uruguay, Colombia y Canadá, y ha recorrido, por su labor poética, la mayoría de las provincias argentinas. En el año 2000 fue Jurado de Poesía del Premio Casa de las Américas 2000, La Habana, Cuba; y participó en los festivales internacionales de poesía de Medellín (Colombia) y de Québec (Canadá). Desde la creación, en abril de 2001, es Presidente de la nueva Sociedad de Escritoras y Escritores de la Argentina (SEA).




Tráfico pesado

Un pájaro con un cajón en la boca.
Un galeón de oro tripulado por ratones blancos.
Un pez que cuando nada a dos aguas desgarra
(el casco de todos los barcos.
Una hora de nuestra vida que no lograremos recordar.
Una botella de whisky vacía con la lengua de un náufrago.
Una palabra que no podré decir cuando me vaya.
Un vagabundo durmiendo bajo un puente.
Un barco cuya tripulación no conoce el mar.
Un error que volverás a cometer.
Una fantasía homosexual que te obsesiona.
Un verdugo aterrorizado afeitándose con una navaja
(frente a un espejo.
Un vagón del subterráneo donde ella murmura:
(¨Todo está perdido¨.
La soledad de un hombre que viaja por sus venas
(y se pierde antes de llegar.
El dar vuelta los relojes para evitar el degüello.
El espacio interior vacío de un ataúd y el espacio que lo rodea.
El imán que no atrae ni a su sombra.
Una iglesia de sillas eléctricas.
El abanico fantástico con el que podrías
(atraer planetas hasta tu ventana.
Todo lo que cabe en un espacio similar al triángulo
(formado por el ángulo de inclinación
de la Torre de Pisa.
Nunca asesines a quien no amas.
Trafica tus segundos con la eternidad.

(Circe, cuaderno de trabajo 1979-1984)










Ópera prima

Dos mujeres bajo la luz conversan
cinturón de plata ciñendo
nadie habrá entre plata y piel
dos mujeres conversan bajo el abanico dorado del aire
palabras similares para cinturón y piel
¨nadie como el oscuro¨
bajo la luz conversan

y de lo cierto incierta palabra dará testimonio

dará una hermana muerta
envuelta en el collar de sus ojos

cuando acuerden será sobre algo que no existe

las dos mujeres que conversan
abren en el aire del dorado abanico
a ese nadie que plata y piel transita
buscando no repetir lo irrepetible

simulaban siempre otra existencia
la que era otra y otras en las que eran
El sentido de las canciones
¿pero dicen visión ?
Dicen lo que dicen.

Dos mujeres.
O dos.

(A D.B. y M.D.)

(Circe, cuaderno de trabajo 1979-1984)







Blues Para Clara

¿Dónde hay un cuerpo para habitar?
Estos tristes duos no significan el amor,
solo la parte que sobre de cada uno.
¿Dónde un cuerpo abierto en lo estrecho?
¡Entramos a las ciudades con maletas vacías,
arrojamos el corazón
al fuego de la incertidumbre!
¡Somos espuma seca, navaja sorda, pirañas del cerebro!
¿Dónde tu cuerpo cayendo por la arena
levantando el alcohol del dolor
sobre los pies borrados del viento?
¡Fijación del deseo, gato perdido!
El mar no borda el pecho de los locos,
tampoco borra nuestra sed
¿y el amor mueca imbécil
no no no?
El mar nos rodeaba de sal, de sed.
Así la distancia
hasta no estar.
La gran historia de amor
¿Es ella cuerpo destruido?
¿Es ella la que habla?
¿Es ella la que canta máscara negra?
Con tu frente recorre ciego bebido en la fuente del día
la ropa desesperadamente mojada
danzando ?¿es así como debo hacerlo?? mientras se desnuda
en la habitación donde precavidos entramos
con la belleza de sus ojos
clavada en el animal
tampoco frente al amor aislado
la humedad del ardor brillaba en los espejos
tan amplia
con la dignidad de los elefantes que mueren en el mismo lugar
leche de la noche pesadilla de gusanos
el feroz ya no sacia las fuentes
ahora las alegrías más oscuras, demonios arrepentidos bajo el fuego
ese cielo bajo sirve para escarnecer
cuando los ocultos amantes ignoramos la luz
que se paga con la muerte
tu cuerpo en el espejo, tu edad, tu bella
ola que se busca enloquecida
aquí canta el tiempo
enamorado de
destruir
retornando
del espejo a tu cuerpo
solemne como un altar
puta sagrada
ola salvaje con forma de flor
con forma de cuerpo destruido
con forma de espejo reflejando una espalda que nos abraza
feliz fertilidad al caer el día
hada encarnada
en la inocencia
entrégate al feroz resplandor de los cuerpos
cuando un hombre te ama
alternas con la noche
en este estreno solitario
te has pintado, has lavado lentamente
tu sexo -sintiéndolo por primera vez- brillar
y tus ojos arrebatados
avasallada
dominio insomne que se rebela
te amo
agua en tu vientre
por una risa
un gesto sádico, ademán morboso, sensual
con el polvo oscuro
y el viento frío
donde los asesinos exageradamente
te aman, escándalo mudo
amor sin demonio
un dios
un proteo de magníficas tetas
una gitana
una india
una peruana
una amazona
¿sabes sin que lo sepas
la boca de tu vagina la soledad
más dulce?
Hasta el límite
en que el lenguaje siga siendo el lenguaje
diga desaparecer






Viernes

Si vieras mi rostro en el espejo
del ascensor. Los pisos no suben,
me bajan. Cada milímetro me aleja de vos.
Hay pequeñas arañas surcándolo.
Yo estoy apoyado contra una de las metálicas paredes
y me observo y me doy miedo y me hastío y ya no canto.
No es no tenerte mi mayor problema:
es no tenerte mi mayor problema.
En el espejo hay un agujero del tamaño de una nuez:
es tu boca. Y hay otro agujero y es tu nombre
lo que falta en él. No nombrarte.
La desaparecida en el ascenso.
Mi boca tiene una sombra que me asusta.
Es otra araña, en el espejo, sobre mi labio.
Otra noche le pregunté porqué me perseguía,
y tan inmunda no me dijo ni mú: me dejó
hablándome solo. Así son las arañas.
Al pasar el tercer piso me deshice.
Quise volver atrás, pero es difícil frenar un ascensor.
Sólo atiné a apagar la luz. Y ahí te vi.
Tenías puesta una víbora en la cabeza, como si fuera tu sombrero cotidiano, y una rosa tristísima en el arco superior de tu oreja derecha, la que te muerdo cuando nos amamos. No me hacía falta verte así para reiterarte que te adoro. Entre el tercero y el cuarto dos arañas me hablaron en cada oído: ella también te ama, me tradujeron. Ya lo sé. Sé todo. Sé que después del tercer piso viene el cuarto, que cuando llueve el balcón amenaza rebalsar y nunca rebalsa. Sé que la hamaca salvadoreña ya tiene tu olor, y sé también que no sé nada. En el cuarto piso prendí la luz y el flash de la noche tuvo tu nombre, una vez más, sobre las letras en mi corazón. Aquí estoy, atravesando un cuarto piso que debe tener parejas dormidas, animales disueltos, acabados o resurrectos caballos arrastrando mulas sobre las autopistas del destierro. Eso pienso que hay en los pisos de este edificio, o de cualquiera. Estuve en edificios con monjas mogólicas, ratas narcotizadas, pulpas salvajes mudas, y con cenicientas majestades: no sé porqué recuerdo hoy, esto, que nunca más existirá. Las mogólicas son sabias porque no hay monjas mogólicas. Estoy en el quinto piso. El silencio de las once de la noche es lejano. Aparto las arañas para verme en el espejo. Te veo. Es lo único que verme. Y así raudo voy atravesando los pisos de este ascensor que me aleja. Soy un superhéroe sin nombre buscando una oscuridad que no sé para qué mierda sirve. En el quinto piso había, o hay, estatuas egipcias sonriéndome. Tienen pequeños rostros de araña, y a su pesar me sonríen.

Apenas entrar al sexto aguardaba una telépata, sus ojos rojos
y serenos buscaron mi pupila. Un infinito de segundo observó
y dijo: "Tus pupilas no son azules ni brunas ni melancólicas ni secretas ni sabias ni sublimes ni otras ni puras ni desesperadas". No terminaba de maldecirla que el séptimo atracó con un galeón en cuyas velas estaba tu rostro insultándome. Los vientos fueron favorables a mi rabia y te hicieron descender. Aún veía la cara de la telépata en cuatro patas aullando como la Sibila del Velo Roto. Las cruces metálicas diagonales me hacían gracia. "Tú que todo lo sabes y todo lo puedes, entrégate a ella", me decían. Escuché y obedecí esa voz y giré hacia abajo y volví a verte,

la testa coronada por pequeñas serpientes con mi rostro besándote. Acerqué mi boca al espejo y te hablé así: "Hasta la muerte en esta vida,

amada de mi sangre que arde en tu lejanía".
Sin ser un verso brillante era una manera de hablar. No sé si la única, pero las condiciones no eran dignas de Ulises y vos aún no eras la Penélope nueva del vestido viejo e inmortal.

En la mitad del séptimo sello se abrió la partida y estuviste a punto de darme jaque, a punto, si no hubiera corrido a otra reina al rincón de una torre. Tuve ganas o lloré, el tiempo se hacía breve en el ascenso hacia sin vos. En el octavo una virgen de blanca certeza hizo una aparición digna del silencio. Diminuta como un colibrí su lengua se transformó en palabras inauditas: "Aquí estoy, desde tu nacimiento deslumbrada, buscándome". Hoy ha muerto un amor y ha nacido un amor. Ni la Virgen Inmaculada se enfrenta a esta compleja virtud. Hola amor, estamos ya en el comienzo del noveno piso. Puedes ver las guirnaldas del zodíaco, las cabras del monte y la flecha que surca siempre las noches trazándote en tu anterior ausencia. Quizá no vengas esta noche. Quizá pase muchas noches sin cubrirte. Quizá las sierpes ya estén muertas y el solo silencio tenga tu voz pura.

Llego a nuestra casa. En breve llegarás. Hola amor.





Uno

Una vez más frente a frente.
Pero ahora el miedo
ha quitado de las palabras el ropaje de las palabras
y ahora las palabras, pero no las palabras,
son palabras finalmente, y no aquéllas.

Hay mucha exageración en todo esto
y una pequeña parte de verdad, “tengo
ciertos miedos que pertenecen al futuro”.
No se halla nunca el comienzo
y es tan difícil terminar. Un poema
quisiera extenderse como un pecado nuevo,
siempre insuficiente. ¿Para quién se escribe?
La ficción comienza antes del primer acto,
antes de entrar en la sala de los enigmas, antes
de sentarnos frente a la hoja, enjoyados por el hastío,
y antes de ser los animales jóvenes en busca del deseo.
No me mires así, sobre esto debo hablar.
Deja que destierre en paz estas almas que recuerdo
en cenizas, en trampas, en las noches donde vierto
la triste espuma de un vino inacabable.

Hemos nacido para el éxtasis seco,
para la furia de no comprender,
para tener cadenas por necesidad de cadenas y gozar
la lujuria de la rebelión. Deja que hable.
Pero no me dices que no hable: no me escuchas.
Hablo a la fría lucidez de los muertos
que no creen necesario contestar.
Ser o no ser son dos espejos ausentes.
Sobre esto es inútil hablar.
Tengo las palabras cubiertas de polvo.
Necesito que me respondas, ese silencio enloquece.
Necesito enfrentar palabras para oponer palabras.
Necesito creer en el mal para vencer lo irremediable.
El veneno de la serpiente
nos defiende de la serpiente. Y estamos hablando
de las involuntarias víctimas de un antiguo mal. Eso creo.
Quizás estamos hablando de otra cosa
y yo esté demasiado solo esta noche.








Dos

Oye si es que no cantan
los peces de la noche en sus negras aguas.
Mira, si es que no sabemos ver sino pasiones sagradas,
los pájaros que beben junto a los melancólicos animales.
Huele las botas, el lodo de los reyes guerreros,
si es que no tenemos más que palabras en la mano.
No puedo darte nada que te salve,
y si arrojo hacia ti una cuerda, veré, sufriré sonriendo,
una cuerda en tu cuello, una mano pálida buscando el horizonte.
Y más allá nada. Pero más acá
la trama de oscuras cabezas bajo la lluvia,
paraísos perdidos en un mar borrado.
Y conducidos ante la alta sombra sin respuestas
cenaremos como desenfrenados, tendremos dientes de abismo.

Ahora esta palabra te recuerda por no haberte conocido.
Ahora esta palabra, hecha de polvo y de ciudades,
vendrá con su horrible aliento a envejecer estas páginas,
y tú seguirás sin estar.
Entre la mierda de los perros y la basura de los edificios
pasarán las aguas como un espejo
y no tendrán tu rostro
hecho de infinitas armonías desesperadas, ni tus manos,
ni tus piernas, ni tus ojos de ahogado.
Mas pasarán de boca en boca,
pesarán en los nervios, serán una cruz
poemas de tan corta vida.
Cernuda, lo hemos leído hasta olvidarnos los ojos,
nos hablaría de ilustres efebos sin nombre,
de prados donde el silencio crece entre los cuerpos,
y nos perdería en su voz, fuente del deseo.
Pero seríamos igualmente tres náufragos en la noche,
sin nadie que nos oyera. Pero si alguien nos oyera
¿nos salvaría? Por los labios
cruza una estrella, una primera canción de rumores de almendro,
un misterio abierto para los ojos abiertos.
Y no, no era la luz lo terrible del amanecer.
No eran las sombras que cantaban frente a tu vista
lo que yo he mirado. Eran rostros de espuma
en una noche sin fin, un terrible peso
más poderoso que el amor.
Para estar realmente solos fue necesario habernos conocido.

Y yo te hablo a ti pero tú a nadie hablabas.
Eras más sabio que yo, escribías desde la muerte.
Otoño tras otoño, a orillas del mismo mar,
buscábamos alguna señal de los ahogados, alguna palabra
que arrojada contra las piedras aún cantara
bajo la sal de sus cuerpos podridos.
Y volvíamos desnudos, solitarios en la intemperie,
a nuestro hogar terrestre donde la ropa
temblaba en la cuerda como un fantasma
que clama ser poseído. Y no teníamos
un cuerpo para ofrecer. Sólo palabras, triste amigo,
besando la brisa de los mares, una eterna soledad.








Tres

Y he creado tu nombre
para inventarme uno propio. Cortinas de humo
para despertar palabras que nadie vea.
¿Y si me vieras cantando, solo, melancólico como un perro viejo,
frente al espejo de mi única herencia,
me seguirías viendo? ¿Dirías: frutos prohibidos?
¿Dirías: victoria del polvo? Y no has de regresar.
Esa fue la primera certeza del poeta. Nadie puede regresar
del país oscuro o claro donde canta la sombra o la luz.
Pero veremos -somos viejos hechiceros-
el beso de los espíritus entre las mismas palabras.
No será un triunfo claro,
apenas alquimias del alma errante
que busca labios que la nombren
entre fríos y cadenas deshabitados.
¿Quién lee ahora lo que no has escrito?
Te he soñado, te pido responder. Debes ser mi ficción, mi fe.
¿Quién ha hecho de la noche el verdugo sin rostro?
¿Quién nos ha hecho creer que la luz nos salva?
Si no lo supimos, nunca lo sabremos. Si no lo sabremos
esta vida
un goce de palabras
una desnudez sin cuerpo.

Toda noche tiene su música oculta.
Es necesario crearse oídos para oírla.
Y eso, nuestro cuerpo y nuestra sangre lo saben,
ya nos ha costado demasiada vida.
Somos héroes de un ejército perdido.
Somos peregrinos y por ahora
la inmensidad vence. Volveremos a nacer
con el lenguaje de los cuervos. Tornaremos a las felices lágrimas
luego del falso vino de los templos. Y ya no será necesario
ocultar los fantasmas que poseen nuestra razón.
Comprenderemos que jamás, jamás,
jamás, como si no tuviera importancia.

Este es nuestro daño, tiene deseos y soberbia,
pero pide la clemencia de las manos ardientes.
Son insectos de mujeres en el sueño,
son silencios de dioses muertos que retornan,
son bestias de silencio, o bestias de palabras,
son nada, triste amigo,
pero es nuestra creación.

Y la literatura no tiene importancia
cuando tus ojos nadan extraviados en el océano de los continentes.
Y tus ojos son nada frente a los continentes sin forma
que han marcado tu cruel partida. Todo es el hombre
y nosotros -¡fantasma, fantasma, fantasma!-
ya no somos sino fantasmas
de lo que hubiéramos podido ser.

Sí, falta el amor, el peligro, la aproximación,
faltan paisajes donde el Sol se alce y nos recorra
y nos vuelva a crear hijos de la Luz.
Derrochamos muerte, nos falta pasión. Volvemos siempre
al pensamiento que se muerde la cola
y muere en las estériles tierras sedientas
donde se estremece la codicia del conocimiento.







Copa En Celo

Abril ha llegado con el atraso de las hojas
el susurro del arco en la vena de la medialuna
la cabeza que arde en el eco del infierno.
Si llegas a saber quién soy
o esperas que te nombre entre tanta ruina
pondré un beso en el nadie que se existe.
Partida en mi deseo, cereza de carne,
la que me nombra en mí es la muerte en el espejo
lo nocturno que roe la palabra
en el espejo muriendo.
Y desnudamos la piel, la horca
del que pende de la aurora y del sueño







Un Sueño De Paracelso

Mago de espina seca
astrada medialuna
bajo el carmen perfecto vio
dos mañanas de fuegos azules
ardiendo entre cristales sabios
el amor lejos siempre de la sabiduría
más calor, más agua verde,
amenazando qué estirpe religiosa
tras la cortina
el pasillo laberinto
el silencio y la letra
creció el humo y nació la piedra
la virtud.