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jueves, 3 de noviembre de 2011

5249.- JOAQUÍN ORTEGA PARRA


Joaquín ORTEGA PARRA
Nació en Cartagena (Murcia) en 1934 y murió el 13 de Diciembre de 2011.
Licenciado en Derecho. Procurador de los Tribunales. Miembro del Patronato de la Asociación Prometeo de Poesía (A.P.P.).

Poemarios publicados:
Cristales del alma 1954
Poemas desde la orilla 1990
Del amor y del llanto 1991
El sillón del psiquiatra 1992
La lluvia en el espejo 1993
Las dormidas palabras 1994, bilin.
Tu nombre incompartido 1994
Estos mansos discursos de afonía 1996
El rumor de la fuente 1996
Me llegan como islas 1996
Presencia de lo efímero 1997, antol.
Arte de cetrería 1998
A pasos desolados 1998
Una cierta y brillante compañía 1998
Las viejas amistades 2000
En rojo carmesí 2000
Como una abierta herida 2000
Un tiempo compartido 2001
Los vencidos 2004
Un río interminable 2004, antol









1939

Hay un calor doméstico;
de alcoba acuartelada.
Un olivo en sazón,
de concluyentes ramas.
Una era, un almendro,
camino ya de Francia.
Un trillo, las espigas;
una guerra cercana.
Y padre, que no ha vuelto
aún de sus batallas.
a veces, el gorjeo
de una escuela, y la llama
de un carburo en la mesa,
solemnemente vacua.
Madre aprieta los labios
por no reventar, y canta
canciones y amoríos
de todas las romanzas.
Apenas cinco años,
y ya sé que en mi patria
unos mueren de frente,
y otros viven de espaldas.

Fragmento de Un tiempo compartido
(Premio “Claudio Rodríguez” 2000)







Acaba de pasar el viento.

Más muertos,
por cada vez que pasa.

Una montaña enorme de muertos prematuros,

-así como una guerra civil de dos españas-,

esta mansión de sombras, sin fortuna,
y luces olvidadas,

de ayeres correosos, y de tanto
desvalimiento con que abrazan,

esta montaña impropia, residencia
de tantas, y otras tantas,

ha de sufrir más vientos todavía.

Y habrá más muertos sobre sus espaldas.






EMIGRACIÓN

En los años cincuenta, en Barcelona,
calle Ciudad, pensión de compromiso,
un matrimonio joven duermevela
—la misma habitación—
con otros huéspedes antiguos.

Llegaron de su tierra, confiando
hallar pan y cobijo.

El pan, lo fabricaron con sus manos.
Su amor de juventud, tuvo testigos.

Han pasado los años. Lo recuerdo.

Y me recorre un escalofrío.

(De Poemas desde la orilla, 1990)






DE TODOS LOS RECUERDOS

De todos los recuerdos que me asaltan
en las noches más tristes, aseguro
que no hay otro más fuerte y doloroso
que el de aquella pareja tan sin nombre.

La madre, seca, enjuta, avejentada,
transportaba en pequeño carromato
una caja de muertos.

No una caja cualquiera, ni a medida;
era una caja-saldo,
caja terrible fin de temporada.

Y tan pequeña, e insignificante,
que a buen seguro sólo contendría
los pocos años mal alimentados
de su indefenso niño.

Cogido de la falda de esa madre
arrastraba sus pies otro harapiento,
de grandes ojos tristes y asombrados

La gente, caminaba a sus asuntos.

(De Poemas desde la orilla, 1990)








TU LABIO CONFIDENTE

Tu labio confidente
vendióse al enemigo.

Apresaron el beso,
que era mío.

Pudiste, con un gesto,
aliviar de su peso y su cilicio
tu labio,
pero éste
no lo quiso.

Jugabas con las cartas
marcadas del garito.
Tenías todos los ases.

Tu labio,
que era mío,
no quiso navegar en la corriente
de mi río.

Penitente,
me ha dejado tu labio una simiente
de amor y sacrificio.

(De Del amor y del llanto, 1991)








LA MASCARA ROJA

Cuando yo me haya ido, esa máscara roja
que luce sobre el paño de la pared pintada,
por sus cuencas vacías, tanto tiempo celosas
de su esplendor pasado, derramará una lágrima.

La Comedia del Arte le dio sangres diversas;
amparó dulces súplicas y profirió amenazas.
Algún joven lampiño ocultó su inocencia,
o avilantó su vida más allá de la máscara.

Fue maestra de oficios, y al final vino a verme;
a ocupar ese espacio que existía en mi casa.

Siempre fui por derecho. Nunca tuve dobleces.
Ni me mostraba tierno, si el corazón tremaba.

Cuando yo me haya ido, caminante de estrellas.
repletará sus cuencas de ilusiones mundanas.
Se encenderán las luces. Se animará la fiesta.

Y se alzará de nuevo el telón de la Farsa.

(De El sillón del psiquiatra, 1992)








PAÑUELO BLANCO

Aquel pañuelo blanco, gaviota
en la mano agitada, que recuerdo
cuando el barco transía la bocana.
poniendo proa al denso azul marino,
en estas noches de sufrido insomnio
regresa hasta mis ojos desgastados.

Llegaste a la escollera, palpitando
de amor el corazón tan sorprendido.
Y dejaba una estela, sal y luto,
aquel barco que huía de tus brazos.

¡Cuántos ojos mirando la figura
que alambicaba el aire más helado!

Y tú, de pie, allí, palomeando
aquel pañuelo blanco, gaviota.

Algunas noches, digo, me regreso
tantos años atrás que ni los sumo.
Y advierto en el paisaje tu figura,
encendida de amor, petrificada.

La paloma de mar quedó en el aire.

(De El sillón del psiquiatra, 1992)









AMIGOS DE LA INFANCIA

Vino el ciprés un día, y se mostró tan serio
que al punto nos hicimos amigos de la infancia.

Compartimos las mismas veleidades; los juegos
tan sin calor —son frías las horas de la noche—;
la aventura esperpéntica de almacenar rumores
como quien atesora complejos o gerundios;
el largo recetario de los días de ayuno;
también el desconcierto de sentirnos cofrades:

yo en él, como figura desangelada y longa;
él en mí, la tristeza de la mejor textura.

Vino el ciprés, y aún sigue mostrándose tan serio.

(De El rumor de la fuente, 1996)








PERDÍ TODAS las llaves de aquel amor secreto.

Luego supe que había
copias extraviadas
por toda la nación.

No recuerdo su nombre.

Recuerdo solamente
que las llaves tenían un broche plateado,
que fue cuanto perdí.

Lo demás, ya se sabe,
son achaques del tiempo, y la memoria.

(De Como una abierta herida, 2000)









ECHÉ SOBRE mi espalda
el saco de dormir, y otras fatigas.

Tu ausente primavera,
fijada en mis pupilas.

Un crack de confusión, una algarada
de luces amarillas;

imperceptibles luces de posguerra,
curiosamente frías.

Eché sobre mi espalda

—como un farol vigía—

el saco de dormir, la duermevela
permanente,
precisa,

y aquellas cortas horas de mi infancia

contigo, y de tu mano, compartidas.

(De Las ondas y los bucles)








A ESTAS ALTURAS de la vida, quiero
mostraros la postura quejumbrosa
de mí mismo.

Truncadas biografías,
—¿no es eso, acaso, el hombre?—,
falsas tomas de un juego
perdido de antemano.

Cosecha innumerable
de nombres, y más nombres.

La rigidez de muerto,
que aún discierne.

(De Tan urente la luz de la memoria)









LA VEJEZ. ESTAR SOLO.

No encontrar por la calle a los amigos.

(Parece que fue ayer, y ya han pasado
tantas muertes).

También, un ejercicio de memoria.

Un desfile enlutado.
Una pirueta
en que la artrosis y tus huesos firman
un pacto irrevocable.

Pacta sunt servanda,

te enseñaron.

(De Tan urente la luz de la memoria)