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domingo, 30 de octubre de 2011

5230.- RAFAEL LOBARTE FONTECHA


Rafael Lobarte Fontecha nació en Zaragoza en 1959 y aquí trabaja en distintos campos de la cultura, más o menos clásica: como estudioso de la obra de autores como Dante, Virgilio, Camoes, Gracián o el narrador Homero; como traductor de dos poetas románticos como Percy B. Shelley o John Keats (en Olifante publicó en 2009 su ‘Antología poética. Odas, sonetos, otros poemas, La Víspera de Santa Inés’), y de Ezra Pound, el indú Vyasa o el vietnamita Nguyên Du, al que está traduciendo ahora; como apasionado por la obra del pintor renacentista Rafael Urbino. Le ha dedicado artículos a la poesía popular griega y a músicos contemporáneos como Elton John.

A la par, sin pausa y sin prisa, Rafael Lobarte redactaba una poesía muy personal, de acentos clásicos, de verso corto, una poesía serena que nacía de los viajes, del amor y del desamor (con su componente de juego), de la percepción del misterio, del diálogo con la historia y de algunas pérdidas.

En 1979, Lobarte había publicado el que hasta ahora era su único poemario: ‘Aprendiendo Soledad’. Y, en vísperas de la Feria del Libro, en la coqueta colección Papeles de Trasmoz de Olifante, aparecía ‘Los soles negros’, un título que hace pensar de inmediato en ‘Los heraldos negros’ de César Vallejo, pero que no tiene nada que ver con esa escritura del dolor, del desgarro de vivir. Lobarte es un poeta de la visión, de la imagen, del presentimiento, de la invocación y es un poeta del paisaje, pero en su obra siempre hay un diálogo con la Gracia clásica, con los mitos y sus héroes, con Apolo, con la fuerza del sol y el embrujo de la luna, con la claridad de los equinoccios.

También es un poeta de lo cotidiano y de esos instantes aparentemente triviales que se convierten en mágicos o especiales en la visión del poeta: la contemplación de una niña, un tanto desdeñosa, con trenzas: “Tú te burlas de mí / porque apenas comprendo / ese lago esmeralda / que vislumbro en tus ojos”; la vivencia de la atracción amorosa y sus gotas de erotismo: “Grácil muchacha / de la caña de azúcar / y los ritmos quebrados, / concédeme ese fruto / gozoso y espléndido”; la exaltación del cuerpo en uno de los mejores textos del libro ‘Soneto corporal’. Y hay también una épica suave de jinetes, de guerreros…: “Ya el aire desgarran las trompas sonoras, / ya enfilan el muro los ebrios jinetes”.

‘Los soles negros’ está dividido en tres partes: ‘Evocaciones’, donde el poeta viaja por Alejandría (evoca sin decirlo el espíritu de Constantino Kavafis), por el castillo de Elsinore, por Cartago, por Nueva York; ‘Febril antorcha’, que contiene una cuidada colección de sonetos y dos poemas de auténtico lujo expresivo como ‘Motivo lunar’, donde el poeta alude al “ya desatado/ e irrefrenable fluir de mi melancolía’, y ‘El velador’, que arranca así: “Cuando los negros soles se hundieron en las copas”, y luego parece proponer un viaje al viejo y nuevo Egipto desde una terraza de la verde noche. La tercera parte contiene, entre otras cosas, tres poemas emocionantes: uno dedicado a un sobrino de seis años, otro a un amigo que murió demasiado pronto y el ‘Soneto elegíaco’, destinado a su padre, en el que Rafael Lobarte se pone a mirar la fotografía de los días, las fotografías que resumen los recuerdos, los pequeños gestos, las imágenes inolvidables.

‘Los negros soles’ es un libro que busca el primor y lo encuentra. Es un libro breve de una vida dedicada a la poesía, tiene mucho que ver con el descubrimiento de la lentitud hecha palabra, viaje, imagen, música y ritmo, arrebato de amor a la belleza y a los seres.




[Los negros soles. Rafael Lobarte Fontecha. Ediciones Olifante: Papeles de Trasmoz / La Casa del Poeta. Zaragoza, 2011.76 páginas.]




EL VELADOR

Cuando los negros soles se hundieron en las copas,
salí con mi levita y mi bastón agudo.
El verde de la noche gemía iluminado
como una flor abierta por el cuello de Osiris.

Teas que se engarzan en brillante corona
refleja sobre ónix la escondida corriente.
Muchedumbres se cubren de blancura los rostros
abocadas sin límite a un abismo rotundo.

Por si acaso amaneces he bajado a la orilla
que calan de penumbra las arquerías ciegas,
para envolver en lodo la oquedad de mis manos
y elevar horizontes y praderas y nubes.

Traspasé el umbral de espejos quebrados
donde tiembla la voz y las poses se fijan
en mueca estudiada de perfectos contrastes,
amatista o coral sobre nieves de armiño.

Camareros borrachos custodiaban la sombra
ornándose de vidrios y de húmedos trajes,
nadadores intrépidos que añorasen los peces
por una tierra hendida transitada de velas.

Tu recuerdo callado, el velador antiguo,
la rota claridad que aún me estremece.
Hojas suaves y enormes se poblaban de ausencia
y la música ardía poderosa y distante.

La ira desbordaste agolpada en mi boca.
Tu cuerpo se tensó como un arco preciso.
Ancho cauce atrapado entre llamas furiosas
donde yace confusa multitud de guerreros.

La avenida sucumbe en su danza maldita
de rincones perdidos y temibles sirenas.
Bajo los sucios porches no se muestran los astros
y el vómito irrumpe como antílope intruso.

Desnuda madrugada de cobrizos cabello
su ebrio hálito esparce con pesarosa brisa.
Hílax ladra de nuevo por los grises confines.
Mas el rosa desmiente un turquesa indeciso.









ORIENTAL

Omar, Omar, Omar.
Largo balcón abierto.
Caracola de mar.

Blancas banderas y altos estandartes
galopaban, Omar, sobre tu pecho.
Pero la negra luna,
ceremoniosa y grave,
alzó por el Oriente inmarcesible
cien mil jinetes persas
y aljabas califales.

Samarra: laberinto.
Fortificada rosa
en la lengua con púas del desierto.







JÚBILO

Es una criatura tan hermosa,
que ya puede llenarse de ramos y caminos
la oquedad de la luna, y poblarse
del candor tembloroso con que miran los pájaros.

Porque por donde pasa,
se derrumban enormes los bloques del silencio
y encuentran su camino las caravanas ciegas.
Porque por donde ondea,
dulcísimas aroman las arpas del banquete
y brota el fresco lirio de la dicha.








SONETO INSOMNE

La noche deja por mi triste boca
gusto acerbo de liras enlutadas.
En mis sienes dos lumbres apagadas
ángel sin sueño en su dolor coloca.

Alza la eternidad escudo y roca
al paso de las horas desoladas
y tiemblan como esquirlas las espadas
de un cielo que el alba apenas toca.

No estás aquí, que estás del otro lado
doliéndome en los bordes escondidos,
doliéndome de ansia en el costado,

doliéndome con dardos encendidos,
doliéndome de azul iluminado,
doliente en la raíz de mis sentidos.








EPITAFIO SENTIMENTAL

Ya se desvaneció tu pequeña figura
con un leve gemido.

Tu pequeña figura de diversos colores,
de colores tan vivos, luminosos y tiernos.

Con un leve gemido se ha quebrado el murmullo
de tu voz incesante.

Ahora, diminuta y verde ave celeste,
te alejas de esta lluvia de otoño que no es tuya.

Vuelas al escondido lugar donde frecuentes
aleteos afines que requieran tu canto.

Será un amanecer de trópicos y palmas.

Aquí ya sólo encuentro tu cuerpecillo inerme.
Se apresta a devorarlo la tierra y sus raíces.

Aquí ya sólo encuentro este débil susurro
que apenas rozará el breve umbral del aire.


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