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viernes, 28 de octubre de 2011

5219.- ILDEFONSO-MANUEL GIL


Ildefonso-Manuel Gil nació en Paniza, Provincia de Zaragoza, en 1912 y murió en Zaragoza en 2003. Poeta, narrador, ensayista, traductor.

Ildefonso-Manuel Gil nació en el pueblo de Paniza (Zaragoza), el 22 de enero de 1912 y fue enterrado en Daroca en el 2003, con la edad de 91 años. “Hombre de la generación del 36” como él mismo se definió. Licenciado en Derecho por la Universidad de Madrid y doctorado en Letras.
Sufrió la represión de la dictadura franquista y fue encarcelado en Teruel durante la guerra civil, como un destacado republicano. Más tarde, fue acosado por no querer jurar los principios del movimiento nacional de Francisco Franco. Fundó la revista Literatura, con su compañero Ricardo Guillón y dio clases en el Colegio Santo Tomás de Zaragoza.
En los años 60 se marchó a Estados Unidos para impartir clases de literatura en una universidad neoyorquina, donde trabajó hasta su jubilación. En 1983, durante la transición, volvió a España, fijando su residencia en Zaragoza. En esta ciudad, dirigió la Institución “Fernando el Católico”, de la que fue designado consejero de honor. Fue miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, y como tal, correspondiente miembro de la Real Academia Española. Durante éstos años, recibió varios galardones: en 1982, le fue concedida la Medalla de Oro de Zaragoza; en 1993, la Medalla de Santa Isabel de Portugal; Aragonés de Honor en 1996 y recibió la Medalla de Honor de la Institución "Fernando el Católico" en el 2000. Su muerte llegaría 3 años después, posiblemente debida a una fractura de cadera unos años atrás.

Obra
Su poesía podría considerarse neorromántica -a veces, casi neoclásica- y tiene una acusada tendencia a engarzar los poemas de un mismo libro. En algunas de sus obras se aprecia un tono de queja cívica, propio del momento histórico, que enlaza con la poesía social de postguerra, sin dejar de responder a un registro individual. La expresión, sencilla y directa, se condensa en poemas breves en los que demuestra su extraordinario dominio de la versificación, tanto del verbo libre o blanco como de la estructura estrófica.
[editar]Prosa
La moneda en el suelo (1951), historia de un violinista que pierde sus manos en un accidente y se introduce en un proceso de autodestrucción que, como el mismo Gil reconoce, se relaciona con la de su generación en la guerra civil. Esta novela se caracteriza por la insensibilidad hacia elementos ajenos , la falta de vitalidad, el individualismo, el egoísmo, y afán por alcanzar el placer como prioridad del protagonista.
Juan Pedro el dallador (1953) es la historia de una venganza y ambienta su primera parte en el prototipo de pueblo aragonés, Pinarillo.
Su última novela es Concierto al atardecer (1992); testimonio de los horrores de la guerra civil, narra las experiencias de dos centenares de personas detenidas y aisladas del mundo exterior en los primeros días de la contienda. Obra de origen doloroso y difícil, tardó veinte años en concluirla.
El volumen Hojas sueltas recoge trabajos sobre distintos temas, escogidos por el autor entre los publicados en prensa, libros colectivos, revistas o lecturas públicas, escritos entre 1935 y 1993.
Un caballito de cartón. Memorias, 1915-1925 (1996), rememora su niñez en Daroca; volumen al que sigue Vivos y muertos y otras apariciones (Memorias, 1924-2000) (2000), donde ofrece una selección de setenta años de vida y literatura.

Poesía
La obra de Ildefonso Manuel Gil también cuenta con un hectapoemario que se divide en varios apartados, cada uno escrito en diferentes épocas de su vida:
El tiempo recobrado – 1950
El incurable – 1951
De persona a persona – 1971
Luz sonreída, Goya, amarga luz – 1972
Poemas del tiempo y del poema – 1973
Poemaciones – 1982
Las colinas – 1989






[Primero es el silencio, un horizonte abierto]

Primero es el silencio, un horizonte abierto,
un remoto unicornio,
quizás solo el murmullo de un escondido arroyo
del recuerdo manando
o simplemente un vuelo de pájaro, una imagen,
oscuro sobresalto,
tirón desde los centros del ser, ángel minero,
vetas de luz buscando,
de la oculta belleza sorprendida
en su esquivo milagro...

Y hay que escribir ahora, hay que uncir las palabras,
y no tiembla la mano
porque el poema espera sentado como un perro
a los pies de su amo.







[Víctor Hugo escribió L’art d´être gran père]

Víctor Hugo escribió L’art d´être gran père
sabiendo que el poeta está obligado
a hacer que brote de sus sentimientos
el puro manantial de la belleza.

Eso es cuestión tan solo de palabras,
de palabras exactas que el poeta
coge recién nacidas, verdes hojas
en las ramas del olmo centenario
conociendo qué rama, de qué tronco,
y el momento de luz en que cogerlas.









Aniversario

Cada día mi amor ha ido creciendo
enriquecido en tanta confianza.
Si clausuró su cuenta la esperanza,
más de lo prometido va cumpliendo.

La juventud se fue desvaneciendo
y no el amor que día a día avanza
hacia más perfección y más la alcanza
cuando en el corazón va atardeciendo.

Hay un triste placer, una hermosura
que sosiega el vivir y lo engrandece
viendo el tiempo en el rostro de la amada,

cada arruga tornándola más pura,
más bella en la medida que envejece,
más amorosamente codiciada.









1
La niña mira sus manos
y se le llenan los ojos
de pétalos y de pájaros.

Milenaria maravilla:
en el juego de sus dedos
se está encontrando a sí misma.




2

Por los caminos del tiempo
voy cogido de tu mano
esperando en el recuerdo.

Hay un pajarito verde
que lleva escrito en el pico
“Adiós mi vida, en mi muerte”.





3

¿Qué paloma mensajera
me dijo que eras tú
para que yo te quisiera?

Mas ¡qué pobres, las palabras:
diciéndote que te quiero
casi no te digo nada!










Esta niña, despierta en su cuna,
que descubre la gran maravilla
de sus manos danzantes al aire
en el rito auroral de la vida
es mi nieta. Se cuenta muy pronto
una historia tan larga. La mía,
que descuenta su tiempo y confunde
con los años los meses y días,
ha ensanchado su cauce. Las aguas
que en los hijos se vieron crecidas
han abierto al futuro horizontes
hacia sólo soñadas orillas.


La niñez de los hijos es clara
vocación de destino, gravita
peso dulce y terrible en el hombre,
perfecciona el amor, edifica
el albergue del nombre y la sangre,
nos exige azarosa vigilia,
portadores de frágiles vasos,
hortelanos de tiernas espigas,
caminantes por cumbres nevadas,
plantadores del prado y la viña.


La niñez de los nietos es carga
dulce y leve en los hombros sin prisa.
La aventura se cumple y sosiega
al mirar en las limpias pupilas
reflejados los dedos que danzan
en el rito auroral de la vida,
invención del juguete y del juego,
balbuceo inicial de la risa.


Su alegría indecisa, su llanto
querencial de alimento y caricia,
las oscuras raíces que ahonda
en la entraña del ser, día a día,
anunciando en lejanos mañanas
horas plenas que ya no son mías,
a la vez que me afirman me niegan,
su esperanza es en mí despedida,
el relevo de paz, aceptado
cumplimiento final de mi hombría.