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domingo, 16 de octubre de 2011

5120.- MELACIO CASTRO



La súbita agonía de Melacio Castro
Walter Lingán



Melacio Castro nació en Caín, una aldea del caldeado norte trujillano, pero reside en Alemania ya varias décadas, por lo que no sé si es más peruano que alemán o bicerveza, o sea, viceversa pero con harta cerveza. Se inicia en el difícil mundo de la literatura con su obra titulada: De sones y de proles o poemas de las cosas sencillas (Chepén, 1988), cuyo título original, «La agonía súbita» se lo robó el duendecillo de la imprenta. Se trata de treintaitantos poemas que nos remontan en una apasionada odisea por los secretos vericuetos de la infancia, por las fantásticas quimeras estancadas en la memoria, por la nostálgica evocación de nuestros seres queridos, por la enigmática emoción del presente y del futuro. Su estilo simple pero preñado por la profunda intensidad de la sabiduría popular y su lenguaje espontáneo despojado de pomposa retórica alcanzan un ritmo de admirable cadencia sin detenerse, a veces, ante ninguna clase de parámetros ni métricas; más bien, la contextura de sus versos fluye fresca como el agua de los ríos, libre y rumorosa como los vientos. Estas características también son notorias en su libro La montaña errante (inédito como los que siguen), que relaciona algunos pasajes de la historia peruana con algunas costumbres y creencias campesinas, así como también en su poemario Los campos de mi tierra, que describe la vida en los campos y paisajes del norte del Perú y de Alemania.

Se dice que los escritores actuales no son aquellos señoritos que buscan fulminar la respetabilidad social, enlodarse en folklóricos escándalos, tan de moda hoy, sino que provienen de la clase media, ese sterbendes Tier, y del proletariado deseoso de respetabilidad. Son cholos o morenos hijos del pueblo trabajando afanosamente para alcanzar las cumbres de la respetabilidad. Ese compromiso está por delante. En «Poemas de Anacleto Meléndez», la lucha encabezada por Pedro Pablo Atusparia y Pedro Cochachín toman una estética ligada a la historia y al paisaje del entorno de Huaraz. En estos versos destaca fundamentalmente la figura heroica de Pedro Cochachín. Hay frescura y ternura en «Poemas de amor» y en los cuentos de «Crónicas de amor y de muerte». La lucha por la supervivencia como emigrantes en el Viejo Mundo, esas mañas para hacerse querer en estas tierras europeas se desgranan en la novela Memorias de Manuel. Actualmente trabaja en «Mi República ignorada», una suerte de autobiografía en donde le declara su amor a las luchas populares de hombres y mujeres del Perú, ese contingente protagonista único de la historia.

«De sones y de proles» es un canto sublime de dolor y esperanza. Al sumergirnos en su lectura nos aventuramos en el intenso universo en que viven los sectores populares del Perú profundo, analfabeto, no oficial, perdidos en los fantasmas tormentosos de la marginación, de la desocupación, del hambre, de la locura, de la violencia irracional y la miseria. Sin embargo hay lugar para la esperanza, para la sonrisa y la alegría, para la frase tierna. Esa fuente de su creación poética nos la muestra Melacio Castro desde el primer poema al ofrecernos el entorno precario y las pésimas condiciones en que se desenvuelve la vida de la mujer campesina y su familia:

En el lugar donde yo nací —y todos mis hermanos antes de mí—
no había un hospital / ni de esas cosas indispensables
llamadas ambulancias,
ni sabios de guantes blancos,
ni señoritas peinadas —o vestidas— a la moda.
Había por todas partes solamente fuerza de trabajo,
hombres casi animalizados por recios
terratenientes,
niños cargadores,
mujeres jóvenes muchas veces asaltadas
en su propia intimidad,
hermanas nuestras violentadas y hechas madres
sin divina concepción. (…)
La magia de los recuerdos infantiles nos envuelve en su inocencia. Quién no ha jugado con casas de madera o cartón soñando con el paraíso, quién no ha recorrido caminos fascinantes en los lomos de una briosa caña hecha caballo, quién no ha construido poderosas naves que surcaban por «mares de encantos», quién no ha corrido «plash-plash» haciendo salpicar los pocitos de agua de las lluvias tras las gallinas, tras las vacas. Estas evocaciones alcanzan una misteriosa turbación en el poema XVII, parafraseando a José Carlos Mariátegui, una «creación heroica» donde el juego, el trabajo y la lucha por algo mejor se amalgaman para convertirse en un mensaje rebelde, ingenuo y satírico.:

Juguemos a la ronda mientras el Niño no está:
¿Niño estás?
—Si, pero estoy segando pasto para mis chanchitos
porque sino el hambre los igualará a nosotros (…)
Juguemos a la ronda mientras el Niño no está:
¿Niño estás?
—Si, y me convertí en Lobo. Fui a pelear con la gente
del gobierno, en Lima, para que se acuerden
de nosotros, pero me dieron de patadas en el culo
y ahora salgo para que ustedes afilen mis enormes dientes
a ver si me los como, a ver si me los como… (…)
No podía dejar de estar presente aquel paisaje norteño vivido a profundidad, como chicha de jora bebida gota a gota hasta el fondo del potito. La naturaleza, unas veces áspera y cruel, siembra el caos y la desesperación; otras veces acogedora, otorga color y vida. Las inclemencias del clima: sequías en la costa, lluvias torrenciales en la sierra. Tormentas, rayos y truenos que desgarran los cielos y despedazan los cerros, ríos cargados de furia destruyendo chacras y sembríos, arrastrando con su corriente humildes viviendas, animales y gente. Pero pasada la tormenta llega la calma. Vino el verano… cuando cesó la lluvia, la tierra toda estaba herida. Y en / cada herida había ausencias y silencios infinitos… nos recuerda el poeta. Luego agrega: en los campos de mi Norte / en la frágil Costa de mi país —allí donde / pocas veces llueve y relampaguea / y truena, / la gente piensa que se aproxima el fin del mundo, / la hecatombe final, / el acabóse… para después llevarnos como de la mano donde la arena desnuda sus senos en forma de dunas y nos conduce por parajes polvorientos, secos, salpicados de retazos verdes donde florecen desafiantes el arroz y el algodón, hasta llegar a ese diminuto caserío de unas cuantas casitas aglutinadas en una sola calle, me refiero al pequeño poblado de Caín, su pueblo. Nombre bíblico y maldito para un pueblo siempre laborioso, / laborioso, / pecaminoso, potencial,… Ahí nació y creció Melacio Castro y el resto de sus hermanos.

En Caín el paisaje se viste de colores. Flores y floripondios, laureles y achiras, claveles y rosas, el poeta henchido de pletórica emoción les declara a todas ellas un amor completo, dulce e inacabable… Viejos algarrobos arrojan sus sombras y en sus ramas anidan palomas y dormitan serpientes, iguanas y lagartijas. Árboles frutales desfilan haciendo gala de perfume y sabor. Mangos, chirimoyas, plátano-manzano, uvas, provocadoras y pecaminosas, invitando a romperles la virginidad de su dulce pulpa… y apartarles sus pepitas con la boca, como quien aparta un sostén.

Tu pulpa, mango, siempre hice a un lado, con todo
respeto, pensando a veces que se trataba de una dama
de cabellos rubios que debía descansar un momento
tras habernos,
ella y yo,
satisfecho mutuamente, (…)
Su madre le repetía sin cesar: Cuando seas grande, / estudia y trabaja para que el Perú sea mejor… pero la escuela es para la inmensa mayoría de peruanos una pausa entre el trabajo y otra vez el trabajo o como nos dice el autor en el poema XXII: Mi primera escuela fue un paréntesis entre mis plantas y mis caminos… y aquí pone de manifiesto una vez más el ya cuestionado programa escolar, con un currículum de espaldas a la realidad del país. Aprendí —aprendimos— que lo blanco es lo mejor, / que lo rubio, y como muestra estaba Jesús, / era angelical, ternura, pasión, amor, / y el «resto» era, o estaba destinado a ser pus; / aprendí que lo europeo era «civilización», / que lo nuestro era apenas algo primitivo y chusco, / (…) En la escuela, al son de las primeras letras surgiría el primer amor, el amor a la maestra. Melacio Castro también recuerda a su maestra de la escuelita fiscal:

Hermosa mujer mi maestra; tenía hermosos senos,
piernas largas, seductoras; risa fresca de fresco riachuelo
me la imaginaba conmigo a solas tendida en el suelo,
pero su insistencia que pensemos sólo en cosas del cielo
me obligaba a admirar, a adular callando, mis instintos
serenos, sólo sus senos, sólo sus hermosos senos. (…)
Al estilo vallejiano evoca el cuadro familiar. La nostalgia por los lugares andados y habitados por los seres queridos. La casa de quincha, la madre sentada alrededor del fogón, la cocina con sus utensilios de barro y de madera, los perros y los cuyes debajo de la rústica mesa, la oscuridad de los rincones alumbrada por la débil luz de un candil, el padre peleando, aún muerto, por el pan. Los hermanos, los juegos y las travesuras y también las penas. Poema XXIX:

La mesa de comer nuestra
era la parte más viviente y más despierta de nuestra casa.
Era la cosa más nuestra, ¡nuestra!
¡Y mamá… era su impulso, su sostén,
su propia e inacable luz!
Pero esta pintoresca vida y ensoñador paisaje muy admirado por turistas y elevado a la categoría de apostolado se tornan acusación, denuncia, de aquellos pueblos olvidados por gobiernos apátridas y sus modelos de desarrollo centralistas y marginadores a pesar de cínicas leyes descentralistas y corruptos demócratas regionales y nacionales. Por eso no es raro que la tuberculosis, la malaria y el cólera, entre otros males, enluten miles de hogares peruanos. Poema III:

Nuestra casa,
de palo puro, sin ventanas firmes,
sin frígidos frigideres ni tocadiscos ululantes
tosca en sus camas,
sin luz eléctrica ni cantos electrónicos
sin agua potable ni quehaceres potásicos
sin baños higiénicos (…)
Dicen que la historia no se escribe, se hace. Y se hace a golpes y con mucho cariño. ¡Sin pan, sin historia, profana y sin historia divina / nuestras mujeres aprendieron a ser mujeres y nuestros / hombres aprendieron a ser hombres! (Poema X). Los pueblos marginados de la historia escrita oficial, los pueblos analfabetos recurren al lenguaje oral —incluso acallado e ignorado por ciertos intereses económicos y políticos— para trasmitir de generación en generación los acontecimientos y las fechas más importantes en sus vidas. Surgen así gran variedad de narraciones, cantos y creencias. Melacio Castro ha recogido estas historias y nos las vuelve a contar para recordar, para no olvidar. A continuación un fragmento del poema XI:

¿Sabe usted lo que es una dacha?...
dicen que es un templo (en mi país, Pre Inca
o Inca), o un lugar donde uno se cita con el cielo. Otros
dicen: «Es un lugar donde se encuentran muchos tesoros.»
La gente sencilla, dice: «En las huacas, pena…» (…)
«Siendo casi de madrugada —cuenta mi padre— me venía yo
de la Sierra (del Este) montado en mi mula «media luna»,
arreando ocho chivos. Cerca de la «Dacha de las Estacas»,
el camino de Caín es uno solo y angosto, y de polvo
natural lleno. De un momento a otro vi que en las orejas
de los chivos que arreaba había ardiendo una extraña candela;
vi que el suelo se hacía blanco y a los costados
míos se había abierto un campo inmenso, y estaba lleno
de flores. El apero de mi «media luna» de ser simple y
sencillo se había convertido en apero
plateado, con estribos, frenos y
rienda de finísima plata… el camino entero se movió, giró y se dio vuelta:
de un momento a otro yo ya no venía de la Sierra sino que me iba hacia ella. (…)
En el poema XVI nos habla de algo inevitable: la violencia política. Tema que fuera actualidad hasta hace poco (y que creo que volverá a ser: espero equivocarme) en todos los sectores sociales del Perú y desde luego también en el círculo de los amigos que realizan intensa solidaridad desde Alemania con el pueblo peruano. Más de veinte mil víctimas y algo más de tres mil desaparecidos en once años de actividades militares tanto por parte de las bandas de Sendero Luminoso como de las Fuerzas Armadas. Pareció que ambos estaban abocados en sembrar el terror y en una loca carrera de quién asesina mayor número de simples pobladores así como de sus más honestos y comprometidos representantes acusándolos indiscriminadamente de traidores o sospechosos de terrorismo respectivamente.

Como en el poema IV vendrá la madre, hijo, no quiero ver tu pena, / tampoco tu llanto, / junta tus manos a las mis manos / y ambas manos conquisten libertad… Ése es el reto que tiene la literatura que aspira la respetabilidad. La literatura no puede ser sólo el idílico paraíso de unos cuantos entendidos. La literatura como arte: ¡hace despertar! Elocuente testimonio es la obra de Augusto Salazar Bondy, César Vallejo, José María Arguedas, Juan Gonzalo Rose, Manuel Scorza, Javier Heraud, Mario Florián, entre muchos otros. Así, la obra de Melacio Castro, como la de los jóvenes escritores atrapados en las limitaciones del subdesarrollo, en tierra de sobrevivientes, donde vivir es una hazaña y se sabe que en literatura quien vive una hazaña tiene mucho que contar, se enmarca dentro de este arte renovador que recoge las aspiraciones populares, las recoge de sus enfrentamientos, de sus banderolas y las entrega a su pueblo en el verbo de su poesía:

En la época de la guerrilla
un hermano mío prendió una vela antes de echarse
al camino,
y, dicen que monte, venado o cóndor se hizo.
Debía ser sido eso, casi a medianoche. (…)
Nadie, de los más pequeños sabíamos
lo que era una guerrilla,
pero que era época de guerrilla, sabíamos, oíamos. (…)
Una madrugada —después de mucho tiempo— (…)
Y mientras una planta de palta serrana sembrábamos
en un costeño huerto,
él hablaba diciendo:
«La paz con justicia social puede ser un hecho cierto,
cierto…»
Y en Lima, como todo provinciano, es un emigrado que se sorprende del mundo criollo. No puede olvidar sus costumbres ni la percepción del mundo serrano-norteño. «Sus ojos», como nos dice, no comprenden esa Lima sucia, bullanguera, caótica, estafadora, violenta, prostituida. Esa Lima húmeda y de cielo cubierto de nubes oscuras y sucias llorando sin ningún apuro una garúa fina que se pega al cuerpo como un sello de escarcha. Con peculiar nitidez poetiza a Lima fundada contra el campesino, contra los pobres. Una Lima que ha ido perdiendo su perfil aristocrático por la masiva presencia del Perú profundo que ha llegado a esta nueva tierra en busca de porvenir. El rostro de la nueva Lima, de la Lima de las últimas décadas, tiene ahora un perfil cholo. A este proceso que ha costado —aún cuesta— sufrimiento, paciencia y coraje le han llamado la cholificación de Lima:

Llegué a Lima (provinciano al fin)
el día que un criollo vendió la plaza San Martín
a un serrano. (…)
Nosotros (Lima)… los anónimos «cholitos» tenemos miedo
de ti (y por ti): te ocupamos poco a poco,
abierta o encubiertamente, y te decimos, si,
que hemos visto tus nubes y tu viento en sangre
y en humo manchados… pero con tu zócalo,
con tus peces y tu hierba, desafiantes, estamos aliados
para hacer posible con toda razón y con todo corazón,
tu necesaria y victoriosa Resurrección…! (…)
El arte, en este caso el arte literario, esa noble tarea de hilvanar, con paciencia y amor, palabras y versos, dicen que es un robo, que se apodera de las cosas ajenas, que su inspiración está fuera del artista. Pero el poeta universal César Vallejo nos advierte cuando escribe que «Todo acto o voz genial viene del pueblo y va hacia él» y justamente eso hace Melacio Castro con su producción lírica y narrativa. Hombres y mujeres del campo y la ciudad, su vida diaria, sus tradiciones y sus leyendas, sus anécdotas y sus cuentos se confunden para irrumpir en creación literaria sabia y rebelde. El hecho de reflejar la fresca intimidad de las multitudes, sus esperanzas de justicia y amor, su sed de pan y belleza, sin renunciar a la estética, hacen de «Sones y de proles o poemas de las cosas sencillas» una poesía que educa, organiza y unifica para construir un «Perú nuevo dentro de un mundo nuevo».







LA AGONÍA SÚBITA

Mi madre me trajo al mundo
a la sombra de un viejo algarrobo.
Una paloma entonaba una triste tonada cerca suyo
y mi padre creyó conveniente darle caza
para tener con qué alimentar a su
mujer que aún sangraba.
La agonía súbita de un ave que cantaba
coronó mi primer grito... y pobló mi pecho.
En el lugar en que nací
no habían hospitales ni ambulancias.
Había sólo
hombres y mujeres que por uno o dos centavos al día
trabajaban para los terratenientes.
Junto a ellos, niños cargadores, ajenos a las letras;
muchachas que de cuando en cuando eran
empreñadas contra su propia voluntad...
Mi madre, una mujer menuda
y huérfana de los campos de la sierra del Perú (mi país)
fue siempre lavandera, hiladora, tejedora, labradora
y cocinera...
Acosada ciertas veces en las casas de sus patrones,
decidió hacerse pastora de uno de éstos.
Junto a unas rocas desde las cuales vigilaba las ovejas
de una hacienda, una tarde un hombre la asaltó.
Sus dientes y sus uñas
no bastaron para rechazar a su súbito ladrón.
Luego de usarla, éste le dijo: "serrana sucia, tu virginidad
no fue tan rica como tus papas con salsa de albahaca y
guacatay". Meses después, no tan lejos del ganado
que pastaba, mi madre tuvo a su primera criatura.
“Para la agente como nosotros”, contó mamá,
“en la sierra, hijo, había sólo miseria y violencia.
Cuando conocí a tu papá, un hombre ya mayor, me escapé
con él a la costa. Te parí con gusto, hijo,
pero la fecha de tu nacimiento se convirtió, para mí,
en el canto de la paloma que tu papá, al pie del alagarrobo,
mató de un balazo, diz que pa’alimentarme...”
Casi al pie del viejo algarrobo al cual nací
había un arroyo cuyas aguas servían para regar
nuestra escasas sementeras. Mientras una partera
de apellido Centurión lavaba en sus aguas la sangre
que cubría mi cuerpo, mi madre comentó:
“Cuando sea hombre, quiero que mi muchacho mire
mucho más allá de las estrellas”.
Una mujer analfabeta, cuando yo iba creciendo
mi madre nunca cesaba de decirme: "De grande,
hijo, para que el Perú sea mejor, estudia y trabaja..."
Sus palabras eran firmes; su voz, dulce.
De sus labios, mis hermanos mayores escucharon
palabras análogas: "Si no estudian van a ser
como yo, ¡analfabetos y sin derechos!"
Mi madre y un medio hermano de papá, tío Patricio,
tuvieron una idea: juntar sus manos a las manos
de los niños de mi pueblo y construir,
adobe a adobe, nuestra propia escuela...
¡Pésima fue nuestra suerte con nuestra primera maestra!.
Delicada mujer de fino cuello, provenía de un mundo extraño
al nuestro e ignoraba, por ejemplo, que el camote daba
sus frutos dentro de la tierra. Creía, además, que los limones
ácidos nacían maduros, raíz adentro de sus árboles. Aún así,
dudaba de nuestra capacidad de aprendizaje. Con frecuencia,
se santiguaba y nos mandaba rezar para que Dios,
alguna vez, sostenía,
nos conceda los hospitales “y otros bienes inherentes a
la civilización”.
“Padre nuestro que estás en los cielos”, suplicaba,
“sálvanos de la miseria
como cada día salvas a este gente de sus burdas tentaciones".
Mi primera maestra de escuela
separaba nuestro mundo entre uno de arriba y uno de abajo.
Colocaba arriba un celeste paraíso y, abajo, a una infernal
tierra. Sostenía, satisfecha, que en la tierra
civilizados eran sólo los que rezaban. “Las personas
civilizadas, niños”, predicaba, “son las personas
que han nacido para mandar. ¡El que no reza
es un bárbaro y ha nacido para obedecer!”
En mi pueblo, la gente era de acción y desconocíamos
las súplicas.
“Nuestra primera escuela”, pensábamos, “fue producto
de nuestro trabajo y no de rezos ni de súplica alguna”.
Gente sencilla la nuestra,
carecíamos y seguimos careciendo, menos mal, de iglesia.
¡Nunca aceptamos se nos mande arrodillarnos!.
Rechazábamos, y seguimos rechazando, de que habíamos
nacido sólo para obedecer!“.
A la prédica de mi primera maestra,
lo confesábamos,
preferíamos el canto de los pájaros.
¡Algunos de mis colegas y yo, niños descalzos y de
cierta fantasía, empezamos a soñar
con la desaparición de lo de arriba y lo de abajo.
“ De repente Dios”, pensábamos, “bondadoso en el
paraíso, con sus pies sobre la tierra comprenda
que es urgente y necesario trabajar para que,
algún día,
nuestras hembras dejarán de parir sus hijos a la sombra
de viejos algarrobos” …