BUSCAR POETAS (A LA IZQUIERDA):
[1] POR ORDEN ALFABÉTICO NOMBRE
[2] ARCHIVOS 1ª, 2ª, 3ª, 4ª, 5ª 6ª 7ª 8ª 9ª 10ª 11ª 12ª 13ª 14ª 15ª 16ª 17ª 18ª 19ª 20ª y 21ª BLOQUES
[3] POR PAÍSES (POETAS DE 178 PAÍSES)

SUGERENCIA: Buscar poetas antologados fácilmente:
Escribir en Google: "Nombre del poeta" + Fernando Sabido
Si está antologado, aparecerá en las primeras referencias de Google
________________________________

jueves, 13 de octubre de 2011

5111.- ALEJANDRA CASTRO


Alejandra Castro Bonilla (Costa Rica, 1974) es una abogada y poetisa latinoamericana.

Alejandra Castro Bonilla nació en la ciudad de San José, Costa Rica, en el año 1974. Estudió Derecho en la Universidad de Costa Rica, donde obtuvo una Maestría en Literatura Española. Posteriormente, realizó estudios de posgrado en la Universidad Complutense de Madrid, España. En el 2007, se vio envuelta en la polémica, al defender públicamente, y representar en debates televisivos, a los grupos que estaban a favor de que Costa Rica firmara una Tratado de Libre Comercio (CAFTA, por sus siglas en inglés) con los Estados Unidos, todo lo cual le valió la animadversión de los sectores artísticos y académicos. Actualmente, dirige la Maestría en Propiedad Intelectual de la Universidad Estatal a Distancia.

Reconocimientos
En 1993 obtuvo el Premio CEULAJ por su libro Desafío a la Quietud; y una beca por parte del Gobierno de España para participar como representante de Costa Rica en el Primer Encuentro Internacional de Escritores: Literatura y Compromiso, que se celebró en Málaga, España. En 1998 obtuvo el Premio Joven Creación otorgado por la Editorial Costa Rica, por su obra Tatuaje Giratorio. Además, fue finalista del Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines y de los Juegos Florales Internacionales de Quetzaltenango.

Obra
Desafío a la quietud (San José: Líneas Grises, 1992).
Loquita (San José: EUCR, 1996).
Tatuaje giratorio (San José: EUCR, 1998).
Hay milagros peores que la muerte (San José: ECR, 2002).
No sangres (San José: ECR, 2006).
Juro la noche (San José: EUCR, 2008).







Huracanada

A mi madre

Contraatacando
tu vértice emerge
y me lanzo al Norte
allá donde no me reconozco
donde provoca no ser herida
y esconderme de tu cántico
de tu galaxia sangrante.
Pero no me sirve mirarte de lejos
y vivir en el punto exacto
del que huíamos antes
tantas veces.
Aquí dejaste el frío que te encerraba
la cárcel
las rejas de antaño.
No me sirve el norte
por la absurda lejanía
que ya implica su silencio
y por todo lo que esconde.
Pero tu soledad convergente
se apiada
y con el mismo giro de tu huracán
me aferro al Este
espejo de viento y luna en anverso
prohibitiva catarsis
en que la tierra se descuartiza
y me cabe entera entre las manos.
Yo no sé jugar con tu universo
y seguís igual de distante
Eréndira aferrada a su soliloquio.
No estoy allí para vos
es cierto
pocas veces lo dijiste.
Estoy en el Este azur
de un blanco empedernido
casi transparente.
Y desde aquí nada
ni siquiera te diviso.
Así no más.
Estoy donde provoca la niebla
un fantasma
y se arremolina la certeza
de no conocerte.
Estoy donde una vez quisiste que te viera
entre murmullos aterrados
entre sumisiones ascéticas
mirando por una buhardilla
la inmensidad oculta de tu cuerpo.
Y en el poniente
anocheciendo tu vuelo
resistiéndome siempre a la sola idea
de que una vez te arrebaté las alas
y quedaste alucinando entre jirones.
Se hizo la constelación de la rosa
de la rosa de los mares eternos
reventando mis costas
pariendo.
Después esa necesidad terrible
de seguir brillando
y el Oeste rojizo te encierra
te absorbe hacia su luz
pero vos
que todo lo viste
reconocés el infierno.
Y tu ángulo que se extiende
sigue intacto
no dejándose llevar hacia el fuego
siempre en el centro imponente
provocando tempestades.
Y yo te quiero
no hablo
ni siquiera me acerco.
Recibo en mi Oeste
tu luz agotada
que provoca esa impotencia
esas ganas de salir corriendo
hacia el génesis que lleva escrito tu nombre.
Pero y es que vuelve
vuelve siempre el huracán
y yo que me dejo arrastrar
en su voz orgiástica de cuatro soles
llego al borde
al Sur que apunta
que amenaza siempre
con su filo de estalactita
chorreando constantemente un carmesí.
Aquí donde los vientos cruzaron la Tierra de Fuego
donde se quebró el mandala
y quedó tu aroma flotando buscando un mar.
Aquí donde lo que provoca
es seguir creciendo a pesar de la muerte
que llevamos derramada por dentro
donde lo que provoca es cualquier cosa
menos conocernos.
Y a veces aquí
donde añoramos tu mirada apacible
prolongada.
Yo no quiero caer
en este abismo erosionado
en esta ausencia de contornos
donde de todo lo que ves
nada existe
nada
más que tu palpitar fortísimo
que me llama
tu magia que me extrae
hasta que logro deshacer remolinos
cruzar descalza los arrecifes
asirme del magma esculpirme en roca
y llegar finalmente allí
hasta tu furia
en el centro
hasta tu libertad desconocida
hasta vos
hasta tus sueños censurados
inconsciencia de vida
hasta tu mano, nacimiento y muerte
hasta el grito que escuché
mientras huía
hasta tu eje permanente
hasta la convergencia
nuevamente huracanada
hasta vos
hasta donde estabas sola.

De Loquita, pp. 15-18









Esta madrugada sola

Esta madrugada
sola,
extraño amanecer tan triste
que me espera.
Me aferro a vos
como lo hiciera antes de la noche:
como la luz que marca
la cruz a medias,
el anillo de plata
haciéndote el amor
si yo faltara
si vos fantasma
en época de fuga.
Qué extraño perderte.
Qué extraño tu cuerpo
de perfil escondido
y las calles enormes de piedra.
Qué hiciera yo para morir,
para odiarte entonces
extendido tu recuerdo,
tu olor sangrante;
la noche ésta
que nos vio amando,
que lo sabe todo,
que te odió por mí.
Y esta madrugada
sola
cuando los tiempos de las tres brujas
han vuelto
y sacan sus cuchillos y pócimas
para herirte, Macbeth,
antes que el círculo blanco desaparezca.










Oración del gozo

“Todo cuanto pretenda enmudecerlo
maldito sea”
Felix Grande

Bendito el día que a vos accedí por perverso.
Bendita la noche que sentí la miseria
detrás de tu espalda.
Bendita la virgen múltiple
que acudió a cobijarme las piernas.
Benditos todos los hombres
que no fueron míos
y el coraje de aquel que me quiso.
Bendito el reloj que marca mi paciencia
en cada uno que se esfuma.
Bendito el patético odio inadvertido,
la ridícula fábula del vino anterior
a los besos.
Bendita tu pausa
cuando dije “te quiero”
y brindé en la penumbra
por un cuerpo incontenible.
Bendita la crueldad
que me persigue
y asusta de repente a mis gatos.
Bendita la conciencia
de gozar una mentira
con un hombre a la orilla de mi cama.
Bendito el error que amenaza en el espejo
como el gesto absurdo de las guerras.
Bendita la venganza prometida
en una alcoba,
la amenaza de la sangre
en un cuchillo.
Bendito tu roce depravado
por ser el último que siento.







Los emigrantes

Los emigrantes a veces
abandonan sus desgracias en los trenes,
recorren la sangre absoluta
de una mujer degollada en sus confines.
Retoman los caminos de los libros
y el devenir de Fausto a la locura.
Se bañan en la lluvia de los parias,
en el andamiaje de la muerte
sus mentiras.
Salen a la luna los domingos
persiguiendo su regreso en los amigos.
Recorren las leyendas de la guerra
con una voz distinta
y sus casas son pájaros de sangre
para un insomnio desolado.
Los emigrantes, diminutos malheridos,
conocen del tiempo su afanosa venganza
mientras adquieren lejanías más ingratas.
Dibujan ventanas a sus ruidos,
escriben su historia
en las banquillas
y cocinan terquedades para nombres
que no vuelven y los hijos muertos.
Después desmienten
pero nunca olvidan
y quieren volver
y no vuelven.