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domingo, 9 de octubre de 2011

5062.- JOSÉ LUIS BERNAL


José Luis Bernal Salgado
Cáceres, 1959
Nació, creció y vive en Cáceres, ciudad cuya permanente presencia ha influido en su visión del mundo. Es Profesor Titular de Literatura Española de la Uex y autor de varios libros monográficos sobre literatura española del siglo XX; sobre todo ha trabajado sobre las vanguardias y la Generación del 27 (El Ultraísmo, La Biografía Ultraísta de Gerardo Diego, Estudio bibliográfico de la poesía de Gerardo Diego); ha preparado algunas ediciones críticas (Gerardo Diego y la Vanguardia Hispánica; Antología poética del Veintisiete); ha estado al cargo de la edición de la Correspondencia entre Salinas, Diego y Guillén (Pre-Textos), Prosa literaria de Gerardo Diego, (Alfaguara, 2000), Antología poética de Luis Cernuda, (Adonais, 2002); o de libros como Imagen (Centro Cultural de la Generación del 27), Soria y Manual de espumas (Club Internacional del Libro) de G. Diego. También ha publicado varios estudios y ediciones de escritores extremeños contemporáneos, como Antonio Rodríguez Moñino y Francisco Valdés. Ha publicado unos cincuenta artículos de crítica literaria en diversas revistas especializadas. Dirigió con J. M. Fuentes la revista Gálibo y la colección de Poesía Palinodia.
J. Luis Bernal ya figuraba en la antología de Esquina Viva, Jóvenes Poetas Extremeños en el Aula, así como en la M. A. Lama Diez años de poesía en Extremadura.
Sus dos únicos libros de poesía hasta el momento recogen textos escritos durante sus años de juventud. Los poemas, en verso libre, tienen un ritmo basado en un contenido sentimental. Su estilo se basa en imágenes superpuestas, completamente nuevas, en las que se perciben de lejos ecos del surrealismo, quizá más que en las imágenes en ciertas asociaciones (Ahora que vivimos como labios / en la horizontal / dulzura del tálamo o en otro poema: mis noches son azúcar que alimenta caballos). Ese equilibrio entre la imagen vanguardista y el vocabulario cotidiano aporta al poema una tensión que lo estructura.
Los poemas de J. L. Bernal hablan de sentimientos, de amor, de sufrimiento; sin embargo, no debe hablarse de tono triste del libro, la ilusión y la esperanza caben en sus poemas, algunos de ellos llenos de un amor intenso, de un vitalismo alegre y primaveral. Quizá el segundo libro es más objetivo y hermético: se estructura en cinco albas, que quiebran el silencio de la noche. El poema en este segundo libro parece, no obstante, un ente autónomo. La espera de la rosa y la palabra aparecen como metáforas del silencio del autor, la enfermedad de su hija produce pesadillas, alternan con otros poemas más sensuales, amorosos o descriptivos de la amada. El único hilo conductor se encuentra en la idea de la memoria como regeneración cíclica, como un canto a la vida después de la noche.
Son dos libros que muestran a un poeta que intenta renovar el lenguaje poético, que se sirve del poema corto, del verso libre, que mira a su alrededor y expresa en ciertos momentos una plenitud propia del amor juvenil. Un poeta que sabe devolvernos la tristeza vestida de ilusión. Actualmente tiene preparado otro poemario que aún no ha visto la luz, titulado Tratado de ignorancia.

F.J.J.B.

Bibliografía
Primavera invertida. Mérida, ERE, 1984. (Premio Constitución de poesía 1983)
El alba de las rosas. ERE, Mérida 1989. (Premio Cáceres Patrimonio de la Humanidad)




Primavera invertida, de José Luis Bernal.


felicidad
azul, como promesas de muerte.
Esto ocurre en Abril, donde florecen
los labios ávidos de vida.
En la trastienda de las órbitas mojadas,
donde la luz no existe; en Abril,
al compás de mi pulso de diamante.






Acudid a esta epifanía de rosales,
de caballos blancos y maderas, entre formas
de jinetes de viento y cartones en el rostro,
y dadles la dignidad de andar sobre dos piernas
a los niños que hablan del amor con los sexos
en las manos y los labios manchados de azúcar.
¿Acaso no supisteis que al cumplir ocho años
surgía en vuestros pechos un perfecto arcoiris
y el mundo no era el mundo sino un cuento de hadas?

Dejadme con los ojos adornando la infancia.





A Bagdad con los ojos en Pegasos de nata,
en ensueño de hilos que traba la magia
por el aire. Ya en ella, descansados de cualquier cita,
abandonamos el cuerpo a la pasión del agua
en la lucha de manos que el serrallo inaugura.
Al pairo de los labios presenciamos las noches
Y aguardamos al sol entre los cierros.

Preguntad al sabio por la mujer de dos senos,
la de la boca de almendras y los ojos de tiempo,
la que tendida yace como la virgen del sur,
y, una vez encontrada, descansad de la historia.






Las once y las mujeres con antorchas de sangre.
Son las once y Dios habita a la más bella de ellas.
El aire que no es aire perfecciona el momento,
mientras mueren de asfixia los amantes obesos.







Mis ojos acosados por estrellas de luto
desnudan en la noche sus lágrimas cansadas.
Su desazón se tiende en el regreso, esperando
la luz azotadora de los labios y frentes.






...Al menos es digno poder morir en casa propia,
con pechos que te acogen o la dicha encinta
y los llantos en el cuarto donde tú nunca vas.
Docenas de ojos aguardando la picadura estéril de la muerte,
jugando con el tiempo y los puntos de vista,
haciendo de los péndulos mástiles de diez metros.







El alba de las rosas, de José Luis Bernal.


Liminar injusticia de la aurora,
como el fuego te estás oscureciendo
en el orden perfecto del silencio,
en el roce imprevisto de la rosa.







De la más blanca palma ha nacido esta tierra,
un recinto extensible por la luz hasta el alba,
donde crecen a saltos el espacio y el tiempo.

Será un dominio vivo accesible a mis manos,
una bóveda malva con memoria incansable,
un inverso destino de rosa y madreselva.
Al final será hermoso contemplar abatidos
el solar que disponen en tu piel y tus ojos
mis labios más zafreros, más mártires y puros,
contemplar abatidos el azul maleficio
de tu cuerpo rendido por mis manos al alba.






Tras tanto amor, este irrisorio asombro:
Sólo la muerte asciende el olvido a memoria
y eleva del abismo los recuerdos dichosos.
La noche lo simula y equivoca tus ojos,
deshaciendo los nudos del pañuelo del mundo.








Como el mar descabalga
en la fiel escribanía de la arena,
la claridad inunda sin tardanza
los lechos de la sombra,
soledades de luz,
donde yace la noche con el alba.







¿Mas la dicha consiste en esta certidumbre
de luz y movimiento?
¿Acaso esto es la dicha?
Inundarnos los ojos de un vértigo sin trinos,
consolar la pasión con lujuria de espumas
y dudar de existir porque el tiempo aparece
moribundo en el aire.
La vida pesarosa se gasta en galanteos
y en dejes de suicida.
Precipicios de nardos
jalonan los mareos con que el mar nos asedia.





Te va el azul, como al cielo
le sienta, con la luna,
ese color de leche oscurecido.
Tus ojos lo agradecen
con la terne dulzura
del iris arqueado.
Pero mi amor no distingue
la gama de tus gestos,
la cenefa de voces
que tu cuerpo pronuncia.






Impreciso es tu cuerpo: región de las espaldas,
geografía de niebla que no verán mis ojos,
arena acristalada, que nunca desemboca,
ni regreso, ni dicha, ni olvidado recuerdo.





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