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domingo, 25 de septiembre de 2011

5005.- ALEJANDRO NICOTRA


ALEJANDRO NICOTRA
Nació en Sampacho, Córdoba, en 1931. Licenciado en Letras por la Universidad Nacional de Córdoba, ejerció la docencia en institutos de enseñanza media y superior de la ciudad de Villa Dolores, Córdoba, donde actualmente reside.
Ha publicado: Detrás, las calles, Colección Adonais, Rialp, Madrid, 1971; Puertas apagadas, La Ventana, Rosario, 1976; Lugar de reunión, Taladriz, Buenos Aires, 1981; Desnuda musa, Alción, Córdoba, 1988; Hogueras de San Juan, El Imaginero, Miramar, 1993; Cuaderno abierto, Colección Fénix, El Copista, Córdoba, 2000; El anillo de plata, Colección Fénix, El Copista, Córdoba, 2005; De una palabra a otra, Colección Fénix, El Copista, Córdoba, 2008. También pueden citarse las antologías y compilaciones El pan de las abejas y otros poemas (Selección y ensayo de Ricardo H. Herrera), El Imaginero, Buenos Aires, 1983; Puertas apagadas/Lugar de reunión, Universidad Nacional de Córdoba, Córdoba, l986; Il pane delle api e altre poesie (Introduzione e traduzione di Franco Avicolli), Centro Internazionale della Gráfica di Venezia, Venecia, 1993; Poesía (1976-1993), Alción, Córdoba, 1994; Antología Poética, Colección Poetas Argentinos Contemporáneos, Fondo Nacional de las Artes, Buenos Aires, 2002; Lugar de reunión (Obra Poética 1967-2000), El Copista, Córdoba, 2004.
Ha recibido, entre otras, las siguientes distinciones: Premio “Arturo Capdevila”, del PEN Club Internacional (Centro Argentino), 1968; Premio “Leopoldo Lugones”, de la Universidad Nacional de Córdoba, 1969; Faja de Honor (1976), de la Sociedad Argentina de Escritores, 1977; Premio “Esteban Echeverría”, de Gente de Letras, 1991; Premio Konex (1984-1988), de la Fundación Konex, 1994; Premio “Consagración”, del Gobierno de la Provincia de Córdoba, 2003.
Es Miembro Correspondiente de la Academia Argentina de Letras.






ENUMERACIÓN URBANA

Las avenidas que corren en la noche
con todas sus lámparas encendidas, hacia el amor–
y desembocan en los baldíos y las sombras.

Y las plazas, los sitios
donde el tiempo respira y dice, por árboles
y gárgolas:
–Yo soy la eternidad…

Y los edificios, altos,
con ventanas abiertas a un millón de existencias
posibles. (Y no hay más que el cuarto, blanco y
negro,
en que alguien está solo. Cuartos
y cuartos como planetas fríos.)

Y los puentes, anacrónicos
en la elegía y el suicidio, sólo pasos
de una calle a otra calle.

Y las calles, que entre relámpagos
y gritos, te conducen
al fin de un día más.









LUGAR DE REUNIÓN

El hombre que ahora escribe,
con mano que se cierne mortal,
escribe para los ojos de su muerte.

Busca un lugar de reunión.

Árboles desaparecidos y futuros,
las fuentes que no cesan, circulares,
tus ojos y su boca:
¿hay una plaza
sin nombre, a donde dan todos los
días?

Busca un lugar de reunión.
escribe para los ojos de su muerte.









CON ÉL

Para otros,
los arabescos de la imaginación
o de la lógica:
nueva-
mente,
el palacio de Góngora,
el patio con la luna
y su rayuela,
la mariposa
–inmóvil–
en las salas de hielo.

Para nosotros,
la roja flor y de ceniza
sobre la mesa de don Antonio Machado.










AMANTES

Sí, fugaces
minutos,
en un bar, en una plaza, en un hotel sin nombre,
y alrededor
las instituciones, las sustituciones, las ficciones,
el disco
que una vez y otra vez gira en la nada.
Pero ellos,
la flor:
los condenados a morir
también,
pero después de haber vivido,
ellos,
los del abrazo en los andenes
para las ruedas con que muerde el hierro
la rosa rápida
de dos.









VENUS

Cuando llegas, nadie te anuncia,
aún oscurece piedra y piedra la tarde
y apaga arriba o halcón o paloma,
sus animales de fuego.

Y los árboles ya son objetos de la noche.

Todo cicatriza, como un párpado;
damos la espalda al cielo.

Pero tú abres puertas,
te instalas y desnudas,
e inicias, en los declives de la sombra
–fijo planeta, rara diosa–,
el esplendor de la mujer y el rocío.











EL LLAMADO

(Emily Dickinson)

–Llamo a las palabras
como a los pájaros en el jardín, ofreciéndoles
agua y pan de un silencio,
que se parece a mi vida.

Ellas vendrán,
si vienen, a decir su aleteo,
su trino alegre o lúgubre
en torno a mi mano:

para que yo sepa, de verdad, escuchándolas,
cuál ha sido la ofrenda.

[De una palabra a otra, Ediciones del Copista, 2009]











A ROBERT FROST

(Al margen de “El Teléfono”)

¿La oíste, de verdad –que ella te hablaba
por aquel tallo y su flor
ahí en tu mano?

Pero, lo sé,
es pregunta retórica: monodia,
forma que sueña un diálogo.

(“Alguien habló”, dijiste,
y yo lo creo.)









A SÍ MISMO

Tema del anochecer,
última luz,
materia
apta, tal vez, para ilustrar la estela
de este día –y su fe:
y no, ahí
la dejas, virgen
en las canteras que ya oculta la noche,
como una veta de amatista o ágata
inexplorada.

*

(Coda)

Así el día se va
como el amor que alentó las mañanas,
que dio al Oeste su declive
lento –de valle,

y ahora es el turno, dices, de la sombra
aún tenue, y su piedad.









IMAGEN

Alguien
de pies descalzos sobre el amor y la muerte

Alguien que se pierde en los espejos
y abre las puertas cegadas en los años

La voz que aguarda tu oído
los ojos dispersos por la noche y las ciudades

La recordada la desconocida
la mano siempre más allá de su adiós

Alguien por una calle
donde los árboles fuesen invernales

A orillas del fuego
a orillas de tu corazón que no duerme

Ya sin nombre
como un ángel tras la visión de la locura

O la última soledad o la esperanza