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martes, 20 de septiembre de 2011

4968.- LUCY CHAU


Lucy Chau nació en Panamá en 1971. Entre sus publicaciones individuales está el poemario La Casa Rota. El poema IndiGentes, La Virgen de la Cueva. Premio Ricardo Miró 2008 en la sección Poesía y Premio Nacional de Poesía Joven Gustavo Batista Cedeño en el 2006. Desde 1993 pertenece al Colectivo de Escritores José Martí. Es además intérprete inglés-español y cantó como solista y coros en el disco Vida de Perros de la agrupación panameña Trópico de Cáncer, así como en sus últimas presentaciones en Panamá. Respecto a la poesía nos dice:” Habrá que difundir la poesía, difundir su líquido amniótico y la savia que de ella emerge para retornar a la palabra. Habrá que devolver la poesía a los parques, a las plazas, a lo cotidiano, habrá que implantarla en la academia como una base para entender todo conocimiento, habrá que humanizar con ella todo cuanto exista, de modo que en ella la tierra se pronuncie libre y primigenia”.






PADRE

¿Viste, padre?
No quisimos vivir en una casa,
todos los muchachos que fuiste
piden a llantos una madre.

Ya no me arrepiento del mar,
era tu casa y te fuiste,
tocaste tierra y ya nunca
volveremos a viajar.

¿Te das cuenta, padre?
Cuando el ancla decide quedarse
necesita un lugar donde soñar.









LA CASA QUE FUI

La casa que fui
no tiene puertas
ha dejado salir
al habitante.









LA NEGRA

Hay una negra detrás de mis años
que mueve mis caderas cuando bailo.
Hay un hechizo que sucumbe a mis ojos:
la magia de la isla y el continente.

Me rindo con mi pelo rizado,
ya no le doy vueltas a mis labios carnosos.
Cualquier clase de tambor me pone el toque
y yo le contesto con aromas diferentes.

Diosa, cumbia, samba, mambo,
no tiene nombre todo el ashé que enciende.
Acá llegó mi mama diciendo que era blanca,
y nadie le creyó cuando nació la negra.









TANTO

“mi canto está conmigo
no tengo soledad.”

Silvio Rodríguez

Fuimos tan una sola piel
que me llegaron a doler tus heridas.

Fuimos tan una sola forma
que no me reconozco en el espejo.

Tu risa y la mía se acoplaron tanto
que a falta de la tuya
nadie pudo entendernos.

Y yo, que tanto gocé sobre tu lecho
ya no encuentro disfrute en el deseo
Porque tan, tanto y tanto y tan y tanto
no lo puedo inventar
sino en tu cuerpo.











PUNTO EBULLICIÓN

A cien grados
ya no me quedan dudas
de la magia.

Entre el sol y yo,
aunque hay cuentas pendientes,
fusilamos bacterias
desplumamos gallinas
horneamos pastelitos
y encendemos la luz
donde antes habitaba la sombra.












NOTICIERO

Aquella voz
que nunca tuvo miedo
hoy cuenta mis tragedias
en términos de daños materiales,
por eso me dan sábanas nuevas
y un colchón
en el que no están tus sudores,
ni mis sueños.











LA NOCHE

Tú no sabes lo que es la noche, Niko,
hasta cuando anuncian que no pasarán la pelea del Kid Wilson,
y tu padre no sabe que hacer con sus cervezas heladas
y es entonces, Niko, que todo oscurece;
es entonces cuando el silencio te penetra y se aloja en tu costado sonriente,
es entonces cuando llegas a pensar en el miedo
como un extraño que llega y se sienta en tu cama.

Y tú, Niko, pensando lo distinto de ese amanecer
con el recuerdo del Kid Wilson dentro de su bata,
dando pasitos de baile
al tiempo que sus puños cortaban el aire a golpes.

Tu, imaginando la fiesta de un knok out, Niko,
dejándote abrazar por tu padre
como un amigo bueno que festeja otra cosa, Niko,
que festeja la cosa más grande,
más hermosa, más linda;
y a la vez sabes que Kid Wilson eres tú,
es tu padre el día de tu parto,
y lloras,
lloras como el día en que naciste,
porque no sabes quién es Kid Wilson
ni su madre
ni la madre de su madre,
pero te aferras, Niko,
porque es el único modo
de no cargar el peso de la noche.








LA LLEGADA

Yo no sabía,
adentro me iba creciendo un camino
y un pueblo entero se detuvo a descansar.
No sé si lo inventaron,
pero las estrellas también pasaron con ellos
la primera noche.

A la hora del fuego
el calor estaba ya servido,
“y vio Dios que todo cuanto hizo era bueno”,
así que la primera piedra
fue colocada en el laberinto de la diosa.

Era la quinta luna escrita,
cuando la primera tempestad sacudió las ventanas
y los gritos ahuyentaron a la muerte
del manto rojo.

Después,
empezaron a llegar los tambores,
con ellos, los pasos,
una mantilla bordada en hilos del resguardo;
y un día
el sitio empezó a poblarse de cantos.

Allí fue que los rituales se inventaron,
y yo para grabarlos
derribé piedras para hacerlas
depósito de la heredad
en donde buscar los arraigos.

Aquel camino se llenó de pasajeros
y no hubo manera de saber
hacia dónde querían llegar con tanto apremio,
sólo se pudo reconocer
a quienes olvidaron calzarse los zapatos
y escribir su nombre en el silencio.

Anoche recordé
que de tanto reír
saliéron desde adentro parques,
y una legión entera de inventores
se dispuso a crear soluciones para dormir la noche entera.

De todos lados emergían
millones de “lindas manitas que tengo yo”
y lloraban a carcajadas
los cementerios sedientos de ojos
que nunca llegaron a ver más allá
del inicio de nuestro largo camino.












EL TREN QUE PERDÍ

Era yo, de pie junto a los rieles del tren que había perdido.
Lo perdí ayer, cuando dieron las doce y nadie había tocado mi puerta;
lo perdí siendo niña, frente al príncipe bueno del libro de cuentos;
lo perdí la noche en que un hombre me negó como su huella.

Mi madre jugaba a las muñecas con calcetines viejos,
pero las abandonó por la penumbra de su herencia,
y otra vez perdí.

Hace tanto tiempo un barco sombrío encalló en la arena,
y mi abuela fue expulsada con rabia de ese vientre
que sólo paría desconsuelos.
Allí perdí no sólo el tren, sino el camino a la infancia.
Yo, que venía esperando en la llanura,
iba a perderle sin saber por qué Ikele no se despidió de su Yimbé.

La noche empezó llevándoselo todo
(sólo en la punta de mi dedo encontrarán la clave),
el frío se apiadó y me hizo compañía,
hasta escuchar crecer el sonido de los rieles.

Hoy he sido yo de pie frente al tren,
lo vi partir
no tuve miedo,
porque sé que hace mucho tiempo
lo perdí.










LECHE

Llevo la camisa empapada en leche
y el presentimiento de un llanto que me necesita.
Del corazón me viene medio litro de sangre
guardada para el hambre de mi niño.

Busco descansar en sus brazos
pidiéndole perdón por las horas de sueño que he perdido.
Sólo sus pequeños labios me dan el descanso extraviado,
sólo su sed de vida indica la suerte de mis pasos.








BRUMA

En este país
hay ciertas lluvias
cuyo oficio es borrar el mundo
gota a gota.

Y nunca falta quier reclame
haber sido olvidado.






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