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martes, 12 de julio de 2011

4329.- FRANK RUFFINO




FRANK RUFFINO

El poeta español-costarricense Frank Ruffino (Francisco de Asís García Rufino) nació en San José Costa Rica el 16 de abril de 1965, y se crió en el pueblo de Tilarán, al norte del país, donde aún radica la mayor parte del tiempo.
Su padre, natural de la localidad manchega de Tomelloso, luchó en bando republicano durante la guerra civil española y fue herido en la batalla de Teruel. Acabada la guerra emprendió, como otros muchos, el camino del exilio, y en su camino hacia América conoció a la que sería su esposa, una tinerfeña, con la que se casó por poderes algunos años más tarde; luego ella viajó a Costa Rica para reunirse con él.
Ruffino estudió periodismo en San José de Costa Rica y se ha dedicado siempre a la prensa alternativa, lo cual le ha llevado a fundar, desde 1994, diversos medios de comunicación rurales. En 1999 fundó el periódico “El Florense” (www.elflorense.com), en la provincia de Heredia, situada en la Meseta Central de Costa Rica. De este medio se desligó en 2009, y en la actualidad, siempre en su “Naralit” (como denomina a Tilarán en sus poemas y antipoemas) maneja un pequeño negocio de pulpería.
La obra de Frank Ruffino ha sido destacada en medios de prensa costarricenses e internacionales. Hasta ahora ha publicado los siguientes poemarios: “Diablos alucinados” (2002), “Torre de vigilias” y “Fingida lágrima” (2003, ambos en un mismo libro); “Viaje de ausentes” (2006, que en 2007 ocupó el segundo lugar en el I Premio Internacional de Poesía Macedonio Palomino para obra publicada, disputado entre 197 libros procedentes de Iberoamérica y España) , “Canto sin nombre” (2009) y “Sangre armada” (2010, ganador del primer premio de poesía en el Certamen Literario Brunca del mismo año, concedido por la Universidad Nacional de Costa Rica).



Limbo de los amorosos

a Zingonia Zingone

Silencio raro sin grillos
en su propio reino,
ni el viento altera
las albas cortinas de mi habitación
pero tan siquiera produce chasquidos
este viento, nada logra imponerse
si de decibeles se trata
(solo algo estático
y eléctrico en el aire acumulándose,
algo que inexorablemente deberá
estallar a un misterioso
roce de dos átomos…).

Ni tu recuerdo,
antes orquestal y pasional,
produce el más leve violín
en la negra puerta de mi alma,
nada de la sinfonía suprema,
aunque persista la ilusión
y el amor todavía intacto por tus ojos.

Así se añora el golpe
de los súbitos campanazos,
el alegre y salvaje
uipipiaaaaaaaa guanacasteco,
tambores de guerra hasta se extrañan:
que vengan mis enemigos ruidosos
a fastidiarme la tarde!

Sin ninguna duda
es el día glorioso de los sordos,
tres o cuatro en este pueblo.

El tiempo detenido e inmerso
y todos haciendo de peces
apenas ondulantes y balbucientes
en sus presidios del vidrio,
y por más señas que hago
a los de afuera
nadie prodiga ni un ay,
se ha ido el silbar flamenco
de mi padre,
gelatinosos y grandes ojos de niños
se pegan como ventosas
en las paredes diáfanas de mi celda
mas solo saben abrir y cerrar
sus párpados extasiados
en el más redondo silencio.

Algo hechiza el ambiente,
un espíritu que abomina el ruido
seguro ha tomado por asalto
a gentes y cosas,
y, aunque hubo sepelio,
nadie logró determinar
su partida al camposanto,
y el muerto de todos modos
(porque aseguran los masoquistas
que por unas horas los difuntos
siguen escuchando al mundo)
se ha ahorrado el bullicio
de los patéticos fanáticos de la Muerte
sin chistar ni hacer su maldito papelón.

Solo sé que el avión surca el cielo,
me lo dice el arco de su blanca huella;
solo sé que desde siempre tú me llamas
del otro lado oceánico
allá en tu primaveral pueblo andaluz.

Los carros logran pasar frente a casa,
y, a pesar de mi pasmosa confusión
por tanta quietud exuberante,
es una delicia no verme sobresaltado
por las espantosas montañeras
a todo gas (sus pilotos van tristes
por no poder alterar
el orden de la tarde).

Inmerso hoy en esta dictadura
del silencio más absurdo,
me resta cerrar los ojos,
fenecer.





VEN ENTONCES Y ALUMBRA 

PARA NO FENECER


a Pabret


Ponte aquí en esos
dos pobres caballos perdidos,
ellos me conducen
casi siempre a la sima
de la amarga inconsciencia,
toma una pequeña
parte líquida de este pesar,
mira la forma tétrica
de estos ojos buscando sombra…
Ven entonces y alumbra para no fenecer.

Yo, que había reído
de los otros acusándolos
de débiles; yo, fuerte
con la espada
y sin misericordia
alguna aplastándolos
y coleccionando en la memoria
sus terribles ojos aterrados,
ahora soy su pasto fácil
y caen sobre mí y pisotean
esta alma hasta dejarla en cieno;
felices en su venganza,
felices de que por fin
vaya mi cuerpo a la tierra
y pruebe el polvo.
Ven entonces y alumbra para no fenecer
porque con esta vara de ciego
no puedo hacerles saber de mi ira,
con ella misma golpean mi cabeza,
y huesos, y luego dirigen
una sinfonía triunfal
a cada derrota
y sumo en sus copiosos haberes de guerra;
ellos, que esperan apenas
mi puesta en pie para batirme
sin miramientos.

Es mi turno de deambular
por tus jardines llamándote,
prometiendo a los astros
un nuevo comienzo,
pero gritan los frutos dorados
con la clara voz del verano
que ya nada sería igual,
que bien podría dar las cosas por perdidas,
y tú no apareces tras la ventana
atenta a los regresos.

Ven entonces y alumbra para no fenecer.






AQUÍ


Miré sus siluetas erguirse
en el viento,
algunos intuían que mi cristal
era la luz más pura,
así entendí que el exceso
de confianza
puede ser la perdición
y la perfección
por la limpieza
es locura.
Miré la paciente
vida de las tortugas,
entonces construí
algo parecido a sus corazas,
me di a la meditación
en cada paso.
Así, entre las piedras
del silencio
me hice poeta,
o más exactamente
rescaté el poeta
que ya venía en mi sangre,
como el hierro
más viejo que ella.
Escucho a los cantantes
y me parece
que el amor es el gran tema,
pero aquí es el planeta
de los dementes
y concluyo que algunos locos
se han refugiado en una isla:
por desamor e injusticia
buscan exilio en el asilo.
En cuanto a una libélula
barrida por el viento
tiene tanto valor
como el Papa.





CONVICCIÓN


Pretendo levitar en esta noche.
Mi geco se alza
conmigo, dormidos los dos,
como benditos.
Mas esta realidad malsana
aprendida de niños
nos acerca
a la sábana
con la fuerza de gravedad
más repugnante conocida nunca,
mientras pienso
que no soñar
es el mayor indicio
de que uno es miserable.





EL PÁJARO

a Pabret



En algunas mañanas
escucho el canto de un pajarillo
indeterminado sobre los hilos
del fluido eléctrico,
es un canto nervioso
que, si nos coge en lo mismo,
sublima nuestro pesar.

Yo, el ateo, rezo
para que no esté ahí
en estas horas oscuras;
oro, con las indicaciones
que madre me diera
hace ya tantos años
pero ya poco
en este cuerpo y alma
surte efecto,
ya ni una brizna puedo conmover
allá afuera ahora que sé de la nada.

Pobre pajarillo con el poder
de su canto negro
en este lunes difícil
y cuesta arriba.
Otro homínido más desgraciado
y desenfrenado
buena cuenta daría
de él y los suyos.

Sin poder hacer más
le doy licencia
para que cante
perdidamente,
amargamente,
compulsivamente,
airadamente,
orgullosamente,
maliciosamente,
brutalmente,
vengativamente
desquiciadamente,
amorosamente…
porque no puedo anularme,
ni echar a volar hacia
ningún lugar
que no sea el mío,
ahí sobre la casa,
sostenido precariamente
de los cables eléctricos:
mojado, azotado
por el viento frío,
envuelto en nubes
de negros humos cuando
el carromato de la basura
viene por nuestras miserias
y el canto mío sigue alzándose
entre la confusión
y la toxicidad de un mundo
que no me entiende.







VIEJA CERTEZA DEL ELIXIR 
QUE YA SABÍA


Todo él era moneda de curso corriente

con 20 años.
Siempre lo aplicaba
entre tanto se ignoraba:
solo este cuerpo ganó
su mágica presencia.
Mi cuerpo engomado lo sabía,
salpicada piel
de cardenales lo sabía
tras la reyerta de aquel viernes
13 de junio en el campo ferial al lado
de la rueda de Chicago;
este tonto cuerpo lo sabía
mientras colgaba
en el solar sobre la hierba…

Mas antes, con devota paciencia
en el sagrado árbol
marcaba sus frutos
para hinchar el garrafón
de su jugo milagroso,
y bebía uno, dos, tres cuernos
en las plomizas horas del verano,
luego, sobrecogido,
aguardaba sus efectos
y a poco levitaba
por el camino del Silencio.

(El fácil sueño me devolvía a casa).








PESADILLA DEL DESCONCIERTO

a Mercedes Ridocci



Precipitación de nada,
desmemoria en la noche
y yo tan lejos de mi ser.

Una plaza vacía
y en el centro,
donde hubo fuente,
un pincel emana sangre.

Y el paisaje negro
de árboles blancos
agitando sus ramas
a pesar de que aquí hace años
todos olvidaron el viento,
ni siquiera la brisa
viene a refrescar
este inmenso calor
que se cierne desde siempre.

Precipitación de nada,
desmemoria en la noche
y yo tan lejos de mi ser.

Ahora en la plaza
se rompe la estricta
soledad y el silencio:
una diminuta mujer
de vestido negro
baila vals con un gigante
al tanto que él coge el pincel
y en vilo escribe sus nombres
en el piso… y una fecha.

Escucho una súplica ahogada
y el hombrón termina fundiéndola
contra su pecho
hasta desaparecerla.

Coloca el pincel en su sitio,
se frota los ojos
y dice extrañamente:
“No sucumbas
preciosa bailarina mía”.





AUTORRETRATO CON 
PREGUNTAS FINALES


a Blanca Miosi


Desnudo sobre el lecho,
cavilo en nada
más allá de este ser.
Sin más afán que enfocarme
en mí mismo
doy un vistazo general a mi cuerpo
que recién ha cumplido
sus 46 años: musculoso,
sin grasa sobrante… aún joven.

Torso ancho cubierto de fino
y delicado vello,
pegadas a ambos
lados de mis hombros
dos ramas iracundas
movidas siempre por el viento
y en intentos de asir algo
ajeno al deseo,
abdomen llano
que fácilmente deja ver
su sistema muscular
en que las ninfas
echan sus fichas
en reales tardes de hastío
sumido yo en la inconsciencia
absurda del vino;
más abajo, eternamente
al sur de mi rostro
y a medio camino de este ser,
él y sus apostados guardianes:
prominentes, salvajes,
todavía en espera
de incontables batallas,
desyerbados de su cáscara
como frutos dispuestos
en una larga mesa
de ávidas comensales
que han creído estar solas
en espera del premio;
piernas largas y fuertes,
de abultada anatomía,
pies grandes, preparados
al rápido escape cuando
caen en el fango,
transitan nieve o arena,
o simplemente diseñados
para errar sin descanso
por esta tierra calcinada
de almas reprensibles.

¿Dónde habita la poesía
en esta máquina perfecta
del desasosiego,
crispada por la duda
y ansiedad,
tratando cada día
y cada noche
de gastar la energía pura
que escapa de su piel,
la fuerza primigenia
del sol, el aire,
la tierra, el misterioso
poder del agua?

¿Dónde la poesía
o lo que se le parezca
en este cuerpo
que en pocos años
será pasto de gusanos,
y tristes sus huesos
no darán fe de uno que fue
hecho y derecho
para el amor y la guerra?

¿Dónde un verso,
siquiera una línea antipoética?

¿Dónde yacen mis desafiantes
alas de ángel, dónde ellas
sobre interminables reinos de la piel?

¿Dónde en estos agrestes territorios
que obreros de un oscuro sino
dejarán en pila de escombros?








SIEMPRE ES EL MAR


Ganando kilómetros hacia el mar.

Al oeste no importa allá las nubes
negras precisamente sobre el mar,
tampoco es apreciable
el calor sofocante cuando
se va hacia el mar,
ni incomoda almorzar
un emparedado de pepinillos
y fresco de limón,
no se piensa en los zancudos,
las purrujas, los vidrios traicioneros
bajo la superficie de la arena,
es el mar, el inmenso
poder de atracción
que guarda el mar.

Ella acelera después
de cada curva tratando de alcanzar
más rápidamente el mar,
estar ya frente al mar,
en la playita de difícil acceso
ahí los dos sobre la arena
haciendo el amor
con el ritmo del mar.
Luego contemplar extasiados
como solo una de tantas
infinitas estrellas
se pone sobre el mar,
la traga el mar,
hasta el próximo día,
qué poder del mar,
hacer esto con una estrella,
y dejar a los extraños barcos
bogar eternamente
con sus marinos de niebla
alzando los brazos
en honor del mar:
siempre la mar llevando
hacia sus profundidades
a los que más la amaron.
Es el mar, vasto poder del mar.






UNA NOCHE ESPECIAL


Sumido mi enero
en una noche de copas,
gotas amargas,
para variar,
la rocola tartamuda,
llego al tope del crédito,
me petrifico en la tele:
un país pierde doscientas
mil almas en pocos
segundos de baile
pero nadie se dará cuenta
hasta el otro día.

Ahora la gente baila,
la gente ríe, la gente es mala,
las putas toman medidas urgentes
poniendo todo en baratillo,
mientras aquí el viento
apenas joroba todo.
Entonces marcho a casa
y enciendo una candela,
saco de la nevera
el arroz, lo como frío;
con razón siento
latigazos en el vientre,
trato de aplacarlos
acabando una cerveza
en dos tragos,
desde el cuarto de mi madre
nerviosos rezos,
los perros del barrio
se han vuelto lobos,
y nada asoma por el cielo,
ni luna ni estrellas,
solo nubes vertiginosas
traspasan este pueblo
y son puñales fríos y siniestros.
Por las paredes
y el techo del largo pasillo
mi sombra gigante y temblorosa
es una macabra marioneta;
al fin llego a mi habitación,
pego el cabito de vela en el suelo,
me echo la manta sin desvestirme
pensando en el fin del mundo,
que este año será Iván, Hitler,
Rasputín, Osama y Obama,
Ahmadinejad, Hugo Chaves;
seguro hasta Ortega
nos declarará la guerra en un inédito
arranque de estupidez…

Echado en medio del limbo
no puedo pensar en Dios,
“Dios no existe”
aunque a madre
las oraciones
la durmieron dulcemente,
la linterna entre sus manos
aún encendida,
los lobos blasfeman,
el cielo sin luces,
las nubes de Damocles
fugadas de un Hades lejano
sitian el pueblo…
Como sé que esto va a durar
concilio el sueño,
nada sueño,
y quiero no despertar mañana.








2 comentarios:

FRANK RUFFINO dijo...

Poeta amigo Fernando Sánchez Sabido:

Ya fui a "Poetas Siglo XXI..." a agradecer tu gesto, lo mismo que al poeta intercesor, Albert Lázaro, quien muy amablemente ordenó el material.

Muchas gracias por la inclusión mía en estas dos importantes vitrinas mundiales de la poesía universal! Te felicito por este trabajo cultural monumental.

Abrazos fraternos en Amistad y Poesía verdaderas,

Frank Ruffino.

sedemiuqse dijo...

Me alegra mucho que el Poeta FRank Ruffino, este aquí.

Felicidades

Besos y amor
je